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domingo, 30 de mayo de 2010

Libro del Tesoro. Alfonso X el Sabio

Tratado del Tesoro, llamado por su difícil inteligencia el Candado, que escribió el Rey don Alfonso el Sabio. (Códice de Sevilla)

1. Llegada la fama a mis oidos,
que en tierra de Egipto un sabio vivía
con tanto saber que facer podía
presentes los casos que no eran venidos.
Los astros juzgaran, ca estos movidos
por disposición del cielo, fallaba
los casos que el tiempo futuro ocultaba,
bien fuesen presentes antes entendidos.

2. Codicia del sábio movió mi aficion,
mi pluma, mi lengua, y con humildad
postrada la alma de mi Magestad
que tanto poder tiene una pasion.
Con ruegos le hice la mi peticion,
y le mandé por mis mensajeros
haveres, facienda, y muchos dineros
allí le ofrecí con sana intencion.

3. Repúsome el sabio con gran cortesía:
maguer vos, Señor, seais un gran Rey,
no paro mientes en aquesta Ley
de oro nin plata nin su gran valía.
Serviros, Señor, en gracia tenía,
ca non busco aquello que a mi me sobró
e vuestros averes vos fagan la por
que vuestro siervo Mais vos querría.

4. De las mis naves mandé lo mejor,
e llegada al puerto de Alexandría,
el físico astrólogo en ella salía,
e a mi fue llegado cortés con amor:
en los movimientos que face la sphera,
siempre le tuve en grande manera,
ca siempre a lo sabios se debe el onor.

5.
La piedra que llaman filosofal
sabía facer e me la enseño,
fecimosla juntos, despues solo yo,
con que muchas veces creció mi caudal:
e bien que se puede facer esta tal
de otras materias, más siempre una cosa,
yo vos propongo la menos penosa
más escelente e mas principal.

6.
Tuve suso desta estudios de gente
de varias naciones, mas non ca en tal caso
delos Caldeos hiciese yo caso,
nin de los Arabes, nacion diligente.
Egipcios, Siriacos, e los del Oriente
quel Indico habitan e los Arracenos,
ficieron mi obra e versos tan buenos
que honran las partes del nuestro Occidente.

7.
El tiempo presente, ni era conocido
de crédito sano e de buena verdad
para que vos en la posteridad
non vos parezca que en algo he mentido:
lo que yo quiero es non sea perdido
la gran valía deste magisterio,
mas non quiero dar un tan grande imperio
a ome quen letras non sea sabido.

8. Por ende fingime la Sphinge Thebana
e yuso de cifras propuse verdades:
maguer sea escura por ella sepades
ca las sus palabras no son cosa vana:
si aveis entendido esta grande arcana,
non lo pongais en conversación,
guardaldo en la cifra de aquesta impresión,
si vos entendeis como esto se esplana.

9. Mi alma presume e lo pronostica,
segun que los astros falla en tal sazón,
ca aquel a quien diere el cielo este don,
a ser como Rey el cielo lo aplica:
empero seyendo de cosa non chica
aqueste tesoro, ahora de tener,
ca seyendo a demas de gran menester
mas que fue Midas a tal será rica.

10. Finida esta obra por nuestro horizonte,
subía la imagen de Deucalion,
al qual dominante por aplicación
cataba el Señor del décimo monte:
este promete corona e la fronte,
o gran principado por sus cafamientos,
o dar el tesoro a los nacimientos
ca aquesta figura en algo les monte.

11. Si sois de mi patria o mi parentela
consejo vos quiero dar no pequeño,
ca si del tesoro vos fueredes dueño,
lo deis todo a aquel que a vos lo revela:
con esto eredes señor de esta tela
si la dais a quien aquesto es poquito
ca bien tiene otro tesoro infinito
eterno e librado de toda procela.


LAPIS PHILOSOPHORUM

DEL TESORO
LIBRO II

La obra pasada del Lapis muy pura,
a tan infinita es en multiplicar
ca nunca se arredra de dar e mas dar:
es a semejanza de la levadura;
mas si vos queredes de otra fechura
los quatro elementos ver apartados,
catada como sigue en versos trovados,
ca es de facer mas breve e segura.

..................
12. Esta mageria del Lapis llamada
de diversos nombres por hombres prudentes,
ya questo fue causa que los no sapientes
cuidaron ser cosa en cosas hallada,
y la su materia a tanto igualada
es humedo y seco; ca no quiere dar
lo uno sin lo otro, ca en singular
contiene dos cosas de una vegada.

13. Supremo es el grado del seco que tiene
el humedo en grado supremo se halla,
el calido y frio en esta batalla
en grado supremo también se contiene:
de aquesta igualdad el nombre le viene
y cada qual destas y su calidad,
que el humedo junto con la sequedad
cada cual de estos una contiene.

14. El nuestro Hermes dice que es Cielo
y tierra y mar, otros que es hombre y muger:
de tal matrimonio se suelen hacer,
otras enigmas, ca sirven del elo:
la gloria e infierno mostrada en el suelo
la llaman algunos de agua y de tierra,
otros el frio que el calido encierra;
tanto los sabios varian el zelo.

15. Al antiguo Caos a mi parecer
de quatro elementos conglutinados
aqueste compuesto es asemejado,
quando discurro se viene a facer:
el Cielo y la tierra por si viene a ser;
una quinta esencia es en grado todo,
mas esta materia tiene en si tal modo
que todas las cosas viene a comprehender.

16. En esta materia se hallan unidos
los quatro elementos en partes iguales,
ca, si unos caminan, los otros son tales
que aquestos de aquellos van siempre seguidos,.
y tanto se igualan con sus parecidos
en qual vegetal, animal o minero
podeis hallar cosa mejor, como espero
que a vos será nota, como a los sabidos.

17. Tomad el mercurio así como sale
de minas de tierra com mucha limpieza
pasadlo por cuero por la su maleza,
porque mas limpieza que questa no cabe:
haced que su peso a tanto se iguale
con onzas doce al dicho compuesto,
en vaso de vidrio despues sea puesto
con otra materia, ca otra no vale.

18. Y por queste vaso coviene que tenga
espherica forma y larga garganta,
la anchura catad que venga a ser tanta
que dentro de una gran puño cerrado contenga;
la su garganta maguer sea luenga
no pase de un palmo de la vuestra mano
para que el sigilo del Egipciano
calle su boca, cual mas le convenga.

19. Y en vaso de tierra poned desta cosa
adonde cenizas circulen el vaso
hasta la garganta, y no sea escaso
en las apretar con mano preciosa;
y luego con mano muy artificiosa
un horno de barro le fabricareis,
tan ancho en redondo, ca un brazo pondremos
de grueso y medida la mas anchirosa.

20. En olla pondreis, no en el fondo de aqueste,
mas solo en su canto esté perpendida
sobre dos hierros, ca la su meida hagan diámetro en cruz medio de este;
porque el calor en todo le preste,
y luego la olla poned de carbones
en fuego tan manso que las sus pasiones
no empeza la mano, maguer que la evite.

21. El vaso del fuego así sea arredrado
que un pie puede aver, de yuso asta suso;
esté bien cerrado el horno y recluso
y el manso calor le haga buen grado:
el nuestro sentido no sea turbado,
empieza por este fuego primero;
ca, si lo hazeis igual al postrero,
y habreis echo un pecho de hombre alentado:

22. Aurá dos vegadas pasada la Luna
por los animales, ca facen el mes
al Sol, acatando el grado, ca es
llamado Sextil, sin duda ninguna
...................
fara la su Maestra, e vos con cuidado
sabreis que lo humedo ya le es menguado;
aquesta materia tan sola que es una.

23. Tal cual el tiempo en la mina hace
del Sol ayudado, y de otros influxos
quando despide a la tierra su influxo
y el humedo exala, ca en sus venas yace,
en tanto de aqueste ella se desplace,
ca en sulphur convierte la parte que fue
concluido antes, qual todo se vé
como a la Madre natural le place.

24. Aquesta es la parte que llamaron tierra
o sulphur muger, lo calido es seco,
porque quando hizo su primero trueco
la parte faltó, ca el humedo encierra:
el qual la materia, a quien hizo guerra
la ausencia que Ulises hizo de su Itaca:
tal esta viuda esferica y flaca
aguarda el marido que se le destierra.

25. Ponedle otro peso igual al primero
de timido azogue de minas muy puro;
con esta mistura obrad muy seguro
en vaso de mano de buen vidriero;
porque el primer vaso como el postrero
avrá de ser uno o su semejante,
mas si lo podeis pasar adelante
el vientre primero es mas verdadero.

26. Faced en tal guisa la obra siguiente,
ca la cimenteis al fuego de antes,
porque es a saber ca es mucho bastante
ca, si no le deis el fuego creciente;
mas antes haced que no sea ardiente
y vayan pasando noches y dias,
ca, si vos facedes aquestas porfias
ellas os darán señal excelente.

27. E veredes la obra en suma negrura
trocando aquel ser de como nació,
ca no sería ya la cosa que obró
en sus entrañas la Madre natura;
e la que antes era tan líquida e pura
en la semejanza será de la tinta;
tanto será la forma distinta
de aquel ser primero de aquesta criatura.

28. No viste la casa ca fizo la seda
por si el gusanillo a donde murió,
allí su cadaver por muerto fincó
en casa, ca fizo en donde se enreda:
ca a la corrupcion en esta non veda
en se refugir en forma distinta
de la su primera, pues nace y la pinta
uy vive con alas en forma mas feda.

29. Así nuestra obra comienza a vivir
de espiritu nuevo en nueva sustancia,
donde dispone la perseverancia
de cuerpo a quien sangra le vino a servir:
non consintedes os vuelvo a decir,
ca mayor fuego la faga combusta
ca así la fará colerica, adusta
y al cuerpo la sangre vendrá a destruir.

30. En donde vereis el mas excelente
secreto de aqueste que es obra divina;
maguer que al olfato parezca a retina
supuesto que olor muy malo se siente,
señal es llegando a aqueste accidente
el punto mas grave de aquesta lavor;
y así sustentad el mismo calor
en su primer grado permaneciente.

31. Despues de pasado el primer color
vereis otros muchos en sus diferencias
ca, son semejantes en sus dependencias
al arco de Iris en su resplandor:
con la sequedad del liquido humor
viene a ser esto de varia pintura
hasta llegar a suma blancura,
adonde aumentad un poco el calor.

32. Non vos fatigue, amigo, la obra
ni se desatine la vuestra paciencia;
ca, este es el vinculo de vuestra herencia
quando a la piedra lo blanco le sobra:
ca la fixacion entonces se obra
y no puede ser jamas desunida
e aunque por fuego fuere ella encendida,
pues su fixacion entonces se cobra.

33. Creced, como os digo, el fuego en un grado
hasta llegar a tanta blancura
que se asemeje a la nieve muy pura
la qual Elixir de plata es llamado:
mas por ser el Sol metal mas preciado,
dexadlo en el vaso con el mismo fuego
fasta la piedra venir a ser luego
en color cetrino el blanco mudado.

34. Ende creced el fuego otro grado
hasta llegar al roxo muy puro,
en todo uniforme mostrandoos seguro
el cuerpo en lo alto del vaso elevado:
sera duro y leve según he notado
diaphano y claro color de Rubi
....................
porque el gran Dios de mi sea alabado.

35. En vaso de barro aquesta metedla
que tenga cubierta de oro cual él, como cazuela, y de este y de aquel
ca junta con lienzo, y con barro asida
en que tres vegadas pueda ser metida
por el cuerpo la piedra para su grandor
y al reverbero del fuego y calor
de llamas de leña hareis sea cocida.

36. Aquí pues la piedra se hará calcina
dentro de diez paralelos del Sol
y al fin sacadla de aqueste crisol,
será hecho polvo la gran Medicina;
primera materia que a todo se inclina,
do no ay calidad por ser quinta esencia,
ca todo se aplica y tiene potencia
para toda cosa a que se encamina.

