martes, 31 de marzo de 2009

HIMNOS HOMERICOS A HERMES

HIMNOS HOMERICOS
Himno XVIII
A HERMES


Canta, Musa, a Hermes, hijo de Zeus y Maya, que tutela Cilene y Arcadia, pródiga en rebaños, raudo mensajero de los inmortales, al que parió Maya, la Ninfa de hermosos bucles, tras haberse unido en amor a Zeus, ella, la diosa venerable.

Evitó la compañía de los dioses bienaventurados habitando en el interior de una muy umbrosa gruta. Allí el Cronión solía unirse con la Ninfa de hermosos bucles en la oscuridad de la noches, mientras el dulce sueño retenía a Hera la de níveos brazos y pasaba inadvertido a los dioses inmortales y a los hombres mortales.

Pero, cuando se cumplía el designio del gran Zeus y la décima luna se fijó ya en el cielo, él lo sacó a la luz y sus acciones quedaron al descubierto. Así que entonces la Ninfa parió un niño versátil, de sutil ingenio, saqueador, ladrón de vacas, caudillo de sueños, espía de la noche, vigilante de las puertas, que rápidamente iba a realizar gloriosas gestas ante los ojos de los dioses inmortales.

Nacido al alba, tañía la lira a mediodía y por la tarde robó las vacas del Certero Apolo, el cuarto día del mes, en el que lo parió la augusta Maya.

Cuando saltó de las inmortales entrañas de su madre, no aguardó mucho tiempo tendido en la sacra cuna, sino que se puso en pie de un salto y andaba ya buscando las vacas de Apolo, tras franquear el umbral del antro de alta bóveda.

Al encontrarse allí una tortuga, logró una dicha infinita: Hermes fue en efecto el primero que se fabricó una tortuga musical. Ésta se le puso por delante a las puertas del patio, pastando ante su morada la hierba lozana con andares retozones. El raudo hijo de Zeus se echó a reír al verla y en seguida le dirigió la palabra:

-- ¡He aquí un presagio muy favorable para mí! No lo desdeño. ¡Salud, figura encantadora, que ritmas la danza, camarada del banquete! Bienvenida es tu aparición. ¿De dónde viene este hermoso juguete? Una tornasolada concha es tu atavío, tortuga que vives en los montes. ¡Bien! Te cogeré y te llevaré a mi morada. En algo me serás útil. No te despreciaré, sino que será a mí al primero al que beneficiarás. Mejor estar en casa, pues es peligroso lo de puertas afuera. Tú serás, en efecto, un amparo contra el muy penoso maleficio, en vida, y si mueres, podrías entonces entonar un canto extremadamente hermoso.

Así habló, y, al tiempo que la levantaba con ambas manos, marchó en seguida adentro de su morada, llevando su encantador juguete. Luego, pinchando con un cincel de grisáceo hierro, vació el meollo de la montaraz tortuga.

Como cuando un pensamiento fugaz atraviesa por el ánimo de un varón al que asedian múltiples preocupaciones o como cuando saltan desde los ojos las miradas chispeantes, así pensaba a la vez la palabra y la acción el glorioso Hermes. Una vez que cortó en sus justas medidas tallos de caña, los atravesó, perforando el dorso, a través de la concha de la tortuga. Alrededor tendió una piel de vaca, con la inteligencia que le es propia, le añadió un codo, los ajustó a ambos con un puente y tensó siete cuerdas de tripa de oveja, armonizadas entre sí.

Cuando lo hubo construido, en posesión de un juguete encantador, lo tentaba con el plectro cuerda a cuerda. Al toque de su mano, sonó prodigiosamente y el dios lo acompañaba con su hermoso canto, practicando la improvisación, como los muchachos en la flor de la juventud se zahieren con descaro en los banquetes.

Cantaba a Zeus Crónida y a Maya de hermosa sandalia, cómo antaño conversaban con amorosa camaradería, declarando así su propia estirpe de glorioso nombre, y honraba asimismo a las sirvientas y las espléndidas moradas de la Ninfa, los trípodes en la casa y los perennes calderos.

Esas cosas cantaba, mas en su mente tramaba otras. Llevándose la hueca forminge la dejó en su sacra cuna. Ávido de carne, saltó fuera de la sala fragante hacia una atalaya, meditando en su mente un excelso engaño, como los que disponen los salteadores en la hora de la negra noche.

