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miércoles, 28 de abril de 2010

«Exoterismo y esoterismo»,

C. del Tilo

Sabemos que, en una tradición, el exoterismo (del griego, exo, exterior) significa su aspecto exterior, es decir el conjunto de textos, rituales, prescripciones, imágenes, símbolos y figuras que se enseñan públicamente a los fieles. Representa, en cierta manera, a la Iglesia exterior.

El esoterismo (eso, interior) en cambio, se refiere a su sentido interior u oculto. Representa a la Iglesia interior o la Escuela.

Si el primero está al alcance de todos, el segundo es oculto, ya que constituye un misterio interior. Sería como la experimentación personal y secreta del contenido del exoterismo; así pues, se comprende fácilmente que, por su misma naturaleza, el esoterismo nunca puede ser público.

De lo dicho podemos deducir que el exoterismo tiene que ser el reflejo exacto del misterio esotérico y no debe separarse de su contenido, el cual se proyecta al exterior en forma de rituales, sacramentos, prescripciones y símbolos.

Si una Iglesia exterior pierde su Escuela interior, donde se transmite el misterio oculto que representa, o sea el sentido real y palpable de aquello que enseña, se convierte poco a poco en una religión humana, es decir social, moral, en fin farisaica; los ritos e imágenes se modifican ya que se va olvidando a qué se refieren precisamente.

La Iglesia exterior, que perpetúa la fe en la Revelación divina, tiene que permanecer fiel para con los que, en su seno, o sea la Escuela interior, conocen y poseen su sentido oculto y transmiten su conocimiento (gnosis). Así pues, una necesita la otra.

Todos los profetas y apóstoles auténticos, o sea los conocedores, han «re-velado»; es decir, han enseñado de forma velada, porque su experiencia no puede expresarse, sino utilizando imágenes, rituales, letra. Se experimenta desde el interior, luego se «re-vela» a fuera.

Se comprende pues, que intentar explicar el esoterismo sin haberlo experimentado, constituye un contrasentido, ya que sería querer hablar desde fuera de lo de dentro, sin estar en él.

El esoterismo es «el misterio», ya que sólo puede conocerse entrando en él (misterio: del griego musterion, mustés: iniciación, iniciado); pues se entra en el misterio mediante una iniciación, una manifestación divina. Desde fuera, lo único que se puede hacer, es transmitir fielmente y con exactitud las re-velaciones de los maestros del esoterismo.

Toda tradición procede necesariamente de la reactualización, o sea la experimentación de este misterio de regeneración por parte de su fundador. A partir de ello, se establece una Escuela capaz de enseñar y transmitir el misterio del conocimiento operativo, y luego se puede constituir una Iglesia exterior para comunicar la fe en la revelación. He aquí la unión necesaria del exoterismo con el esoterismo.

Si en el seno de este conjunto se interrumpe la transmisión del misterio, entonces la Iglesia exterior se encuentra sin contenido vivo y la tradición degenera en moralismo.

Por eso, Jesús, el Renovador del misterio de la Gnosis, acusaba a los que llama los nomikoi , los doctores de la ley (los que interpretaban la Torah de manera puramente exotérica) de haber perdido este conocimiento: «¡Ay de vosotros, doctores de la ley, porque habéis cogido la llave de la Gnosis; vosotros mismos no habéis entrado y a los que iban a entrar se lo habéis impedido!» (Lc. XI, 52).

De este modo la letra suplantó a la tradición oral, la Escritura sustituyó a la Palabra viva que transmitían los profetas.

Cuando el Evangelio habla de «los que iban a entrar», alude ciertamente al esoterismo, a la enseñanza que se da «en la casa», en oposición con la de fuera que se da «en la plaza pública». La llave de la Gnosis podría referirse al secreto de la iniciación, el único que da la entrada al conocimiento de la Divinidad.

«¿Por qué les hablas con parábolas?, preguntan los discípulos. Respondió Jesús: Porque a vosotros se os ha dado el conocer los misterios del reino de los cielos; mas a ellos no se les ha dado. Siendo cierto que al que tiene, se le dará y estará sobrado: mas al que no tiene, le quitarán aun lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque ellos viendo, no miran, y oyendo, no escuchan, ni entienden» (Mt. XIII, 10-13).

La palabra griega Gnosis empleada por Jesús (en Lc XI, 52), significa conocimiento experimental de la Divinidad; procede del verbo gignosco, conocer, de la misma raíz que gignomai, nacer. Muy a menudo suele oponerse conocimiento de Dios y amor de Dios, como si el conocimiento excluyera el amor. «Conocimiento» implica renacimiento, con-noscer es con-nacer, o re-generación, donde encontramos la raíz primitiva «g-n» del griego geinomai, nacer, genos, raza, linaje, etc... Así pues, no existe verdadera Gnosis sin regeneración, muerte y resurrección. La Gnosis o Conocimiento no se sitúa en el plano de la especulación intelectual, sino que constituye la consumación de la realización y se transmite en secreto de maestro a discípulo.

Tal es el misterio esotérico.

viernes, 5 de febrero de 2010

El secreto del dios Mitra


Cada año, millones de turistas “armados” con cámaras toman las calles de Roma con el objeto de visitar los rincones más característicos de la ciudad: el Coliseo, la ciudad del Vaticano, las distintas piazzas, el Panteón, el Foro Romano… Sin embargo, a menudo otros enclaves de la urbe pasan desapercibidos a ojos del turista medio, a pesar de que cuentan con un interés histórico, artístico y religioso igual o mayor que el de los lugares más populares. Ese es el caso de la basílica de San Clemente, un templo del siglo XII situado a escasa distancia del célebre Coliseo y que por desgracia suele quedar eclipsado por éste. No obstante, algunos visitantes llegan hasta allí atraídos por los bellos mosaicos que representan escenas de la vida del pontífice que da nombre al templo. Pero curiosamente, algunos de los elementos más destacados de este enclave no son visibles a primera vista, sino que se encuentran “escondidos” en el subsuelo del mismo.

