Traducción y selección: L. Tera
«Pocas son las materias con las que los químicos hayan practicado tanto como el vitriolo común. La tomaron por la materia del magisterio de los Filósofos; y hay que reconocer que no hay nada más apropiado para inducir a error a aquellos que toman las palabras de los sabios al pie de la letra. Además, han elogiado de tal forma esta sal mineral que resulta muy difícil no caer en la trampa que han tendido a los ignorantes, al menos en apariencia, puesto que advierten a todos que no hay que detenerse en las palabras sino en el sentido que esconden. A consecuencia de ello propusieron el siguiente enigma, cuyas letras iniciales de cada palabra, reunidas, forman VITRIOLUM, es decir, Visitabis interiora terrae, rectificando, invenies occultum lapidem, veram medicinam (Visitarás los interiores de la tierra, rectificando, encontrarás la piedra oculta, la verdadera medicina). Algunos han sustituido occultum lapidem (piedra oculta) por oleum limpidum (aceite límpido).
La obra completa y su materia están, según ellos, contenidos en estas palabras...»
Dom Pernety: Diccionario Mito-Hermético,
(París, Delalain l’aîné, 1787, p. 525).
También encontraréis las maravillas de la cruz en otros temas pero sobre todo en el VITRIOL, aunque no tenga la cruz totalmente perfecta; pues es asimismo un producto maravilloso de la cruz, pero importa no obstante hacer de él una buena elección. Basilio asegura que la medicina universal está oculta en el vitriolo de Hungría. La piedra de calamina, particularmente la de Leipzig, produce también uno muy valioso, que tiene el grano fijo solar. Marte y Venus, o mejor Marte por Venus hace de él también uno muy noble; y ambos hacen juntos la boda tan célebre a la que asisten los aficionados de la Sabiduría: durante su conjunción, se eleva un vapor muy espirituoso y necesario para una Gran Obra; hay que recoger este vapor con la ayuda de unas redes muy sutiles: en el resto se encuentra un vitriolo bastante bueno del que se saca, mediante unas operaciones muy sutiles y difíciles de descubrir, un azufre solar o un oro filosófico vivo.
Pero sin aventuraros en grandes trabajos que entretienen demasiado la mente, y ante su completo desarrollo, podéis sin embargo emplear un poco de vitriolo, que servirá únicamente como de imán, para permanecer en la gran simplicidad de la naturaleza y del arte: sin duda alguna será uno de los mejores que se encuentre en la universalidad de las cosas naturales, a causa de su hambre ávida, de su crudeza y de su tierra estíptica que retiene lo que ha atraído. La operación es tan simple, tan natural y tan fácil que no tengo ni que describirla para no sospechar que sois ignorantes: lo que ha atraído debe ser cocido durante mucho tiempo y de forma especial, repetitiva, hasta que aparezcan los colores del arco iris, que es una señal de gracia y reconciliación, y hasta que las gotas pesadas se derramen en el fondo del recipiente, algo parecido a un mercurio destilado. De ello resultará un maravilloso producto oftálmico y antiepiléptico; e incluso algo más si el Señor os abre los ojos. Esta obra se denomina Imántica.»
Douzetemps, Le Mystére de la Croix, (cap. XIII, 8, Milán, 1975.)
Mostrando entradas con la etiqueta TRADICCIÓN ALQUÍMICA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta TRADICCIÓN ALQUÍMICA. Mostrar todas las entradas
miércoles, 28 de octubre de 2009
REFLEXIONES SOBRE EL ORO DE LOS ALQUIMISTAS *
EH
Traducción S. d’Hooghvorst
El oro que dormita en el barro es tan puro
Como el que brilla en el sol. (1)
El oro de los alquimistas es un término equívoco en sus escritos. Han hablado mucho de él, pero de manera oscura. El lector principiante puede preguntarse si dicho oro es verdaderamente oro, o sólo un símbolo. ¿Es la alquimia una obra metálica, como piensa la gente, o la enseñanza de un cierto yoga occidental que hay que interpretar sutilmente?
Los Filósofos dicen que todo aquí abajo no es más que polvo y cenizas. Es el mundo de la generación y de la corrupción. Entre todas las sustancias sublunares, sólo este hermoso metal es inalterable. La hipótesis de los alquimistas es la siguiente: Si el oro, sol terrestre, es indestructible, es porque posee en sí un principio físico de inmortalidad. Si los hombres conociesen el poder y la medicina que contiene, abandonarían todas sus ocupaciones para emprender la búsqueda del secreto que el Soberano Creador ha depositado en las minas, con el fin de encontrar esta cura y regeneración a la que aspira el género humano.
¡Asombrosa hipótesis de la alquimia! Pocos hombres parecen sensibles a ella, quizá por falta de imaginación, pues las necesidades de la vida los acucian por todas partes. El estudio de la alquimia, poco costoso, exige, sin embargo, una gran independencia frente a esas necesidades; o una cierta aceptación de la pobreza a la que nadie quiere por compañera.
El hombre no posee en sí mismo el principio de la medicina. Debe, pues, buscarlo en la naturaleza, extraerlo y tratarlo. Lo mismo ocurre con esta «panacea universal»,(2) y la gran Obra consiste en hacer de este oro el medicamento de los tres reinos; aplicado al cuerpo humano es el licor de inmortalidad o «elixir de larga vida». (3)
¡Quimeras!, dirán algunos. ¡Si el elixir de larga vida existiera, lo sabríamos!
«No conocemos a nadie que haya sido inmortal excepto en las leyendas.». Se defienden a sí mismos, «por no haber conocido a nadie».
Un filósofo como el Cosmopolita(4) escribe, por ejemplo: «El oro de los sabios no es el oro vulgar, sino una cierta agua clara y pura sobre la cual es llevado el espíritu del Señor,(5) y es de ahí que toda fuerza del ser toma y recibe la vida». Y todavía en el mismo tratado: «El oro y la plata de los Filósofos son la vida misma y no necesitan ser revivificados».