37. En este principio de naturaleza
no es oro, ni plata, ni otro mineral
n forma sujeta a algun vegetal,
mas disposicion que a todo endereza:
si al oro se aplica, del toma firmeza
para convertir en oro las cosas;
si al hombre, lo mismo por obras famosas
le da suavidad con suma certeza.

38. Debaxo de este oro que es impalpable
catad que se falla un atierra luciente,
empero muy negra y resplandeciente,
mas no es para cosa que sea loable:
....................
bien que es menguado de toda fusion
e si en los metales no hace impresión
ca su sequedad es mucho admirable.

39. Mas sed vos quitado de restituir
a la sequedad el humedo, quando
por partes iguales se viena ajustando
quanto es la mageria de vuestro Elyxir:
limpio el azogue habeis de añadir
de pesos iguales, y todo en mistura
en el mismo vaso, o otros su hechura
tenudo sereis de lo recluir.

40. Y como primero hicisteis del fuego
así lo faced en este camino:
que en tiempo mas breve el negro divino
vereis y colores de su primer fuego;
y hasta llegar al roxo que luego en piedra se torna mas que el Rubí
de vista excelente cual es la que vi:
el que no lo cree sabed que va ciego.

41. Por claras palabras la verdad os digo
y como lo hice, y vi su valor
así lo faced con grande primor,
ca no es engaño pues yo soy testigo;
y al Dios de las gentes por ello bendigo
ca, como sabeis, me hizo abastado
de ciencia, y riqueza, de amor y estado,
pues de estos jamas anduve mendigo.

42. Y si vos quereis que aquesto convierta
en ciento una parte aquesto infinito
e antes que tenga fermento oscito,
seredes tenudo por cosa muy cierta:
a ciento de azogue en luna no muerta
estando caliente, ponedvos ayna
una de aquesto, será Medicina
ca sin para oro, no cierra la puerta.

43. Del Sol calcinado juntad una parte
con quatro de azogue bien puro y purgado
y a quatro de aqueste le serán juntado
una de vuestro Elixir, según arte:
en vidrio lutado ponedlo a un aparte
e encendedle de suso fuego de carbones
e diez dias, si sufre aquestas passiones,
para convertirle será grande parte.

44. Y vos si quereis hacer proyección,
poned en crisol cien partes pesadas
de azogue con brasas de fuego inflamadas,
le fagan sentir la su inflamacion;
y cuando el azogue padezca passion
y en horno comienze a quererse ir,
echadle una parte de vuestro Elyxir;
en somo ponedle de barro un tapon.

45. A poco de rato dexadlo enferiar,
será para muchos de gran Medicina
cien partes de azogue purgado domina
en oro muy puro lo hace tornar;
mas si vos quereis mas escatimar,
en plomo faredes esta operación:
que no se recela por la su impresión
a todo metal en oro tornar.

46. A todo se aplica, y en si lo convierte
en un natural bien complexionado,
la mitad de un grano de aquesto tomado
por boca le hace al hombre ser fuerte:
....................
que tanta salud no tubo ninguno,
y el tiempo que a todos es importuno
aqueste le lleva sano hasta la muerte.


Alfonso X el Sabio

jueves, 13 de mayo de 2010

CARTA DE ARISTEO A SU HIJO SOBRE EL MAGISTERIO HERMÉTICO

(Extraída de la “Biblioteca de los Filósofos Herméticos”. Manuscrito anónimo conservado en la Biblioteca de Grenoble, número 819, siglo XVIII, páginas 183-192)

Hijo mío:

Después de haberte transmitido el conocimiento de todas las cosas, y de haberte enseñado cómo debes vivir y regular tu conducta de acuerdo con las máximas de una filosofía excelente, después de haberte instruido sobre todo lo que atañe al orden y al conocimiento de la monarquía del universo, sólo me resta por darte las llaves de la naturaleza, conservadas por mí con gran esmero.

De entre todas estas llaves, la que abre el lugar cerrado ocupa sin dificultad el más alto rango; es la fuente misma de todas las cosas y no cabe duda de que Dios le ha dado una propiedad del todo divina. Para quien está en posesión de esta llave las riquezas se tornan despreciables, ningún tesoro se le puede comparar. ¿De qué sirven las riquezas a aquellos que están sujetos a las desgracias que infligen las enfermedades humanas? ¿Qué valen los tesoros cuando se es derribado por la muerte? No hay riquezas que sean conservadas cuando la muerte nos atrapa ; pero, si poseo la llave alejaré tanto como sea posible mi deceso y, además, estaré seguro de haber adquirido un gran secreto que espanta toda suerte de padecimientos. Las riquezas están en mi mano, no me faltan los tesoros, huye la languidez; la muerte tarda cuando tengo la llave de oro.

Ahora, hijo mío, te la voy a ceder como herencia, mas te conjuro por el nombre de Dios y por su Santo Trono para que la guardes encerrada en el cofre de tu corazón y sometida al sello del silencio. Si te sirves de ella te colmará de bienes, y cuando seas viejo o empieces a ver declinar tu cuerpo ella te aliviará, te renovará, te curará. Pues sucede que, por una virtud que le es propia, remedia todas las enfermedades, ennoblece los metales y hace felices a sus poseedores. Nuestros padres nos pidieron bajo juramento aprender a conocerla y no dejar de utilizarla para hacer el bien al indigente, al huérfano y al necesitado, haciendo de este comportamiento nuestra marca y nuestro genuino carácter.

Todas las cosas que están bajo el cielo, divididas en especies diferentes, tienen como origen un mismo principio, y este es el aire del que todo fluye. El alimento de cada cosa muestra cual es su origen, puesto que lo que sostiene la vida es también lo que sostiene el ser. El pez emplea el agua, el niño mama de su madre, por su vida conocemos el principio de estas cosas. La vida de las cosas es el aire, éste es pues el principio de las cosas. Además, el aire corrompe el cuerpo de todas las cosas.

Lo que trae la vida como un don puede también interrumpir la vida. La madera, el hierro, las piedras, son disueltos por el fuego, y por él todas las cosas vuelven a su estado primero. Aquí está la causa de la generación, que también lo es por diferentes métodos de la corrupción. Y si sucede que ciertas criaturas sufren, sea por efecto del tiempo, sea por un caso fortuito, el aire viene ciertamente en su auxilio para curarlas de su imperfección y de su enfermedad.

La tierra, el árbol, la hierba, languidecen a veces por exceso de calor, el rocío del aire repara en todos ellos este defecto. Así ninguna criatura puede ser restablecida salvo por algo que esté en su propia naturaleza. Y sucede que el aire es el principio fundamental de todas estas cosas, por lo que puede concluirse que es la única medicina universal. Sabemos que en él mismo se encuentra la simiente, la vida, la muerte, la enfermedad, el remedio por excelencia. En él ha encerrado la naturaleza todos sus tesoros, y los ha comprimido como en un depósito propio y particular. no obstante, tener la llave de oro es saber liberar esta cámara estanca para extraer el aire del aire. Pero si se ignora como atrapar ese aire, entonces es imposible adquirir aquello que cura las enfermedades particulares y generales, llamando a los metales a la vida. Si deseas expulsar todas las enfermedades es necesario que busques el remedio dentro de la fuente común.

La naturaleza produce al semejante sacándolo del semejante y reúne especie con especie. Aprende pues, hijo mío, a capturar el aire, aprende a conservar la llave de oro de la naturaleza. Todas las criaturas pueden atrapar perfectamente el aire si conocen la llave de la naturaleza, sólo si conocen esta llave. El saber extraer el aire del arcano celeste es verdaderamente un secreto que supera la capacidad del espíritu humano, un gran secreto que contiene la virtud que la naturaleza ha atribuido a todas las cosas. Pues las especies se prenden por medio de sus especies semejantes. A un pez se le coge con un pez; a un pájaro con otro pájaro, y al aire se lo atrapa con otro aire que lo seduce.

La nieve y el hielo son un aire que el frío ha congelado, la naturaleza los ha dado una disposición que los permite poder capturar el aire. Coloca una de estas dos cosas en un vaso cerrado. Hazte con el aire que se congela alrededor, recogiendo lo que se destila en forma de humedad cálida en un vaso pequeño y profundo, cerrado, grueso, fuerte y limpio, de manera que puedas hacer cuánto te plazca, bien los rayos del sol, bien los de la luna. Cuando el vaso esté lleno cierra bien su boca para que esta chispa celeste, que está ahí concentrada, no se disipe en el aire. Llena tantos vasos como quieras de este líquido, atiende a continuación a lo que debes hacer y guarda silencio.

Construye un pequeño horno, adáptale un vaso lleno hasta la mitad de aquel aire capturado. Séllalo. Dispón seguidamente el fuego de manera que suba sólo la porción más ligera del humo, sin violencia, como hace en la naturaleza, en el centro de la tierra, donde el fuego calienta sin cesar produciendo una circulación continua de los vapores del aire. Que este fuego sea moderado, húmedo, suave, parecido al de un pájaro incubando sus huevos. Una vez conseguida esta disposición debes continuar de manera que el fruto aéreo cueza sin consumirse, agitándolo durante largo tiempo, hasta que quede enteramente cocido en el fondo del vaso. Añade nuevo aire a este aire, no en gran cantidad, sino en la proporción que haga falta. Haz de manera que se licúen ligeramente, que se pudra, que se ennegrezca, que se coagule, y que una vez fijado, enrojezca. Después toma la parte pura separada de la parte impura por medio del fuego y de un artificio divino. Toma al fin la parte pura de un aire crudo, a la que unirás de nuevo la parte pura endurecida. Haz de manera que se disuelvan, que se unan, que se ennegrezcan ligeramente, que se tornen blancos, que se endurezcan y que, por último, se enrojezcan.

Aquí termina la obra. Has hecho el elixir que produce todas las maravillas que has visto. Tienes la llave de oro, el oro potable, la medicina de todas las cosas, un tesoro inagotable. Así sea. Amen.


jueves, 1 de abril de 2010

El Oro y la Inmortalidad


La «nobleza» del oro es ser el fruto llegado a la maduración, los otros metales son «vulgares» pues ellos no son maduros. En otros términos, el final último de la Naturaleza es la consumación del reino mineral, su «maduración» completa. La transmutación natural de los metales en oro está inscrita en su destino, pues la Naturaleza tiende a la perfección.

Esta increíble exaltación que provoca el oro nos incita a detenernos un instante; existe una maravillosa mitología del Homo faber. Todos estos mitos, estas leyendas y estos poemas épicos cuentan los comienzos decisivos de la conquista del mundo natural por los primeros hombres. Pero el oro no pertenece a esta mitología del Homo faber, es una creación del Homo religiosus; este metal toma valor por razones esencialmente símbólicas y religiosas: fue el primer metal que los hombres utilizaron, siendo que no se puede hacer de él ni útiles ni armas. En el curso de la historia, hubo innovaciones tecnológicas desde el empleo de la piedra a la elaboración del bronce, después el fierro y por fin, el acero, pero el oro no ha jugado ningún rol en esa evolución de la técnica. Por otra parte, es el metal más difícil de explotar: para obtener de seis a doce gramos de oro fino, es preciso acarrear a la superficie una tonelada de mineral.

La explotación de depósitos fluviales es a menudo menos complicada pero también mucho menos productiva: algunos centígramos por metro cúbico de arena. En comparación, el trabajo de explotación del petróleo es infinitamente más simple y más fácil; sin embargo, desde el tiempo de los faraones hasta nuestros días, los hombres han continuado laboriosamente su búsqueda obstinada. El valor simbólico primordial del oro no ha podido jamás ser abolido, a pesar de la desacralización progresiva de la Naturaleza y de la existencia humana.

«El oro es la inmortalidad» repiten los Brahmanas, esos textos rituales post-védicos que fueron compuestos a partir del siglo VIII A. C. En consecuencia, cuando se ha tenido éxito en obtener el elíxir que transforma los metales en oro alquímico, se ha alcanzado también la inmortalidad: la transmutación de los metales equivale a un crecimiento milagroso.