En 1857, el dominico irlandés Joseph Mullooly –en aquellas fechas prior de San Clemente–, decidió iniciar unas excavaciones para sacar a la luz el antiguo templo de época paleocristiana que, gracias a diversas fuentes históricas, se sabía descansaba bajo los cimientos de la actual basílica. El padre Mullooly logró su objetivo, pero además hizo otros hallazgos que nadie esperaba. Además de los restos del templo paleocristiano del siglo IV, los trabajos detectaron otros dos niveles inferiores, uno correspondiente a casas romanas destruidas durante el incendio de Nerón y otro, más importante, correspondiente al siglo II. En este estrato intermedio, aparecieron una mansión donde al parecer se celebraron reuniones de cristianos primitivos (conocida como Titulus Clemens) y también un bloque de “apartamentos”, en el que aguardaba una sorpresa aún mayor: un spelaeum o santuario dedicado al dios Mitra, en el que los miembros de este culto mistérico celebraban sus ceremonias secretas y sus ritos iniciáticos.

MITRA, EL DIOS DE LA LUZ
De los variados cultos mistéricos que florecieron en época grecorromana (como los de Eleusis, Dionisios, la Magna Mater o Isis), el más singular y misterioso de todos ellos fue, sin duda alguna, el mitraísmo. Las llamadas “religiones de Misterios” se caracterizaban por ser cultos de carácter esotérico e iniciático, en los que se celebraban ritos secretos cuyas enseñanzas sólo podían ser aprendidas por los iniciados. Actualmente, la mayoría de los estudiosos tienden a creer que los secretos que descubrían quienes habían sido iniciados en los Misterios guardaban relación con la revelación de la supervivencia del alma tras la muerte, una salvación que se obtenía mediante la participación y la iniciación en los propios Misterios. Por desgracia, los detalles concretos sobre los rituales, iniciaciones y doctrinas de estos cultos son en la mayoría de los casos muy escasos, en gran medida a causa del carácter esotérico y secreto de dichas prácticas. En el caso del mitraísmo, esta ausencia de información es mucho más acusada, pues los especialistas únicamente cuentan con referencias difusas y poco fiables recogidas en muchos casos por autores cristianos que atacaban sin piedad las creencias y prácticas mitraicas, que se iniciaron en torno al siglo I a.C. y tuvieron su mayor apogeo a finales del siglo II y comienzos del III, para desaparecer por completo en las postrimerías del siglo IV.

Por este motivo, los historiadores de las religiones cuentan únicamente con la iconografía reflejada en las obras de arte encontradas en algunos mitreos para intentar desvelar el contenido religioso y las doctrinas del mitraísmo. Para complicar aún más el asunto, se da la circunstancia de que el primer estudio serio sobre el culto a Mitra no apareció hasta una fecha tan reciente como 1913, cuando el erudito belga Franz Cumont publicó Los Misterios de Mitra, cuyas conclusiones estuvieron vigentes durante buena parte del siglo XX. Pese a las dificultades, gracias a los distintos estudios realizados desde el trabajo de Cumont, los investigadores han logrado reconstruir, con cierta fiabilidad, el relato mitológico asociado a Mitra, y con él las posibles ceremonias realizadas en estos santuarios.


Altar con escena de la tauroctonía, conservado en el mitreum de San Clemente

Según dicha mitología, Mitra –representado como un joven tocado con un gorro frigio y provisto de un puñal– había nacido de una roca, tal y como representan numerosos relieves, como el conservado en uno de los nichos del mitreo de San Clemente. Siguiendo órdenes del dios Apolo enviadas por un cuervo (uno de los animales que aparece representado siempre junto a nuestro protagonista), Mitra recibió el encargo de encontrar y sacrificar a un toro que poseía el don de la fertilidad y la vida.

Cuando finalmente lo localiza, Mitra consigue dar muerte al animal, derramando su sangre vivificadora sobre la Tierra, llenándolo todo de vida. Al olor de la sangre, otros animales acuden al encuentro de la bestia moribunda: un perro, una serpiente y un escorpión (este último suele ser representado agarrando con sus pinzas los testículos del toro, un claro símbolo de potencia fertilizadora), que estarían simbolizando, según algunas interpretaciones, la entrada del mal en el mundo.

Esta escena de la muerte del toro, conocida como tauroctonía, aparece una y otra vez en todos los mitreos hallados hasta la fecha. Tras el sacrificio, Apolo se unió a Mitra para celebrar la victoria, festejándola mediante un banquete. Este punto del relato parece ser uno de los momentos importantes de los cultos mitraicos, pues en los santuarios –como es el caso del triclinium de San Clemente– suelen encontrarse bancos corridos de piedra a ambos lados del altar, que al parecer eran ocupados por los iniciados durante la celebración de un banquete ritual. Después de la celebración, las escenas de las piezas de arte mitraico representan a Mitra subiendo a un carro con Apolo, siendo transportado directamente a los cielos.