Podríamos multiplicar estas citas características de un lenguaje en apariencia equívoco y muy propicio para dispersar al lector. Abordando este género de escritos, se verá inclinado a buscar más sutilezas de las que la coda requiere.
La alquimia no es una receta. Es una escuela filosófica que no admite más que la experiencia sensible como criterio verdadero. El alquimista quiere tocar para saber. Aunque esta experiencia sea de naturaleza secreta, no quita nada al carácter «sensualista» de tal filosofía, la más antigua y materialista del mundo; la más antigua, en efecto, ya que siempre ha resultado imposible determinar sus orígenes históricos; la más materialista, también, ya que no tiene otro fundamento que el testimonio de los sentidos. Es una enseñanza enigmática, sin duda, pero que jamás ha variado en el transcurso de la historia. La unanimidad de todos los maestros nos parece ser la prueba de una experiencia común.
La originalidad de dicha filosofía, frente al sensualismo filosófico de un Condillac, por ejemplo, es no referirse más que a un solo y único objeto: «No hay más que una sola cosa –dice el Cosmopolita– mediante la cual se descubre la verdad de nuestro Arte, en la que éste consiste enteramente y sin la que no podría ser». Así, en lugar de dispersarse en la multiplicidad de las observaciones sensibles, el alquimista encuentra todo su saber en la contemplación de un solo objeto. Louis Cattiaux, por ejemplo, dirá que esta filosofía acopla la unidad del saber con la unidad de la obra en la unidad del hombre.(6) Es, finalmente, una filosofía del oro. A propósito del oro, no digas: ¡Es mi alma! Sería errar lejos del magisterio en una falsa doctrina. Pues el oro es una trampa y la alquimia también.
Paracelso, por su lado, escribió en su Cielo de los Filósofos(7):
El oro es celeste disuelto
triple en elemental fluido
su esencia metálico corporal
Limojon de St. Didier se mostró más explícito(8):
«Según los Filósofos, hay tres clases de oro: el primero es un oro astral cuyo centro se encuentra en el sol que, por sus rayos, lo comunica, al mismo tiempo que su luz, a todos los astros que le son inferiores. Es una sustancia ígnea y una continua emanación de corpúsculos solares que, por el movimiento del sol y de los astros, que están en perpetuo flujo y reflujo, llenan todo el Universo; todo está penetrado por él en la extensión de los cielos, sobre la tierra y dentro de sus entrañas. Respiramos continuamente este oro astral y sus partículas solares penetran nuestros cuerpos que las exhalan sin cesar.»
Vemos que el autor conocía bien el famoso prana de los yoguis; pero estos últimos, ¿lo han conocido corporificado?
«El segundo es un oro elemental, vale decir, la más pura y más fija porción de los elementos y de todas las sustancias que éstos componen, de modo que todos los seres sublunares de los tres reinos contienen en su centro un precioso grano de este oro elemental.»
He aquí afirmada la unidad radical, no sólo de los metales, sino también de todas las cosas. Si el grano fijo del oro que está en todos los seres fuera puesto de nuevo en estado de vegetar, la creación entera volvería a encontrar la incorruptibilidad y la inmortalidad perdidas, dicen los alquimistas. Es por ello que dicho oro es el secreto de su Física.
«El tercero es el hermoso metal, su brillo y su perfección inalterables hacen que todos los hombres lo valoren como el soberano remedio de todos los males y de todas las necesidades de la vida y como el único fundamento para la independencia, la grandeza y el poder humanos; por eso, no es menos objeto de codicia por parte de los mayores príncipes, que por parte de los pueblos de la tierra...»
Este oro metálico al ser el más perfecto, ciertamente, de él se trata en la filosofía química.
«... Como cuando uno diga que los Filósofos poseen un oro vivo y que el oro vulgar está muerto, será un ignorante quien se atreviera a mantener que existe en el mundo otro oro que el oro vulgar, el cual, aunque se le diga muerto, es, no obstante, la cosa más pura de toda la tierra y el efecto último de la naturaleza; y, por consiguiente, es la materia sobre la cual debemos empezar nuestra obra. Debemos entender esta diferencia antes o después de la preparación, por lo cual, en lugar de ser sepultado en su sepulcro, es resucitado y puesto en camino de vegetación...»(9)
El oro de nuestros Filósofos químicos es ciertamente el vulgar, pero enmendado por la buena naturaleza.
Hemos escrito antes que en el oro había una trampa. Aquí se muestra. En efecto, los metales filosóficos son metales puros y no vulgares. Aquí, el avaro no encontrará provecho. ¿Qué ha podido saber de los metales puros y del oro de los Filósofos aquel que persigue las riquezas de este mundo? ¡La dulce y santa química no desvela sus encantos ante los astutos!
La avaricia fue quien heló aquí abajo todas las riquezas del oro; el oro vulgar, es el oro de aquel Dite situado por Dante en el fondo del infierno, y atrapado en un mar de hielo.(10) No se nos ocurra, pues, emprender esta búsqueda química sin estar, como Dante y Virgilio, animados por el deseo de volver al «claro mundo».(11) La concupiscencia y las riquezas de Dite significaron la pérdida del oro vivo: y no es más que un cadáver lo que buscan neciamente los avaros.
¿Quién, en nuestros días, ha reconocido en Virgilio, al cantor del Arte químico? La Eneida es un canto sublime a la gloria de la Edad de Oro de Roma. En ella, el poeta hizo alusión a ese cadáver del oro, bajo la historia del desdichado Polidoro, en el canto III de su poema.
El rey Príamo, presintiendo la próxima ruina de Troya, quiso poner a salvo a su joven hijo Polidoro, el bien nombrado. Le impuso una «pesada carga de oro» y lo entregó al rey de Tracia pidiéndole que lo «alimentara»:
Hunc Polydorum auri quondam cum pondere magno
Infelix Priamus furtim mandarat alendu
Threicio regi..