Según el famoso alquimista Arnoldo de Villanova, «existe en la Naturaleza una cierta materia pura que, descubierta y llevada a la perfección por el Arte, convierte en ella todos los cuerpos imperfectos que ella toque.» En otros términos, el Elixir (o la Piedra Filosofal) consuma el trabajo de la naturaleza y lo completa. Como lo dice el Hermano Simón de la Colonia en Speculum minus alchimiae : « Este arte nos enseña a preparar un remedio llamado Elixir, el cual, vertido sobre los metales imperfectos, los perfecciona completamente, y es por esta razón que fue inventado.»

En la obra de teatro El Alquímista de Ben Johnson, se desarrolla la misma idea. Uno de los personajes, Surly, duda en compartir la opinión alquímica según la cual el crecimiento de los metales sería comparable a la embriología animal, o sea que, igual que el polluelo que sale del cascarón, no importa que metal terminaría por transformarse en oro gracias a la lenta maduración en las entrañas de la Tierra. Porque, dice Surly, «el huevo está destinado por la Naturaleza a ese fin y es un polluelo in potentía ». Otro, Subtie, le replica: «Nosotros decimos que tanto el plomo como los otros metales serían oro si ellos hubieran tenido el tiempo para llegar a serlo, (si el hombre no los hubiera arrancado de la Tierra). Otro personaje, Mammon, agrega: «Y es eso lo que realiza nuestro Arte.»

Por otra parte, el Elixir es capaz de acelerar el ritmo temporal de todos los organismos, de ahí su crecimiento. Raimundo Lull escribía: «En primavera la Piedra, por su inmenso y maravilloso calor, aporta la vida a las plantas: si tú disuelves el equivalente de un grano de sal en una cáscara de nuez llena de agua, con la que tú riegas una cepa de viña, ella te dará uvas maduras en el mismo mes».

La alquimia china, como la alquimia árabe y la occidental, exalta también las virtudes terapéuticas universales del Elixir. Ko Hung repite a menudo que el Elixir podía «sanar» los metales ordinarios y transformarlos en oro.

Roger Bacon, sin emplear las expresiones de Piedra o de Elixir, habla en su Opus Majus de una «medicina que hace desaparecer las impurezas del cuerpo e impide tan bien la decadencia de ese cuerpo que prolonga su vida en muchos siglos.» Y Arnoldo de Villanova: «La Piedra Filosofal cura todas las enfermedades. Cura en un día una enfermedad que duraría un mes, en doce días una enfermedad de un año, una más prolongada en un mes. Ella da a los viejos la juventud.» Pareciera que el secreto principal del opus alchimicum estuviera ligado al poder del Adepto sobre el tiempo humano y el cósmico.

Se puede distinguir tres importantes ritmos temporales en la Naturaleza: el tiempo geológico, el vegetal y animal, y el tiempo humano. En otros términos, la Naturaleza es un inmenso organismo viviente, donde todo lo que la compone - minerales, piedras, plantas, animales y hombres - son el resultado de una inseminación, de una germinación, de un nacimiento. Sin embargo, los ritmos temporales son diferentes para cada forma de vida; la llegada a la maduración de los minerales se hace en algunos millares de años, mientras que las plantas crecen, fructifican y mueren en algunos meses. Para comandar al Tiempo, es necesario también controlar sus diferentes ritmos, a fin de intercambiar sus ciclos temporales.

Los primeros mineros y metalúrgicos creían poder acelerar el crecimiento de los minerales por el fuego. Los alquimistas fueron más ambiciosos: ellos pensaban «sanar» los metales ordinarios y acelerar su maduración, transmutándolos en metales más nobles y al fin en oro; pero iban aún más lejos: suponían que su elixir podía sanar y rejuvenecer a los hombres, prolongar su vida indefinidamente y hacerlos seres inmortales. En resumen, para los alquimistas, la vida era la epifanía del tiempo orgánico. Pero la intervención activa del alquimista en el ciclo natural introducía un nuevo elemento que se podría calificar de «escatológico».

El opus alquímico: la sanación, la maduración acelerada y el perfeccionamiento de las creaciones de la Naturaleza, hace aparecer una eschatologie naturelle, si se puede decir; el alquimista anticipa «el fin y la realización gloriosa» de la Naturaleza.

Se puede comparar tal pensamiento a la esperanza que tenía Teilhard de Chardin en una redención cósmica a través de Cristo, es decir, la transmutación de la materia cósmica por el sacramento de la misa.

Como lo vamos a ver, existe una simetría fundamental entre la teología optimista de Teilhard de Chardin, y más especialmente entre su esperanza de una escatología cósmica cumplida por el Cristo, y la ideología religiosa de la alquimia occidental tardía.

Se puede decir que el alquimista ha terminado la última fase de un proyecto muy antiguo que nació cuando los primeros hombres emprendieron la tarea de transformar la Naturaleza. El concepto de la transmutación alquímica es entonces la última expresión de esta creencia inmemorial de la acción humana sobre la transformación de la Naturaleza. El mito de la alquimia es uno de los raros mitos optimistas: en efecto, el opus alquimicum no se contenta solamente en transformar, perfeccionar o regenerar la naturaleza; además confiere la perfección a la existencia humana, dándole salud, juventud eterna y aun inmortalidad.

Se puede decir, en la perspectiva de la historia de las religiones, que es por la alquimia que el hombre recobra su perfección original, cuya pérdida ha inspirado tantas leyendas trágicas en el mundo entero.

Para el alquimista, el hombre es un creador: él regenera la Naturaleza y domina al Tiempo; él perfecciona la creación divina. Se puede comparar esta «escatología natural» a la teología evolucionista, redentora, cósmica de Teilhard de Chardin, de quien se admite generalmente que es uno de los raros teólogos optimistas. Es ciertamente esta concepción del hombre como un ser creador de imaginación inagotable que explica la supervivencia de los ideales alquímicos en la ideología del siglo XIX. Si hubieran estado completamente secularizados en esa época, su sobrevida habría estado comprometida ya que la alquimia como tal había desaparecido. El triunfo de las ciencias experimentales no había abolido los sueños y los ideales de la alquimia, pero la nueva ideología del siglo XIX los cristalizaba alrededor del mito del progreso infinito. Esta ideología, confirmada por las ciencias experimentales y los progresos de la industrialización ha retomado los sueños milenarios de los alquimistas y les ha vuelto a dar un impulso, a pesar de su secularización radical. El mito de la perfección y de la redención de la Naturaleza ha sobrevivido bajo otra forma en los proyectos prometeicos de sociedades industrializadas, que tienen por meta la transformación de la Naturaleza, y más especialmente su transmutación en «energía».

Es también en el siglo XIX que el hombre ha tenido éxito en suplantar al Tiempo; su deseo de acelerar el ritmo natural de los seres orgánicos y no orgánicos comenzó a realizarse, luego que los productos sintéticos de la química orgánica han demostrado la posibilidad de acelerar y a la vez de anular el tiempo, por la preparación en laboratorios e industrias de substancias que la Naturaleza habría producido en algunos millares de años. Es la «preparación sintética de la vida» aunque no sea más que bajo la forma de algunas modestas células protoplasmáticas la que ha sido, nosotros lo sabemos, el sueño supremo de la ciencia, desde la segunda mitad del siglo XIX hasta nuestros días.

Conquistando a la Naturaleza por las ciencias fisicoquímicas, el hombre puede llegar a ser su rival, sin ser el esclavo del tiempo, porque entonces la ciencia y la mano de obra harán su trabajo. Es con lo que él reconocía ser lo esencial de sí mismo, su inteligencia aplicada y su capacidad de trabajo, que el hombre moderno retoma sobre sí la función de la duración temporal, el rol del tiempo. Cierto, él ha sido condenado al trabajo desde el comienzo; pero en las sociedades tradicionales, el trabajo tenía una dimensión litúrgica y religiosa; mientras que ahora, en las sociedades industriales modernas, está enteramente secularizado. Por primera vez en su historia, el hombre ha asumido la tarea de «hacerlo mejor y más rápido» que la Naturaleza, sin tener a su disposición esa dimensión sagrada que volvía soportable el trabajo en otras sociedades.

Esta secularización radical del trabajo humano ha tenido consecuencias tales que se las puede comparar con las que implicaban la domesticación del fuego y el descubrimiento de la agricultura.

Pero esa es otra historia ...


Mircea Eliade


Extractado por Carmen Bustos de
Alquimia Asiática.- Editorial Paidós.
Cosmología y Alquimia Babilónica.- Editorial Paidós.

miércoles, 10 de febrero de 2010

DEL SUEÑO A LA REALIDAD

Si quieres hacer un pastel de manzanas desde cero, primero tienes que crear el universo.-
Carl Sagan



El acto creativo más profundo que experimentamos como seres humanos es dar a luz a nuestros hijos. Las grandes fuerzas nos llevan a seguir el mandamiento de reproducirnos; aunque algunos de nosotros casi no sentimos este gran impulso, está allí como fuerza motriz, para asegurar nuestra futura existencia. Le ponemos una etiqueta y lo experimentamos comúnmente como una fuerza impulsora sexual, que sin embargo va mucho más allá de la supervivencia del género humano; de hecho, va más allá de la supervivencia de todos los tipos de vida. Borbotea continuamente en cada uno de nosotros; dirige nuestra existencia produciendo las ideas que fluyen por nuestras cabezas, formando las mismísimas palabras que pronunciamos.

Cada ser vivo siente esta fuerza impulsora de crear: tu perro, la serpiente en la hierba, las células de tu cuerpo, los insectos y las plantas la sienten. El flujo constante de encendido/apagado, vida/muerte, principio/final, esa presencia imposible de álef (espíritu incorpóreo) palpita en cada uno de nosotros como bet (la consciencia reconociéndose). En este sentido creativo, todos somos hijos de la enorme mente-espíritu que llena el universo y lo creó, y al igual que nuestro creador-espíritu, cada uno de nosotros tiene el poder de crear. Prueba de ello es que podemos pensar y hablar.

Este es el milagro de la acción creativa: nuestra descendencia, que puede tener la forma de nuestra propia carne y sangre o los pensamientos que nos salen de la frente, como en el mito de Zeus, cuando éste da a luz a su hija Atenea. Vamos ahora a explorar las bases alquímicas del impulso creativo (el sentimiento o el impulso de crear) y la importancia del concepto de la creación primogénita. Veremos cómo la creación implica y produce el sentimiento vivo que todos experimentamos y que al igual que el creador indio Brahma, que sueña para crear mundos, y el Gran Espíritu aborigen australiano, que sueña en la existencia de todos nosotros, nosotros también encontramos la fuente de nuestra capacidad creativa en nuestros sueños.

Todo empezó como un sueño

Al soñar, creamos una historia o jugamos. Contar cuentos o actuar parece ser una parte muy importante de la evolución humana; soñamos porque lo necesitamos para evolucionar y, de hecho, la mayoría de las criaturas sueñan.

Soñar es el resultado de la consciencia evolutiva de cada criatura sobre cómo adaptarse a su entorno. Si analizáramos el hecho de soñar desde un punto de vista científico puramente rutinario, tendríamos que decir que los sueños son importantes porque permiten que las criaturas desarrollen estrategias de supervivencia o modifiquen la programación a partir de los cambios medio-ambientales diarios. No existe una fórmula sencilla de definir lo que son los sueños, pero las pruebas actuales indican que sin duda tienen un papel evolutivo.

