jueves, 26 de febrero de 2009

Montfaucon de Villars. EL CONDE DE GABALÍS o Conversaciones sobre las Ciencias Secretas. CUARTA CONVERSACIÓN sobre las Ciencias Secretas.

Mapa de Francia grabado por Pierre Duval, París, 1682

Esperé en casa al señor conde de Gabalís, tal como habíamos acordado al separarnos. Llegó a la hora indicada, y se dirigió a mí con aire risueño.

-«Y bien, hijo mío –me dijo-, ¿hacía qué tipo de pueblo invisible os concede Dios más inclinación, y a qué alianza daréis la preferencia, la de las Salamandras, las Gnomas, las Ninfas o las Sílfides?

-Todavía no he acabado de determinarme a tal casamiento, caballero –le contesté.

-¿Y cuál es el motivo? –preguntó.

-Francamente, señor mío –le dije-, no soy capaz de sanarme la imaginación; me sigue pintando a estos presuntos huéspedes de los elementos como retoños de diablos.

-¡Oh, Señor! –exclamó- ¡Disipad, Dios de luz, las tinieblas con que la ignorancia y la nefasta educación han cubierto la mente de este elegido, que me habéis hecho conocer y al que destináis a tan grandes cosas! Y vos, hijo mío, no cerréis el paso a la verdad que quiere entran en vos; sed dócil. Pero no, os dispenso de serlo, pues sería injurioso para la verdad el tenerle que preparar el camino. Bien sabe ella forzar puertas de hierro y penetrar donde quiere, a pesar de toda la resistencia de la mentira. ¿Qué podéis tener para oponeros a ella? ¿Es que Dios no ha podido crear substancias en los elementos, tal y como yo os las he descrito?

-No, he examinado –le contesté- si es imposible el hecho en sí, si un único elemento puede formar sangre, carne y huesos, si puede existir proporción sin mezcla y acciones sin contrarios. Pero suponiendo que Dios haya podido hacerlo, ¿qué prueba sólida hay de que lo haya hecho?

-¿Queréis quedar convencido inmediatamente? –replicó sin tanta cortesía- Voy a hacer que vengan los Silfos de Cardano*(98), y oiréis de su boca lo que hacen y lo que ya os he dicho yo.

-¡No, eso no, caballero, os lo ruego! –exclamé impetuosamente- ¡Os suplico que diferáis este tipo de prueba, hasta que esté convencido de que esos seres no son enemigos de Dios! Porque prefiero morir antes que causar a mi conciencia el daño de…

-¡Ésta, ésta es la ignorancia y la falsa piedad de estos desdichados tiempos! –me interrumpió el conde en tono colérico- ¿Por qué no borran del calendario de los santos al mayor de los anacoretas?*(99) ¿Y por qué no queman sus imágenes? ¡Habrá que lamentar que no se insulte a sus venerables cenizas lanzándolas a los cuatro vientos, como se haría con las de esos desgraciados acusados de haber tenido tratos con los demonios! ¿Es que se le ocurrió exorcizar a los Silfos? ¿Es que no los trató como a hombres? ¿Qué decís a esto, señor don escrupuloso, vos y todos vuestros miserables doctores? El Silfo que trató de su naturaleza con dicho patriarca, ¿creéis que era un retoño de demonio? ¿Sería un espíritu diabólico aquel con el que este hombre incomparable disertó sobre el Evangelio? ¿Y le acusáis de haber profanado los misterios adorables hablando de ellos con un espíritu enemigo de Dios? ¡Atanasio y Jerónimo son entonces indignos del gran nombre que tienen entre vuestros sabios, por haber escrito con tanta elocuencia el elogio de un hombre que trataba a los diablos tan humanamente! Porque si tomaron al Silfo por un diablo, tendrían que haber callado la aventura, o haber omitido la predicación o aquella exhortación tan patética que el anacoreta, con más celo y credulidad que vos, dirigió a la ciudad de Alejandría; y si lo tomaron por una criatura partícipe –como él aseguraba- de la redención, tanto como nosotros, y si esa aparición era según pensaban una gracia extraordinaria que Dios hacía al santo cuya vida escribían, ¿sois vos razonable al querer ser más sabio que Atanasio y que Jerónimo, y más santo que el divino Antonio? ¿Qué hubieseis dicho a ese hombre admirable si hubierais sido uno de los diez mil solitarios a los que contó la conversación que acababa de tener con el Silfo? Con más prudencia y con más luces que todos esos ángeles terrenales, seguramente hubieseis refutado al santo abad que toda su aventura era pura ilusión, y hubierais disuadido a su discípulo Atanasio de dar a conocer a toda la tierra una historia tan poco conforme con la religión, la filosofía y el sentido común. ¿No es cierto?

-Cierto es –le dije- que hubiese sido de la opinión de no contar nada de nada, o de contar algo más.

-Atanasio y Jerónimo no tenían por qué contar más –me replicó-, porque eso es lo que sabían, y aunque hubiesen sabido todo, lo que no es posible si no se es de los nuestros, no habrían divulgado temerariamente los secretos de la Sabiduría.

-¿Pero por qué –dije yo- ese Silfo no le propuso a san Antonio lo que vos que proponéis hoy?

-¿Qué? –contestó el conde riéndose- ¿el casarse? ¡Pues sí que habría sido apropiado!

-Es verdad que sin duda el buen hombre no habría aceptado la propuesta –respondí.

-Pues no, desde luego –dijo el conde-, porque habría sido tentar a Dios casarse a tanta edad y pedirle hijos.

-¡Cómo! –exclamé- ¿Es que uno se casa con esos Silfos para tener hijos?

-¿Y para qué si no? –me dijo- ¿Es que está permitido casarse con otra finalidad?

-No creía –contesté- que se pretendiera tener descendencia, y pensaba que todo eso no llevaba más que a inmortalizar a las Sílfides.

-¡Ah! Estabais equivocado –me respondió. La caridad de los Filósofos hace que se propongan como fin la inmortalidad de las Sílfides, pero la Naturaleza hace que las quieran ver fecundas. Ya veréis, cuando queráis, a esas familias filosóficas por los aires. ¡Qué feliz sería el mundo, si no hubiese más que familias de éstas, y no hijos del pecado!

-¿Y a quiénes llamáis hijos del pecado, caballero? –le pregunté.

-Son, hijo mío –me dijo-, todos los hijos nacidos por la vía ordinaria, hijos concebidos por voluntad de la carne, y no por voluntad de Dios; hijos de ira y de maldición; hijos, en una palabra, del hombre y la mujer. Queréis interrumpirme; ya sé lo que me queréis decir: si, hijo mío, habéis de saber que nunca fue la voluntad del Señor que el hombre y la mujer tuvieran hijos como lo hacen. El deseo del Obrero Sapientísimo era mucho más noble, y quería poblar el mundo de muy distinta manera a como ha sido. Si el desdichado Adán no hubiese desobedecido groseramente la orden que Dios le había dado de no tocar a Eva, y si se hubiera contentado de todos los restantes frutos del jardín de la voluptuosidad, de toda la belleza de las Ninfas y de las Sílfides, el mundo no hubiese padecido el oprobio de verse lleno de hombres, tan imperfectos que pueden pasar por monstruos frente a los hijos de los Filósofos.

-¡Pero caballero! –le dije- Por lo que veo, ¿creéis que el crimen de Adán es otro distinto de haberse comido la manzana?

-¡Pero hijo mío! –replicó el conde- ¿Sois de los que comenten la simpleza de tomar la historia de la manzana al pie de la letra? ¡Ay! Habéis de saber que la lengua santa utiliza esas metáforas inocentes para alejar de nosotros las ideas poco honestas de una acción que es la causa de todas las desgracias del género humano. Por eso, cuando Salomón decía: «Subiré a la palmera; recogeré sus frutos»*(100), no era de comer dátiles de lo que tenía ganas. La lengua consagrada por los ángeles, la que utilizan para cantar himnos al Dios vivo, no tiene término para expresar lo que nombra de manera figurada llamándolo «manzana» o «dátil». Pero el Sabio interpreta con facilidad tan castas imágenes. Al ver que ni el gusto ni la boca de Eva reciben castigo, y que en cambio pare con dolor, comprende que no es el gusto el culpable, y al descubrir cuál fue el primer pecado por el cuidado con el que los primeros pecadores se cubrieron con hojas ciertas partes del cuerpo, saca en conclusión que Dios no quería que los hombres se multiplicaran por caminos tan viles. ¡Ay Adán! ¡Sólo tenías que engendrar hombres iguales a ti, o no engendrar más que héroes o gigantes!

-¡Huy! –le interrumpí- ¿Y a qué expediente podía recurrir para producir una u otra de esas generaciones maravillosas?

-A obedecer a Dios –me contestó-, y así no tocar más que a las Ninfas, Gnomas, Sílfides o Salamandras. De este modo, sólo hubiese visto nacer héroes, y el universo habría sido poblado con seres maravillosos, llenos de fuerza y sabiduría. Dios ha querido hacernos conjeturar la diferencia que habría habido entre ese mundo inocente y el mundo culpable que vemos, al permitir de vez en cuando que se puedan ver hijos nacidos de la forma que Él había discurrido.

-Entonces, caballero –le dije-, ¿alguna vez se han visto hijos de los elementos? Un licenciado por la Sorbona, que me citaba el otro día a san Agustín, san Jerónimo y Gregorio Nacianceno, se equivoca entonces, pues creía que no puede nacer fruto alguno de los amores de los espíritus y nuestras mujeres, ni del trato carnal que pueden tener los hombres con ciertos demonios a los que llamaba hyfialtros.