(versos 49 a 51)
Pero cuando se enteró de la ruina de Troya, este malvado rey hizo decapitar a Polidoro y se apoderó de su oro «por la violencia».(12)
Polydorum obtruncat et auro
vi potitur. Quid non mortulia pectora cogis
Auri sacra fames?
(versos 55 a 57)
¿A qué extremos empuja el corazón de los mortales la maldita avidez del oro? Pero, precisamente, los adeptos lo han previsto. Por ello han trenzado esa famosa corona de espinas alrededor de su secreto que cuece en sal del Paraíso.
Nos dice Virgilio que desde tal crimen, los árboles que crecían sobre aquella tierra no tenían por savia más que una sangre negra y putrefacta. Cuando se les rompía una rama, esta sangre se derramaba sobre el suelo, mancillándolo con su podredumbre.
Nam quae prima solo ruptis radicibus arbos
Vellitur, huic atro liguontur sanguine guttae
Et terram tabo maculant...
(versos 27 a 29)
«... Lo que tomaste por árboles no es sino hierro, huye de las tierras de ese cruel, huye de la proximidad de los avaros», gime desde el fondo de su tumba el alma de Polidoro... «Estoy fijado aquí, el hierro me ha recubierto con una cosecha de flechas, que han crecido en venablos agudos». Vemos pues que el hierro es maldito para los alquimistas: es la «helada» de los metales. Observamos precisamente la oposición entre la Edad de Oro y la Edad de Hierro(13):
Heu fuge credulis terras, fuge litus avarum
Nam Polydorus ego. Hic confixum ferrea texit
Telorum seges et iaculis encrevis acutis
(versos 44 a 46)
Habiéndose, pues, enterado del crimen de que fue víctima Polidoro, Eneas y sus compañeros decidieron de forma unánime marchar de aquella tierra criminal donde la hospitalidad había sido profanada, y confiar sus velas al viento.
Omnibus idem animus scelerata excedere terra
Linqui pollutum hostitium et dare classibus austros
(versos 60-61)
Actuemos del mismo modo... pero no antes de haber estado atentos al grito del alma del oro desde el fondo de su sepulcro: «Ayúdame y te ayudaré».
Pero, algunos dirán, las palabras de estos Filósofos son oscuras, y su práctica, indescifrable. Si el oro debe ser lavado y disuelto para liberar su virtud interna, y renacer vivo, ¿dónde encontraremos el disolvente que es como su propia naturaleza y en la que se funde suavemente como el hielo en el agua, para, seguidamente, coagularse de nuevo en la pureza, en esta Piedra de los sabios de la que se oyen tantas maravillas?
¡Cuántos químicos han muerto obrando en la búsqueda de esa «primera materia», que ha inspirado tantos libros!
La respuesta es que dicha obra es inaccesible al hombre solo. Por eso el oratorio es tan necesario como el laboratorio. Si la alquimia es una filosofía materialista, dista mucho de ser atea. Que el discípulo haga suya esta sentencia del Talmud(14): «Todo hombre que posee el temor de los cielos oye las palabras de Elohim... y el mundo entero no ha sido creado más que para hacerle compañía». Esta sentencia también es un enigma.
Todos estos misterios están en poder del Altísimo. Otorga sus favores a quien quiere. La humildad de los sabios consiste en haber hablado, dejando a ese Altísimo Padre de las Luces, el cuidado de dar la inteligencia. La alquimia no se enseña, se comunica.
«... Os juro por mi Dios –dice Pitágoras en la Turba– que por largo tiempo he investigado esos libros, a fin de llegar a esta ciencia, y he rogado a Dios que me enseñara lo que era; y cuando Dios me hubo oído, me mostró un agua nítida, conocí que era como puro vinagre, y después, cuanto más leía los libros, tanto más lo entendía.»(15)
(1) Louis Cattiaux: El Mensaje Reencontrado II 21’.
(2) Panacea. Del griego Pan: todo, y akeo: curar. Aquello que lo cura todo. En la mitología, Panakeia: «La socorredora de todos», era hija de Asclepios, dios de la Medicina.
(3) Del árabe «Iksir», de la raíz «ksr» que significa ‘romper, quebrar, partir’. Al iksir es el nombre árabe de la Piedra Filosofal.
(4) El Cosmopolita: Traité du sel, troisième pricipe des choses minerales de nouveau mis en lumière... París, Jean d’Houry, 1669. Sobre misterioso personaje que a veces se ha confundido con Sendivogius, ver Louis Figuier: La Alquimia y los Alquimistas... París, Hachette, 1865; Reedición, Denoël, París, 1970.
(5) Génesis I, 2.
(6) El Mensaje Reencontrado XXXVIII 69’.
(7) Paracelso: Le ciel des Philosophes, Canon 7, ed. De Tournes, Ginebra, 1658.
(8) Limojon de St. Didier: Entretien d’Eudoxe et de Pyrophile, París, Jacques d’Houry, 1688.
(9) Nicolas Valois: Los cinco libros o la llave del secreto de los secretos. Libro II, Biblioteca Hermética, ed. Retz, París, 1975, p. 192.
(10) Dante, Infierno XXXIV, 27.
(11) Idem, 132.
(12) Como Judas el traidor que se manchó de barro con los malditos treinta denarios.
(13) Virgilio, IV Bucólica, versos 8 y 9.
(14) Talmud de Babilonia, Berajot, 6, b.
(15) La Turba de los Filósofos. Hay varias versiones diferentes de la Turba de los Filósofos. El libro en latín: Artis Auriferae quam Chemiam vocant (Basilea, 1593) contiene dos diferentes. Nuestra cita está extraída de un tercer tratado del mismo nombre, publicado en París por Jean d’Houry en 1622, en un precioso librillo titulado: Divers traités de la Philosophie Naturelle El editor nos advierte que esta versión era la que «el conde de la Marche Trévisane alaba y cita tan a menudo, llamándolo el Código de toda Verdad».