La teoría evolutiva de Darwin declara que la evolución de la vida es un proceso de selección natural. Según Darwin, la vida es una lucha competitiva para sobrevivir frente a los recursos limitados, en muchos casos. Los seres vivos deben competir por comida y espacio, evitar depredadores y enfermedades y a su vez lidiar con cambios impredecibles en su entorno. Darwin sugirió que en una población y entorno concreto existen individuos que poseen unas características que les permiten una mayor supervivencia y reproducción. Sin embargo, cómo adquieren estas características sigue siendo aún hoy un misterio, aunque las heredan las siguientes generaciones. Como la característica adquirida beneficia al organismo, la cantidad de organismos con estos nuevos rasgos aumenta a medida que las generaciones van transmitiendo esta combinación ventajosa de características. Del mismo modo, puede decirse que la especie que no presenta estos rasgos beneficiosos va perdiendo gradualmente individuos. Por lo tanto, según Darwin, a lo largo del tiempo la selección natural hace que el equilibrio de la población se incline hacia esos individuos con la combinación de rasgos, o adaptaciones, más adecuados a su entorno.

Pero mi pregunta sigue siendo: ¿cómo adquiere una especie la característica que se necesita? Las experiencias del sueño de los pueblos aborígenes australianos indican que la característica que se necesita surge y nace por primera vez en los sueños. Cada criatura sueña con la posibilidad de la siguiente evolución, de manera que, por ejemplo, el pez sueña con el anfibio y el anfibio con el pájaro, y así sucesivamente. Es decir, soñamos ante todo para ser conscientes de nuestras futuras posibilidades: las nuevas formas en las que cada uno de nosotros puede existir. Esta capacidad de sentirse como algo nuevo o modificado parece ser vital para la supervivencia y para modificar el código genético; sin ella, no somos capaces de sobrevivir tanto como especie.





Además, la capacidad de ver las posibilidades futuras atrae el futuro al presente. Este movimiento de futuro-a-presente es distinto, por supuesto, del modelo normal en el que vemos cómo fluye el tiempo de forma lineal del pasado al presente y al futuro. Dicho en otras palabras, la consciencia puede funcionar de manera distinta en el estado de sueño que en nuestro estado despierto.

La materia sueña.- Según la ciencia moderna, si creemos que toda la consciencia surge de la materia, la materia en sí debe soñar. Sabemos que los sueños ocurren y que casi todas las cosas sueñan. Así pues, cuando digo que la materia sueña, me limito a seguir el hilo lógico de la idea basada en la filosofía materialista.

El razonamiento es el siguiente: el universo está compuesto de materia, y la materia que interactúa con la materia crea todos los fenómenos físicos distintos que se pueden observar, incluyendo la vida y sus formas evolutivas y la mente. En última instancia, la vida y la consciencia son fenómenos físicos que se pueden observar. Así pues, cualquier cosa asociada con la vida debe estar a su vez asociada con los objetos materiales que chocan o interactúan entre sí. Por lo tanto, el estado de sueño y toda la consciencia consciente surgen de la materia interactuando, y llegamos a la conclusión de que la materia sueña (como mínimo esta es la conclusión lógica desde el punto de vista materialista).

Sin embargo, yo no he llegado a esta conclusión, puesto que creo que el materialismo en sí es erróneo como base para entender la ciencia; es demasiado reduccionista. El reduccionismo no es tan importante como la base sobre la que se sostiene el reduccionismo, puesto que la materia es la base. Como expliqué en La Mente en la Materia, creo que la materia debe ser una cualidad secundaria, que debe existir una cualidad principal de la que surge la materia. Del mismo modo que debe haber un orden implícito, como diría el físico David Bohm, del que surge la consciencia y el conocimiento, también debe de existir algún orden, que no se percibe directamente, del que surgen la materia y el espacio.

Sabemos, o digamos que tenemos pruebas experimentales que lo sugieren, que hubo un big bang y que el universo fue creado a partir de un punto. La teoría está basada en dos o tres conjuntos de pruebas muy sólidas, aunque no por ello eso fue lo que ocurrió real y necesariamente. Sin embargo, es lo que creemos en la actualidad según las pruebas: que el universo nació a partir de la nada.

Y no sólo nació el universo, sino que toda la materia, el espacio y el tiempo también nacieron simultáneamente. Según la teoría general de la relatividad, la materia no sólo surgió en espacio y tiempo, porque no pudo ser así. El espacio y el tiempo tenían que surgir simultáneamente con la materia y la energía. Por lo tanto, la materia no puede ser fundamental y nuestra filosofía materialista es errónea simplemente porque no tiene en cuenta el concepto elemental del big bang. Tiene que haber algo más fundamental que la propia materia.

Compartiré un pensamiento más que nos ayudará en adelante. Según el principio de la física cuántica de la complementariedad, la materia y la energía acaban siendo complementos necesarios en el espacio y el tiempo. Así pues, no podemos describir el mundo de los acontecimientos en términos de espacio y tiempo y en términos de energía y materia a la vez. Este hecho nos ayuda a entender el axioma de la nueva alquimia, el como es arriba es abajo. De hecho, esta complementariedad es lo que tenemos que ver si queremos que la evolución se parezca a la visión de Darwin o a cualquier otra neoforma que pueda adoptar.

¿Qué es más fundamental?

Podemos imaginarnos la base fundamental de la existencia, de la que apareció en primer lugar el espacio, el tiempo, la energía y la materia, como la gran madre-diosa o el gran padre-dios. Estas imágenes aparecen una vez tras otra en los textos antiguos de muchas culturas. Todo lo que puedo contar sobre ello es mi propio punto de vista, pero ahí va.

Existen varias pistas sobre la existencia de una base más fundamental de la existencia, y una de ellas es la realidad del vacío de espacio. Sabemos que un espacio “vacío” puede estallar en materia y energía, y por lo tanto puede envolver lo que ha creado y reabsorber lo que ha engendrado. Así pues, podría decirse que el vacío de espacio puede crear y aniquilar, de manera que tendremos un baile continuo de objetos que aparecen y desaparecen rápidamente, por todas partes, en todo momento. Dicho baile impregna todas las cosas y su resultado es que nada se vuelve a repetir exactamente de la misma forma, aunque lo pueda parecer.

Cuando el espacio está absolutamente vacío, cuando no hay nada, el proceso parece ser inestable, y existe una gran tendencia a producir objetos. De vez en cuando, esta tendencia incluso permite que los universos “aparezcan de repente”. El espacio dentro de un universo, sin embargo, cuando ya ha sido creado, parece ser más estable, relativamente hablando, en términos de tiempo; parece haber menos procesos de creación de universos dentro de un universo espacio-tiempo. Cuando surgen la materia, el espacio-tiempo y la energía, parece que hay una menor tendencia a producir otro universo justo después o en la proximidad inmediata. Así pues, aparentemente, existe una norma sobre cómo debería o no debería crearse un universo.





De la “historia” que acabo de contar, que está basada en la física y en la especulación, proviene otra historia de la espiritualidad, la Danza de Shiva. En esta historia, Shiva y Shakti bailan la danza de la creación y la aniquilación. Shiva es el Creador-Destructor. A veces Shiva se presenta como Shakti, la consorte de Shiva. Él/Ella es quien aparece como Kali, la diosa que mata y destruye para que ocurra la recreación. Así pues, la Danza de la aniquilación y la Creación, que es una parte de la física moderna, también es una parte de la mitología antigua.

En la cábala, los principios del misticismo judeocristiano, que se remontan a la época anterior a la aparición de judíos o cristianos hasta el pueblo de la tierra de Ur (ahora conocida como Irak), hubo una visión de este proceso en funcionamiento. El espíritu, simbolizado por la letra álef, la letra “primogénita” del alfabeto hebreo, fue capaz de producir o emanar un movimiento vibratorio de resistencia a sí mismo que se llamó agua, o mem (la decimotercera letra del alfabeto hebreo). Luego el espíritu fue capaz de respirar vida en esa agua y, al hacerlo, apareció un movimiento del espíritu al agua y del agua de nuevo al espíritu. Este movimiento de doble flujo recuerda tanto al proceso de aniquilación y creación como al ciclo de vida y muerte.

El flujo del espíritu al agua es creativo y el flujo del agua al espíritu es destructivo, lo cual produce una danza continua de vida. Este proceso también puede simbolizar la danza de la consciencia o conocimiento, o incluso el movimiento de ondas cuánticas de posibilidad de un acontecimiento presente a un acontecimiento futuro, y luego hacia atrás en el tiempo al acontecimiento presente de nuevo.

Así pues, existen una serie de analogías, indicios y visiones que se nos presentan quizá de un orden más profundo e implícito, en diferentes momentos, aunque siempre como imágenes arquetípicas. Somos capaces de entender estas imágenes cuando aparecen de eón a eón, a través de los distintos niveles de nuestra percepción e inteligencia. Seguramente seamos más “inteligentes” ahora de lo que lo hayamos sido jamás, puesto que tenemos más datos, más teoría y más procesamiento. Es decir, tenemos muchas más cosas para analizar en términos de conocimiento y ciencia, y éste puede ser un indicio que nos cuenta cosas sobre el orden oculto. Sin embargo, a pesar de la mayor inteligencia e información, el modelo básico del proceso fundamental sigue siendo idéntico: como es arriba es abajo, como es dentro es fuera.

¿Qué es la consciencia?.- Quizá la prueba más importante que tenemos sobre la existencia de la matriz de la que todos surgimos provenga de la actividad de la mente: la consciencia. La consciencia parece ser un proceso en el que un entorno y el observador de ese entorno se definen simultáneamente. Esta acción, que quizá no requiera pensamiento, pero que aún así parece requerir algún tipo de consciencia, causa una división entre el sujeto y el objeto, entre el “allí fuera” y el “aquí dentro”, o entre el yo y el no-yo. La consciencia permite que nos refiramos a nosotros mismos como entidades individuales, separadas del mundo exterior. Cuando estamos despiertos, cuando hemos aprendido a dirigir la corriente de consciencia que borbotea en nuestro interior, estamos inundados con imágenes, sensaciones, acontecimientos y posibilidades. En la consciencia despierta normal perdemos el contacto con el proceso y sencillamente lo damos por hecho. Cuando estamos dormidos y soñando, sin ninguna interrupción importante desde fuera, nuestros cuerpos nos preparan para un contacto directo.

Parece que el sueño es el lugar en el que aprendemos a cómo ser conscientes y a separar un “allí fuera” de un “aquí dentro”. El sueño es como un laboratorio de auto creación en el que una entidad queda definida a sí misma. Se trata de un proceso de auto referencia que parece ser absolutamente necesario para que ocurra cualquier tipo de consciencia. Por lo tanto, soñamos con despertarnos a la experiencia de la vida del nacimiento continuo.

La creación del yo pequeño.- Algunos investigadores sugieren que los primeros humanos empezaron a soñar para sobrevivir, puesto que el sueño inducía una especie de parálisis que mantenía al soñador inmóvil. De este modo, el soñador podría evitar a los depredadores. El investigador de sueños Montague Ullman plantea que no necesariamente soñamos para sobrevivir como individuos sino como especie. De hecho, muchos pueblos tribales reconocen el uso de los sueños para la supervivencia del grupo y utilizan el estado del sueño, por ejemplo, para encontrar comida o huir de los depredadores o enemigos. Así pues, aunque existimos como individuos, somos también parte de una familia, grupo, nación o, en general, un conjunto más grande de criaturas, y hay más que la mera supervivencia individual en juego.

La individuación parece ser un aspecto importante de supervivencia, pero ¿por qué? ¿Qué es “mi yo mismo”? ¿Por qué me reconozco como individuo separado de los demás? Intentemos responder a estas preguntas. Si soy un miembro de una tribu, mi concepto de yo es diferente que si soy un miembro de una unidad familiar cerrada. Mi comportamiento, a su vez, depende de cómo me veo a mí mismo. Por ejemplo, los soldados que luchan en una guerra se ven a sí mismos como parte de una unidad más grande y se comportan de manera bastante distinta con los que se encuentran fuera de su unidad, particularmente con los enemigos, de lo que lo harían si se tratara de la gente de pueblo que saluda a unos forasteros. Por lo tanto, nuestra consciencia del mundo a nuestro alrededor depende en gran parte de cómo pensamos sobre nuestra individualidad en relación con nuestro entorno.