-Lactancio razonó mejor –replicó el conde-, y el sólido Tomás de Aquino dictaminó sabiamente que no sólo dicho trato puede ser fecundo, sino que los hijos que nacen de él son de naturaleza más generosa y heroica. A este respecto, podréis leer cuando os plazca las grandes hazañas de esos hombres poderosos y famosos que, como dice Moisés, nacieron de la fuerza; tenemos su historia a nuestro alcance en el libro de las guerras del Señor, citado en el capítulo veintitrés de los Números. Pero os podéis figurar lo que sería el mundo si todos sus habitantes se parecieran por ejemplo a Zoroastro*(101).

-¿No es Zoroastro –le pregunté- aquel que según cuentan fue el instaurador de la Nigromancia?*(102)

-Es a él –contestó el conde- a quien los ignorantes achacan tal calumnia. Tenía el honor de ser hijo del Salamandra Oromasis*(103) y de Vesta*(104), mujer de Noé. Vivió mil doscientos años como el monarca más sabio del mundo, para ser después llevado por su padre Oromasis a la región de los Salamandras.

-No dudo –repliqué- que Zoroastro no esté con el Salamandra Oromasis en la región del fuego*(105), pero no me gustaría hacerle a Noé la afrenta que vos le hacéis.

-La afrenta no es tan grande como podríais creer –me contestó-; todos aquellos patriarcas consideraban como un gran honor el ser padres putativos de los hijos que los hijos de Dios querían tener con sus mujeres, pero esto es todavía demasiado fuerte para vos. Volvamos a Oromasis, que fue amado por Vesta, mujer de Noé. Esta Vesta, tras morir, fue el genio tutelar de Roma, y el fuego sagrado que quiso que las vírgenes conservasen con tanto esmero era en honor de su amante el Salamandra. Además de Zoroastro, les nació de sus amores una hija de rara belleza y extrema sabiduría; era la divina Egeria, de quien Numa Pompilio*(106) recibió todas las leyes. Obligó a Numa, al que amaba, a construir un templo dedicado a Vesta, su madre, donde se mantendría el fuego sagrado en honor de su padre Oromasis. Esta es la verdad de la fábula que contaron los poetas y los historiadores romanos sobre la ninfa Egeria. Guillermo Postel*(107) (el menos ignorante de todos los que han estudiado la cábala en los libros ordinarios) supo que Vesta fue mujer de Noé, pero desconoció que Egeria fuese hija de dicha Vesta, y al no haber leído los libros secretos de la antigua cábala, de los que el príncipe de la Mirandola pagó a tan alto precio un ejemplar, confundió las cosas y creyó sin más que Egeria era el genio tutelar de la mujer de Noé. Sabemos por esos libros que Egeria fue concebida sobre las aguas, cuando Noé vagaba sobre las olas vengadoras que inundaron el universo; no había más mujeres que el puñado que se salvó en el Arca cabalística que el fecundo padre del mundo construyera, y este gran hombre, que gemía de ver la terrible pena con la que el Señor castigaba los crímenes causados por el amor que Adán sintió por Eva, al ver que Adán había perdido a su descendencia al preferir a Eva a las hijas de los elementos quitándosela al Salamandra o al Silfo que se hubiere hecho amar de ella, este gran hombre, como digo, corregido por el ejemplo funesto de Adán, consistió en que su mujer Vesta se entregase al Salamandra Oromasis, príncipe de la materia ígnea, y convenció a sus tres hijos para que cedieran también a sus tres mujeres a los príncipes de los otros tres elementos. En poco tiempo, el universo se volvió a ver poblado con hombres heroicos, tan sabios, tan bien parecidos, tan admirables, que su posteridad, deslumbrada por sus virtudes, los tomó por divinidades.

Uno de los hijos de Noé, rebelde al consejo de su padre, no pudo resistirse a los encantos de su mujer, como a Adán le había sucedido con Eva; pero del mismo modo que el pecado de Adán había ennegrecido las almas de sus descendientes, la escasa amabilidad que Cam tuvo con los Silfos marcó a toda su negra posteridad*(108). De aquí viene, según dicen nuestros cabalistas, el horrible color de los etíopes y de todos los pueblos espantosos que recibieron la orden de habitar bajo la región tórrida*(109), como castigo del ardor profano de su padre.

-¡Qué cosas tan interesantes! –dije yo, admirando el trastorno de aquel hombre-. Vuestra cábala es una herramienta maravillosa para desvelar la Antigüedad.

-Maravillosa –dijo con toda seriedad-; y sin ella la Escritura, la historia, las fábulas y la naturaleza con obscuras e ininteligibles. Vos creéis, por ejemplo, que la ofensa que Cam infirió a su padre fue tal como dice, al pie de la letra; y en realidad fue cosa muy distinta. Noé salió del arca, y al ver que Vesta, su mujer, estaba cada vez más hermosa por el trato que tenía con su amante Oromasis, se llenó de nuevo de pasión por ella. Cam, temeroso de que su padre fuera a poblar la tierra con hijos tan negros como sus etíopes, buscó la ocasión, y un día que el buen anciano estaba embriagado, le castró sin misericordia. ¿Os reís?

-Me río del celo indiscreto de Cam –le contesté.

-Hay que admirar más bien –continuó- la hidalguía del Salamandra Oromasis, al que los celos no impidieron compadecerse de la desgracia de su rival. Enseñó a su hijo Zoroastro, llamado también Jafet, el nombre del Dios todopoderoso que expresa su eterna fecundidad; Jafet pronunció seis veces, alternativamente con su hermano Sem, andando de espaldas hacia el patriarca*(110), el temible nombre Jabamiah, y rstituyenron al anciano en su integridad. Esta historia, mal entendida, hizo decir a los griegos que el más viejo de los dioses había sido castrado por uno de sus hijos*(111), pero ésta es la verdad del asunto. De aquí podeís ver cómo la moral de los pueblos del fuego es más humana que la nuestra, y también más que la de los pueblos del aire o del agua, porque los celos de éstos son crueles, como el divino Paracelso nos lo da a conocer con una aventura que nos narra, y de la que fue testigo toda la ciudad de Staufemberg. Un filósofo, con el que una Ninfa había trabado trato de inmortalidad, fue lo bastante deshonesto como para amar a una mujer. Un día, comiendo con su nueva amiga y algunos de sus conocidos, apareció en el aire el muslo más bello del mundo: la amante invisible se lo quiso enseñar a los amigos del galán infiel, para que juzgaran del yerro que él había cometido prefiriendo a una mujer. Y tras esto, la Ninfa indignada le hizo morir al momento.

-¡Ay, caballero! –exclamé- ¡Esto es como para quitarme las ganas de tener amantes tan delicadas!

-Confieso –añadió el conde- que su delicadeza es un poco violenta. Pero si hemos visto entre nuestras mujeres y amantes despechadas que dan muerte a sus galanes perjuros, no hay que extrañarse de que unas amantes tan bellas y fieles se enfurezcan si se las traiciona, tanto más cuando ellas sólo exigen a los hombres abstenerse de mujeres, cuyos defectos encuentran insoportables, permitiéndonos en cambio amar entre ellas a cuantas se nos antojen. Prefieren el interés y la inmortalidad de sus compañeras a su particular satisfacción, y les agrada sobremanera que los Sabios den a su república tantos hijos inmortales como les sea posible.

-Pero vamos a ver, caballero –le dije-, ¿por qué hay tan pocos ejemplos de lo que me estáis contando?

-Hay muchos, hijo mío –me contestó-, pero pasan desapercibidos, o se ven como falsos, o las explicaciones que se les da son erróneas, por no conocer nuestros principios. Se achaca a los demonios lo que se debería atribuir a los pueblos elementales. Un gnomo se hace amar de la célebre Magdalena de la Cruz*(112), superiora de un convento en Córdoba, en España; desde los doce años ella le hace feliz, y durante treinta continúan sus relaciones. Un confesor ignorante convence a Magdalena de que su amante es un espíritu diabólico, y la obliga a pedir la absolución a papa Pablo III. Y sin embargo era imposible que fuese un demonio, porque toda Europa supo entonces, y Cassiodorus Renius*(113) se lo comunicó a la posteridad, que diariamente ocurría un milagro a favor de la santa mujer, lo que según toda apariencia no hubiese ocurrido si su trato con el gnomo hubiera sido tan diabólico como el venerable confesor suponía. Este doctor hubiese tenido el atrevimiento de decir, creo yo, que el Silfo que se inmortalizaba con la joven Gertrudis, religiosa del convento de Nazaret*(114), de la diócesis de Colonia, era un demonio.

-Sin duda alguna –contesté-, y así lo creo yo también.

-¡Ay, hijo mío! –replicó el conde riendo- Si así fuera, el diablo no es precisamente desgraciado, ya que puede mantener un trato galante con una joven de trece años y escribirle las cartas de amor que se encontraron en su arquilla.

Creed, hijo mío, creed que el demonio tiene, en la región de la muerte, ocupaciones más tristes y más conformes con el odio que siente hacia él el Dios de pureza. Pero así es como nos cerramos los ojos voluntariamente. Leemos por ejemplo en Tito Livio que Rómulo era hijo de Marte*(115); los incrédulos dicen: «es una fábula», los teólogos, «era hijo de un demonio incubo», y los graciosos, que la señorita Silvia perdió sus guantes, y quiso ocultar su vergüenza diciendo que un dios se los había robado. Pero nosotros, que conocemos la Naturaleza, a quienes Dios ha llamado entre las tinieblas a su admirable luz, sabemos que el presunto Marte era un Salamandra que, enamorado de la joven Silvia, la hijo madre del gran Rómulo, héroe que, tras haber fundado su soberbia ciudad, fue llevado por su padre en un carro de fuego*(116), como hizo con Zoroastro Oromasis.