Vista interior del mitreo de San Clemente (Roma)

Junto a este carácter fertilizador de Mitra, los especialistas coinciden en señalar que estos Misterios tuvieron un fuerte simbolismo cósmico. Esto es especialmente detectable en la forma y disposición de los propios mitreos, siempre recintos en forma de caverna subterránea, con techos abovedados, que aluden sin duda al Cosmos. Este mensaje está remarcado en muchos mitreos, como ocurre en San Clemente, pues la bóveda aparece decorada con estrellas –hoy muy difuminadas– que representan el firmamento. En otros casos, los astros aparecen plasmados en la túnica del propio Mitra. En el recinto descubierto bajo la basílica romana hay también otros detalles que refuerzan aún más este sentido cósmico: encontramos once aberturas en el techo que representarían a las siete esferas de los planetas de la cosmología platónica, además de las cuatro estaciones. Por otra parte, muchos relieves mitraicos muestran, además de la habitual tauroctonía, la representación de dos figuras masculinas que portan antorchas: Cautes y Cautopates. El primero sostiene la antorcha apuntando hacia arriba, simbolizando el “ascenso” del sol que se inicia con el solsticio de invierno, mientras que el segundo señala con su antorcha hacia abajo, representando el solsticio de verano y el comienzo del “declive” del sol, con el que Mitra –dios de luz– se identificaba. En otras ocasiones, Cautes y Cautopates van acompañados de un toro y un escorpión respectivamente, representando entonces las fechas de los equinoccios. A todos estos detalles hay que sumar que otras representaciones mitraicas incluyen también representaciones del sol y la luna, además de los doce signos del zodíaco.


Cautes y Cautopates

En función de estas escenas y siguiendo la historia mitológica reconstruida gracias a la iconografía, los investigadores concluyeron que Mitra era considerado el dios responsable del movimiento de las estrellas, además de ser el Creador (algunas inscripciones aluden a él como “Padre Creador”) y que su hazaña del sacrificio del toro permitió la armonía, regeneración y revitalización del Cosmos, como parece demostrar una frase descubierta en otro mitreo, el de Santa Prisca: “Y él nos salvó mediante el riego de la sangre eterna”.

UN MAPA ESTELAR
Durante décadas, esa ha sido la interpretación defendida por la mayoría de lo historiadores. Sin embargo, en las últimas décadas del siglo pasado, varios profesores universitarios plantearon una hipótesis fascinante. En 1989 uno de ellos, el orientalista David Ulansey, publicaba un artículo en la revista Scientific American, en el que defendía que las representaciones de la tauroctonía, como la que puede contemplarse en San Clemente, eran en realidad un “mapa estelar” en toda regla.

Según Ulansey, el sacrificio del toro no representa un episodio puramente mitológico, sino un fenómeno astronómico cuya existencia se descubrió, precisamente, coincidiendo con la aparición del culto mistérico de Mitra: la precesión de los equinoccios. En la Antigüedad, se creía que la Tierra era el centro del Universo y que la llamada “esfera de las estrellas fijas” giraba en torno a ella, aunque se consideraba que su eje estaba fijo. La precesión de los equinoccios consiste en que el eje de rotación terrestre sufre una especie de “bamboleo” (similar al de una peonza), lo que motiva que el ecuador celeste se bambolee también, provocando un alteración de la posición relativa del ecuador y la eclíptica (la línea imaginaria que recorre el sol durante un año respecto del fondo de “estrellas fijas”). Por este motivo, la posición de nuestra estrella se “retrasa” a lo largo de la eclíptica, de modo que cada año, el equinoccio se produce un poco antes. Se trata de un proceso muy lento, que tarde en completarse algo más de 25.000 años, pero que cambia irremediablemente el aspecto del firmamento. Así, según Ulansey, aunque en la actualidad durante el equinoccio de primavera el sol se encuentra en la constelación de Piscis, en época romana estaba en Aries y, en torno al 2000 a.C., se encontraba en Tauro. Y ahí, según el estudioso estadounidense, está la clave de la tauroctonía representada en San Clemente y, por consiguiente, el secreto de los Misterios de Mitra.

Aproximadamente hacia el 125 a.C., Hiparco de Nicea descubrió la precesión de los equinoccios. Vio que la esfera de las “estrellas fijas” se “bamboleaba” y determinó que algo o “alguien” era el culpable. En opinión de Ulansey y los defensores de esta hipótesis, Mitra sería dicha fuerza: un nuevo dios tan poderoso que era capaz de “mover” el universo. Pero, ¿en qué se apoya exactamente Ulansey para defender la “teoría estelar”? Si nos fijamos en las imágenes de la tauroctonía con los datos ofrecidos por Ulansey, los animales y los objetos allí representados adquieren otra lectura: el toro, el perro, la serpiente, el escorpión, el cuervo, el propio Mitra e incluso una copa y el león que también aparecen en ocasiones sería representaciones de las constelaciones de Tauro, Canis Minor, Hidra, Escorpio, Corvus, Perseo, Crater y Leo.

Excepto esta última, todas estas constelaciones se hallaban en el ecuador celeste cuando el sol se encontraba en Tauro durante el equinoccio de primavera, en torno al 2.000 a.C. De este modo, según Ulansey, la tauroctonía significaba “el fin del reino del toro (Tauro) como la constelación del equinoccio de primavera y el comienzo de una nueva era. Las otras figuras de la tauroctonía representan todas las constelaciones cuya especial posición en el cielo también terminó por la fuerza de la precesión. Matando al toro, Mitra estaba moviendo todo el Universo. Más aún, aquel poder permitía vencer las fuerzas del destino residente en las estrellas y garantizar al alma un paso seguro a través de las esferas planetarias después de la muerte”.


Fresco con tauroctonía. El interior de la capa del dios está decorado con estrellas

Aunque algunos autores, como el experto Walter Burkert, no ven clara esta interpretación, la hipótesis “estelar” cuenta con otras evidencias notables que la apoyan. De hecho, los estudiosos saben perfectamente que la astrología jugaba un papel importante en muchos iniciados en el mitraísmo. Así se desprende, por ejemplo, de varias inscripciones encontradas en distintos mitreos. En una de ellas un iniciado es recordado como studiosus astrologiae (estudioso de la astrología), mientras que en otra, un Pater (el grado más alto dentro de los Misterios mitráicos, ver anexo al final) llamado Nonius Olympius es descrito como “devoto del cielo y de las estrellas”.