Los sueños son vitales para la formación de un yo, pero el concepto del yo es siempre variable, ya que el yo no es necesariamente sólo una “caja-de-piel”. Por ejemplo, un sueño aborigen puede implicar un concepto del yo muy distinto a nuestro concepto del yo. Parece ser que los pueblos aborígenes tienen una consciencia de ellos mismos que roza la telepatía; es decir, son conscientes de situaciones de las que normalmente nosotros no seríamos conscientes, como por ejemplo de que un miembro de su grupo, a una cierta distancia, está en peligro. Así pues, mientras nosotros necesitamos que alguien nos llame por teléfono para ser conscientes de una situación de este tipo, los pueblos aborígenes parecen tener un conocimiento que proviene de la intuición (destellos de consciencia) que más tarde comprueban cuando regresan a la situación tribal.





En los años setenta y ochenta, Ullman, Stanley Krippner, y otros, llevaron a cabo una investigación sobre los estados del sueño y la telepatía. Llegaron a algunas conclusiones corroboradas de que es posible tener estados telepáticos de consciencia durante los sueños. En otras palabras, una persona despierta y una persona soñando pueden comunicarse telepáticamente. Así pues, parece ser que el estado de sueño es donde se desarrolla esta capacidad. Para las tribus aborígenes es vital desarrollar esta conciencia telepática, pero parece que en nuestra cultura no lo es.

Porque hay sólo una mente en todo el universo. La física cuántica ofrece muchas posibilidades para explicar lo paranormal, aunque la física, en general, también lo consigue. La pregunta no es tanto: “¡Vaya! ¿Por qué no sabíamos esto?”, sino: “¿Qué posible mecanismo podemos probar para descubrir lo que está ocurriendo?” Es un tema complejo y ahora es mucho más complicado porque antes no había nada en la física que lo explicara.

Dicho de otra manera, todos los mecanismos que ha presentado la física están basados en la noción de que el tiempo y el espacio en sí no son primordiales, sino algo secundarios, y de que existe un orden implícito en el universo, como dice David Bohm, que es más importante que el espacio y el tiempo. En dicho orden implícito, las separaciones de tiempo y espacio que damos por supuestos en nuestra visión diaria del mundo no existen.

Así pues, si existe un proceso de pensamiento o comunicación anterior al espacio y al tiempo, cuando el tiempo y el espacio surgieron se supo simultáneamente en toda una serie de lugares o tiempos distintos, o en ambos. Por lo tanto, las personas capaces de comunicarse en este nivel de la Unidad, u Orden Implícito, pueden comunicarse de tal forma que no existe la separación. Luego, cuando se separan, es como si se hubieran comunicado a través de una gran distancia, cuando en realidad no hubo distancia alguna implicada.

Se podría decir que se trata de otra dimensión, aunque es difícil encontrar las palabras correctas para describirlo. Bohm utilizó el ejemplo de un pez en un acuario, nadando hacia delante y hacia atrás. En el mundo en el que estamos, cuando observamos este pez nadando de este modo no hay nada poco común; es sólo un pez que nada hacia delante y hacia atrás. Sin embargo, si lo comparamos con el mundo del orden implícito que normalmente no vemos, sería como si viéramos el mundo del orden explícito, nuestra visión del mundo corriente, a través de dos cámaras de televisión centradas en el pez. Una cámara se centraría en el pez cuando nada de derecha a izquierda y la otra cuando nada en el lado contiguo del acuario, de manera que podríamos ver el pez acercándose y luego alejándose: primero veríamos cómo aumenta la cabeza, luego veríamos un capirotazo y de repente sería la cola la que aumentaría y luego disminuiría; luego volvería a dar un capirotazo y veríamos cómo aumenta la cabeza de nuevo. Si las dos cámaras de televisión estuvieran mandando información en el espacio y el tiempo a dos receptores distintos, un receptor estaría obteniendo la información de “cabeza-cola, cabeza-cola”, y el otro la de “derecha-izquierda, derecha-izquierda”. Cuando los dos receptores compararan los datos, dirían: “Tiene que haber algún tipo de comunicación psíquica entre cabeza-cola y derecha-izquierda”, pero no entenderían que se trata de un solo objeto, sino de dos, que de alguna manera están conectados. Así pues, la consciencia “psíquica” o “telepática” podría ser un movimiento hacia el Uno, donde no hay separación, y luego un movimiento de nuevo hacia la dualidad, donde hay separación.





¿De dónde provienen los sueños?.- Otra manera de hablar del orden implícito de David Bohm que acabo de mencionar es llamado el reino imaginario, porque se trata de un orden escondido. Es el mundo en el que nos adentramos cuando estamos en un estado de sueño y del que extraemos información para utilizar en nuestro mundo físico. Es parecido al mundo ideal de Platón y a los mundos a los que van los chamanes cuando llevan a cabo las curaciones o cuando buscan información. Existe la posibilidad de que en algunos estados meditativos concretos nos adentremos en este mundo y alteremos lo que allí ocurre, de manera que ocurren milagros aparentes.

Se sugiere, por ejemplo, que Sai Baba de la India, a quien muchos consideran un avatar, es capaz de entrar en el reino imaginario, ya sea por formación o capacidad inherente, y manifestar objetos trayéndolos del reino imaginario a este mundo. Es como si tuviera una ventana para ir más allá del tiempo y del espacio y sacar objetos de donde están para traerlos a nuestra visión del mundo, como el pez que he mencionado antes. No sé si las hazañas de Sai Baba son verdad o no; quizá sólo sea un prestidigitador muy bueno, lo cual en nuestra mentalidad occidental sería la explicación más cómoda.

Se podría decir que la gran cantidad de fenómenos de observaciones y supuestas abducciones relacionados con los OVNIS que ocurren son una manifestación del reino imaginario. Algunos filósofos, científicos y visionarios parecen pensar que quizá el reino imaginario se esté explotando colectivamente, y lo que la gente obtiene de él, ya sea en sueños o estados alterados de conciencia, o en los propios momentos de abducción, que se parecen mucho a los sueños, es una experiencia objetiva de ese reino, en el que existe una cierta similitud, basada en cierto condicionamiento de la cultura en su totalidad.

Existen pruebas de que a lo largo de los siglos la gente se ha visto condicionada por sus culturas a percibir cosas del imaginario indicativas de dicha cultura. Por ejemplo, la cultura irlandesa está imbuida del saber popular de duendes y hadas. Luego no es de sorprender que durante los siglos dieciocho y diecinueve muchos irlandeses dijeran haber visto duendes y hadas.

Más recientemente, pero de forma similar, la cultura americana está imbuida de la ciencia ficción. En los últimos ocho años aproximadamente, los libros, las películas y la televisión han representado extrañas criaturas espaciales. Desde Julio Verne a El día que paralizaron la Tierra o Star Trek, la psique americana está imbuida de imágenes de alienígenas. Así pues, es posible que estas imágenes se originaran del reino imaginario de los autores y cineastas y luego emergieran en su consciencia cuando tuvieron la idea de escribir un libro o rodar una película. Más tarde, dichas imágenes surgieron de nuevo en los cerebros soñantes (o cerebros de-estados-de-conciencia-alterados) de la gente que experimentó fenómenos con OVNIS. Puede ser que en realidad no estén viendo criaturas de otra dimensión espacial presentándose en nuestro mundo como objetos físicos, pero que estén adentrándose en el reino imaginario, que está en algún lugar entre lo “real” y la “fantasía” y tiene algunos elementos de ambos.

No pretendo restar importancia a estas experiencias ni decir que son meras alucinaciones, pero sugiero que el cerebro puede funcionar de una forma más colectiva de lo que nosotros creemos en el mundo occidental. Esta idea forma parte sin duda alguna de la cultura aborigen y de la cultura del folklore, y quizá el mundo occidental debiera analizarla en más detalle.





La vida no es más que un sueño.- Diariamente nos enfrentamos a una serie de momentos creativos, que son siempre cambiantes y nuevos aunque nos resultan familiares a la vez. El borboteo incesante del orden implícito, o el estado vacío en el mundo material de espacio y tiempo, altera los mundos “allí fuera” y el “aquí dentro” de nuestras mentes, presentándoles continuamente nueva información. Los nacimientos se manifiestan como pensamientos, sentimientos, intuiciones y sensaciones. Juntos nos permiten experimentar el límite que divide los mundos interior y exterior. Cuando soñamos, nos centramos más en el mundo interior, y cuando estamos despiertos en el mundo exterior. Cuando nos damos cuenta de que existen ambos mundos, o de que provienen del vacío más profundo y fundamental, o álef, somos capaces de explotar la creatividad y de tener vidas creativas.

Dr. Fred A. Wolf


Extractado por Pablo Cáceres de
La Nueva Alquimia de la Vida, Ed. Océano,
Esculturas y relieves del artista Totila Albert (1892-1967)

viernes, 5 de febrero de 2010

Nicolas Flamel * Pontoise 1330, † París 1417 El Alquimista Que No Murió


La vida de Nicolás Flamel es una parábola perfecta sobre la búsqueda alquímica. Su sencilla y bella trama parece sacada de un cuanto de hadas. Un cuento escrito sobre el papel del tiempo con su propia vida.

Tal como en los cuentos, en los que personajes muchas veces insignificantes, son tocados por la fortuna; Flamel, un notario oculto en la París del siglo XIV, recibe en el año 1357 por designios que en principio él mismo no logra comprender, un misterioso libro que le cambiaría la vida. Este es "El libro de las figuras jeroglíficas", el libro jeroglífico de Abraham el judío. De esta manera comienza un recorrido que lo llevará a la concreción de la gran obra y la obtención de la piedra filosofal.

Según lo explica Eliphas Levi en su "Historia de la Magia" el libro que le fue entregado a Flamel estaría inspirado en las Claves del tarot, con el cual posee profundas analogías y sería así mismo una traducción jeroglífica del cabalístico Sepher Yetzirah. Este libro estaría aún hoy enterrado en la base del campanario de la iglesia de Saint-Jacques.

Como lo relata el mismo alquimista, este adquiere el libro por un pequeño precio, dos guineas. El mismo estaba escrito en una lengua que él no logra comprender sobre hojas de finas cortezas de árboles jóvenes. Así, tratando de descifrar el sentido de las figuras que este contenía, pasa 21 años de su vida, junto con su esposa Petronila, conocida como la Perenelle, hasta partir al igual que muchos alquimistas, en peregrinación hacia la tumba de Santiago Apóstol en Compostela, España. Es de regreso de este viaje iniciático que Flamel conoce a quién le revela el sentido operativo de su libro. Flamel se cruza, por otra de las misteriosas vueltas del destino de que tan plagada está su vida, con un médico de ascendencia judía que profesaba el cristianismo, el maestro Canche. Gracias a la guía de Canche, Flamel y la Perenelle luego de otros tres años de trabajo en su laboratorio parisino, logran la transmutación metálica de mercurio en oro. Por tres veces realiza esta operación según él mismo lo relata, con idénticos resultados.

"Yo transformé efectivamente el mercurio en casi la misma cantidad de oro corriente. Puedo decir esto en honor a la verdad. Realicé la obra por tres veces con la ayuda de la Perenelle"...

Fruto de esta transmutación son las obras de caridad que Flamel realizó en París fue la fundación de catorce hospitales, siete iglesias y tres capillas.

Flamel es desde entonces la imagen fiel del autentico alquimista. La vida del alquimista francés muestra a las claras que es el oro lo que el artista persigue, pero no la moneda. Que la búsqueda alquímica requiere verdaderamente de una transformación interior, de una muerte y resurrección y que en al alma de quien ha encontrado el gran arcano habita la luz de la caridad.



Foto: La casa de Flamel en la Rue de Montmorency 51, Paris, es -oficialmente reconocida- la casa más antigua de la capital francesa, construida en 1407, con símbolos alquimistas grabados por el mismo Flamel en los muros. El apartamento de Nicolas Flamel y su mujer Pernelle se encontraba en el tercer piso. (La foto se puede ampliar con un click.)