Otro Salamandra fue el padre de Servio Tulio*(117), Tito Livio dice, engañado por la similitud, que fue el dios del fuego, y los ignorantes tienen la misma opinión sobre el padre de Rómulo. El famoso Hércules y el invencible Alejandro eran hijos del más principal de los Silfos. Los historiadores, al no saber esto, dijeron que Júpiter era su padre, y acertaron, porque, como ya sabéis, al haberse erigido Silfos, Ninfas y Salamandras en divinidades, los historiadores que los creían tales llamaban hijos de dioses a todos los que de ellos nacían.

De estos fueron el divino Platón, el más divino Apolonio de Tiana, Hércules, Aquiles, Sarpedón, el piadoso Eneas y el famoso Melquisedec, porque ¿sabéis quién fue el padre de Melquisedec?

-La verdad es que no –le dije-, porque san Pablo no lo sabía*(118).

-Decid más bien que no lo dijo –contestó el conde-, y que no le estaba permitido revelar los arcanos cabalísiticos. Sabía muy bien que el padre de Melquisedec era una Silfo, y que este rey de Salem fue concebido en el Arca por la mujer de Sem. La forma de sacrificar de este pontífice*(119) es la misma que la que su prima Egeria enseñó al rey Numa, al igual que la adoración a una divinidad soberana sin imagen ni estatua: a causa de esto los romanos, que se volvieron idólatras, quemaron algún tiempo después los libros santos de Numa, que la habían sido dictados por Egeria. El primer dios de los romanos, era el verdadero Dios, su sacrificio era el verdadero, y ofrecía pan y vino al Dueño Soberano del mundo; pero todo esto se pervirtió después. Sin embargo Dios, en agradecimiento a este primer culto, no dejó de otorgar a la ciudad que había reconocido su soberanía el imperio del universo.

-Caballero –le interrumpí-, os lo ruego, dejemos aquí a Melquisedec, al Silfo que lo engendró, a su primera Egeria y al sacrificio del pan y del vino. Tales pruebas me parecen algo alejadas, y os estaría muy agradecido si me contarais otras nuevas más recientes, porque he oído decir a un doctor, a quien preguntaban qué había sido de los compañeros de esa especie de sátiro que se le pareció a san Antonio y al que vos habéis llamado Silfo, que todos estos seres están muertos hoy en día. Así que los pueblos elementales podrían perecido, puesto que habéis dicho que son mortales y ya no tenemos noticia alguna de ellos.

-¡Ruego a Dios –replicó el conde con emoción-, ruego a Dios, que nada ignora, se sirva ignorar a este ignorante, que tan neciamente opina sobre lo que ignora! ¡Dios lo confunda, a él y a todos sus semejantes! ¿De dónde ha sacado que los elementos están desiertos y que todos sus maravillosos pueblos están aniquilados? ¡Si quisiera tomarse la molestia de leer un poco las historias, y de no achacar al diablo, como hacen las mujerucas, todo lo que se escapa a la quimérica teoría de la Naturaleza que se ha construido, encontraría en todo tiempo y en todo lugar pruebas de lo que he dicho!

¿Qué diría vuestro doctor en esta historia verídica, que hace poco ha tenido lugar en España? Una bella Sílfide se hizo amar de un español, vivió tres años con él, tuvo de él tres hermosos niños y después murió. ¿Se diría que era un diablo? ¡Vaya respuesta sabia! ¿Según qué física puede el diablo organizarse un cuerpo de mujer, concebir, parir y amamantar? ¿Qué prueba hay en la Escritura de tan extravagante poder que nuestros teólogos se ven obligados en este caso a atribuir al demonio? ¿Y qué razón verosímil puede proporcionarles su endeble física? El jesuita Del Rio*(120), como obra de buena fe, cuenta ingenuamente varias aventuras de esta clase, y sin entorpecerse con razonamientos físicos, sale del paso diciendo que tales Sílfides eran demonios: así de cierto que vuestros doctores más eminentes a menudo no saben más que las simples mujerucas. Así es de cierto que Dios gusta de retirarse en su trono nebuloso y que, espesando las tinieblas que rodean su temible Majestad, habita una luz inaccesible y no deja ver la verdad más que a los humildes de corazón. Aprended a ser humilde, hijo mío, si es que queréis atravesar esas sagradas tinieblas que cubren la verdad. Aprended de los Sabios a no dar a los demonios poder alguno sobre la Naturaleza, desde que la piedra fatal los encarceló en el pozo del abismo. Aprended de los Filósofos a buscar siempre las causas naturales en todo acontecimiento extraordinario, y cuando faltan las causas naturales, recurrid a Dios y a sus santos ángeles y nunca a los demonios, que sólo pueden padecer; de otro modo a menudo blasfemaríais sin daros cuenta, atribuyendo al diablo el honor de las obras más maravillosas de la Naturaleza.

Si os dijeran por ejemplo que el adivino Apolonio de Tiana*(121) fue concebido sin mediación de hombre alguno, y que uno de los más nobles Salamandras bajó para inmortalizarse con su madre, ¿diríais que el tal Salamandra era un demonio, y daríais al diablo la gloria de la generación de uno de los hombres más grandes que hayan nacido de nuestras bodas filosóficas?

-Pero caballero –interrumpí-, vuestro Apolonio tiene entre nosotros la fama de ser un gran brujo, y esto es todo lo bueno que se dice de él*(122).

-Aquí tenemos –replicó el conde- uno de los más asombrosos efectos de la ignorancia y de la mala educación. Porque se oye contar a la nodriza cuentos de brujos, todo lo que resulta de extraordinario no puede tener más que al diablo por autor. Por más que hagan los más ilustres doctores, nadie los creerá si no hablan como las nodrizas. Apolonio no nació de ningún hombre; entiende el lenguaje de los pájaros; se le ve en el mismo día en varios lugares distintos; desaparece ante los ojos del emperador Domiciano que quiere hacerlo maltratar; resucita a una joven por la virtud de la Onomancia*(123); dice en Éfeso ante la asamblea de toda Asia que en ese mismo momento en Roma están dando muerte al tirano… Si hay que judgar a este hombre, la nodriza dirá que es un brujo. ¿Qué san Jerónimo y san Justino mártir dicen que no es más que un gran Filósofo? Pues Jerónimo, Justino y los cabalistas seremos unos visionarios, y la mujeruca se saldrá con la suya. ¡Ay! ¡Que muera el ignorante en su ignorancia, pero vos, hijo mío, salvaos del naufragio!

Al leer que el célebre Merlín*(124) nació, sin la intervención de hombre alguno, de una religiosa, hija de un rey de la Gran Bretaña, y que predecía el porvenir más claramente que un Tiresías*(125), no digais como el vulgo que era hijo de un demonio íncubo, puesto que nunca existió alguno, ni que profetizaba gracias al arte de los demonios, puesto que el demonio es la más ignorante de todas las criaturas, como dice la santa cábala. Decid con los Sabios que la princesa inglesa fue consolada en su soledad por un Silfo que se compadeció de ella, que cuidó de entretenerla, que la supo agradar, y que Merlín, hijo de ambos, fue instruido por el Silfo en todas las ciencias, y de él aprendió a hacer todas las maravillas que nos narra la Historia de Inglaterra.

No ofendáis tampoco a los condes de Clèves diciendo que el diablo es su padre, y tened en mejor concepto al Silfo del que la historia cuenta que llegó a Clèves en una nave milagrosa de la que tiraba un cisne sujeto por una cadena de plata*(126). Este Silfo, tras haber tenido varios hijos con la heredera de Clèves, se marchó un día, a plena luz y a la vista de todos, en su navío aéreo. ¿Qué es lo que ha hecho a vuestros doctores, para obligarlos a que lo consideren un demonio?

¿Es que trataréis con menoscabro el honor de la Casa de Lusignan? ¿Daréis a los condes de Poitiers una genealogía diabólica? ¿Qué diréis de su célebre madre?

-Me parece, caballero –le interrumpí-, que me vais a contar el cuento de Melusina*(127).

-¡Ah! Si me negáis la historia de Melusina, os lo daré por bueno; pero si la negais, habrá que quemar los libros del gran Paracelso, que sostiene que cinco o seis sitios distintos que no hay nada tan seguro como que la tal Melusina era una Ninfa; y habrá que desmentir a vuestros historiadores, que afirman que, desde su muerte, o mejor dicho, que desde que desapareció de la vista de su marido, cada vez que una desgracia amenaza a sus descendientes, o que un rey de Francia va a morir de forma extraordinaria, nunca ha dejado de aparecer vestida de luto sobre la torre más alta del castillo de Lusignan, que ella hizo construir. Y si os obstináis en sostener que era un ser diabólico, os vais a enfrentar a todos los que descienden de esta Ninfa o tienen alianzas con su Casa.

-¿Es que creéis –le dije- que esos señores prefieren descender de los Silfos?

-Desde luego que lo preferirían –replicó-, si supieran lo que os estoy explicando, y tendrían en alta estima estos extraordinarios nacimientos. Si tuvieran algunas luces cabalísticas, comprenderían que, por ser esta clase de generación más conforme con el modo en el que un principio Dios concibió que el mundo se multiplicara, los hijos que nacen de tal manera son más afortunados, más animosos, más sabios, más famosos y más colmados de la bendición de Dios. ¿Es que no es mayor motivo de gloria para esos hombres ilustres, el ser descendientes de criaturas tan perfectas, sabias y poderosas, que ser progenie de un sucio espíritu diabólico o de un infame Asmodeo?*(128).