En definitiva, lo más probable es que las distintas lecturas iconográficas de las obras mitraicas sean a un mismo tiempo correctas y complementarias, tal y como señala la historiadora italiana Luisa Musso: “Un intento por leer la tauroctonía revela una imagen con muchos significados, que puede ser entendida a distintos niveles. Desde la fase esencialmente esotérica, uno pasa a una interpretación en términos cósmicos (Mitra creador del Universo), y finalmente llega al nivel de exégesis astrológica, que es casi una nota al pie de página para eruditos”.

De una forma u otra, y mientras avanzan las investigaciones, lo único seguro es que este misterioso culto desapareció a finales del siglo IV, víctima de sus propias características y del creciente poder de su gran enemigo: el cristianismo. El éxito de los seguidores de Cristo terminó por sepultar –en el caso del mitreo de San Clemente de forma literal– a los Misterios de Mitra, cuyos secretos continúan hoy lejos de ser desvelados por completo.

ANEXO
LOS 7 GRADOS DEL MITRAÍSMO
Al igual que en el resto de cultos mistéricos, en los Misterios de Mitra se accedía únicamente después de la participación en rituales de iniciación. Sin embargo, en el caso de los seguidores de Mitra se daba la circunstancia de que existían siete grados distintos, creando una compleja jerarquía no existente en otros Misterios. Los fieles de este dios –mayoritariamente legionarios, comerciantes y burócratas romanos– se sometían a distintos ritos iniciáticos (cuyo contenido es poco conocido, por su carácter secreto) para acceder a cada uno de los grados: Corax (Cuervo), Nymphus (esposo o novio), Miles (soldado), Leo (león), Perses (Persa), Heliodromus (emisario del sol) y, finalmente, Pater (el padre).

Bibliografía:

* BOYLE, Leonard. A short guide to St. Clement's, Rome. Ed. Collegio San Clemente. (Roma, 1989).

* ALVAR, Jaime. Los misterios. Religiones "orientales" en el Imperio Romano. Ed Crítica. (Barcelona, 2001)

* BURKERT, Walter. Cultos mistéricos antiguos. Ed. Trotta. (Madrid, 2005).

* ULANSEY, David. The origins of the mithraic mysteries. Oxford University Press. (Nueva York, 1989)

* VV. AA. Cristianismo primitivo y religiones mistéricas. Ed. Cátedra. (Madrid, 2007)

* Mitraísmo (Wikipedia).

miércoles, 27 de enero de 2010

Ieshúa



El Nombre de Yeshua Yehosua o Ieshua que en la traducción del Hebreo significa Salvación, o simplemente Salvador. En tiempos cuando Roma dictaba en Judea había muchos problemas politicos, ha resultado de esto grupos de Judíos incluyendo Simon Pedro en hebreo como "Shimeon Kepha Ha-Tzadik" el Zelote[1] hacían enfrentamientos en contra del imperio romano como también el famoso Barrabas o en hebreo como"Bar Aba" ( hijo del Padre) adoptaban nombres "mesiánicos" o proféticos para que el pueblo judío de la época los apoyara en la revolución en contra de la dictadua del Imperio Romano. Es probable que Miriam (maria) su madre lo nombro Yeshua, un nombre común en aquella época a causa del mismo. Estas guerrillas entre Judea y Romanos tenían una data desde el ano 100 AEC (antes de la era común) en la revuelta de los Maccabeos y la Independencia temporal de Judea[2]

Como es mencionado en aquel tiempo Judea estaba dominada dictorialmente por Roma, en el cual todo judío tenía que pagar impuestos al Emperador, en el medio de aquel caos muchos grupos surgieron y necesitaban un líder, una persona que moviera masas, una persona que les sirva como voz y fuerza en contra de la dictadura de roma, fue entonces que emerge Yeshua, el judaísmo no asegura que es el mesías o el mashiaj ben david, pero definitivamente fue una persona que movía masas, miles de personas lo seguían.

El judaísmo niega que Yeshua fue Rabino, pero las ensenanzas fueron totalmente doctrina judía, como por ejemplo la de Perdonar al pecador, o la más grande de todas en el judaísmo la doctrina del arrepentimiento en hebreo como Teshuva [3] que literalmente de traduce como retornar al Padre, o el de Nacer de nuevo, son doctrinas Judías, la doctrina del sumergirse en Agua para la limpieza de los pecados en Hebreo como sumergirse en una Mikve [4] podriamos enumerar muchos otros.

La Gemara (también Gemorah) (×'×ž×¨× – de la gramatica: Hebrea "[completo]"; Aramaic "[a] estudiar")cuenta[5] que Yeshua tenía conocimiento de la Kabbala[6] (hebreo ×§Ö·×`ָּלָ×") y menciona en que entro al templo y toco el Arca del Pacto y se quemó las manos y a causa de las llagas podía sanar enfermos, también hacia uso del vocablo en hebreo en fórmulas para sanar enfermedades especificas, como también los 72 nombres de Di-s para controlar la creación.

Algunos grupos judíos niegan en absoluto todo esto, y asumen que fue un profano hijo de un soldado romano y no de Yosef y que fue un mal estudiante e profano de la Torah, pero no hay prueba antropóloga que pueda probar lo dicho hasta el dia de hoy.