El Sol se hundía bajo la tierra, en el Océano con sus corceles y el carro, cuando Hermes llegó a la carrera a los umbrosos montes de Pieria. Allí las divinas vacas de los dioses bienaventurados ocupaban su establo paciendo en prados encantadores, jamás segados. De entre ellas entonces el hijo de Maya, el vigilante Argicida, separó del rebaño cincuenta vacas de fuerte mugido. Las arreaba, descarriadas, por el terreno arenoso, trastocando sus huellas. Pues no se olvidaba de su habilidad para engañar, cuando ponía del revés las pezuñas; las de delante, atrás, y las de atrás, delante, y él mismo caminaba de frente.

Unas sandalias se tejió en seguida sobre las arenas de la mar, con mimbre, impensables e inimaginables, obra prodigiosa, añadiéndoles tamarices y ramas de mirto.

Una vez que hubo gavillado una brazada de ramas lozanas, ató firmemente bajo sus pies las ligeras sandalias con la misma hojarasca que el ilustre Argicida había arrancado para encubrir su ruta desde Pieria, como el que se apresura por un largo camino usando sus propios recursos.

Lo vio un anciano que aparejaba su floreciente viña, cuando se dirigía hacia el llano a través de Onquesto, que brinda lechos de hierba.

Le dirigió primero la palabra el hijo de la gloriosa Maya:

-- Anciano cargado de hombros que escardas tus plantas. Sin duda andarás sobrado de vino cuando todas estas produzcan. En cuanto a ti, aunque lo hayas visto, haz como si no lo hubieses visto, y aunque hayas oído, sé sordo, y calla, no sea que lo tuyo sufra algún daño.

Mientras decía esto seguía arreando, reunidas, las poderosas cabezas de las vacas.

Muchos montes umbrosos, valles sonoros y llanuras florecidas atravesó el ilustre Hermes. Su lóbrega cómplice, la divina noche, tocaba casi a su fin y sobrevenía de prisa la menestral aurora. Acababa de subir a su atalaya la divina Luna, la hija de Palante, el soberano de excelsos pensamientos, cuando el audaz hijo de Zeus arreó sobre el río Alfeo las vacas de ancha testuz de Febo Apolo. Infatigables, llegaron al establo de elevado techo y a los abrevaderos, frente a una excelente pradera.

Allí, cuando, hubo apacentado bien de hierba a las vacas de fuerte mugido y las hubo arreado, reunidas, al establo, mientras ramoneaban el trébol y la juncia bañada de rocío, recopiló muchos maderos y ejercitó el arte del fuego. Tras tomar una espléndida rama de laurel, la hizo girar en una de granado apretada en su palma y exhaló una ardiente vaharada.

Hermes en efecto inventó por primera vez los enjutos y el fuego. Tomando muchos leños secos, los amontonó apretados, abundantes, en un hoyo soterraño. Centelleó la llama lanzando a bastante distancia un soplo de fuego terriblemente abrasador.

Mientras avivaba el fuego la fuerza del ilustre Hefesto, arrastró puertas adentro dos vacas mugidoras de torcidos cuernos, junto al fuego. Su fuerza era mucha. A ambas las derribó al suelo de espaldas, jadeantes, e inclinándose, las hizo rodar, punzándoles los meollos.

Empalmaba tarea con tarea, tajando las carnes pingües de grasa. Asaba a la vez, ensartados en espetones de madera, trozos de carne, el lomo, ración que honra, y la negra sangre aprisionada en las vísceras. Todo aquello quedó allí, en su sitio. En cuanto a las pieles, las tendió sobre una aspérrima roca. Aún ahora después de eso, al cabo de mucho tiempo siguen allí, pese al incalculable tiempo transcurrido. Pero luego Hermes de alegre talante sacó los pingües frutos de su tarea sobre una laja lisa y trinchó doce pedazos adjudicados por suerte e hizo de cada uno un honor perfecto.

Fue entonces cuando el glorioso Hermes anheló el rito de las carnes. Pues el aroma lo desasosegaba, aun tratándose de un inmortal, de dulce que era. Pero ni así se dejó convencer su audaz ánimo, por más que lo deseaba, para hacerlo pasar por su sacro gaznate sino que depositó en el establo de elevado techo las grasas y las abundantes carnes y las colgó luego en alto, como conmemoración de su latrocinio recién cometido. Tras colocarles encima leños secos, consumió bajo la llamarada del fuego las patas enteras y las cabezas enteras. Y cuando hubo cumplido todo como era debido, el dios arrojó sus sandalias en el vorticoso Alfeo, apagó las brasas y echó arena sobre la negra ceniza hasta el final de la noche. Hermosa brillaba sobre él la luz de la Luna.