-Caballero –le dije yo-, nuestros teólogos se cuidan bien de decir que el diablo es el padre de todos los que nacen sin que se sepa quien les ha traído a este mundo. Reconocen que el diablo es un espíritu, y que por lo tanto no puede engendrar.

-Gregorio de Nisa*(129) –replicó el conde- no dice tal cosa, pues sostiene que los demonios se multiplican entre ellos como humanos.

-No es que seamos de su opinión –contesté-, pero a veces ocurre, según dicen nuestros actores, que…

-¡Ah! ¡No digáis –me interrumpió el conde-, no digáis lo que dicen, porque diréis con ellos una estupidez inmunda y muy deshonesta! ¡En qué error tan abominable han caído! Asombra ver cómo todos han dado unánimemente en creer tal porquería, y se han complacido en apostar diablillos que con sus asechanzas sacaran provecho de la ociosa brutalidad de los Solitarios, y trajeran diligentemente a este mundo a hombres milagrosos, cuya ilustre memoria ensucian con tal vil origen. ¿y a esto llaman filosofar?

¿Os parece digno de Dios que favorece al demonio haciendo posibles abominaciones, concediendo a éstas la gracia de la fecundidad que niega a grandes santos, y recompensando además estas acciones inmundas creando para los embriones de iniquidad almas más heroicas que las de los concebidos en la castidad de un matrimonio legitimo? ¿Creéis digno de la religión decir, como hacen vuestros doctores, que el demonio puede, por tan detestable artificio, preñar a una virgen mientras duerme sin perjuicio para su virginidad? Esto es tan absurdo como la historia de Tomás de Aquino (por otra parte autor muy sólido, y con algunos conocimientos de cábala) tiene la flaqueza de contar en su sexto Quodilibet, sobre una hija que yacía con su padre, a quién según él le sucedió lo mismo que algunos rabinos heréticos dicen que le ocurrió a la hija de Jeremías, a la que hacen concebir al gran cabalista Bensirah por entrar en el agua del baño tras el profeta. Juraría que esta impertinencia ha sido imaginada por algún…

-Caballero, si me atreviera a interrumpir vuestra declamación –le dije-, os confesaría para apaciguaros que habría que desea que nuestros doctores hubieran imaginado alguna solución que ofendiera menos a oídos tan puros como los vuestros. Y si no, tenían que haber negado del todo los hechos en los que se asienta la cuestión.

-Buena solución –repuso el conde-. ¿Cómo negar hechos de los que hay constancia? Poneos en el lugar de un teólogo con capa de armiño, y suponed que el beato Danhucerus acude a vos como si del oráculo de su religión se tratara…».

En este punto, vino un lacayo a decirme que un joven de gran alcurnia venía a visitarme.

-«No quiero que me vea –dijo el conde.

-Perdonadme, señor mío –le dije-, pero ya comprenderéis por el nombre del caballero, que no puedo hacer decir que no estoy para nadie; así que tomaos la molestia de pasar a ese gabinete.

-No es necesario –contestó-; me voy a hacer invisible.

-¡Ay, caballero -exclamé-, dejaros de diabluras! Os lo ruego: no me gusta bromear con estas cosas.

-¡Que ignorancia! –dijo el conde riéndose- ¡Mira que no saber que para ser invisible basta con poner ante sí lo contrario de la luz!»

Entró en mi gabinete, casi al mismo tiempo que el joven de alta cuna entraba en la habitación. Le rogué que me disculpara, y no le hablé de mi aventura.

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*(98). Cf. nota. 11
*(99). El conde se refiere a san Antonio abad (s. IV), que tras distribuir sus bienes a los pobres, se retiró a los desiertos de Tebaida. Su ejemplo se vió seguido por muchos otros cristianos, por lo que fundó monasterios que dirigió durante años, para volver después a la vida solitaria. Durante su estancia en el desierto fue asediado por visiones y tentaciones diabólicas, célebres en toda la tradición.
*(100). Cantar de los Cantares, VII, 9.
*(101). Zoroastro o Zaratustra (Irán, 628 a.J.C – 551 a, J.C.), fundador del mazdeísmo, religión dualista según la cual el dios del bien y el del mal se oponen en el mundo. El mazdeísmo exigía la elevación del alma hacia las regiones superiores, por lo que se sumó fácilmente a las distintas influencias que se amalgamaron en el neoplatonismo alejandrino, concepción eminentemente sincrética de elementos filosóficos y mistico-religiosos. La cábala atribuyó a Zoroastro los Oráculos caldeos, posiblemente redactados en el siglo II d. C., y reunidos en el s. XI por Pselo; Marsilio Ficino los tradujo en parte, y en 1591 Franciscus Patricius publicó Zoroaster et Rius 320 oracula chaldaica. Pico della Mirandola hace numerosas referencias a ellos en sus escritos.
*(102). Así lo dice la tradición, como lo explica Feijoo, rebatiendo la credulidad que tanto poder atribuye a la magia: «La misma reflexión podríamos hacer sobre Zoroastro, Rey de los Bactrianos, a quien los antiguos reconocieron por inventor, o primer ejemplar de la Magia diabólica. Fue este hombre, según refiere Justino, vencido, y muerto en una batalla por Nino, se llamaba, no Zoroastro, sino Oxiastro. Eudoxo, y Hermipo, Escritores muy antiguos, dicen que Zoroastro, inventor de la Magia, fue cinco mil años anterior a la guerra de Troya, que es lo mismo que hacerle muchos años anterior a la creación del Mundo». (Teatro Crítico Universal, 1728, T. II, 5. º Discurso, «Uso de la Mágica», 2)
*(103). Ormuz o Ahrimán (Ahura-Mazdâh), el dios del bien de la religión de Zoroastro. El fuego es el símbolo del dios persa, lo que explica que Gabalís haga de él un Salamandra. La cábala consideró a Zoroastro como hijo de la divinidad.
*(104). Divinidad romana, diosa del hogar, identificada con la Hestia griega. Sus sacerdotisas –necesariamente vírgenes- debían mantener el fuego sagrado ante la imagen de la diosa.
*(105). El fuego es el símbolo del infierno, pero también el elemento natural del Salamandra, por lo que la irónica respuesta del narrador tiene validez para los dos interlocutores.
*(106). Segundo rey de Roma, según la leyenda; rey pontífice a quien se atribuye la organización religiosa de la ciudad. Se cuenta que poseía poderes mágicos, y que decía recibir en una gruta los consejos de la ninfa Egeria.
*(107). Destacado humanista y erudito orientalista francés (1510-1581), que predicó la concordia entre las distintas religiones (De Orbis terrae concordia; Panthenosia, etc.). Su ansia de reconciliación universal se acompañó de un sueño milenarista. Anunció el reino de la madre Juana (monja visionaria que pretendía ser de la substancia de Cristo y llamada a reformar el mundo), por lo que fue encarcelado por la Inquisición.
*(108). El Génesis (X, 6) hace de Cam el padre de los habitantes de África y de Asia occidental, pero en la Biblia, la causa de la maldición que cayó sobre Cam y su descencia –la esclavitud- fue el haberse reído del estado de su padre Noé, borracho y desnudo (Gén. IX, 18-28).
*(109). Según la concepción de Cicerón, doctrina indiscutida durante siglos, la tierra, esférica, está dividida en cinco zonas: las dos zonas templadas son las únicas habitables; la zona central es inhabitable por ser tórrida, y las dos zonas extremas, la ártica y la antártica, son inhabitables a causa del frío.
*(110). Recordemos el relato del Génesis (9:22-23): «vio Cam… la desnudez de su padre, y avisó a sus dos hermanos afuera. Entonces Sem y Jafet tomaron el manto, se lo echaron al hombro los dos, y andando hacia atrás, vueltas las caras, cubrieron la desnudez de su padre sin verla»
*(111). Cronos fue castrado por Zeus.
*(112). Abadesa de las Clarisas de Córdoba, visionaria que llegó a embaucar a la propia corte imperial, y cuyo proceso inquisitorial (1544-1546) «puso espanto a toda España». Dijo que se le aparecía un ángel de luz, un querubín llamado Balbán al que sirvió de esposa muchos años. Santa Teresa se refiere a ella y a otras alumbradas al escribir «como en estos tiempos habían acaecido grandes ilusiones en mujeres y engaños que las había hecho el demonio…» (Vida, XXIII, 2). Del Río cuenta el caso en Disquisitionum magicarum libri sex, VI, 484 y ss., y Wier en Opera Omnia, 476.
*(113). El sevillano Casiodoro de Reina, monje jerónimo, salió de España huyendo de la represión antierasmista y antiluterana. En 1569 publicó en Basilea la primera traducción castellana de la Biblia. En Londres, en 1559, escribió su Confession de Fe christiana, hecha por ciertos fieles españoles… huyendo los abusos de la Iglesia Romana y la crueldad de la Inquisición de España, donde relata numerosos procesos. Murió hacia 1582.
*(114). Un sonado caso de obsesiones y posesiones diabólicas fue el de este convento en 1564, donde las monjas habrían copulado reiteradamente con demonios íncubos. El médico erasmista holandés Wier (Johannus Wierus) narra éste y otros muchos casos de brujería y posesión en su De Prestigiis Daemonum et Incantationibus ac Beneficiis (1563), negando el origen satánico de posesiones y embrujos, que son para él el producto de una mente enferma. Para el caso que nos ocupa, señala como origen real las relaciones que varias monjas tuvieron con amantes bien carnales; abandonadas por estos, la frustración habría originado sus fantasmas sexuales. Sor Gertrudis fue, según cuenta, la primera monja del convento que tuvo tales manifestaciones. (Op. Cit. Libr. IV, 31; Opera Omnia, 307)
*(115). En su monumental historia de Roma, Ab urbe condita, Tito Livio narra las leyendas sobre los orígenes de Roma, según las cuales Amulio destronó a su hermano Numitor, rey de Alba Longa, eliminó a los hijos de su hermano e hizo vestal a su sobrina Rea Silvia. Ésta fue forzada por el dios Marte y dio a luz dos gemelos, Rómulo y Remo.
*(116). Rómulo, rey de la ciudad a la que dio su nombre, tuvo que guerrear contra sus vecinos, hasta que desapareció en medio de una tempestad. Los romanos creyeron que había sido arrebatado a los cielos y convertido en dios; desde entonces fue venerado bajo el nombre de Quirino.
*(117). Sexto rey de Roma, hijo de Vulcano.
*(118). Dice de él San Pablo: «Sin padre, sin madre, sin genealogía», en Hebreos, 7:3.
*(119). «Entonces Melquisedec, rey de Salem, presentó pan y vino, pues era sacerdote del Dios Altísimo» (Génesis, 14:18).
*(120). El gran erudito Martín Antonio el Río (1551-1608), que fuera magistrado al servicio de Felipe II, ingresó en la Compañía de Jesús en 1580, siendo profesor en Douai, Draz, Lieja y Salamanca. Entre sus múltiples obras, la que interesa para el caso es su tratado de demonología Disquisitionum magicarum libri sex (1599-1600), de gran difusión en el s.XVII.
*(121). Filósofo del s. I que unía al neopitagorismo el culto oriental al Sol. Se la atribuyen, además de la Vida de Pitágoras que utilizaron después Porfirio y Jámblico, tratados como De las iniciaciones y los sacrificios, De la adivinación y Oráculos.
*(122).La tradición hizo de Apolonio un ser legendario, algo así como un mago visionario, y de hecho, a su muerte se le erigieron templos, como si se tratase de un dios. Filóstrato, en su Vida de Apolonio de Tiana, le presenta como el gran iniciado que enseña a los magos.
*(123). Aquí, más que el arte de la adivinación mediante nombres propios (que se analizan en virtud de su significado etimológico o atribuyendo a las letras que los componen un determinado valor numérico), se refiere el conde al poder de los nombres según la cábala.
*(124). El mago Merlín, figura esencial de las leyendas artúricas, es hijo de un demonio íncubo, según Geoffrey of Monmouth, que en su Historia Regum Britanniae (c. 1137), dice que la madre era una monja, hija del rey de Demetia, aunque en su Vita Merlini (c. 1152) no hable de los padres del mago. Es hijo de demonio también para Robert de Boron, que dedica a Merlín una de las tres partes de su Roman de l’Estoire du Graal (c. 1200), y se detiene en explicar largamente su origen: como el diablo, deseoso de recuperar el poder perdido tras la venida de Jesucristo, planea engendrar un hombre-demonio, y para ello atormenta a toda una familia, hasta conseguir que la piadosa hija mayor –figura comparable a la de Job-, ya huérfana, olvide una noche, en su desesperación, el ponerse bajo la protección divina. Mientras ella duerme, el demonio íncubo aprovecha la ocasión… De su origen demoníaco posee Merlín el conocimiento del pasado; por el bautismo recibido al nacer, es hijo de Dios, que le concede también el conocimiento de las cosas venideras. La posterior Vulgata adapta el Merlín de Boron.
*(125). Adivino que en las leyendas del ciclo tebano tuvo un importante papel, pues fue el que aconsejó ofrecer el trono de Tebas al vencedor de la Esfinge, y quien ayudó a Edipo a descubrir el misterio de su origen.
*(126). Un cantar de gesta del s. XIII, le Chevalier au Cygne, cuenta la historia del Caballero del Cisne, ancestro legendario de Godofredo de Bullón. A lo largo de los siglos la leyenda ha sido retomada una y otra vez; de entre las obras a las que ha dado lugar, sin duda la más famosa es el Lohengrin de Wagner.
*(127). Personaje fabuloso, cuya leyenda aparece narrada por primera vez por Jean d’Arras en su Roman de Mélusine (1393), obra de gran difusión, traducida al castellano en 1489 (Historia de la linda Melosina). Melusina, hija de un hada, es perfectamente hermosa, salvo los sábados, en que la parte inferior de su cuerpo no es de mujer, sino de serpiente. Contrae matrimonio con el conde Raymondin, de la casa de Lusignan, al que hace prometer que nunca ha de intentar verla en sábado. Su vida transcurre dichosa y tienen varios hijos, pero un día el conde sorprende el secreto de su esposa mientras ésta se baña: el pacto se ha roto, y Melusina ha de huir del castillo, al que no vuelve más que para advertir de una desgracia.
*(128). Nombre de un demonio que aparece en el libro de Tobías, en la literatura apocalíptica, en el Talmud y también en los textos de hechicería occidental. Asmodeo es el espíritu del amor impuro y la lujuria. Ya como personaje literario, el diablo se llama así en El Diablo Cojuelo de Vélez de Guevara (1641) y en la adaptación francesa que hace Lesage de esta obra (1701).
*(129). San Gregorio de Nisa es uno de los padres y doctores de la iglesia griega (s. IV).
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L.V.X.
F. Kalihel