Según lo escrito en la Gemara (también Gemorah) (×'×ž×¨× – de la gramatica: Hebrea "[completo]"; Aramaic "[a] estudiar")cuenta que[7] Yeshua HaNotzri (nazareno) nació aprox en el año 3582 de la Creación (aprox año 2 de la Era Común o cristiana.

Fue hijo de una mujer llamada Miriam que estaba casada con Yosef un carpintero.

Hizo sus primeros estudios en la Yeshiva (Escuela de estudios Judaicos)bajo la doctrina de Shammai[8] (50 BCE–30 CE) Shammai Era un erudito judío del primer siglo, y de una figura importante en el trabajo del centro de judaísmo y de la literatura rabínica, el Mishnah.[9].

En aquella época eran dos doctrinas judías, una encabezadas por Shammai y la otra por Hilel, dos escuelas opuesta la una a la otra, los Fariseos[10](Hebreo perushim, de parash, que significa "a separar") tenían tendencias Hilelicas.

De acuerdo a sus sabios (los de Israel) Yeshua tuvo cinco discípulos: Mattay, diminutivo de Matitiyahu (Mateo); Nakay al parecer Lucas; Nétzer; Buny o Bunay; Todá, adaptado de Taday (Tadeo).

De acuerdo con lo encontrado por Antropólogos e Arqueólogos se dice que tuvo 13 discípulos.

La Historia relata que más de 250,000 judíos fueron víctimas de la Crucifixion, era una de las tantas formas brutales de asesinar y ejecutar vidas humanas. Fue considera una forma extremadamente deshonrosa y dolorosa la forma de ejecución en la que el Imperio Romano mataba a quien ellos consideraron "Enemigos de Roma"

Según el escritor en la época Romana Flavio Josefo[11]Yeshua fue un Judío mas como otros 250,000 víctima del abuso cometido por el Imperio Romano, parece ser que Roma no veía a Yeshua como un judío más, o mucho menos como un profeta o enviado, para Roma él era un movedor de Masas, una persona que podría traer problemas al Imperio porque a los ojos de Roma el podría causar otra revuelta como paso años atrás.

Finalmente fue ejecutado por ser enemigo para el Imperio.

En otros grupos de judíos no aceptan esta historia, a pesar de que ha sido aprobada por estudios antropologicos e arqueológicos.

El Judaísmo Mesiánico es una más entre las diversas corrientes del judaísmo; quizá incluso la más vieja de todas. Su diferencia con las demás, se basa fundamentalmente en la aceptación del mesianísmo de Yeshua (Jesús).

Sus Orígenes se remontan al siglo primero de la era común, en la que doce judíos provenientes de diversas corrientes y esferas sociales, creen que en Yeshua de Nazareth, se cumplen las profecías mesiánicas anunciadas en el Tanaj, por medio de los patriarcas y profetas; razón por la cual aceptan su invitación a seguirle y predicar las buenas nuevas entre la Casa de Israel (Mat 10:1-7). Por estos mismos motivos, el Mesías les promete que durante su reinado -la restauración de la monarquía davídica-; gobernarían conjuntamente con él, a las doce tribus de Israel (Mat 19:28).

Luego de la resurrección de Yeshua, los judíos mesiánicos -conocidos entonces por la sociedad jerosolimitana como el grupo "Ha Derej"(El Camino)-, permanecen como una más de las corrientes judías de la época; así que el Templo de Jerusalén, continúa siendo el centro de su adoración y la puerta de Salomón, su lugar predilecto de reunión (Hechos 2:46, 3:1-26,4:1-4, 5:38-42, 6:7, etc.). A los pocos años y como consecuencia de la muerte de Esteban, a excepción de los apóstoles, el resto huye de Jerusalén, y de ésta manera el mensaje que les había sido depositado por su amado rabí, comienza a ser escuchado en Judea y Samaria (Hechos 8:1,4).

Sin embargo, no es hasta que Dios llama a su servicio a un joven e intransigente rabino, de nombre Shaul (Saulo-Pablo), para que su mensaje sea llevado a todo el mundo conocido. Momento histórico en el que nace justamente el cristianismo (Hechos 11:19-26). Por desgracia y debido a diversos factores políticos, sociales, culturales -sin olvidar la voluntad permisiva de Dios- : judíos mesiánicos y cristianos comienzan a caminar por sendas separadas (aunque unidos espiritualmente por el mismo Camino trazado por Yeshua-Jesús).

Largos siglos de dolor, persecución e ignominia, esperaban al judaísmo mesiánico. La huella del antisemitismo no fue menos profunda en sus hijos, que en el resto de sus hermanos de las otras corrientes judías, pues a la hora de las persecuciones no importó en absoluto, si se creía, o no, en Yeshua. Por fortuna, nuevos tiempos comenzaron a soplar en Europa, de tal forma que durante el siglo XVIII, muchos judíos de distintos países, además de creer que Yeshua es el Mesías anunciado en las Kitvei Kodesh (Sagradas Escrituras); consideran que no tenía ningún sentido, ni apoyo bíblico, que para creer en su propio Dios, en su propio Mesías, y en sus propias Escrituras; tuviesen que renunciar a su herencia y cultura judía, por lo que tímidamente comienzan a organizarse de nuevo.

Diversas agrupaciones se forman por toda Europa, pero no es sino hasta el 14 de mayo de 1866, en que se forma la Alianza Hebreo-Cristiana de la Gran Bretaña (intentar utilizar el nombre "judío mesiánica" hubiera sido casi un suicidio). Su primer presidente es el Dr. Carl Schwartz, de manera que su ejemplo es seguido por otros países, por lo que se forman también Alianzas Nacionales en casi todo el continente.