Traducción S. d’Hooghvorst
El oro que dormita en el barro es tan puro
Como el que brilla en el sol. (1)
El oro de los alquimistas es un término equívoco en sus escritos. Han hablado mucho de él, pero de manera oscura. El lector principiante puede preguntarse si dicho oro es verdaderamente oro, o sólo un símbolo. ¿Es la alquimia una obra metálica, como piensa la gente, o la enseñanza de un cierto yoga occidental que hay que interpretar sutilmente?
Los Filósofos dicen que todo aquí abajo no es más que polvo y cenizas. Es el mundo de la generación y de la corrupción. Entre todas las sustancias sublunares, sólo este hermoso metal es inalterable. La hipótesis de los alquimistas es la siguiente: Si el oro, sol terrestre, es indestructible, es porque posee en sí un principio físico de inmortalidad. Si los hombres conociesen el poder y la medicina que contiene, abandonarían todas sus ocupaciones para emprender la búsqueda del secreto que el Soberano Creador ha depositado en las minas, con el fin de encontrar esta cura y regeneración a la que aspira el género humano.
¡Asombrosa hipótesis de la alquimia! Pocos hombres parecen sensibles a ella, quizá por falta de imaginación, pues las necesidades de la vida los acucian por todas partes. El estudio de la alquimia, poco costoso, exige, sin embargo, una gran independencia frente a esas necesidades; o una cierta aceptación de la pobreza a la que nadie quiere por compañera.
El hombre no posee en sí mismo el principio de la medicina. Debe, pues, buscarlo en la naturaleza, extraerlo y tratarlo. Lo mismo ocurre con esta «panacea universal»,(2) y la gran Obra consiste en hacer de este oro el medicamento de los tres reinos; aplicado al cuerpo humano es el licor de inmortalidad o «elixir de larga vida». (3)
¡Quimeras!, dirán algunos. ¡Si el elixir de larga vida existiera, lo sabríamos!
«No conocemos a nadie que haya sido inmortal excepto en las leyendas.». Se defienden a sí mismos, «por no haber conocido a nadie».
Un filósofo como el Cosmopolita(4) escribe, por ejemplo: «El oro de los sabios no es el oro vulgar, sino una cierta agua clara y pura sobre la cual es llevado el espíritu del Señor,(5) y es de ahí que toda fuerza del ser toma y recibe la vida». Y todavía en el mismo tratado: «El oro y la plata de los Filósofos son la vida misma y no necesitan ser revivificados».
Podríamos multiplicar estas citas características de un lenguaje en apariencia equívoco y muy propicio para dispersar al lector. Abordando este género de escritos, se verá inclinado a buscar más sutilezas de las que la coda requiere.
La alquimia no es una receta. Es una escuela filosófica que no admite más que la experiencia sensible como criterio verdadero. El alquimista quiere tocar para saber. Aunque esta experiencia sea de naturaleza secreta, no quita nada al carácter «sensualista» de tal filosofía, la más antigua y materialista del mundo; la más antigua, en efecto, ya que siempre ha resultado imposible determinar sus orígenes históricos; la más materialista, también, ya que no tiene otro fundamento que el testimonio de los sentidos. Es una enseñanza enigmática, sin duda, pero que jamás ha variado en el transcurso de la historia. La unanimidad de todos los maestros nos parece ser la prueba de una experiencia común.
La originalidad de dicha filosofía, frente al sensualismo filosófico de un Condillac, por ejemplo, es no referirse más que a un solo y único objeto: «No hay más que una sola cosa –dice el Cosmopolita– mediante la cual se descubre la verdad de nuestro Arte, en la que éste consiste enteramente y sin la que no podría ser». Así, en lugar de dispersarse en la multiplicidad de las observaciones sensibles, el alquimista encuentra todo su saber en la contemplación de un solo objeto. Louis Cattiaux, por ejemplo, dirá que esta filosofía acopla la unidad del saber con la unidad de la obra en la unidad del hombre.(6) Es, finalmente, una filosofía del oro. A propósito del oro, no digas: ¡Es mi alma! Sería errar lejos del magisterio en una falsa doctrina. Pues el oro es una trampa y la alquimia también.
Paracelso, por su lado, escribió en su Cielo de los Filósofos(7):
El oro es celeste disuelto
triple en elemental fluido
su esencia metálico corporal
Limojon de St. Didier se mostró más explícito(8):
«Según los Filósofos, hay tres clases de oro: el primero es un oro astral cuyo centro se encuentra en el sol que, por sus rayos, lo comunica, al mismo tiempo que su luz, a todos los astros que le son inferiores. Es una sustancia ígnea y una continua emanación de corpúsculos solares que, por el movimiento del sol y de los astros, que están en perpetuo flujo y reflujo, llenan todo el Universo; todo está penetrado por él en la extensión de los cielos, sobre la tierra y dentro de sus entrañas. Respiramos continuamente este oro astral y sus partículas solares penetran nuestros cuerpos que las exhalan sin cesar.»
Vemos que el autor conocía bien el famoso prana de los yoguis; pero estos últimos, ¿lo han conocido corporificado?
«El segundo es un oro elemental, vale decir, la más pura y más fija porción de los elementos y de todas las sustancias que éstos componen, de modo que todos los seres sublunares de los tres reinos contienen en su centro un precioso grano de este oro elemental.»
He aquí afirmada la unidad radical, no sólo de los metales, sino también de todas las cosas. Si el grano fijo del oro que está en todos los seres fuera puesto de nuevo en estado de vegetar, la creación entera volvería a encontrar la incorruptibilidad y la inmortalidad perdidas, dicen los alquimistas. Es por ello que dicho oro es el secreto de su Física.
«El tercero es el hermoso metal, su brillo y su perfección inalterables hacen que todos los hombres lo valoren como el soberano remedio de todos los males y de todas las necesidades de la vida y como el único fundamento para la independencia, la grandeza y el poder humanos; por eso, no es menos objeto de codicia por parte de los mayores príncipes, que por parte de los pueblos de la tierra...»