Luego llegó en seguida a las divinas cumbres de Cilene, mañanero, y no se lo encontró en el largo camino ninguno de los dioses bienaventurados ni de los mortales hombres. Ni siquiera aullaron los perros. El raudo Hermes, hijo de Zeus, pasó al sesgo a través de la cerradura de la sala, semejante al aura otoñal, como niebla. Se encaminó en derechura al espléndido santuario de la caverna moviendo quedo los pies. Pues no hacía ruido como cuando se anda sobre el suelo. Raudamente se metió en la cuna el glorioso Hermes y yacía envuelto con pañales en torno a sus hombros, como un niño pequeño, jugueteando entre sus manos con el lienzo alrededor de sus rodillas y manteniendo la encantadora tortuga a la izquierda de su mano. Mas no le pasó inadvertido el dios a la diosa, su madre. Y ella le dijo estas palabras:

-- ¿Y tú, qué, taimado? ¿De dónde vienes aquí en medio de la noche, vestido de desvergüenza? Ahora estoy segura de que tú atravesarás el vestíbulo muy pronto, cargado de irrompibles ataduras, por las manos del hijo de Leto, en vez de andar como un salteador, robando de vez en cuando por los valles. ¡Vuélvete por donde has venido! ¡Tu padre engendró un gran tormento para los hombres mortales y los dioses inmortales!

A ella le respondió Hermes con astutas palabras:

-- Madre mía, ¿por qué intentas amedrentarme como a un crío pequeño, que conoce muy pocas maldades en su mente y, asustadizo, teme las riñas de su madre? Yo en cambio me consagraré al mejor oficio, cuidando constantemente como un pastor de mí y de ti. Y no nos resignaremos a permanecer aquí ambos, los únicos entre los dioses inmortales sin ofrendas y sin plegarias, como tú sugieres. Es mejor convivir por siempre entre los inmortales, rico, opulento, sobrado de sementeras, que estar sentado en casa, en la brumosa gruta. En cuanto a la honra, también yo conseguiré el mismo rito que Apolo. Y si no me lo concediera mi padre, yo mismo intentaré, que puedo, ser el caudillo de los salteadores. Y si me sigue la pista el hijo de la muy gloriosa Leto, creo que se encontrará con otra cosa, y de más envergadura. Pues iré a Pitón, para allanar su vasta morada. De allí saquearé en abundancia hermosísimos trípodes y calderos, así como oro, y en abundancia, reluciente hierro y mucho ropaje. Tú lo verás, si quieres.

Así conversaban entre ellos el hijo de Zeus egidífero y la venerable Maya.

La Aurora mañanera, trayendo la luz a los mortales, surgía del Océano de profunda corriente. Y Apolo llegó en su marcha a Onquesto, encantadora arboleda consagrada al conductor del carro subterráneo, el de poderoso bramido. Allí encontró al anciano, aquel bruto que aparejaba junto al camino el cercado de su viña. Le dirigió la palabra el primero el hijo de la gloriosísima Leto:

-- Anciano que siegas las zarzas de la herbosa Onquesto. Desde Pieria vengo aquí en busca de unas cabezas de ganado, todas vacas, todas retorcidas de cuernos, de mi rebaño. El toro pastaba solo aparte de los demás. Era negro y cuatro perros de feroz mirada seguían tras él, puestos de acuerdo como personas. Esos se quedaron allí, perros y toro, lo que realmente es una sorpresa. Las vacas se fueron nada más ponerse el sol de un tierno prado, de un dulce pasto. Dime, anciano ya ha mucho nacido, si es que viste a un varón que recorría el camino de estas vacas.

Contestándole dijo el anciano estas palabras:

-- Amigo mío, ardua cosa es decir todo cuanto podría verse con los ojos, pues muchos viandantes recorren el camino. Unos, proponiéndose maldades sin cuento, otros, cosas extraordinariamente buenas, van y vienen y difícil es conocer a cada uno. Por mi parte, yo estuve todo el día hasta la puesta de sol cavando en la colina del viñedo, tierra de vides, pero a un muchacho sí que me pareció verlo, noble amigo, pero con seguridad no lo sé; aquel muchacho acompañaba unas vacas de hermosa cornamenta. Era pequeño, llevaba una varita y caminaba en zigzag. Pero las llevaba hacia atrás y tenía sus cabezas vueltas hacia él.