Concluida la Primera Guerra Mundial, las Alianzas Nacionales sobrevivientes convocan a una reunión de carácter internacional en la ciudad de Londres, pues creían que así como el sentimiento sionista imperante en esa época estaba en el fluir divino, de la misma forma era el momento de unificarse y presentar un frente común ante ante tanta adversidad e incomprensión (no pocas veces proveniente de ambos lados)

El 8 de septiembre de 1925 en la ciudad de Londres, con delegados de dieciocho naciones representando a los cinco continentes, se formó, luego de oración y de escuchar mensajes poderosos así como diversas ponencias con sólidas bases bíblicas -acordes por supuesto, al tiempo político que se vivía-: la International Hebrew Christian Alliance (hoy International Messianic Jewish Alliance). La presidencia recayó en un caballero de la corona británica: Sir Leon Levinson (foto al margen).

Dentro de este movimiento, En datos estimados existen aproximadamente 1.5 milones de judíos mesiánicos en todo el mundo.

Judaísmo caraíta

Caraíta, etimológicamente del hebreo laraim, significa `seguidores de la Escritura'. El judaísmo caraíta tiene como libro sagrado a la Biblia hebrea. La interpretación de la Escritura debe ser individual. No acepta ningún otro escrito, como la Mishnah o el Talmud, ni la tradición oral rabínica.

Surgió en el siglo VIII en Palestina con Anán Ben David. El Caraismo repudia a cualquier tipo de mesianismo fundado en Falsos mesías, como es el caso de Jesus de Nazaret.

Judaísmo ebionita

El judaísmo ebionita (ebionim) considera que Jesús de Nazaret fue un judío con ideas próximas a los profetas de Israel, en cuanto a su fidelidad a la Torah, su apoyo a los pobres, reclamando justicia social.

El movimiento judío ebionista se considera restaurador del antiguo ebionismo, desde 1985. En America latina tiene como Adalid y Traductor a Jorge Arzaquel.

Judaísmo Netzarim Ortodoxo

El judaísmo Netzarim Ortodoxo(Netzarim) considera que Jesús de Nazaret fue El Mesías Del pueblo de israel, pero solo reconocen la Tanaj Hebrea Como Inspirada por dios.

Fuente:

martes, 26 de enero de 2010

SOBRE EL NOMBRE Y EL PRÓLOGO DEL QUIJOTE. Juli Peradejordi




Como a tantos libros de su época y como a tantas obras actuales, al Quijote le precede un prólogo. Si hemos de enfocar toda la obra desde un punto de vista simbólico (1) y considerarla portadora de un mensaje simbólico, también tendremos que abordar su prólogo y el nombre de su principal personaje desde este punto de vista. Pero, ¿qué es un prólogo?, ¿quién es don Quijote?

Vamos a intentar dar una respuesta a estos dos interrogantes basándonos en la etimología, ciencia que, estamos seguros, dominaba Cervantes.

Como él mismo confiesa, le costó mucho trabajo componer el Quijote, pero allí donde halló más dificultad fue en la redacción del prólogo. Esta circunstancia no deja de ser extraña dada la brevedad de éste si lo comparamos con toda la obra, o incluso sólo con la primera parte. Las razones de tal dificultad podrían ser dos: que en aquel momento le faltara a Cervantes la inspiración, o que, al contrario, la importancia y la precisión de su prólogo requirieran un extremo cuidado. Nos decantamos más bien por la segunda.

Con la discreción que le caracteriza, Cervantes disemina en las líneas de su prólogo una serie de pistas que van a sernos de gran utilidad a la hora de interpretar el conjunto de la obra.

Solamente vamos a citar algunas, las más evidentes para nosotros, sin ánimo alguno de convencer al lector. Sólo deseamos que le den qué pensar y que sea él quien, a través de la lectura atenta de este prólogo en el texto original, se vaya formando una idea de su singular importancia.

Cuando Cervantes escribe: «sin juramento me podrás creer», alude sin duda a una costumbre típicamente hebrea: jurar. Nuestro autor no jura aquí, cumpliendo el mandamiento bíblico de no jurar en vano, indicado en el Deuteronomio (V, 11).

Este pequeño detalle, unido a muchos más, parece indicarnos que debemos leer el Quijote con ojos hebreos, o sea con los ojos de la cábala. Para esta ciencia, las raíces de las palabras tienen una gran importancia; por esta razón vamos a intentar penetrar en el sentido etimológico de las palabras prólogo y Quijote.

Cualquier persona medianamente aficionada a la lectura sabrá que un proemio, un prefacio o un prólogo es un conjunto de palabras que preceden al texto de un libro, presentando generalmente al autor y a la obra; sin embargo, esto no ocurre con el Quijote, lo cual nos delata que su prólogo no es uno corriente.

Sabemos que la palabra prólogo procede del griego, y podemos descomponerla en dos términos: pro, adverbio que significa ‘adelante’, ‘antes’, pero que también podría ser una preposición de genitivo cuyo significado es ‘en defensa de’ y logos, ‘palabra’, ‘verbo’.

El prólogo es, pues, lo que «antecede a la palabra» y, en este caso, a la palabra simbolizada por todo el texto del Quijote. Considerándolo de otro modo, se trataría de algo que está aquí «en defensa de la palabra».

Podríamos decir que, simbólicamente, la función de un prólogo es servir de «puerta», de entrada al texto que seguirá. A través de él, o sea a través de su comprensión, podremos penetrar en el interior del libro.