Este oro metálico al ser el más perfecto, ciertamente, de él se trata en la filosofía química.
«... Como cuando uno diga que los Filósofos poseen un oro vivo y que el oro vulgar está muerto, será un ignorante quien se atreviera a mantener que existe en el mundo otro oro que el oro vulgar, el cual, aunque se le diga muerto, es, no obstante, la cosa más pura de toda la tierra y el efecto último de la naturaleza; y, por consiguiente, es la materia sobre la cual debemos empezar nuestra obra. Debemos entender esta diferencia antes o después de la preparación, por lo cual, en lugar de ser sepultado en su sepulcro, es resucitado y puesto en camino de vegetación...»(9)
El oro de nuestros Filósofos químicos es ciertamente el vulgar, pero enmendado por la buena naturaleza.
Hemos escrito antes que en el oro había una trampa. Aquí se muestra. En efecto, los metales filosóficos son metales puros y no vulgares. Aquí, el avaro no encontrará provecho. ¿Qué ha podido saber de los metales puros y del oro de los Filósofos aquel que persigue las riquezas de este mundo? ¡La dulce y santa química no desvela sus encantos ante los astutos!
La avaricia fue quien heló aquí abajo todas las riquezas del oro; el oro vulgar, es el oro de aquel Dite situado por Dante en el fondo del infierno, y atrapado en un mar de hielo.(10) No se nos ocurra, pues, emprender esta búsqueda química sin estar, como Dante y Virgilio, animados por el deseo de volver al «claro mundo».(11) La concupiscencia y las riquezas de Dite significaron la pérdida del oro vivo: y no es más que un cadáver lo que buscan neciamente los avaros.
¿Quién, en nuestros días, ha reconocido en Virgilio, al cantor del Arte químico? La Eneida es un canto sublime a la gloria de la Edad de Oro de Roma. En ella, el poeta hizo alusión a ese cadáver del oro, bajo la historia del desdichado Polidoro, en el canto III de su poema.
El rey Príamo, presintiendo la próxima ruina de Troya, quiso poner a salvo a su joven hijo Polidoro, el bien nombrado. Le impuso una «pesada carga de oro» y lo entregó al rey de Tracia pidiéndole que lo «alimentara»:
Hunc Polydorum auri quondam cum pondere magno
Infelix Priamus furtim mandarat alendu
Threicio regi..
(versos 49 a 51)
Pero cuando se enteró de la ruina de Troya, este malvado rey hizo decapitar a Polidoro y se apoderó de su oro «por la violencia».(12)
Polydorum obtruncat et auro
vi potitur. Quid non mortulia pectora cogis
Auri sacra fames?
(versos 55 a 57)
¿A qué extremos empuja el corazón de los mortales la maldita avidez del oro? Pero, precisamente, los adeptos lo han previsto. Por ello han trenzado esa famosa corona de espinas alrededor de su secreto que cuece en sal del Paraíso.
Nos dice Virgilio que desde tal crimen, los árboles que crecían sobre aquella tierra no tenían por savia más que una sangre negra y putrefacta. Cuando se les rompía una rama, esta sangre se derramaba sobre el suelo, mancillándolo con su podredumbre.
Nam quae prima solo ruptis radicibus arbos
Vellitur, huic atro liguontur sanguine guttae
Et terram tabo maculant...
(versos 27 a 29)
«... Lo que tomaste por árboles no es sino hierro, huye de las tierras de ese cruel, huye de la proximidad de los avaros», gime desde el fondo de su tumba el alma de Polidoro... «Estoy fijado aquí, el hierro me ha recubierto con una cosecha de flechas, que han crecido en venablos agudos». Vemos pues que el hierro es maldito para los alquimistas: es la «helada» de los metales. Observamos precisamente la oposición entre la Edad de Oro y la Edad de Hierro(13):
Heu fuge credulis terras, fuge litus avarum
Nam Polydorus ego. Hic confixum ferrea texit
Telorum seges et iaculis encrevis acutis
(versos 44 a 46)
Habiéndose, pues, enterado del crimen de que fue víctima Polidoro, Eneas y sus compañeros decidieron de forma unánime marchar de aquella tierra criminal donde la hospitalidad había sido profanada, y confiar sus velas al viento.
Omnibus idem animus scelerata excedere terra
Linqui pollutum hostitium et dare classibus austros
(versos 60-61)
Actuemos del mismo modo... pero no antes de haber estado atentos al grito del alma del oro desde el fondo de su sepulcro: «Ayúdame y te ayudaré».
Pero, algunos dirán, las palabras de estos Filósofos son oscuras, y su práctica, indescifrable. Si el oro debe ser lavado y disuelto para liberar su virtud interna, y renacer vivo, ¿dónde encontraremos el disolvente que es como su propia naturaleza y en la que se funde suavemente como el hielo en el agua, para, seguidamente, coagularse de nuevo en la pureza, en esta Piedra de los sabios de la que se oyen tantas maravillas?
¡Cuántos químicos han muerto obrando en la búsqueda de esa «primera materia», que ha inspirado tantos libros!
La respuesta es que dicha obra es inaccesible al hombre solo. Por eso el oratorio es tan necesario como el laboratorio. Si la alquimia es una filosofía materialista, dista mucho de ser atea. Que el discípulo haga suya esta sentencia del Talmud(14): «Todo hombre que posee el temor de los cielos oye las palabras de Elohim... y el mundo entero no ha sido creado más que para hacerle compañía». Esta sentencia también es un enigma.
Todos estos misterios están en poder del Altísimo. Otorga sus favores a quien quiere. La humildad de los sabios consiste en haber hablado, dejando a ese Altísimo Padre de las Luces, el cuidado de dar la inteligencia. La alquimia no se enseña, se comunica.