Así dijo el anciano, y el dios, al oír sus palabras, siguió su camino más aprisa. Vio un ave de presa de extensas alas y al punto supo que el ladrón era el hijo de Zeus Cronión. Así que se lanzó impetuosamente el soberano hijo de Zeus, Apolo, hacia la sacra Pilos, en busca de sus vacas de tortuoso caminar, cubierto en sus anchos hombros por una oscura nube. Descubrió sus huellas el Certero flechador y dijo estas palabras:

-- ¡Ah! ¡Qué gran maravilla es ésta que veo con mis ojos! Estas son las huellas de las vacas de recta cornamenta, pero están dirigidas en sentido contrario hacia el prado de asfódelo. Mas las pisadas no son de varón ni de mujer, ni de grisáceos lobos, ni de osos, ni de leones. Ni siquiera creo que sean de un centauro de velludo cuello, quienquiera que sea el que da unas zancadas tan monstruosas con sus rápidos pies. Terribles son las de un lado del camino, y más terribles aún las del otro lado.

Diciendo esto se lanzó el soberano hijo de Zeus, Apolo, y llegó al monte de Cilene cubierto de vegetación, a la muy umbrosa cavidad de la roca donde la Ninfa inmortal había parido al hijo de Zeus Cronión. Una encantadora fragancia se esparcía por la sacra montaña, y muchas ovejas de ahusadas patas pacían la hierba. Allí fue donde franqueó presuroso el pétreo umbral, hacia la nebulosa gruta, el propio Certero flechador, Apolo.

Cuando el hijo de Zeus y Maya vio encolerizado por sus vacas al Certero flechador Apolo, se hundió entre sus perfumados pañales y, como cubre la ceniza de leña muchas brasas de los tueros, así se escondía Hermes al ver al Certero flechador. En pocos instantes ovilló su cabeza, manos y pies, como un niño recién bañado que reclama el dulce sueño, mas realmente estaba despierto y tenía la tortuga bajo el sobaco.

Reconoció, y no se equivocó, el hijo de Zeus y Leto, a la bellísima Ninfa montaraz y a su hijo, un niño pequeño que se cubría con engañosas mañas. Mirando en derredor cada rincón de la espaciosa morada, tomó la reluciente llave y abrió tres estancias llenas de néctar y de encantadora ambrosía. Mucho oro y plata había dentro, y muchos vestidos de la Ninfa, de púrpura y blancos, como los que albergan las sacras moradas de los dioses bienaventurados. Una vez que hubo examinado los rincones de la espaciosa morada el hijo de Leto, le dirigió la palabra al glorioso Hermes:

-- Niño que estás tendido en la cuna, confiésame el paradero de las vacas, de prisa, porque rápidamente ambos disputaremos y no de forma cortés, pues te cogeré y te arrojaré al nebuloso Tártaro, a la tiniebla malhadada y sin salida, y ni tu madre ni tu padre te sacarán de nuevo a la luz, sino que vagarás bajo tierra, acaudillando humanas pequeñeces.

Hermes le respondió con astutas palabras:

-- ¡Hijo de Leto! ¿Qué crueles palabras son éstas que me has dirigido? ¿Y qué es eso de que vienes aquí en busca de tus camperas vacas? No las vi, no me enteré de ello, ni oí el relato de otro. Ni podría denunciarlo, ni podría ganarme siquiera una recompensa por la denuncia. Tampoco tengo el aspecto de un varón robusto, como para ladrón de vacas. Ese no es asunto mío. Antes me interesan otras cosas: me interesa el sueño, la leche de mi madre, tener pañales en torno a mis hombros y los baños calientes. ¡Que nadie sepa de dónde se produjo esta disputa! Sin duda sería un gran motivo de asombro entre los inmortales que un niño recién nacido atravesara la puerta de la casa con camperas vacas. Lo que dices es un disparate. Nací ayer. Mis pies son débiles y bajo ellos la tierra, dura. Mas si quieres, pronunciaré el gran juramento por la cabeza de mi padre. Aseguro que ni yo mismo soy el culpable, ni vi a otro ladrón de tus vacas, cualesquiera que sean las vacas ésas. Sólo he oído lo que se cuenta de ello.

Así habló, y lanzando miradas rápidas de sus párpados, zarandeaba sus cejas mirando aquí y allá y dando grandes silbidos como el que oye palabras sin importancia.

Sonriendo dulcemente le dijo el Certero Apolo:

-- ¡Buena pieza! ¡Embaucador, marrullero! En verdad estoy seguro de que muchas veces, tras forzar por la noche casas bien pobladas, dejarás a más de un hombre en el puro suelo, llevándote sus enseres por la casa sin ruido, por la manera en que hablas. Asimismo afligirás a muchos camperos pastores en las gargantas del monte cuando, deseoso de carne, vayas al encuentro de las manadas de vacas y rebaños de ovejas. Pero ¡ea!, para que no duermas el último y postrero sueño, ¡baja de tu cuna, camarada de la negra noche! Pues sin duda ese privilegio tendrás en el futuro entre los inmortales: ser llamado por siempre Cabecilla de los Ladrones.