Montfaucon de Villars. EL CONDE DE GABALÍS o Conversaciones sobre las Ciencias Secretas. QUINTA CONVERSACIÓN sobre las Ciencias Secretas


Cuando el joven de alto rango se marchó, al volver de acompañarle me encontré al conde de Gabalís en la habitación.

-«Hay que lamentar –me dijo- que el gran señor que acaba de salir vaya a ser un día uno de los setenta y dos príncipes del Sandedrín de la nueva Ley*(130), porque de no ser por eso hubiera sido un gran personaje para la santa cábala; su ingenio es profundo, limpio, amplio, sublime y atrevido. Ésta es la figura geomántica*(131) que acabo de hacerle, mientras ambos estabais hablando; nunca habían visto puntos tan halagüeños, ni que indicasen un alma tan gallarda. Fijaos en la Madre, ¡qué magnanimidad le da! Esta Hija le proporcionará la púrpura; siento rencor contra ella y contra la fortuna, porque le arrebatan a la Filosofía un individuo que tal vez os hubiere sobrepasado. Pero ¿en dónde nos habíamos quedado cuando él llegó?

-Me estabais hablando, caballero –le dije- de un beato al que nunca he visto en el calendario romano; me parece que lo habéis llamado Danhucerus.

-Ah, ya me acuerdo –prosiguió-; os decía que os pusieseis en el lugar de uno de vuestros doctores, supusierais que el beato Danhucerus hubiese venido a abriros su conciencia y os dijera:

«Señor mío, vengo de allende las montañas, atraído por la fama de vuestra ciencia. Tengo un cierto escrúpulo que me hace padecer. Hay en una montaña de Italia una Ninfa que ha establecido allí su corte: mil Ninfas la sirven, y son casi tan hermosas como ella; hombres muy gallardos, muy sabios y muy cumplidos van allí desde todos los lugares poblados de la Tierra, las aman y de ellas son amados; su vida es allí la más regalada; sus amadas les dan los hijos más hermosos; adoran al Dios vivo, no hacen daño a nadie y esperan la inmortalidad. Paseaba yo un día por esa montaña; fui del agrado de una Ninfa Reina: se hace visible y me muestra su encantadora corte*(132). Los Sabios, que se dan cuenta de su amor por mí, me respetan casi como su príncipe; me exhortan a que me deje conmover por los suspiros y la belleza de la Ninfa. Ésta me describe su martirio, no olvida nada para conmover mi corazón, me repite que morirá si me niego a quererla, y que si la amo me deberá su inmortalidad. Los razonamientos de los Sabios convencieron mi entendimiento, y los encantos de la ninfa me robaron el corazón: la quiero, y de ella tengo hijos que prometen mucho; pero en medio de mi fidelidad a veces me desazono cuando me vuelve a la mente que la Iglesia romana quizá no apruebe demasiado todo esto. Así que acudo a vos, señor mío, para consultaros: ¿qué es la Ninfa, que los Sabios, qué los hijos, y en que situación se halla mi conciencia?»

Vamos a ver, señor doctor, ¿qué le responderíais al caballero Danhucerus?

-Le diría esto –contesté-: «Con todos mis respetos, caballero Danhucerus, o sois un poco fanático, o vuestra visión es un encantamiento; vuestros hijos y querida son espíritus diabólicos, vuestros Sabios, unos locos, y estimo que vuestra conciencia está muy endurecida».

-Con esa respuesta, hijo mío, seríais digno del birrete doctoral, pero no mereceríais ser recibido entre nosotros –me contestó el conde con un gran suspiro. Ésta es la bárbara disposición de todos los doctores de hoy en día. El pobre Silfo que se atreviera a dejarse ver sería tildado de espíritu diabólico; no hay Ninfa que quiera esforzarse por llegar a ser inmortal que no pase por un fantasma impuro, y ningún Salamandra se atreve a mostrarse por miedo a que le tomen por un demonio, y las purísimas llamas de las que aquél se compone, por el fuego del infierno que siempre acompaña a éste. De nada les sirve el que, para disipar tan injuriosas sospechas, hagan la señal de la cruz cuando se aparecen, o que se arrodillen ante los nombres divinos, ni que los pronuncien con reverencia. Toda precaución es vana. No pueden conseguir que no los consideren enemigos del Dios al que adoran más religiosamente que los que de ellos se espantan.