En hebreo, idioma que Cervantes conocía y utilizaba más de lo que se cree, puerta se llama deleth, palabra que se escribe con daleth, la cuarta letra del alfabeto, que corresponde a nuestra D, y al número cuatro. La primera parte del Quijote se editó como si fuera todo el libro, pero su éxito, y la aparición de una segunda parte de otro autor, obligaron a Cervantes a escribir y a publicar once años más tarde una segunda parte. Es curioso observar que en las ediciones de 1605 y 1608 este primer tomo tenía cuatro partes, y que la primera letra del prólogo era, como por casualidad, una magnífica D mayúscula: «Desocupado lector –comienza–– sin juramento podrás creer que quisiera que este libro como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más gallardo y el más discreto que pudiera imaginarse».

Notemos que Cervantes se dirige al lector «desocupado», y sólo a él. Pero, ¿cuál es el lector desocupado? La respuesta es fácil: aquel que no está ocupado. En su sencillez casi ridícula, este término es muy significativo.

¿No es el «lector ocupado» aquél que vive «preocupado por las vanidades del mundo» (2) y «aquél que es soñador de una vida irreal»? (3)

¿No se trata del lector corriente, el hombre profano que sumido en su sueño, es incapaz de considerar el sentido profundo de las palabras de Cervantes? ¿No es, en fin, el hombre «habitado por la ignorancia» del cual nos habla san Pablo?

El verbo ‘ocupar’ se dice en hebreo tapas, y de él procede el término tepes, ‘traba’, ‘impedimento’. (4) ¿Cuál es este impedimento, esta traba de los que ha de carecer el lector del Quijote?

Según la cábala sería un obstáculo natural que impide a la palabra revelarse al hombre. Visto desde otro punto de vista, sería aquello que imposibilita la alianza entre el hombre y Dios. A él alude simbólicamente el misterioso rito de la circuncisión que, como ya hemos visto, (5) le era muy familiar a Cervantes, y cuya finalidad es la Alianza Sagrada.

San Pablo habla de este obstáculo como de una dureza, una «callosidad del corazón».

«Se han hecho extraños a la vida de Dios, a causa de la ignorancia que les habita, a causa de la callosidad de su corazón». (Efesios IV, 18)

Es evidente que el sabio doctor se refiere a los «habitados», a los ocupados por la ignorancia que se han hecho «extraños» a la vida de Dios. El término que utiliza para designar esta «callosidad» es porosis, que significa, ‘endurecimiento’, ‘callosidad’.

Fonéticamente, porosis nos recuerda a poroso, término que podemos asociar a Toboso. Nos explicaremos. Según el diccionario de la Real Academia, este término se aplica a algo ‘formado por piedra toba’ o sea, una ‘caliza muy porosa y ligera’. En sentido figurado, una cosa toba es una ‘capa o corteza que por distintas causas se cría en algunas cosas, especialmente en los dientes, donde recibe el nombre de sarro’. Más adelante veremos que uno de los posibles nombres de don Quijote era precisamente «Quijada»...

Trabas, impedimentos, callosidades del corazón, Toboso ¿a dónde podría conducirnos todo esto?

Ya hemos visto que la circuncisión es un rito exotérico, pero que su verdadero sentido es esotérico. La circuncisión auténtica no es la de la carne, sino la del corazón. (6) El término «prepucio del corazón» es, además, corriente en la cábala. (7) Por otra parte, cuando en la segunda parte del Quijote (cap. XXXII) la duquesa le pide al Ingenioso Hidalgo que le describa a Dulcinea del Toboso, suspirando, don Quijote le dice:

«Si yo pudiera sacar mi corazón, y ponerle ante los ojos de vuestra grandeza aquí sobre esta mesa y en un plato, quitara el trabajo a mi lengua de decir lo que apenas se puede pensar...».

De un modo un poco oscuro, todo parece referirse a lo mismo. Todo en el Quijote parece girar en torno al misterio del corazón. La búsqueda de Dulcinea, el descenso a la cueva de Montesinos y tantos otros episodios tratan de él.

El corazón con sus callosidades es aquel que está habitado u ocupado por la ignorancia; es un corazón seco y estéril, pues está separado del agua de la vida y es incapaz de producir nada. En cierto modo, no está cultivado, (8) no es virtuoso.

El corazón desocupado, aquel de «Desocupado lector», aquel que, purificado de la ignorancia, liberado de la traba o del prepucio, es como el recipiente del agua de la vida. Uno es como una lengua retenida que no puede hablar, cuya palabra está trabada, y el otro como la lengua capaz de pronunciar la palabra, pues le ha sido quitada la traba.

Así, vemos que Cervantes se dirige al lector entendido que, como hemos dicho, está desocupado; en cierto modo, habla para el iniciado en la lectura cabalística. Sabemos por A. Safran (9) que uno de los títulos que se aplicaban a los maestros de la cábala era el de rey. Sin duda por esta razón, al dirigirse Cervantes al lector desocupado le llama «señor de su casa» («estás en tu casa donde eres señor della») y «rey de sus alcabalas». Sabemos, por su misma etimología, que la palabra alcabala está íntimamente relacionada con la cábala. Este término procede del árabe al cabala y significa ‘tributo recibido’. El sentido de la palabra hebrea cábala es parecido: ‘don recibido’.

Dominique Aubier ha observado en uno de sus libros más famosos, el paralelismo entre la cábala y la caballería. (10) El fin de las búsquedas del cabalista es este «don», identificable con la Shekinah. El objeto de los trabajos y las búsquedas de los caballeros andantes era una «dama», identificable a veces con el Grial. En el caso del Quijote se trata de Dulcinea del Toboso.

Como la cábala, la caballería es un verdadera religión. Al menos como así la ve don Quijote: «Y muchos son los caminos por donde lleva Dios a los suyos al Cielo; religión es la Caballería. Caballeros santos hay en la gloria...» (I, IV).