Así dijo y, tomando al niño, lo llevaba Febo Apolo. Entonces, el poderoso Argicida dejó ir intencionadamente un presagio mientras era llevado en brazos, un insolente servidor de su vientre, un descomedido mensajero. Inmediatamente después de ello, estornudó. Lo oyó Apolo y soltó de sus manos a tierra al glorioso Hermes. Se sentó delante de él y, aun ansioso de continuar el camino como estaba, en son de burla le dirigió estas palabras a Hermes:

-- ¡Ánimo, niño de pañales, hijo de Zeus y Maya! Encontraré después las poderosas testuces de mis vacas, incluso con estos presagios, y tú por tu parte, guiarás mi camino.

Así dijo, y se puso en pie raudamente Hermes Cilenio, caminando con premura. Con sus manos se echaba sobre ambas orejas el pañal que envolvía sus hombros, y dijo estas palabras:

-- ¿Por dónde me llevas, Certero, el más violento de los dioses todos? ¿Acaso me provocas, encolerizado en tal medida por culpa de tus vacas? ¡Ay!, ¡ojalá pereciera la raza de las vacas! Pues yo al menos no robé tus vacas, ni vi a otro, cualesquiera que sean las vacas ésas. Sólo he oído lo que se cuenta de ello. Dame reparación, o recíbela, en presencia de Zeus Cronión.

Mas cuando hubieron cuestionado cada detalle cuidadosamente, Hermes el ovejero y el ilustre hijo de Leto, marchaban con intenciones diferentes (el uno hablaba con franqueza y no injustamente tenía prisionero por causa de sus vacas al glorioso Hermes, mientras que éste, el Cilenio, con sus añagazas y ladinas palabras quería engañar al del Arco de Plata): pero ahora, por muy astuto que fuese, se había encontrado con otro lleno de recursos; caminaba raudamente luego por la arena, delante, y detrás iba el hijo de Zeus y Leto.

En seguida llegaron a la cima del Olimpo, fragante de incienso, ante el padre Cronión, los hermosísimos hijos de Zeus, pues allí se hallaba para ambos la balanza de la justicia.

Un rumor de conversaciones llenaba el Olimpo nevado. Los imperecederos inmortales se reunían desde la aurora de flores de oro. Se detuvieron Hermes y Apolo, el del Arco de Plata, ante las rodillas de Zeus. Y éste, Zeus, el que truena en lo alto, interrogó a su ilustre hijo y le dijo estas palabras:

-- Febo, ¿de dónde nos traes esta grata presa, un niño recién nacido que tiene el porte de un heraldo?. ¡Serio es este asunto que llega ante la asamblea de los dioses!

Le respondió entonces Apolo, el Certero Soberano:

-- Padre, en seguida vas a oír un relato, y no sin importancia, tú que me injurias en la idea de que sólo yo soy amante del botín. Encontré un niño, este agudo saqueador, en los montes de Cilene, tras haber recorrido gran parte del país, falaz como yo al menos nunca vi a otro de los dioses ni de cuantos hombres embaucadores hay sobre la tierra. Tras robarme del prado mis vacas, se fue arreándolas al atardecer, por la orilla de la mar muy bramadora, encaminándolas en derechura hacia Pilos. Las huellas eran dobles, desmesuradas, como para admirarse, y obra de una ilustre divinidad. En cuanto a estas vacas, el negro polvo que conservaba sus huellas las mostraba en dirección al prado de asfódelo. Y él mismo, inaccesible, sin que nada se pudiera contra él, no caminaba ni sobre sus pies, ni a gatas por la región arenosa, sino que, con otra ocurrenda, trazaba huellas ambiguas, y tal como si alguien anduviera sobre árboles jóvenes.

Mientras caminó por la región arenosa, todas sus huellas se destacaban con facilidad en el polvo. Pero cuando hubo atravesado el gran sendero de arena, se hizo en seguida invisible el rastro de las vacas y el suyo, por un terreno duro. Sin embargo, lo vio un hombre mortal, cuando arreaba en derechura hacia Pilos la raza de las vacas de ancha testuz. Mas una vez que las hubo encerrado con tranquilidad y hubo acabado el escamoteo de una parte a otra del camino, se echó en la cuna, semejante a la negra noche, en la brumosa gruta, en tinieblas, y ni siquiera un águila de aguda visión lo habría descubierto. Se frotaba continuamente con sus manos los ojos, tratando de disimular su astucia. Él mismo luego me dijo claramente estas palabras: "No las vi, no me enteré de ello, ni oí el relato de otro. Ni podría denunciarlo, ni podría ganarme siquiera una recompensa por la denuncia".