«... Os juro por mi Dios –dice Pitágoras en la Turba– que por largo tiempo he investigado esos libros, a fin de llegar a esta ciencia, y he rogado a Dios que me enseñara lo que era; y cuando Dios me hubo oído, me mostró un agua nítida, conocí que era como puro vinagre, y después, cuanto más leía los libros, tanto más lo entendía.»(15)
(1) Louis Cattiaux: El Mensaje Reencontrado II 21’.
(2) Panacea. Del griego Pan: todo, y akeo: curar. Aquello que lo cura todo. En la mitología, Panakeia: «La socorredora de todos», era hija de Asclepios, dios de la Medicina.
(3) Del árabe «Iksir», de la raíz «ksr» que significa ‘romper, quebrar, partir’. Al iksir es el nombre árabe de la Piedra Filosofal.
(4) El Cosmopolita: Traité du sel, troisième pricipe des choses minerales de nouveau mis en lumière... París, Jean d’Houry, 1669. Sobre misterioso personaje que a veces se ha confundido con Sendivogius, ver Louis Figuier: La Alquimia y los Alquimistas... París, Hachette, 1865; Reedición, Denoël, París, 1970.
(5) Génesis I, 2.
(6) El Mensaje Reencontrado XXXVIII 69’.
(7) Paracelso: Le ciel des Philosophes, Canon 7, ed. De Tournes, Ginebra, 1658.
(8) Limojon de St. Didier: Entretien d’Eudoxe et de Pyrophile, París, Jacques d’Houry, 1688.
(9) Nicolas Valois: Los cinco libros o la llave del secreto de los secretos. Libro II, Biblioteca Hermética, ed. Retz, París, 1975, p. 192.
(10) Dante, Infierno XXXIV, 27.
(11) Idem, 132.
(12) Como Judas el traidor que se manchó de barro con los malditos treinta denarios.
(13) Virgilio, IV Bucólica, versos 8 y 9.
(14) Talmud de Babilonia, Berajot, 6, b.
(15) La Turba de los Filósofos. Hay varias versiones diferentes de la Turba de los Filósofos. El libro en latín: Artis Auriferae quam Chemiam vocant (Basilea, 1593) contiene dos diferentes. Nuestra cita está extraída de un tercer tratado del mismo nombre, publicado en París por Jean d’Houry en 1622, en un precioso librillo titulado: Divers traités de la Philosophie Naturelle El editor nos advierte que esta versión era la que «el conde de la Marche Trévisane alaba y cita tan a menudo, llamándolo el Código de toda Verdad».
martes, 13 de octubre de 2009
EPÍSTOLA DEL FUEGO FILOSÓFICO
Jean Pontanus
Traducción: A. Ballester
Introducción:
Tenemos el gran placer de ofrecer a nuestros lectores esta auténtica perla de la literatura alquímica del s. XV, titulada en latín Epístola de Igne Philosophorum de Johannes Pontanus.
En la introducción a la traducción francesa (1), su autor interpreta el seudónimo de nuestro autor anónimo:
Pontanus procedería de dos palabra griegas, pontios, que designa la divinidad del mar y anuo, que significa ‘lo que acaba o realiza una obra’; es el «medio» sin el cual es imposible llevar a cabo una labor.
Recomendamos encarecidamente a todos los inquisidores de la ciencia hermética, la atenta y repetida lectura de esta breve enseñanza de un maestro verdadero.
Epístola del fuego filosófico
Yo, Jean Pontanus, he visitado múltiples regiones y reinos -a fin de conocer verdaderamente qué es la Piedra de los Filósofos- y después de haber recorrido los confines del mundo sólo he encontrado falsos filósofos y farsantes. Sin embargo, por un continuo estudio de los libros de los Sabios, aumentándose mis dudas, he encontrado la verdad; pero aún conociendo la materia he errado doscientas veces antes de poder encontrar la operación práctica de esta verdadera materia.
Primero, empecé mis operaciones por las putrefacciones del cuerpo de esta materia durante nueve meses y no encontré nada. Durante algún tiempo la puse al baño maría y del mismo modo erré.
La mantuve y puse en un fuego de calcinación durante tres meses, y operé mal. Intenté y probé todos los géneros y modos de destilaciones y sublimaciones, según lo que los Filósofos dicen o parecen decir, por ejemplo Geber, Arquelaos y casi todos los demás y tampoco encontré nada.
Por último, intenté alcanzar y perfeccionar el objeto de todo el Arte de Alquimia, de todas las maneras imaginables: por el estiércol, el baño, las cenizas y por otros mil géneros de fuego que los Filósofos mencionan en sus libros; pero no descubrí nada válido.
Por lo cual, durante tres años seguidos estudié los libros de los Filósofos, sobre todo el único Hermes, cuyas breves palabras comprenden todo el magisterio de la Piedra, aunque hable de un modo muy obscuro de las cosas superiores e inferiores, del Cielo y de la Tierra.
Por lo tanto, toda nuestra aplicación y nuestros cuidados sólo deben estar dirigidos hacia el conocimiento de la verdadera práctica, en la primera, segunda y tercera Obra .
No se trata del fuego de baño, de estiércol, de cenizas ni ninguno de los otros fuegos que nos evocan y describen los filósofos en sus libros.
Entonces, ¿cuál es aquél fuego que perfecciona y acaba la Obra entera desde el principio hasta el final? Ciertamente, todos los Filósofos lo han ocultado; pero yo, con movido por un impulso de misericordia, quiero declararlo junto con la completa realización de toda la Obra.
La Piedra de los Filósofos es única y es una, pero oculta y envuelta en la multiplicidad de distintos nombres y antes de que puedas conocerla pasarás muchas fatigas; difícilmente la encontrarás por tu propio ingenio. Es acuosa, aérea, ígnea, terrestre, flemática, colérica, sanguínea y melancólica. Es un azufre y también plata viva.