El camino de Flamel es un camino recorrido en el secreto y la intimidad de su laboratorio, solo acompañado de su compañera mística. Pero las obras del parisino se han visto a la luz del día.

Es condición de la búsqueda alquímica un sincero desprendimiento y una profunda falta de ambición de bienes materiales.

La tradición reconoce en Flamel al iniciado que ha alcanzado la piedra y el elíxir gracias al cual ha superado los límites psicofísicos conocidos por el hombre común, y mucho más al hombre moderno, llegando a contar con cientos de años de vida.

Así es como en el siglo XV, el conde de Saint-Germain aseguraba haber conocido a Flamel y Karl Christoph Halle asegura haberlo encontrado con vida en la India, ¡cerca del año 1830!

Pero otros alquimistas han alcanzado este estado del alma que transfiere al cuerpo capacidades espirituales.



Muchos han creído ver en Fulcanelli, el adepto desconocido autor de "El misterio de las catedrales" y "Las moradas filosofales" a Flamel aun vivo en el siglo XX.

ASTROLOGÍA Y ALQUIMIA EN LA OBRA DE QUEVEDO. Pere Sánchez Ferré



Francisco de Quevedo y Villegas vivió en una época en que la sociedad española reposaba sobre dos columnas: el honor y el dinero. La hidalguía, la actividad desinteresada y la pureza de sangre, junto con la religión, eran los valores más apreciados entre las clases cultas y adineradas, y de los que aspiraban a serlo, todos ellos bajo la mirada escrutadora del Santo Oficio. El dinero era la otra gran preocupación de los españoles, especialmente si con él se podían comprar títulos y prebendas.

La base del prestigio social y la propia estructura de la sociedad barroca pivotaba sobre el principio de pureza de sangre. Había los limpios y los manchados; los hispanoárabes y los hispanohebreos —todos ellos cristianos nuevos— no eran limpios y, por tanto, eran ciudadanos de segunda clase. Los judíos se habían dedicado tradicionalmente a las tareas científicas y técnicas, por lo que dichas actividades fueron despreciadas por un sector importante de la sociedad porque eran identificados con el judaísmo (1). La Iglesia, por medio de la Inquisición, sancionaba legalmente las pruebas genealógicas de pureza de sangre, aceptado como algo lógico y normal entre el común de los españoles. En este mundo, cristiano era sinónimo de hombre y, por otra parte, el catolicismo venía afirmando desde hacía bastante más de un milenio que los judíos habían matado a Cristo.

El 1559 el rey Felipe II (muy interesado en la alquimia) prohibió que los españoles fuesen a estudiar o enseñar al extranjero, pero España no era un país aislado de Europa, aunque sí es verdad que imperaba una mística religiosa muy nacionalista, unida a un hispanismo militante que cultivaban con gusto la mayoría de literatos e intelectuales. El siglo XVII fue también el de la Revolución científica, en que empezaron a prosperar las tesis de aquellos que aplicaban el racionalismo materialista a todas las cosas y realidades, primer paso para exiliar a Dios del mundo y colocar al hombre en su lugar. Querían desencantar el mundo por medio de la razón y la técnica, pero España no se dejaba desencantar, a pesar de que aquí también llegó la novedad, el eco tímido de la nueva ciencia y el recién estrenado gusto por «lo nuevo». El ateísmo no existía, puesto que los sectarios y los herejes simplemente creían en otro Dios o practicaban sistemas «erróneos» de cristianismo.

Quevedo vivió y escribió en esa España, fuertemente espiritual y tradicional, donde la preeminencia de la mentalidad antigua se reflejaba en todos los aspectos de la realidad. Así, el mito de Hércules y sus doce trabajos estaba grandemente popularizado y se decía que el héroe había fundado ciudades como Sevilla, Tarazona, Sagunto o Mérida, entre otras. En Cataluña la tradición quería que hubiese fundado Barcelona, Balaguer, Vic, La Seu d’Urgell y Manresa (2). Las columnas de Hércules estaban situadas al Sur de la Península y muchos identificaban la vieja Hesperia con el jardín de las Hespérides y sus manzanas de Oro (3).

Por otra parte, no debe olvidarse que, entre los países occidentales, España es el único de los actualmente vivos que ha explicado su historia a partir de un mito clásico fundamental, como es el Siglo de Oro, porque, en palabras de J. M. Rozas, siempre ha tenido presente la temporalidad y la dualidad de un tiempo de oro y un tiempo de hierro (4).

La astrología y la alquimia se popularizaron entre el vulgo al convertirse en un elemento adscrito a la picaresca y su mundo, que constituye un fenómeno social de la España barroca, estrechamente unida al Camino de Santiago. Ya desde mucho antes nuestro país había sido objeto de peregrinación por parte de un número muy elevado de europeos que cruzaban la frontera y la mayoría de ellos se dirigían a Santiago de Compostela. Esa tradición convirtió las tierras y pueblos por donde pasaba el Camino de Santiago en un mundo singular. Allí proliferaban los desocupados, los marginales de la época y los vividores, confundidos con los auténticos peregrinos, todo lo cual quedó plasmado en el mundo de la picaresca.

Abundaban también ciertos personajes a los que se atribuía extravagancias sin cuento, como los supuestos magos, los charlatanes astrólogos y los falsos alquimistas, todos ellos dedicados a engañar incautos y a excitar la imaginación de las gentes. C. Pérez de Herrera refiere que muchos franceses prometían a sus hijas, como dote, lo que consiguiesen en un viaje a Santiago, como si fueran a las Indias (5). En el siglo XVII, el Hospital Real de Burgos albergaba anualmente entre ocho y diez mil peregrinos extranjeros, a los que se daba cobijo y alimentación durante dos o tres días. Muchos de ellos se pasaban media vida dando vueltas por España y no pocos hijos de buena familia abandonaban su casa para vivir una temporada de aventuras en el Camino de Santiago.

Pero también hombres como Paracelso y E. Cornelio Agrippa viajaron a España y éste último fue el cronista del rey Carlos V (6). La figura del alquimista embaucador de avariciosos e ingenuos se popularizó hasta el punto que pasó a convertirse en un cuché literario usado en el género picaresco, donde también aparecían los magos de pacotilla, los pseudo-astrólogos, quirománticos y sanadores de dudosa fiabilidad. Todo ello, junto al interés que desde antiguo demostraron por el Arte de Hermes reyes, nobles e incluso Alguaciles del Santo Oficio, como Luis de Aldrete y Soto, popularizó la alquimia, exaltó la fantasía popular acerca de sus misterios y algunos de sus términos, como alambicar, pasaron a incorporarse a la lengua castellana.

Creemos de interés señalar que la alquimia, la astrología e incluso ciertos postulados de la magia no eran considerados opuestos a la religión católica, siempre y cuando no hiciesen apología del judaísmo o del Islam, o no fuesen expuestos de manera que contradijesen los dogmas cristianos, puesto que la venida de Cristo anulaba el poder de los astros y su fuerza salvadora estaba por encima de cualquier manipulación humana de la materia y de sus fuerzas e influencias.

Que la frontera de lo permisible no siempre estuvo bien determinada, es evidente, puesto que si bien es cierto que la literatura sobre esos temas circulaba con profusión, por otra parte en las cárceles españolas de la Inquisición abundaban los herejes dedicados a esas actividades y en 1600 Giordano Bruno fue muerto en la hoguera por el Santo Oficio italiano.

No obstante, los rigores inquisitoriales no impidieron que, desde su siglo de hierro, un sector de la inteligencia española soñara y laborara por recuperar el Siglo de Oro, cuyo punto de referencia lo constituyó la Antigüedad clásica y sus discípulos del Renacimiento, como Petrarca, empeñados en devolver su pureza a la lengua latina y restaurar así aquella época dorada de la «romanitas» universal embebida de helenismo. Y como sea que no hay Edad de Oro sin Lengua de Oro, renacentistas y barrocos, también en España, se afanaron en limpiar, pulir y enriquecer la lengua castellana.

Quevedo participó de esos valores y por medio de la Sátira, la burla despiadada y la inspiración poética, dejó magistralmente escrito lo que odiaba, lo que amaba y lo que esperaba de este mundo y del mundo por venir, sabedor de que el Siglo de Oro era en realidad el Siglo del Hombre en el Reino de Dios.

Quevedo fue poeta, teólogo, político, maestro de la escritura y, como afirma J. L. Borges, sólo estudioso de la verdad (7). En su obra, la presencia de la muerte es constante, pero recuérdese que es muy salutífero tenerla presente si se busca en verdad a Dios. La vida es una enfermedad, cuya única medicina es la buena muerte, afirma nuestro autor y lo repite en muchas ocasiones: No hay otro camino para pasar a vida sin muerte(8). Este es uno de los grandes temas espirituales de Quevedo, así como la precariedad de la condición humana, la esperanza de la salvación, la justicia de Dios, por la que cada uno teje en este mundo su propio destino. Una misma cosa a unos salva y a otros condena; los perdidos están fuera de Dios, los salvados, dentro (9). Honor y humillación, riqueza y pobreza son siempre de consecuencias inciertas, porque muchas veces castiga Dios con lo que da y premia con lo que niega (10).

Reflexión y enseñanza abundan en la obra de Quevedo, que en eso sigue también el precepto tradicional según el cual no puede haber literatura sin instrucción; lo demás es vanidad o inutilidad. Así, toda su obra está salpicada del saber que realmente importa y, en muchas ocasiones, lo más rico y profundo está expresado con pocas y precisas palabras: Con los doce cené; Yo fui a la cena(11). La soberbia tropieza volando, la humildad vuela cayendo (12). No es filósofo el que sabe dónde está el tesoro, sino el que trabaja y lo saca. Menester es desnudarse de las tinieblas quien se quiere vestir de claridad (13).

Estas sentencias las encontramos en piezas que tratan de los temas más variados; la sátira social, la crítica política, el simple humor corrosivo, cualquier tema es bueno en Quevedo para insertar en su pletórica cosecha verbal esos frutos de luz que deleitan, seducen e instruyen al lector capaz de percibir cuándo la inspiración vibra y la belleza se manifiesta.

ASTROLOGIA Y ALQUIMIA EN QUEVEDO

A nuestro entender, pocos estudiosos han comprendido el verdadero significado de sus escritos y en particular de la poesía, precisamente porque se trata de creaciones de inspiración hermética, como lo son igualmente las de Homero, Virgilio o Dante.

Algunos autores, como los hispanistas Amédée Mas y Alessandro Martinengo, han estudiado ese aspecto de su obra, pero sus métodos científicos y la dificultad que supone acercarse a los textos herméticos no les han llevado más allá de poner de manifiesto los conocimientos librescos de Quevedo sobre temas como la alquimia, la astrología o la quiromancia.

Mas se ha ocupado del pasaje dedicado a los alquimistas en Las zahurdas de Plutón y ha sabido identificar los juegos verbales quevedescos con axiomas y principios alquímicos. Por su parte, A. Martinengo ha dedicado dos trabajos a la astrología y a la alquimia en la obra de Quevedo. Son, sin duda, estudios muy bien documentados, en los que el autor desvela las influencias formales de Ramón Llull en El Sueño del Infierno, mientras que en La Hora de todos y la Fortuna con seso, cree ver una mayor influencia de Paracelso (14). Martinengo pone también de manifiesto los conocimientos astrológicos y alquímicos de nuestro autor, e intenta esclarecer su posición acerca de dichas materias. No obstante, tanto los análisis de Mas como los de Martinengo no abordan adecuadamente la cuestión, puesto que ni siquiera se preguntan qué tipo de astrólogo y alquimista condena o aprueba Quevedo, como tampoco han sabido —creemos nosotros— entrever la enorme importancia que para el escritor español tenía el pensamiento hermético, así como la gran influencia que éste ejerció en sus escritos.