Después de que hubo hablado así, se sentó Febo Apolo. Hermes pronunció otro discurso entre los inmortales y se dirigió hacia el Cronión, soberano de los dioses todos:

-- Zeus padre, sin duda que te diré la verdad, pues soy franco y no sé mentir. Llegó a mi casa en busca de las vacas de tortuoso paso hoy, nada más salir el sol, y no llevaba consigo ni testificante ni testigo de vista de los dioses inmortales. Me instaba a confesar bajo violenta coacción. Muchas veces me amenazaba con arrojarme al ancho Tártaro, porque él posee la tierna flor de la juventud ganosa de gloria y yo en cambio nací ayer (y eso lo sabe también él mismo), sin que tenga tampoco el aspecto de un varón robusto como para ladrón de vacas. Créeme, pues te glorías de ser mi padre, que no me llevé las vacas a casa (¡ojalá fuera yo rico!) ni atravesé el umbral. Lo declaro sinceramente. Mucho reverencio al Sol y a los demás dioses; a ti, te quiero, y a él le tengo un respetuoso temor. También tú sabes que no soy culpable, así que pronunciaré un gran juramento. ¡No, por estos pórticos hermosamente adornados de los inmortales! Yo un día le haré pagar con creces su implacable rapto, por fuerte que sea. ¡Pero tú protege a los más jóvenes!

Así habló guiñando los ojos el Cilenio Argicida. Sostenía el pañal con el brazo y no lo soltaba.

Zeus se echó a reír de buena gana al ver al niño bribón que negaba con habilidad y experimentadamente el asunto de las vacas. Ordenó que ambos, teniendo un ánimo concorde, emprendieran la búsqueda y que Hermes el mensajero guiara y señalara, sin dobleces de pensamiento, el lugar en donde había escondido las vigorosas testuces de las vacas. El Crónida hizo una señal con su cabeza y obedeció el ilustre Hermes, pues fácilmente se hacía obedecer la mente de Zeus egidífero.

Apresurándose ambos, los hermosísimos hijos de Zeus se encaminaron a Pilos, la arenosa, sobre el vado del Alfeo y llegaron a los campos y al establo de elevado techo, donde medraba el ganado en las horas de la noche. Hermes entró allí luego en la rocosa gruta y sacó a la luz las poderosas testuces de las vacas, y el hijo de Leto, que miraba desde lejos, vio las pieles de vaca sobre una roca inaccesible y en seguida le preguntó al glorioso Hermes:

-- ¿Cómo pudiste, bribón, degollar dos vacas, siendo un recién nacido y pequeño? Yo mismo me inquieto de tu fuerza en el futuro. Es preciso que no crezcas mucho más, Cilenio, hijo de Maya.

Así dijo y con sus manos le echó alrededor fuertes ataduras de sauzgatillo. Pero éstas en seguida echaban raíces bajo sus pies en tierra allí mismo, como acodos, entramadas con facilidad entre ellas y sobre todas las camperas vacas, según designios de Hermes el disimulador. Apolo quedó atónito al verlo. Entonces el poderoso Argicida miró de soslayo a tierra, ansioso por ocultar su mirada de fuego.

Al gloriosísimo hijo de Leto, al Certero flechador, lo aplacó con gran facilidad, como quería, aun cuando era poderoso. La lira, a la izquierda de su mano, la tentaba con el plectro cuerda a cuerda. Al toque de su mano sonó prodigiosamente. Se echó a reír Febo Apolo regocijado y en su fuero interno penetró el encantador sonido de la música sobrenatural y se adueñó de él, de su corazón, un dulce deseo mientras lo oía. Tañendo deliciosamente su lira se paró el hijo de Maya, confiado ya, a la izquierda de Febo Apolo y, en seguida, tañendo sonoramente su cítara, entonó su canto a modo de preludio y lo acompañaba su voz encantadora, celebrando a los dioses inmortales y a la tierra tenebrosa, cómo se originaron en un principio y cómo obtuvo su parte cada uno. Honró con su canto de entre los dioses primero a Mnemósine, madre de las Musas, pues ella tenía bajo su tutela al hijo de Maya. Y de acuerdo con su edad y cómo nació cada uno, honró a los dioses inmortales el ilustre hijo de Zeus, narrándolo todo con orden y tañendo la cítara sobre su brazo. A Apolo un incontenible deseo se le apoderó del ánimo en su pecho. Y dirigiéndose a él, le dijo en aladas palabras:

-- Matarife, esforzado marrullero, camarada del banquete. Estás interesado por una cosa que vale por cincuenta vacas; creo que dirimiremos tranquilamente nuestras diferencias desde hoy. Mas ahora dime, versátil hijo de Maya, ¿acaso te acompañaron desde tu nacimiento estas prodigiosas habilidades o alguno de los inmortales o de los hombres mortales te concedió este excelente don y te enseñó el canto divino? Maravilloso es este son recién aparecido que escucho. Aseguro que no lo ha aprendido ninguno de los varones ni de los inmortales que poseen olímpicas moradas, fuera de ti, salteador, hijo de Zeus y Maya. ¿Qué habilidad es esta? ¿Qué música de irresistibles preocupaciones? ¿Cuál es el camino hacia ella? Pues francamente es posible obtener tres cosas a la vez: alegría, amor y dulce sueño. También yo, en efecto, soy compañero de las Musas del Olimpo a las que atraen los coros y la espléndida ruta del canto, la floreciente cadencia y el deseable clamor de las flautas. Pero pese a todo, jamás otra cosa atrajo tanto a mi ánimo entre las diestras habilidades de los jóvenes en los banquetes.

Te admiro, hijo de Zeus, por eso. ¡Con qué encanto tañes la cítara! Ahora, puesto que, con lo pequeño que eres, ya concibes gloriosas ocurrencias, siéntate, amigo, y atiende con tu ánimo a quienes son mayores que tú. Pues de hecho habrá para ti gloria entre los dioses inmortales. Para ti mismo y para tu madre. Eso te lo diré francamente. Sí, por esta lanza de madera de cornejo, yo te sentaré sin duda entre los inmortales como glorioso y próspero guía, te obsequiaré espléndidos presentes y no te engañaré al final.

Hermes le respondió con astutas palabras:

-- Me interrogas, Certero, con habilidad. Pero yo no rehúso en absoluto que accedas a mi destreza. Hoy mismo la conocerás. Quiero ser amistoso contigo tanto de intención como de palabra. Tú en tu fuero interno todo lo conoces bien. Pues te asientas el primero entre los inmortales, hijo de Zeus, valeroso y fuerte. Te ama el prudente Zeus con toda justicia y te ha proporcionado espléndidos presentes y honras. Dicen que tú, Certero, aprendiste de la profética voz de Zeus los oráculos. Pues de Zeus vienen los vaticinios todos. Que tú eres rico en ellos ahora, también yo mismo lo sé, hijo. Y depende de tu arbitrio el aprender lo que desees.

Pero, puesto que tu ánimo se ve impulsado a tañer la cítara, acompáñate, tañe la cítara y, recibiéndola de mí, conságrate a estos júbilos. Y tú, amigo, concédeme la gloria. Canta teniendo en las manos esta compañera de voz sonora, que sabe expresarse con hermosura, bien y según orden. En adelante llévala tranquilo al floreciente banquete, a la danza encantadora y a la ronda ganosa de gloria, alegría de la noche y del día. Si alguno la templa, instruido con habilidad y práctica, con sus sones enseña toda clase de cosas gratas al espíritu, tañida con facilidad tras delicadas experiencias y huyendo de un penoso esfuerzo. Pero si alguno, inexperto, la tienta por primera vez con violencia, no hará más que dar notas fuera de tono en vano.

Depende de tu arbitrio el aprender lo que desees. De seguro que te la regalaré, ilustre hijo de Zeus. Yo por mi parte, Certero, por el monte y el llano nutridor de corceles llevaré a pastar a los pastizales a las camperas vacas. Allí las vacas, uniéndose a los toros, parirán en abundancia promiscuamente machos y hembras. Ninguna necesidad hay de que, por muy ganancioso que seas, permanezcas tan violentamente irritado.

Dicho esto, se la tendió. La aceptó Febo Apolo y le puso en la mano a Hermes de buen grado un reluciente látigo y le encomendó el pastoreo de sus vacas. Y lo aceptó el hijo de Maya, gozoso. Tomando la cítara a la izquierda de su mano el ilustre hijo de Leto, Apolo, el Certero Soberano, la tentaba con el plectro cuerda a cuerda. Al toque de su mano sonó prodigiosamente y el dios la acompañó con un hermoso canto.

Luego condujeron ambos las vacas hacia el sacratísimo prado. Y ellos, los hermosísimos hijos de Zeus, se apresuraron de vuelta hacia el muy nevado Olimpo, deleitándose con la forminge. Se gozó, como es natural, el prudente Zeus, y los unió a ambos en amistad. Así que Hermes conservó de continuo su afecto al hijo de Leto, como todavía ahora. La prueba es que le concedió al Certero flechador la cítara encantadora. Y él, experto, la tañía sobre su brazo.