Tiene varias superfluidades que, te lo aseguro por el Dios viviente, se convierten por medio de nuestro fuego en verdadera y única Esencia. Y quien -creyéndolo necesario- separe alguna cosa del objeto, seguro que nada sabe de Filosofía. Ya que lo superfluo, lo sucio, lo inmundo, lo vil, lo fangoso y por lo general toda la substancia del objeto se perfecciona por medio de nuestro fuego en un cuerpo espiritual fijo. Esto, los Sabios nunca lo han revelado, y , como consecuencia, pocas personas llegan a este Arte, pues imaginan que algo sucio y vil debe ser separado .
Ahora debemos manifestar y extraer las propiedades de nuestro fuego; si este conviene a nuestra materia tal como lo he dicho, es decir, si es transmutado junto con la materia. Dicho fuego no quema la materia, nada separa de ella, no divide ni aparta las partes puras de las impuras, tal como dicen todos los Filósofos, pero convierte todo el objeto en pureza. No sublima a la manera de Geber, Arnaldo y todos los demás que han hablado de sublimaciones y destilaciones. En poco tiempo se realiza y perfecciona .
Este fuego es mineral, invariable y continuo, no se evapora si no es excitado en exceso; participa del azufre, es tomado y proviene no de la materia sino de otro lugar.
Todo lo rompe, disuelve y congela, igualmente congela y calcina; es difícil de encontrar por la industria y por el Arte. Dicho fuego es compendio y resumen de toda la Obra, sin tomar ninguna otra cosa o por lo menos poco, este mismo fuego se introduce y es de débil ignición; porque con este pequeño fuego es realizada toda la Obra y juntas son hechas todas las requeridas y debidas sublimaciones.
Los que lean a Geber y todos los demás Filósofos, aunque vivieran cien millones de años, no podrían comprenderlo, pues este fuego sólo se puede descubrir por la única y profunda meditación del pensamiento, después será posible comprenderlo en los libros, y no de otra manera. Por lo tanto, el error en este Arte es no encontrar este fuego, que convierte la materia en la Piedra de los Filósofos.
Concéntrate, pues, en este fuego, porque si yo lo hubiese encontrado en primer lugar no hubiese errado doscientas veces sobre la propia materia.
A causa de ello, ya no me sorprende que tantas personas no consigan llegar a la realización de la Obra. Yerran, erraron y errarán siempre, en cuanto a que los Filósofos sólo han puesto su propio agente en una sola cosa, que Artefius ha nombrado, pero hablando sólo para sí mismo. Si no fuese porque he leído a Artefius, lo he oído y comprendido nunca hubiese llegado a la realización de la Obra.
He aquí cuál es dicha práctica: se debe tomar la materia con gran diligencia, triturarla físicamente y colocarla en el fuego, es decir, en el horno; pero también hay que conocer el grado y la proporción del fuego. A saber, es preciso que el fuego externo tan sólo excite la materia; en poco tiempo este fuego, sin manipularlo para nada, ciertamente realizará toda la Obra. Ya que putrifica, corrompe, engendra y perfecciona la obra entera, haciendo aparecer los tres principales colores, el negro, el blanco y el rojo. Y mediante nuestro fuego la medicina se multiplicará, si está conjunta con la materia cruda, no sólo en cantidad sino también en virtud.
Busca, pues, este fuego con todas las fuerzas de tu espíritu y llegarás a la meta que te has propuesto; pues él es quien hace toda la Obra y es la llave de todos los Filósofos, y en sus libros nunca la han revelado. Si piensas muy profundamente en las propiedades de este fuego antes descrito, lo conocerás, pero de otro modo, no.
Así pues, conmovido por un impulso de misericordia he escrito esto, pero para quedar satisfecho debo decir que el fuego no está en absoluto transmutado con la materia como dije antes. He querido decirlo y advertir a los prudentes de estas cosas, para que no gasten inútilmente su dinero y sepan de antemano lo que deben buscar, por este medio llegarán a la verdad del Arte, de otra manera, no.
A Dios
___________________________
1. Introducción de M. Bernard Biebel. Ed. de la Maisnie, Paris 1981.
2. El texto original de la Epístola del fuego del fuego filosófico se encuentra en la Biblioteca Nacional de París, manuscrito 19969. Una transcripción del mismo existe en el Theatrum Chimicum, p. 816 del tomo III, en la edición de 1602.
Traducción: A. Ballester
Introducción:
Tenemos el gran placer de ofrecer a nuestros lectores esta auténtica perla de la literatura alquímica del s. XV, titulada en latín Epístola de Igne Philosophorum de Johannes Pontanus.
En la introducción a la traducción francesa (1), su autor interpreta el seudónimo de nuestro autor anónimo:
Pontanus procedería de dos palabra griegas, pontios, que designa la divinidad del mar y anuo, que significa ‘lo que acaba o realiza una obra’; es el «medio» sin el cual es imposible llevar a cabo una labor.
Recomendamos encarecidamente a todos los inquisidores de la ciencia hermética, la atenta y repetida lectura de esta breve enseñanza de un maestro verdadero.
Epístola del fuego filosófico
Yo, Jean Pontanus, he visitado múltiples regiones y reinos -a fin de conocer verdaderamente qué es la Piedra de los Filósofos- y después de haber recorrido los confines del mundo sólo he encontrado falsos filósofos y farsantes. Sin embargo, por un continuo estudio de los libros de los Sabios, aumentándose mis dudas, he encontrado la verdad; pero aún conociendo la materia he errado doscientas veces antes de poder encontrar la operación práctica de esta verdadera materia.
Primero, empecé mis operaciones por las putrefacciones del cuerpo de esta materia durante nueve meses y no encontré nada. Durante algún tiempo la puse al baño maría y del mismo modo erré.
La mantuve y puse en un fuego de calcinación durante tres meses, y operé mal. Intenté y probé todos los géneros y modos de destilaciones y sublimaciones, según lo que los Filósofos dicen o parecen decir, por ejemplo Geber, Arquelaos y casi todos los demás y tampoco encontré nada.