-Pero en serio, caballero –le dije-, ¿creéis que esos Silfos sean gente muy devota?

-De mucha devoción –contestó- y con mucho celo por las cosas divinas. Los excelentes sermones que pronuncian sobre la Esencia divina y sus admirables oraciones nos resultan muy edificantes.

-¿También tienen oraciones? –dije yo- Me gustaría conocer una de su estilo.

-Es muy fácil daros satisfacción –me respondió-, y para no traer a colación una que pueda ser sospechosa, o que podáis suponer que he fabricado para la ocasión, escuchad la que el Salamandra que respondía en el templo de Delfos tuvo a bien enseñar a los paganos, tal como la transcribe Porfirio; contiene una teología sublime, y os podréis dar cuenta por ella de que tan sabias criaturas no tienen la culpa de que el mundo no adorase al Dios verdadero.

ORACIÓN DE LOS SALAMANDRAS

¡Inmortal, Eterno, Inefable y Sagrado Padre de todas las cosas, tú que viajas en el Carro de eterno movimiento de los Mundos que siempre giran! ¡Dominador de los campos etéreos, donde se alza el trono de tu Poder, desde donde tus temibles ojos todo lo descubren, y tus admirables y santos oídos todo lo escuchan, oye las plegarias de tus hijos, a quienes amas desde el nacimiento de los siglos! Tu áurea, grande y eterna Majestad resplandece sobre el mundo y sobre el cielo estrellado; sobre los astros te alzas, ¡o fuego brillante! Ardes sin consumirte, alimentado por tu propio esplendor, de tu Esencia brotan arroyos inagotables de luz que alimentan tu Espíritu infinito. Este Espíritu infinito produce todas las cosas y es causa del inacabable tesoro de materia, que no puede dejar de engendrar lo que la rodea por estar siempre encinta de innumerables formas, de las que la llenaste en un principio. Del mismo espíritu toman también origen los muy santos reyes que rodean tu Trono y que componen tu Corte, ¡o Padre universal!, o único, o Padre de los dichosos mortales e inmortales! Creaste en especial a Potencias que son maravillosamente similares a tu eterno Pensamiento y a tu adorable Esencia; las estableciste superiores y a los ángeles que anuncian al mundo tus voluntades. Y nos creaste a nosotros, tercer tipo de soberanos de los Elementos. Nuestro hacer constante es alabarte y adorar tus designios; nuestro ardor continuo es el deseo de poseerte, ¡o Padre, o Madre, la más tierna de las Madres! ¡O Ejemplo admirable de sentimientos y ternura maternal! ¡O Hijo, la flor de todos los hijos! ¡O Forma entre las formas! ¡Alma, Espíritu, Armonía y Número de todas las cosas!

-¿Qué me decís de esta oración de los Salamandras? ¿A que es muy sabia, muy reverente y muy devota?

-Y además, muy obscura –le respondí. Se la oí parafrasear a un predicador, que con ella probaba que el diablo, entre otros vicios, es sobre todo un grandísimo hipócrita.

-Pues bien –exclamó el conde-, ¿qué recurso os queda entonces, desdichados pueblos elementales? Decís maravillas de la naturaleza de Dios, del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo, de la inteligencias auxiliadoras, de los ángeles, de los cielos; hacéis plegarias admirables y se las enseñáis a los hombre, y con todo y con eso, ¡no sois más que diablillos hipócritas!

-Caballero –le interrumpí-, no me resulta grato que apostroféis así a esta gente.

-Pues bien, hijo mío –prosiguió-, no tengáis miedo de que los llame, pero que vuestra debilidad os impida al menos asombraros el día de mañana de que no veáis tantos ejemplos como quisierais de su alianza con los humanos. ¡Ay! ¿Dónde está la mujer cuya imaginación no hayan echado a perder vuestros doctores, que no vea con horror tal relación y que no tiemble al ver a un Silfo? ¿Dónde el hombre que no huya al verlos, si se tiene por hombre de bien? ¡Encontramos tan rara vez un hombre honrado que acepte su trato! ¡No habrá más que licenciosos, o avaros, o ambiciosos, o sinvergüenzas que pretendan tal honor, que jamás obtendrán, vive Dios, porque el temor de Dios es el principio de la sabiduría!

-¿y qué es entonces –le pregunté- de todos los pueblos voladores, ya que la gente de bien está tan predispuesta en su contra?

-¡Ah! El brazo de Dios –dijo- no es ahora más corto, y el demonio no obtiene todo el beneficio que esperaba de la ignorancia y del error que ha sembrado para perjudicarlos, porque además de que los Filósofos, que son numerosos, ponen remedio tanto como les es posible, renunciando totalmente a las mujeres, Dios ha permitido a esos pueblos utilizar todos los artificios inocentes que se les pueden ocurrir para conversar con los humanos sin que éstos lo sepan.

-¡Pero qué decis, caballero! –exclamé.

-Nada más que la verdad –continuó deciéndome-; ¿creéis que un perro pueda tener hijos de una mujer?

-No –contesté.

-¿Y un mono? –añadió.

-Tampoco –respondí.

-¿Y un oso? –inquirió.

-Ni perro, ni oso, ni mono –repliqué-; está claro que es imposible; va contra la Naturaleza, contra la razón y el sentido común.

-Muy bien –dijo el conde-, ¿pero los reyes de los Godos no nacieron de un oso y de una princesa sueca?

-Es verdad –contesté- que así lo cuenta la historia.

-Y los pegusianos y los suonianos de la India –prosiguió-, ¿no nacieron de un perro y una mujer?

-También he leído eso –le dije.

-¿Y qué hay de una mujer portuguesa –siguió diciendo- que, abandonada en una isla desierta, tuvo hijos de una gran mono?

-Nuestros teólogos explican todas esas cosas, caballero –respondí-, diciendo que el diablo, tomando la apariencia de esos animales…

-Ya me vais a volver a alegar –me interrumpió- las sucias figuraciones de vuestros doctores. Hacedme el favor de comprender definitivamente que los Silfos, al ver que los toman por demonios cuando aparecen con forma humana, para disminuir esta aversión que producen toman la apariencia de animales, acomodándose así a la extraña flaqueza de esas mujeres que se horrorizarían de un apuesto Silfo, pero que no se espantan tanto de un perro o de un mono. Podría contaros varias anécdotas de perrillos falderos*(133) con ciertas doncellas de buena sociedad, pero tengo que enseñaros un secreto de mayor importancia.

Habéis de saber, hijo mío, que hay quien, creyéndose hijo de hombre, es hijo de Silfo. Hay quien, creyendo estar con su mujer, sin saberlo inmortaliza a una Ninfa. Hay mujer que, creyendo abrazar a su marido, estrecha entre sus brazos a un Salamandra, y hay joven que juraría al despertar que es virgen, cuando durante su sueño ha tenido un honor que no supone. Así el demonio y los ignorantes quedan igualmente burlados.

-¡Cómo! –exclamé- ¿Es que el demonio no sabría despertar a la joven durmiente para impedir al Salamandra hacerse inmortal?

-Podría, sí –contestó el conde-, si los Sabios no fueran diligentes, pero enseñamos a todos esos pueblos el arte de encadenar a los demonios y de oponerse a propósito. ¿No os dije yo el otro día que los Silfos y los otros señores de los elementos están deseosos de que queramos enseñarles la cábala? De no ser por nosotros, el diablo, su gran enemigo, les importunaría mucho, y les costaría enormemente inmortalizarse sin que se enterasen las mujeres.

-No puedo por menos –intervine- que admirar la profunda ignorancia en la que vivimos. Creemos que los espíritus aéreos ayudan a veces a los enamorados a conseguir lo que desean; pero la cosa resulta ser totalmente distinta, y son los espíritus aéreos los que necesitan la ayuda de los hombres para sus amores.

-Decís bien, hijo mío –prosiguió el conde-; el Sabio da su ayuda a esos pobres pueblos, que sin él serían demasiado desdichados y débiles como para poder resistir al diablo; en cambio, cuando un Silfo ha aprendido de nosotros a pronunciar cabalísticamente el poderoso nombre NEHMAHMIHAH, y a combinarlo según arte con el deliciosos nombre de ELIAEL, todos los poderes de las tinieblas se dan a la fuga, y el Silfo goza apaciblemente de quien ama.

Así se inmortalizó el ingenioso Silfo que tomó la apariencia del enamorado de una dama de Sevilla. Es una historia conocida: la joven española era hermosa, pero tan impasible como hermosa. Un hidalgo castellano, que la amaba en vano, tomó un día la decisión de irse sin decir nada, y de recorrer mundo hasta que curara de su inútil pasión. Un Silfo, que encontró a la hermosa de su agrado, se determinó a tomarse el tiempo necesario, y armándose con todo lo que uno de los nuestros le había enseñado para protegerse de los obstáculos que ante él pudiera alzar el diablo, celoso de su fortuna, va a ver a la dama bajo la apariencia del enamorado que se había alejado, se lamenta, suspira, y es rechazado. Insiste, solicita, persevera; y después de varios meses conmueve, se hace amar, convence, y por fin es feliz. De su amor nace un niño, cuyo nacimiento es secreto e ignorado por la familia, gracias a las artes del amante aéreo. Prosiguen sus amores, que se ven bendecidos con una segunda gravidez. Mientras tanto, el hidalgo, curado por la ausencia, vuelve a Sevilla, e impaciente por volver a ver a su dama insensible, se presenta ante ella lo antes que puede para decirle que por fin se halla en situación de no disgustarla, pues ha venido a anunciarle que ya no la ama.