Toda la obra de Quevedo está repleta de alusiones más o menos veladas al misterio de la regeneración humana, bastante evidentes para aquellos que están familiarizados con los textos alquímicos o herméticos. Creemos que nuestro poeta no sólo interpreta correctamente los principios de la Tabla de Esmeralda —a la que en varias ocasiones alude— sino que aplica también este sistema de pensamiento para interpretar a los autores clásicos como Virgilio. Lo cual no es, empero, una singularidad suya, ya que es lo propio de los filósofos químicos, como d’Espagnet, Ireneo Filaleteo, o Luis de Centellas, por citar a un español, quien relaciona ciertas operaciones alquímicas con un conocido verso de Virgilio (Bucólicas, Egloga IV): Iam nova progenis coelo demititur alto (ahora una nueva generación se te manda del cielo) (15).

Quevedo sabe que Dante ha escrito La Divina Comedia para explicar el misterio de la muerte y la resurrección, y no para hacer «literatura», puesto que ésta es tan sólo el soporte. Ello no impide, sin embargo, que se pueda hacer de dicha obra una lectura formal, ideológica o política.

Aunque el poeta español se ocupe de astrólogos y alquimistas en tono burlesco o en sátiras despiadadas, sabe muy bien de quién se burla, como también a quiénes otorga callando. No queremos decir con ello que Quevedo sea un Adepto, pero tampoco podemos dudar de que fue un ferviente buscador que habló incesantemente de su búsqueda y de la esperada unión con Dios, como sólo un conocedor de la tradición hermética podía hacerlo.

A continuación, extraeremos de sus escritos algunos ejemplos de lo que afirmamos, así como de su posición acerca de la alquimia y la astrología. Empezaremos por ésta última.

QUEVEDO Y LA ASTROLOGIA

En su obra Los Sueños, sitúa a los astrólogos en el infierno. El español, a semblanza de Dante, también hace un descenso a los infiernos por medio de una pieza satírica —con crítica social incluida— en la que nigromantes, embaucadores y falsos alquimistas comparten morada con astrólogos, alguaciles, boticarios, clérigos, etc.

Pero los astrólogos no están en el infierno porque no crea Quevedo en las influencias de los astros —como pronto veremos—, sino por ser supersticiosos, porque están más atentos de los astros que de Dios. El epígrafe de un soneto suyo dedicado a la venida de Cristo es bien expresivo: Al Nacimiento. Mostrando que la astrología misteriosa admira a la celeste. Como dirá en otra parte, el astrólogo va al infierno porque ha tratado muchos cielos en vida, cuandó en realidad, por falta de uno solo será condenado(16). Evidentemente, ese único cielo salvador es el de nuestro nuevo nacimiento, el que verdaderamente cuenta y el que reivindica y espera Quevedo. Dicho sea de paso, en eso consiste la llamada astrología «esotérica» y no en mucho de lo que se escribe y explica en nuestros días.

Es así como esos desviados astrólogos pueblan el infierno, ya que tan sólo son lectores vulgares y exteriores del cielo sublunar; no son Filósofos... Y por tanto, Quevedo los ridiculiza con toda su divertida ironía y mordacidad. En Las zahurdas de Plutón hace exclamar a uno de ellos: ¡Vive Dios que, si me pariera mi madre medio minuto antes, que me salvo!

En El Sueño del infierno, otro lector de los astros llega al lugar donde se celebra el juicio final dando voces y cargado de mapas, astrolabios, globos.., y un diablo observa que se ha llevado consigo toda la madera necesaria para su propia hoguera (17).

Otro supersticioso pide con insistencia a los diablos que se cercioren si es verdad que él ha muerto, lo cual no puede ser, puesto que tenía a Júpiter por ascendente y a Venus en la casa de la vida, sin aspecto ninguno malo... (18)

Veremos a continuación diversos fragmentos de poemas en los que el tema astrológico está tratado con profundidad y sentido, siendo algunos de ellos verdaderos testimonios tanto de sus conocimientos sobre la materia, como de su actitud frente a las influencias astrales en este mundo. He aquí algunos versos del Himno a las estrellas:

A vosotras, estrellas (...)

que por campañas de zafir marchando

guardáis el trono del eterno coro

con diversas escuadras militando; (...)

cuyos pasos arrastran la Fortuna, (...)

árbitros de la paz y de la guerra,

que, en ausencia del sol, regís la tierra; (...)

vosotras, cuyas leyes

guarda observante el tiempo en toda parte,

amenazas de príncipes y reyes,

si os aborta Saturno, Jove o Marte; (...)

Creemos que los fragmentos transcritos huelgan, por su claridad, todo comentario. Sin embargo, nos detendremos un momento en el verso que, en ausencia del sol, regís la tierra. Es obvio que las estrellas son las reinas de la noche, pero también es cierto que si entendemos ese sol como el Sol invictus de la Navidad, que es Cristo, veremos cómo tiene un segundo sentido: el nacimiento del Redentor borra las influencias estelares. Y es precisamente en el ya aludido poema del Nacimiento donde está expresada con más belleza y claridad la idea de Quevedo (que es la tradicional) sobre el verdadero destino del hombre, es decir, su salvación, la salida de este mundo sublunar regido por los astros(19).

Ramón Llull, tan respetado por Quevedo, consideraba supersticioso —«herético»— a aquéll qui ha major temor de Géminis o de Cáncer que de Déu (20).

Es en ese sentido que debe entenderse el siguiente poema:

Cuando esperando está la sepoltura

por semilla mi cuerpo fatigado,

doy mi sudor al reluciente arado

y sigo la robusta agricultura. (...)

Recojo en fruto lo que aquí derramo,

y derramaba allá lo que cogía.

quien sefia de Dios sirve a buen amo.

Más quiero depender del sol y el día,

y de la agua, aunque tarde, si la llamo,

que de l’áulica infiel astrología.

Es difícil decir tanto con tan breves y hermosos versos. Quevedo lo hace creyendo en lo que dice, porque espera de la robusta agricultura divina ser cosechado para la resurrección. Muchas cosas podrían decirse de ese sudor, que es el sudor de la tierra. Por otra parte, debe notarse que aquí el agua corresponde —creemos— a la Gracia de Dios, a la cual llama y de la que espera todo. A esa Agua viva la denominan los alquimistas Agua Ardiente, pues contiene la fuerza ígnea que anima el Universo, procede de la corona zodiacal, que es su-pra-lunar, y está asimilada al Alma del mundo (21). Bajo su forma amorosa lo expresa Quevedo en estos versos:

Amar es conocer virtud ardiente, (...)

eterno amante soy de eterna amada (22).

De qué clase de amor se trata lo explicita en este otro cuarteto, inspirado, según dice, en una sentencia de Platón:

Alma es del mundo Amor; Amor es mente

que vuelve en alta espléndida jornada

del sol infatigable luz sagrada,

y en varios cercos todo el oro ardiente (23).

No podía faltar a esta breve silva de versos su espléndido soneto dedicado al nacimiento de Cristo:

Hoy no sale de sí la astrología

que en la estrella del mar mira en el suelo

cerrado el sol, epilogado el cielo

y en alta noche amanecer el día;

las tinieblas pobladas de armonía,

temblando el fuego eterno, ardiendo el yelo;

alegre la tristeza, y el consuelo

que a sus lágrimas hace compañía.

Mira hacer el oficio del Oriente

al pesebre, en que son signos de oro

una mula y un buey dichosamente.

Ve al sol en el Cordero, y no en el Toro:

vele en la Virgen por diciembre ardiente,

a la aurora sin risa, al sol con lloro (24)..

Para indicar que la encarnación de Dios en el mundo acaba con las influencias astrales, Quevedo lleva a cabo una completa alteración del mundo sublunar: la estrella del mar—Venus— fuera de su lugar, el sol apagado y caído porque asistimos al amanecer de Dios. Ese sol no está en el Toro, aunque éste sea un símbolo solar, sino en el Cordero, que es el emblema de Cristo. He aquí un diciembre ardiente porque la Virgen da a luz al Salvador; ya no brillan estos astros, sino los del nuevo cielo mesiánico. Vemos, pues, que Quevedo no niega la realidad de la astrología, sino que abomina de lo que habían hecho de ella los profanos y los ignorantes. Para él ésta era una ciencia que, como todas las demás, debía de armonizarse con la teología. Quevedo descree de una razón que se pretende aplicar a todas las cosas y desaprueba una ciencia desligada de la religión, que aspire a descubrir los secretos del hombre y del Universo. Como abanderado que es del pensamiento tradicional, el poeta español afirma que todo deseo de conocer fuera de Dios es vanidad, puesto que la única sabiduría positiva es la de aprender a bien morir. Ante tal radicalismo espiritual, el hispanista A. Martinengo califica el pensamiento de Quevedo de nihilismo cristiano absoluto, puesto que niega las posibilidades mismas de la ciencia y del pensamiento humano (25). Quevedo, ciertamente, no era partidario de este «progreso» tan nuestro y, si atacaba la superchería, era por razones diametralmente opuestas a los defensores del racionalismo materialista. Finalmente —y puesto que hablamos de astrología— vamos a transcribir unos cuantos versos donde Quevedo nos habla de su carta astral, con su generoso humor cáustico:

Parióme adrede mi madre,

¡ojalá no me pariera!,

aun que estaba cuando me hizo, de gorja juerga Naturaleza. (...)

Nací debajo de Libra (...)

dióme el León su cuartana,

dióme el Escorpión su lengua,

Virgo el deseo de hallarle,

y el Carnero su paciencia (26).

QUEVEDO Y LA ALQUIMIA

Nos ocuparemos a continuación del juicio que la alquimia merece a nuestro escritor, cuyo tema aparece en varias de sus obras y en muchos sonetos. Como en el caso de la astrología, aquí también se hace necesario precisar qué tipo de alquimia y de alquimista des-califica, a fin de poder comprender cuál es su opinión y su actitud acerca de tan antigua y debatida disciplina.

En primer lugar, debemos señalar que Quevedo sabe muy bien de qué trata la ciencia de Hermes, conoce la terminología y los autores, entre los cuales únicamente cita a los que considera más prestigiosos. En su biblioteca había obras de Ramón Llull y de los llamados pseudo-lulianos, así como de Robert Fludd, Oswald Croll, Marsilio Ficino, la Clavis Artis lullianae, de Lugduni y el Almagestum, así como numerosas obras de astrología, ciencias aplicadas, medicina, historia natural y matemáticas. Poseía, además, un cierto número de tratados de magia, quiromancia, fisiognomía, y algunos sobre piedras preciosas (27).

Como veremos a continuación, Quevedo deja claro su respeto por la alquimia verdadera y, aunque en su prosa se refiera a ella y en particular a sus falsos discípulos en tono burlesco, su poesía está llena de referencias más o menos veladas al Arte Real, gracias a ese continuo juego de palabras que tan bien practica y a esa sugerente ambigüedad que sabe imprimir a sus versos. Y recordemos que la ambigüedad y el doble sentido son característicos de los escritos herméticos.

Antes de continuar, es preciso aclarar una importante cuestión terminológica respecto a la palabra «alquimista». Desde la Antigüedad clásica hasta el siglo XVIII éstos se llaman a sí mismos Adeptos, Sabios, discípulos de la ciencia de Hermes, del Arte Real, Filósofos del Fuego o simplemente Filósofos Anónimos, como Ireneo Filaleteo. Y si bien la palabra alquimia es bastante usual en los textos, entendida como uno de los nombres del Arte, se define al falso adepto como alquimista, es decir, lo que los franceses llaman «souffleurs». He aquí dos ejemplos:

En el Rosarium Philosophorum, (escrito en la primera mitad del siglo XIV, editado a partir de 1550 y del que se hicieron varias versiones en castellano) se establece claramente la distinción entre los buenos y los malos discípulos del Arte: Les Philosophes disent en effet: «Mon fis, les alchimistes et ceux qui croient á toutes leurs dissolutions, sublimations, conjuctions, etc. Qu'ils se taisent, ceux que annoncent un autre or que le notre, une autre eau que la notre, (...) qui sefont áfeu doux...(28).