Por último, intenté alcanzar y perfeccionar el objeto de todo el Arte de Alquimia, de todas las maneras imaginables: por el estiércol, el baño, las cenizas y por otros mil géneros de fuego que los Filósofos mencionan en sus libros; pero no descubrí nada válido.
Por lo cual, durante tres años seguidos estudié los libros de los Filósofos, sobre todo el único Hermes, cuyas breves palabras comprenden todo el magisterio de la Piedra, aunque hable de un modo muy obscuro de las cosas superiores e inferiores, del Cielo y de la Tierra.
Por lo tanto, toda nuestra aplicación y nuestros cuidados sólo deben estar dirigidos hacia el conocimiento de la verdadera práctica, en la primera, segunda y tercera Obra .
No se trata del fuego de baño, de estiércol, de cenizas ni ninguno de los otros fuegos que nos evocan y describen los filósofos en sus libros.
Entonces, ¿cuál es aquél fuego que perfecciona y acaba la Obra entera desde el principio hasta el final? Ciertamente, todos los Filósofos lo han ocultado; pero yo, con movido por un impulso de misericordia, quiero declararlo junto con la completa realización de toda la Obra.
La Piedra de los Filósofos es única y es una, pero oculta y envuelta en la multiplicidad de distintos nombres y antes de que puedas conocerla pasarás muchas fatigas; difícilmente la encontrarás por tu propio ingenio. Es acuosa, aérea, ígnea, terrestre, flemática, colérica, sanguínea y melancólica. Es un azufre y también plata viva.
Tiene varias superfluidades que, te lo aseguro por el Dios viviente, se convierten por medio de nuestro fuego en verdadera y única Esencia. Y quien -creyéndolo necesario- separe alguna cosa del objeto, seguro que nada sabe de Filosofía. Ya que lo superfluo, lo sucio, lo inmundo, lo vil, lo fangoso y por lo general toda la substancia del objeto se perfecciona por medio de nuestro fuego en un cuerpo espiritual fijo. Esto, los Sabios nunca lo han revelado, y , como consecuencia, pocas personas llegan a este Arte, pues imaginan que algo sucio y vil debe ser separado .
Ahora debemos manifestar y extraer las propiedades de nuestro fuego; si este conviene a nuestra materia tal como lo he dicho, es decir, si es transmutado junto con la materia. Dicho fuego no quema la materia, nada separa de ella, no divide ni aparta las partes puras de las impuras, tal como dicen todos los Filósofos, pero convierte todo el objeto en pureza. No sublima a la manera de Geber, Arnaldo y todos los demás que han hablado de sublimaciones y destilaciones. En poco tiempo se realiza y perfecciona .
Este fuego es mineral, invariable y continuo, no se evapora si no es excitado en exceso; participa del azufre, es tomado y proviene no de la materia sino de otro lugar.
Todo lo rompe, disuelve y congela, igualmente congela y calcina; es difícil de encontrar por la industria y por el Arte. Dicho fuego es compendio y resumen de toda la Obra, sin tomar ninguna otra cosa o por lo menos poco, este mismo fuego se introduce y es de débil ignición; porque con este pequeño fuego es realizada toda la Obra y juntas son hechas todas las requeridas y debidas sublimaciones.
Los que lean a Geber y todos los demás Filósofos, aunque vivieran cien millones de años, no podrían comprenderlo, pues este fuego sólo se puede descubrir por la única y profunda meditación del pensamiento, después será posible comprenderlo en los libros, y no de otra manera. Por lo tanto, el error en este Arte es no encontrar este fuego, que convierte la materia en la Piedra de los Filósofos.
Concéntrate, pues, en este fuego, porque si yo lo hubiese encontrado en primer lugar no hubiese errado doscientas veces sobre la propia materia.
A causa de ello, ya no me sorprende que tantas personas no consigan llegar a la realización de la Obra. Yerran, erraron y errarán siempre, en cuanto a que los Filósofos sólo han puesto su propio agente en una sola cosa, que Artefius ha nombrado, pero hablando sólo para sí mismo. Si no fuese porque he leído a Artefius, lo he oído y comprendido nunca hubiese llegado a la realización de la Obra.
He aquí cuál es dicha práctica: se debe tomar la materia con gran diligencia, triturarla físicamente y colocarla en el fuego, es decir, en el horno; pero también hay que conocer el grado y la proporción del fuego. A saber, es preciso que el fuego externo tan sólo excite la materia; en poco tiempo este fuego, sin manipularlo para nada, ciertamente realizará toda la Obra. Ya que putrifica, corrompe, engendra y perfecciona la obra entera, haciendo aparecer los tres principales colores, el negro, el blanco y el rojo. Y mediante nuestro fuego la medicina se multiplicará, si está conjunta con la materia cruda, no sólo en cantidad sino también en virtud.
Busca, pues, este fuego con todas las fuerzas de tu espíritu y llegarás a la meta que te has propuesto; pues él es quien hace toda la Obra y es la llave de todos los Filósofos, y en sus libros nunca la han revelado. Si piensas muy profundamente en las propiedades de este fuego antes descrito, lo conocerás, pero de otro modo, no.
Así pues, conmovido por un impulso de misericordia he escrito esto, pero para quedar satisfecho debo decir que el fuego no está en absoluto transmutado con la materia como dije antes. He querido decirlo y advertir a los prudentes de estas cosas, para que no gasten inútilmente su dinero y sepan de antemano lo que deben buscar, por este medio llegarán a la verdad del Arte, de otra manera, no.
A Dios
___________________________
1. Introducción de M. Bernard Biebel. Ed. de la Maisnie, Paris 1981.
2. El texto original de la Epístola del fuego del fuego filosófico se encuentra en la Biblioteca Nacional de París, manuscrito 19969. Una transcripción del mismo existe en el Theatrum Chimicum, p. 816 del tomo III, en la edición de 1602.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)