En el famoso libro de La quête du Graal, que podemos traducir por ‘la búsqueda’ o ‘la demanda’ del Grial, aparece un personaje del cual don Quijote bien pudiera ser una especie de caricatura. Se trata de Lancelote o Lanzarote del Lago.

No podríamos, obviamente, hablar de «lago» en el caso de don Quijote que, como todos sabemos, era «seco de carnes y enjuto de rostro». Es mucho más lógico hablar de la Mancha, situarle en una región famosa por su sequedad y su pobreza.

Un pequeño detalla nos permite asociar a don Quijote con Lanzarote. El nombre de este último parece estar formado por el verbo ‘lanzar’ y el sufijo ‘ote’. Algo parecido ocurre con el Ingenioso Hidalgo; si recurrimos al hebreo, veremos que el verbo que se utiliza para designar el acto de lanzar (una flecha, por ejemplo) es kaxat o kashat. Lanzarote, en hebreo, sería Kisote o Kixote, palabras de las cuales, probablemente, el ingenio de Cervantes hizo derivar Quijote o Quixote, como se escribía en su época. Martín de Riquer, por otro camino, parece haber llegado a esta misma conclusión:

«El nombre Quijote es también un acierto de comicidad, pues mantiene la raíz del apellido del Hidalgo (Quijada o Quijano) y lo desfigura con el sufijo ‘ote’ que, en castellano siempre ha tenido un claro matiz ridículo (como se advierte en los consonantes de los verbos que escribe el protagonista en Sierra Morena, en los que su nombre rima con ‘estricote’, ‘pipote’, ‘azote’, ‘cogote’, etc., (11) pero en el espíritu del hidalgo manchego, al buscarse un nombre caballeresco, debió de influir también el de gran caballero artúrico Lanzarote del Lago, cuya historia estaba tan divulgada en España por libros y romances... Y del mismo modo que los caballeros hacía seguir su nombre del de su patria: Amadís de Gaula, Palmerín de Inglaterra, don Quijote lo completó con el de la suya: La Mancha». (12)

Otro argumento podría haber servido para elegir el nombre de Quijote. Esta palabra significa también ‘muslo’, y como nos indica Dominique Aubier, un pasaje del Zohar nos explica que «los Profetas son los muslos del mundo».

Otro de los nombres del Ingenioso Hidalgo merece también que le dediquemos un poco de atención: Quijada. Según el diccionario, las quijadas son ‘cada uno de los dos huesos del animal en que están encajados los dientes y las muelas’. Esto nos hace ver que existe una relación entre don Quijote y un hueso, relación misteriosa que no es ajena a Dulcinea del Toboso. En efecto, la palabra Toboso puede descomponerse en tob, en hebreo ‘bueno’, y oso, alusión a hueso. (13)

La Dulcinea, el objeto de las búsquedas del caballero o del cabalista es, pues, algo que está en el buen hueso. No nos quepa la menor duda de que este «algo» es «dulce como la miel». Cervantes parece haber tomado el nombre de Dulcinea del pastor Dulcineo, protagonista de una obra de Antonio de Lofrasso, publicada en 1573, nombre que estaría inspirado en el Melobeo de las Geórgicas (libro IV) de Virgilio.

Dulcineo era el hombre que vivía en el ambiente ideal de la Edad de Oro. Según Hermann Iventosch, «los nombres prototípicos en mel se fundan, sin duda, en el antiguo concepto de la miel como esencia sagrada de los dioses regalada a los mortales en la Edad de Oro». La miel es «aérea», es el «don celestial» en esta Geórgica que empieza así: Protinus aerii mellis caelestia dona... (14)

¿Cuál es, pues, esta miel, este don celestial, este tuétano celosamente conservado en el buen hueso?

El famoso prólogo del Gargantúa de Rabelais, y acabamos este artículo como lo empezamos, citando un prólogo, parece desvelarnos este enigma al hablarnos alegóricamente del perro:

«Es como dice Platón, (República, libro II) la bestia más filosófica del mundo. Si lo habéis visto, habréis notado con qué devoción lo coge, con qué cuidado lo guarda, qué fervor usa para llevarlo, la prudencia con la que lo sostiene, la afección con la que lo quiebra y la diligencia con que lo masca. ¿Qué le conduce a hacer esto? ¿Cuál es la esperanza que anima su estudio? ¿Qué bien pretende alcanzar de ello? Nada más que poder extraer un poco de médula. Verdad que este poco tuétano es más delicioso que todo lo demás, porque la médula ósea es el alimento elaborado a la perfección por la Naturaleza, como dice Galeno, (III fac. Natura y XI, de Usu Parti)...»

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(1): Ver a este respecto los artículos sobre el Quijote publicados anteriormente en LA PUERTA, en los números 6, 7, 8.

(2): Ver Eclesiastés I, 3 y sig.

(3): Ibidem. V, 2.

(4): Según el diccionario hebreo-español de D. Yarden y A. Comay, ed. Achiasaf, Tel Aviv 1976, p. 573.

(5): Ver LA PUERTA nº 6, pág. 35.

(6): Ver Romanos II, 28-29

(7): Ver Sefer haZohar, I, 205.

(8): Ver nuestro artículo «Cultura y Virtud» en LA PUERTA, nº 1.

(9): Ver su obra La Cábala, ed. Martínez Roca, Barcelona 1980.

(10): Ver Don Quijote, profeta y cabalista, ed. Obelisco.

(11): Ver su obra Aproximación al Quijote, ed. Salvat 1970, p. 49.

(12): Op. cit. p. 60

(13): La palabra hueso procede del latín os-osis, cuyo ablativo es oso.

(14): En un artículo sobre Dulcinea, en la «Nueva Revista de Filosofía Hispánica» (XVII, 1963-1964).