Esa misma prevención contra los farsantes de la época hace escribir a Alvaro Alonso Barba, en su obra Arte de los metales (1690): Los Alquimistas (odioso nombre por la multitud de ignorantes, que con sus embustes lo han desacreditado)...(29).

Bien seguro que Quevedo compartía el parecer de los textos citados. Resumiendo la cuestión podríamos decir que los falsos adeptos son aquellos que esperan encontrar la piedra filosofal con su único recurso y sin la previa ayuda de Dios, mientras que los buenos discípulos convierten el Arte en una disciplina desinteresada, renunciando del todo al mundo y entregándose del todo a Dios; éstos son en verdad los únicos que podrán realizar la Gran Obra. Esa es la diferencia abismal entre unos y otros.

Y volviendo a los escritos quevedescos, podemos leer en El Sueño del Infierno que Demócrito Abderita en su Arte Sacra, Avicena, Géber y Ramón Llull no son alquimistas, porque ellos escribieron cómo de los metales se podía hacer oro y no lo hicieron ellos, y, si lo hicieron, nadie lo ha sabido hacer después acá (30). Así pues, en el infierno no están los Filósofos, sino los alquimistas, haciendo compañía a otros que, como ellos, no hacían en vida más que soplar. Por esa razón están allí también los saludadores -curanderos— que, andan siempre soplando (31). El juego burlón de Quevedo se basa aquí en que uno de los métodos comunes de sanar en la época era soplar al enfermo. Quevedo tiene interés en colocar en el infierno a todos los sopladores y por ello también están allí los odiados alguaciles, así como los llamados «corchetes» o «porquerones».

En el Sueño del infierno se dice (y se repite en otra parte) que la piedra filosofal se hace con la cosa más vil, que en este caso son «los corchetes», aunque un diablo considera que tienen demasiado aire para poder hacer la piedra. Es bueno saber que, en la época se denominaba corchetes a los ayudantes de los alguaciles quienes estaban en permanente relación con prostitutas y delincuentes.

En otro lugar los diablos encienden el fuego inmortal con «corchetes», en lugar de fuelles, porque soplaban mucho más (32).

De todos ellos viene a decir Quevedo: ¿Cómo es posible que se halle virtud en gente que anda siempre soplando? (33).

Es necesario recordar respecto a los sopladores que, en términos herméticos, éstos constituyen los malos alquimistas que no hacen más que excitar de forma perversa—prostituir— el fuego, que entonces sólo quema violentamente, en lugar de cocer dulcemente (34).

En un soneto, que es una alegoría del cohete, Quevedo nos habla del fuego de los discípulos desviados:

pues no siempre quien sube llega al cielo (...)

mira que hay fuego artificial farsante,

que es humo y representa las estrellas (35).

En contraposición a ese Fuego farsante, nuestro autor se refiere en otra parte al que es patrimonio de los Filósofos, y que denomina e/fuego no fuego de Raimundo (36). Con ese término ambiguo alude al fuego filosofal, del que Raimundo Llull era considerado el más grande de los maestros. Y para dejar bien sentada la diferencia entre unos y otros, Quevedo afirma en Las zahurdas de Plutón que los verdaderos alquimistas son los boticarios, que tienen el infierno lleno de bote en bote (...) porque hacen oro de las moscas, del estiércol, (...) ni hay piedra que no les dé ganancia (37).

Como es sabido, los textos alquímicos afirman que la Obra se hace a partir de una cosa al alcance de todos, sin valor y muy vil, lo cual sirve al autor para burlarse y acusar una vez más a los sopladores. Siguiendo esa misma línea, en el Infierno de Quevedo un diablo pregunta a los presentes. ¿Queréis saber cuál es la cosa más vil? Los alquimistas. Y así, porque se haga la piedra, es menester quemaros a todos.

Diéronles fuego y ardían casi de buena gana sólo para ver la piedra filosofal (38).

En otro pasaje de la misma obra se dice que naturaleza con la naturaleza se contenta y con ella misma se ayuda, (39) repitiendo un conocido axioma hermético. Cuando en uno de sus juegos verbales dice que los alquimistas miraban ya al negro blanco y le aguardaban colorado, no hace más que indicar los colores básicos que designan el proceso de la Obra (40). Y cuando afirma —siempre con ese juego feliz de palabras—: ¡Oh, qué de voces oí sobre el padre muerto ha resucitado y tornarlo a matar!, entendemos que, bajo esa frase jocosa, se hace alusión a otro principio alquímico, según el cual aquellos que no saben matar y resucitar que abandonen elArte.

En su receta para escribir libros de alquimia, nuestro poeta vuelve a referirse a la Gran Obra en los mismos términos:

Recibe el rubio y mátale y resucítale el negro. Item, tras el rubio toma lo de abajo y súbelo y baja lo de arriba y júntalos y tendrás lo de arriba. Y para que veas si tiene dificultad el hacer la piedra filosofal, advierte que lo primero que has hacer es tomar el sol, y esto es dtficultoso, por estar tan lejos (41).

Habrá que releer a Quevedo.

Reproducimos para concluir, el poema que dedicó a los alquimistas, es decir, a aquellos que no hacían más que «soplar»:

¿Podrá el vidrio llorar partos de Oriente?

¿Cabrá su habilidad en los crisoles?

¿Será la tierra adúltera a los soles,

por concebir de un horno siempre ardiente?

¿Destilarás en baños a Occidente?

¿Podrán lo mismo humos que arreboles?

¿Abreviarán por ti los españoles

el precioso naufragio de su gente?

Osas contrahacer su ingenio al día;

pretendes que le parle docta llama

los secretos de Dios a tu osadía.

Doctrina ciega, y ambiciosa fama

el oro miente en la ceniza fría,

y cuando le promete le derrama (42).



Notas

1- Américo Castro, «La edad conflictiva: Castas, honra y actividad intelectual», en Historia y crítica de la literatura española, edición de F. Rico y B. W. Wardropper, Ed. Crítica, Barcelona, 1983, vol. III, pp. 60-64.

2- Pere Tomich, Históries e con questes deis reys d’Aragó e compres de Catalunya, (Valéncia, 1970), edición facsímil de 1 534. Este cronista y caballero catalán divulgó la epopeya de Hércules como fundador de ciudades en Catalunya. Una lápida del siglo XV que se conservaba en el Ayuntamiento de Barcelona decía Barcino, fundada per Hércules i engrandidapeis cartaginesos: Rafael Tasis, Barcelona, R. Dalmau Editor, Barcelona, 1961, p. 14.

3- Hércules era uno de los patronos de los reyes de España; Carlos V fue convertido en un nuevo Hércules y al subir al trono Felipe IV la ciudad de Sevilla batió una moneda que en el reverso se representaba a Hércules niño estrangulando las serpientes: 5. Sebastián, Arte y Humanismo, Ed. Cátedra, Madrid, 1978. pp. 64-65 y 198-199.

4- Juan M: Rozas, «Siglo de Oro. Historia y mito», en Historia y crítica de la literatura española, vol. III; p. 67.

5- Juan Garcia Font, Historia de la alquimia en España, Madrid, 1976, p. 238.

6- Ibid., p. 238.

7- Jorge Luis Borges, Otras inquisiciones, Ed. Alianza, Madrid, 1976, p. 46.

8- Quevedo, Obras, Bib. de Autores Espafioles, Madrid, 1876, vol. XLVIII, p. 372 a.

9- Quevedo, Sueños y Discursos, edición de Felipe C. R. Maldonado, Clásicos Castalia, Madrid, 1990, p. 77.

10- Quevedo, La Hora de todos y la Fortuna con seso, Edición de 1. Bourg, P. Dupont y P. Geneste, Ed. Cátedra, Madrid, 1987, p. 335.

11- Quevedo, Poesía original compleja, Ed. Planeta, Barcelona, 1990, poemas religiosos, 192.

12- Quevedo, Obras, Bib. de A. E., XLVIII, p. 8.

13- Quevedo, Sueños y Discursos, p. 173, y «La cuna y la sepultura», Obras en prosa, Ed. Aguilar, Madrid, 1958, p. 1216, respectivamente.

14- Amédée Mas, Quevedo. Las zahurdas de Plutón (El sueño del infierno), SFIL, Poitiers, 1956; Alessandro Martinengo, Quevedo et il simbolo alquimistico, Liviana Editrice in Padova, 1967; p. 11

15- Para una lectura hermética de Virgilio, véase Emm. d’Hooghvorst, Chromise! Mnasylus in antro... (réflexions sur Virgile alchimiste), «La Tourbe des Philosophes, n. 11,2º trim., 1980, pp. 36-42; Virgile Alchvmiste, u. 13, 4º trim., l980 pp. 9-15. Véase también, Dom Pemety, Les Fables égyptiennes et grecques dévoilées, Ed. La Table d’Emeraude, París, 1982, libro VI, pp. 597-627.

16- Quevedo, Sueños y Discursos, p. 85.

17- Ibid..

18- Quevedo, Los Sueños, Espasa-Calpe, Madrid, 1961, vol. II; p. 160.

19- Sobre este tema véase Ch. D’Hooghvorst, Determinismo astrológico y Don del Cielo, «La Puerta», n.º1, Barcelona. 1981. pp. 40-52.

20- Op. cit., p. 48.

21- Ibid.. El destino astral y la posibilidad de libramos de él lo expresa con brevedad y perfección Louis Cattiaux en El Mensaje Reencontrado (V, 79’): «El destino de los hombres está inscrito en los astros y se reabsorbe en ellos, pero quien ha fijado su vida en Dios escapa a las alternativas del destino.»

22- Quevedo, Poesía original completa, poemas amorosos, 331.

23- Op. cit., 332

24- Op. cit., 185.

25- A. Martinengo, La astrología en la obra de Quevedo: una clave de lectura, Ed. Alhambra, Madrid, l983,p. 153.

26- Quevedo, Op. cit., poemas satíricos, 696; el título originario de este poema era «Romance al nacimiento del autor».

27- A. Martinengo. La astrología en la obra de Quevedo, pp. 173 y ss.

28- Le Rosaire del Philosphes, Librairie Médicis, París, 1973, p. 225.

29- Reproducido por José R. de Luanco, La alquimia en España, edición de 1980, p. 93.

30-Los Sueños,p. 133.

31- Las zahurdas de Plutón, p. 156.

32- Quevedo, Obra en prosa, vol. 1, p. 14/.

33- Las zahurdas de Plutón, loc. cit.

34- Hay mucho para leer y comprender en El Mensaje Reencontrado, de Louis Cattiaux sobre los sopladores y los dos fuegos. He aquí dos ejemplos: Los sabios oficiales, herederos y descendientes de los sopladores rabiosos, que fueron los primeros en forzar el fuego, la naturaleza, a los seres y las cosas, ahora son más honrados y recompensados que nadie, porque son los sacerdotes de la ciencia del maldito que tiene al mundo entre sus garras... (XXXIX, 28). No es por casualidad que los demonios del infierno están representados accionando sin parar fuelles defragua que fuerzan el fuego donde se queman los condenados. (XXXIX, 29). Elfuego de Dios edifica la vida. El de los hombres la consume. No obstante, la suavidad del segundo puede manifestar la virtud del primero. (VIII, 54’). Véase también, E. H., Dieu le Feu, (presentación de L’Escalier des Sages), «Le Fil d’Ariane», u. 38, Bruselas, 1989, pp. 10 y ss.

35- Quevedo, Poesía original compleja, Poemas morales, 110.

36- Las zahurdas de Plutón,, p. 157.

37- Op. cit., pp. 132-133.

38- Op. cit., p. 159.

39- Op. cit., p. 158.

40- Ibid. Dom Pernety afirma en su Dictionnaire mytho-hermétique (voz «Chose vil») que esta «cosa» tiene los pies negros, el cuerpo blanco y la cabeza roja.

41- Quevedo, «Libro de todas las cosas», Obras en prosa, p. 116.

42- Quevedo, Poesía original completa, 83.