Mas luego a él mismo se le ocurrió el procedimiento de otra sabiduría. Creó el sonido de las siringes, audible de lejos. Entonces el hijo de Leto le dijo estas palabras a Hermes:

-- Temo, hijo de Maya, taimado mensajero, que me robes la cítara a la vez que el curvado arco, pues tienes de Zeus el honor de haber instituido los trueques entre los hombres en la tierra que a muchos nutre. Pero si te avinieras a pronunciarme el gran juramento de los dioses, o asintiendo con tu cabeza o sobre la poderosa agua de la Éstige, todo lo que hicieras sería grato y querido a mi corazón.

Entonces el hijo de Maya, prometiéndolo, asintió con la cabeza que no robaría nada de lo que el Certero flechador poseyera ni siquiera se acercaría a su sólida morada. Así que Apolo, el hijo de Leto, asintió con su cabeza en concordia y amistad que ningún otro de entre los inmortales le sería más querido, ni dios ni mortal prole de Zeus:

-- Haré un pacto perfecto entre los inmortales y a la vez de entre todos fiadero en mi corazón y honrado. Mas luego te daré una hermosísima varita de abundancia y riqueza, de oro, de tres hojas, que te conservará sano y salvo, llevando a cumplimiento todos los decretos de palabras y de buenas obras cuantos aseguro haber aprendido de la profética voz de Zeus.

Mas la adivinación, queridísimo vástago de Zeus, por la que me preguntas, es palabra divina el que no la aprenda ni siquiera otro de los inmortales. Eso lo conoce la inteligencia de Zeus. Pero yo al menos asentí con la cabeza, garantizándolo, y pronuncié un gran juramento; que ningún otro de los dioses imperecederos, fuera de mí, conocería la perspicaz determinación de Zeus. Así que tú, hermano de la áurea varita, no me instes a revelar las palabras divinas cuantas medita Zeus, cuya voz se oye a lo lejos.

De los hombres dañaré a uno, beneficiaré a otro, pastoreando las múltiples estirpes de los hombres no dignos de envidia. De mi profética voz se beneficiará cualquiera que llegue, según el canto y el vuelo de las aves oraculares. Ése se beneficiará de mi profética voz y no lo engañaré. Pero el que, fiado en las aves de falibles augurios, quiera interrogar el oráculo en contra de nuestra voluntad y entender más que los dioses que por siempre existen, lo aseguro, hace su camino en balde y yo no aceptaré sus ofrendas.

Te diré otra cosa, hijo de la gloriosísima Maya y de Zeus egidífero, raudo démon de los dioses. Hay unas venerables muchachas, hermanas de nacimiento, que se ufanan de sus raudas alas. Son tres y, con la cabeza cubierta de blanco polen, habitan su morada al pie de la garganta del Parnaso. Son maestras, por su cuenta, de una adivinación a la que, aún de niño, me dedicaba con mis vacas. Mi padre no se preocupaba de ello. Desde allí luego, volando de una parte a otra, se nutren de los panales y dan cumplimiento a todas las cosas. Cuando, nutridas de rubia miel, entran en trance, consienten de buen grado en profetizar la verdad. Pero si se ven privadas del dulce manjar de los dioses, mienten entonces agitándose unas a otras. En adelante te las concedo. Y tú, interrogándolas sinceramente, regocija tu mente. Y si conocieras a algún varón mortal, a menudo podría oír tu profética voz, si tiene esa suerte. Ten eso, hijo de Maya, y apacienta las camperas vacas de tortuoso paso, los corceles y los mulos sufridos para el trabajo.

Himno XVIII
A HERMES


Canto a Hermes el Cilenio, el Argicida, que tutela Cilene y Arcadia, pródiga en rebaños, raudo mensajero de los inmortales, al que parió Maya, la hija de Atlante, tras haberse unido en amor a Zeus, ella, la diosa venerable.

Esquivaba la compañía de los dioses bienaventurados, habitando en una muy umbría gruta. Allí el Cronión solía unirse con la Ninfa de hermosos bucles en la oscuridad de la noche, mientras el dulce sueño retenía a Hera, la de níveos brazos, y pasaba inadvertido a los dioses inmortales y a los hombres mortales.

Así que te saludo a ti también, hijo de Zeus y Maya, que yo, una vez que haya comenzado por ti, pasaré a otro himno.

¡Salve, Hermes, dispensador de alegría, mensajero, dador de bienes!

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