Os pido que imaginéis el asombro de la dama, su respuesta, su llanto, sus reproches, y la entera y sorprendente conversación. Ella sostiene que le ha hecho feliz, y él lo niega; que el hijo de ambos está en tal sitio, y que es padre de otro que espera. Él insiste en negarlo. Ella se desespera, se tira del pelo, con sus gritos acuden los padres; la amante despechada continúa con sus lamentos y sus invectivas. Se comprueba que el hidalgo llevaba dos años ausente, se busca y encuentra al primer niño, y el segundo nació en su momento.

-Y el amante aéreo –interrumpí-, ¿qué hacía mientras tanto?

-Ya veo –contestó el conde- que os parece mal que hubiese abandonado a su querida al rigor de sus padres o al furor de los inquisidores, pero tenía una razón para quejarse de ella: no era lo bastante devota. Porque cuando estos señores se han inmortalizado, se esfuerzan seriamente y viven muy santamente para no perder el derecho, que acaban de conseguir, de poseer el soberano bien. Por eso quieren que la persona con la que han establecido alianza viva con una inocencia ejemplar, como se puede ver en la famosa aventura de un joven caballero de Baviera.

Estaba inconsolable por la muerte de su mujer, a la que quería apasionadamente. Una Sílfide recibió de uno de nuestros Sabios el consejo de tomar la apariencia de esa mujer; le hizo caso, y se presentó ante el afligido joven diciéndole que Dios la había resucitado para consolarlo de su extrema aflicción. Vivieron juntos varios años, y tuvieron niños muy hermosos. Pero el joven caballero no era lo bastante virtuoso como para retener a la excelente Sílfide: juraba y decía palabras deshonestas. Ella se lo reprochó a menudo, pero viendo que sus recriminaciones eran inútiles, desapareció un día, sin dejarle más que sus faldas y el arrepentimiento por no haber querido seguir sus santos consejos. Así que podéis ver, hijo mío, que los Silfos tienen a veces razones para desaparecer, y ya veis que el diablo no puede impedir –ni tampoco los excéntricos caprichos de vuestros teólogos- que los pobladores de los elementos trabajen con éxito por su inmortalidad, cuando alguno de nuestros Sabios los socorre.

-Pero en serio, caballero –le dije- ¿estáis convencido de que el diablo sea tan gran enemigo de estos seductores de doncellas?

-Enemigo mortal –contestó el conde-, sobre todo de las Ninfas, de los Silfos y de las Salamandras. Porque a los Gnomos no les tiene tanto odio, ya que, como me parece que ya os he dicho, los Gnomos, aterrados por los aullidos de los demonios que oyen en el centro de la tierra, prefieren seguir siendo mortales antes que correr el riesgo de padecer tales tormentos si consiguieran la inmortalidad. Esta es la razón por la que los Gnomos y sus vecinos los demonios tienen un cierto trato. Estos convencen a los Gnomos, por naturaleza muy amigos del hombre, de que le hacen un enorme favor y lo libran de un tremendo peligro al obligarlo a renunciar a su inmortalidad. Para esto se comprometen a entregar a aquél a quien pueden convencer de tal renuncia, todo el dinero que pida, a librarlo de los peligros que amenazaran su vida durante cierto tiempo, o a cumplir cualquier otra condición que guste poner aquél que hace tan desgraciado pacto. De este modo el diablo, el malvado, por mediación del Gnomo, hace que se vuelva mortal el alma de ese hombre, y la priva del derecho a la vida eterna.

-¡Pero cómo, señor mío! –exclamé-, ¿Sois de la opinión de que los pactos, de los que tantos ejemplos citan los demonógrafos, no se hacen con el demonio?

-Desde luego que no –respondió el conde-. ¿El príncipe de este mundo no fue expulsado de él? ¿Es que no está encerrado? ¿No está encadenado? ¿Es que no es la tierra maldita y condenada, que ha quedado en el fondo de la obra del supremo arquetipo destialador?*(134) ¿Acaso puede ascender a la región de la luz, y esparcir las tinieblas concentradas? Contra el hombre no puede hacer nada. Sólo puede inspirar a los Gnomos, que son vecinos suyos, que vayan a hacer esas proposiciones a aquellos hombres de los que más miedo tiene que se vayan a salvar, para que así su alma muera con su cuerpo.

-¿Y según vos –añadí- esas almas mueren?

-Mueren, hijo mío –contestó.

-Así pues –insistí-, ¿los que hacen tales pactos no se condenan?

-No pueden condenarse –dijo él- porque su alma muere con el cuerpo*(135).

-Entonces no salen nada mal parados –repliqué-, pues reciben un castigo muy liviano por haber cometido crimen tan grande como renunciar al bautismo y a la muerte del Señor.

-¿Consideráis un castigo liviano el entrar en los negros abismos de la nada? Sabe que se trata de una pena mayor que la de condenarse, que aún hay un resto de misericordia en la justicia que Dios ejerce contra los pecadores en el infierno, que el hecho de no consumirlos con el fuego que los quema es una gracia considerable. La nada es un mal mucho mayor que el infierno; esto es lo que los Sabios predican a los Gnomos cuando los reúnen, para hacer que entiendan qué daño se hace al preferir la muerte a la inmortalidad, y la nada a la esperanza de la eternidad bienaventurada que tendrían el derecho de poseer si se aliaran con los hombres sin exigir de ellos renuncias criminales. Algunos nos creen, y les casamos con nuestras hijas.

-¿Así que evangelizáis a los pueblos subterráneos, caballero? –le dije.

-¿Y por qué no? –respondió-. Nosotros somos sus doctores, como lo somos de los pueblos del fuego, del aire y del agua; y la caridad filosófica se reparte indistintamente entre todos esos hijos de Dios. Como son más sutiles y más ilustrados que el común de los humanos, son más dóciles y más capaces de disciplina, y escuchan las verdades divinas con un respeto que nos encanta.

-Tiene que ser encantador, en efecto –exclamé entre risas-, ver a un cabalista en el púlpito predicando a todos esos señores.

-Tendréis ese placer cuando gustéis, hijo mío –dijo el conde-, y si lo deseáis, los reuniré hoy mismo, y predicaré a medianoche.

-¡A medianoche! –exclamé- He oído decir que es la hora del aquelarre».

El conde se echó a reír.

-«Hacéis que me acuerde –dijo- de todas las locuras que los demonógrafos cuentan sobre el capítulo de su imaginario aquelarre. Me gustaría, por lo chocante del asunto, que vos las creyérais también.

-¡Ah! Por lo que se refiere a los cuentos del aquelarre –contesté-, os aseguro que no me creo ni uno.

-Hacéis bien, hijo mío –me dijo-, porque, una vez más, el diablo no tiene el poder de engañar de ese modo al género humano, ni de pactar con los hombres, y aún menos el de hacerse adorar, como creen los inquisidores. Lo que ha dado origen a esta creencia popular, es que los Sabios –como acabo de deciros- reúnen a los habitantes de los elementos para predicarles sus misterios y su moral, y como ocurre con frecuencia que algún Gnomo se da cuenta de su grave error, comprende los horrores de la nada, y consiente en ser inmortalizado, se le busca mujer, se le casa, y la boda se celebra con todo el regocijo que merece la conversión que se acaba de lograr. Esos son los bailes y los gritos de alegría que Aristóteles dijo que se oían en ciertas islas donde sin embargo no se veía a nadie. El gran Orfeo fue le primero que convocó a los pueblos subterráneos; en su primer sermón, Aquelarius, el más anciano de los Gnomos, fue inmortalizado, y de ese Aquelarius tomó su nombre la asamblea*(136) en la que los Sabios le dirigieron la palabra mientras él vivió, como se dice en los himnos del divino Orfeo. Los ignorantes confundieron las cosas, y aprovecharon la ocasión para inventarse sobre el asunto mil cuentos impertinentes y para calumniar una asamblea que sólo convocamos para mayor gloria del soberano Ser.

-Nunca me hubiese figurado –le dije- que el aquelarre fuera una asamblea de devoción.

-Pues sin embargo lo es –prosiguió el conde-, y muy santa y cabalística, aunque el mundo no lo crea fácilmente. Pero así es de ciego este siglo injusto: se obceca con un rumor popular, y no hay quien lo saque de ahí. Por mucho que digan los Sabios, es a los ignorantes a quien preferentemente se cree. Por mucho que un filósofo demuestre la falsedad de las quimeras que se han inventado, y dé pruebas manifiestas de lo contrario, sea cual fuere la experiencia o el razonamiento sólido que haya empleado, si un hombre de muceta mete baza, la experiencia y la demostración dejan de tener fuerza, y ya no puede la verdad restablecer su imperio. Se da más crédito a la muceta que a los propios ojos. Habéis tenido en Francia un ejemplo memorable de esta obcecación popular.

El famoso cabalista Zedequías se empecinó, durante el reinado de vuestro Pipino*(137), en convencer al mundo de que los elementos están poblados por todos los habitantes cuya naturaleza ya os he descrito. Recurrió al expediente de aconsejar a los Silfos que se dejaran ver en el aire ante todo el mundo, cosa que hicieron con magnificencia; por los aires se veían estos seres admirables en forma humana, a veces formados para el combate, desfilando ordenadamente, como soldados, o acampados en soberbios pabellones; a veces en navíos aéreos de admirable estructura, cuya flota voladora bogaba a merced de los vientos. ¿Y que pasó? ¿Creéis que a ese siglo ignorante se le ocurrió razonar sobre la naturaleza de espectáculos tan maravillosos? El pueblo creyó primero que se trataba de brujos que se habían apoderado del aire para provocar tormentas y que el granizo echara a perder la cosecha. Los sabios, teólogos y juriconsultorios fueron de la misma opinión del pueblo, los emperadores lo creyeron también, y esta ridícula quimera se extendió tanto, que el prudente Carlomagno, y a continuación Ludovico Pío*(138), impusieron penas severas a esos presuntos tiranos del aire. Veréis estas cosas en el primer capítulo de las Capitulares de estos dos emperadores.

Cuando los Silfos vieron que el pueblo, los pedantes y las testas coronadas se ponían en su contra, resolvieron, para borrar la mala opinión que tenían de su inocente flota, raptar en todas partes a hombres para enseñarles a sus bellísimas mujeres, su república y su gobierno, y luego devolverlos a la tierra en distintos lugares del mundo. Y así lo hicieron, tal como lo habían pensado. El pueblo, al ver que esos hombres descendían, llegaba de todas partes, convencido de que se trataba de brujos que se separaban de sus compañeros para echar ponzoñas en la fruta y en las fuentes, y con la furia que provocan tales invenciones, llevaba a esos inocentes al suplicio. Es increíble el número tan grande al que dio muerte por agua o fuego en todo el reino.

Entre otros casos, sucedió un día que en Lyon se vio descender de esos navíos aéreos a tres hombres y una mujer; toda la ciudad se agolpa a su alrededor y grita que son brujos y que Grimoaldo, duque de Benevento, enemigo de Carlomagno*(139). Los envía para que echen a perder la cosecha de los franceses. Por más que los cuatro inocentes dijeran ser de la comarca, haber sido raptados hacía nada por unos hombres milagrosos que les habían enseñado maravillas inauditas y que les habían pedido que contaran aquellas cosas, el pueblo, obcecado, ni escucha sus explicaciones; a punto estaba de echarlos a la hoguera cuando el buen Agobardo*(140), obispo de Lyon, que se había hecho con el respeto de todos siendo monje en esa ciudad, acudió al alboroto, y habiendo oído la acusación del pueblo y la defensa de los acusados, dictaminó gravemente que ambas eran falsas, que no era cierto que aquellos hombres hubiesen bajado del aire y que lo que decían haber visto era imposible.

El pueblo dio más crédito a las palabras de su buen padre Agobardo que a sus propios ojos, se calmó, dejó en libertad a los cuatro embajadores de los Silfos y recibió con admiración el libro que Agobardo escribiera para confirmar la sentencia que había dictado. De este modo, la declaración de los cuatro testigos quedó anulada.

Sin embargo, al haber escapado al suplicio, pudieron contar lo que habían visto, lo que no dejó de tener sus frutos, porque recordaréis que el siglo de Carlomagno fue fecundo en hombres heroicos, lo que prueba que la mujer que había estado con los Silfos encontró crédito ante las damas de aquel tiempo, y que por gracia de Dios muchos Silfos se inmortalizaron. Varias Sílfides se hicieron igualmente inmortales gracias a lo que aquellos tres hombres contaron de su belleza, lo que obligó a la gente de entonces a dedicarse un poco a la Filosofía. De ahí vienen todos los cuentos de hadas que encontráis en las leyendas amorosas del siglo de Carlomagno y en los que lo siguieron. Todas las presuntas hadas eran Sílfides y Ninfas. ¿Habéis leído esas historias de héroes y hadas?

-No, señor mío –le dije.

-Lo siento mucho –contestó-, porque os hubieran ayudado a haceros una idea de cómo los Sabios piensan dejar un día el mundo. Esso hombre heroicos, esos amores de Ninfas, esos viajes al paraíso terrenal, esos palacios y bosques encantados, y todas las maravillosas aventuras que podemos encontrar no son más que un pequeño remedo de la vida que llevan los Sabios, y de lo que será el mundo cuando hagan que reine la Sabiduría. Sólo se verán héroes; el ínfimo de nuestros hijos será de la talla de Zoroastro, Apolonio o Melquisedec, y la mayoría serán tan cumplidos como los hijos que Adán hubiera tenido de Eva si no hubiese pecado con ella.

-¿Pero no me habíais dicho, caballero –intervine-, que Dios no quería que Adán y Eva tuviesen hijos, que Adán debía estar sólo con las Sílfides, y que Eva tenía únicamente que pensar en algún Silfo o Salamandra?

-Es cierto –respondió-; no debían haber tenido hijos del modo en que los tuvieron.

-Caballero –proseguí-, ¿es que vuestra cábala proporciona algún expediente al hombre y a la mujer para que tengan hijos de un modo distinto al método ordinario?

-Por supuesto –contestó.

-¡Ay, señor mío! –exclamé- ¡Decidme cuál es; os lo suplico!

-No lo sabréis hoy, lo lamento –me dijo entre risas-; quiero vengar a los pueblos elementales de que os haya costado tanto dejar de dar crédito a su presunta diablería. No me cabe duda de que os habéis librado de vuestros terrores pánicos, así que os dejo para que tengáis ocasión de meditar y deliberar ante Dios a qué especie de substancia elemental será preferible, para gloria suya y vuestra, que hagáis partícipe de vuestra inmortalidad. Y yo ahora me voy a recoger un poco para meditar el sermón que me habéis dado ganas de pronunciar esta noche ante los Gnomos.

-¿Quizá vayáis a explicarles algún capítulo de Averroes?*(141) –pregunté yo-

-Creo –contestó el conde- que sería muy posible que saliese algo de eso, porque mi propósito es predicar sobre la excelencia del hombre, para incitarlos a buscar aliarse con él. Y Averroes, siguiendo a Aristóteles, deliberó sobre dos cosas que sería bueno que yo esclareciera: una fue la naturaleza del entendimiento, y la otra, el bien soberano. Dijo que únicamente fue creado un entendimiento, imagen de lo Increado, y que ese solo entendimiento basta a todos los hombres: esto pide una explicación. Y en cuanto al bien soberano, Averroes dice que consiste en conversar con los ángeles, lo que no es lo bastante cabalístico, puesto que el hombre, ya en esta vida, puede, y para ello ha sido creado, gozar de Dios, como lo entenderéis un día y como lo comprobaréis, cuando estéis en las filas de los Sabios».

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Así terminó la conversación con el conde de Gabalís. Al día siguiente volvió, y me trajo el discurso que había pronunciado ante los pueblos subterráneos; ¡es una maravilla!

Os lo daría a conocer, junto con la continuación de las conversaciones que una vizcondesa y yo tuvimos con hombre tan eminente, si estuviese seguro de que todos mis lectores piensan con rectitud y no toman a mal el que yo me divierta a costa de los locos. Si veo que se deja que mi libro haga el bien que es capaz de obrar, y que no se me hace la injusticia de sospechar que quiero dar credibilidad a las ciencias secretas, so pretexto de ponerlas en ridículo, continuaría solazándome con el señor conde, y podría dentro de poco sacar otro tomo.

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*(130). El conde equipara el sanedrín, o tribunal de los judíos, con el sacro colegio cardenalicio.
*(131). La geomancia es un arte adivinatorio que se vale de líneas, círculos y puntos hechos en la tierra. «Madres» e «Hijas» son figuras de la geomancia tradicional.
*(132). Gabalís narra aquí la leyenda de la reina Sibila, haciendo de ésta una ninfa. Esta historia es la que cuenta, tras haber visitado el lugar en Italia, Antoine de la Sale en Le Paradis de la reine Sibylle (libro IV de su Salade, 1444); el caballero en cuestión, torturado por su conciencia, va a confesarse con el Papa, que le niega la absolución, aunque después se arrepienta de su severidad, pues el caballero, desesperado, vuelve a la morada de la Sibila. Muchos otros relatos retoman este asunto, con más o menos variaciones. El hada Alcina de Ariosto, p. ej., es otro de los avatares de esta nueva Circe, y por supuesto, no podemos dejar de mencionar la rama germánica de la leyenda con Tannhäuser y el Venusberg, rejuvenecida posteriormente por Wagner.
*(133). El texto original dice «perritos boloñeses», por ser una raza de perros de compañía muy de moda en la época.
*(134). Alusión al caput mortuum de la alquimia.
*(135). Como dice ahora Gabalís, los filósofos de la escuela de Padua, que tanto influyeron en los libertinos materialistas franceses del s. XVII, negaron la inmortalidad del alma. Cf. nota 81.
*(136). En el texto original, el gnomo se llama Sabasius, para que de su nombre pudiera haberse derivado «sabbat», aquelarre.
*(137). Pipino el Breve, padre de Carlomagno y rey de los francos de 751 a 768.
*(138). A Carlomagno, rey de los francos (768-800) y emperador (800-814), le sucede su hijo Ludovico Pío, emperador del 814 al 840. La división del imperio entre sus hijos desde el 817 dará lugar a revueltas y guerras a las que pone fin por entonces el tratado de Verdun (843).
*(140). San Agobardo (779-840), nacido en España, arzobispo de Lyon desde 813, fue uno de los prelados que ilustraron el imperio carolingio. Fue un gran defensor de la Iglesia y consejero de los emperadores, viéndose complicado en las revueltas de los hijos de Ludovico Pío. Además de sus cartas y tratados teológicos, de disciplina eclesiástica y de liturgia, de política, etc., escribió otros textos para combatir abusos y supersticiones, entre ellos Contra insulsam vulgi opinionem de grandine et tonitrius, donde se recoge el caso. El extraño asunto de los navíos voladores es considerado por los ufólogos actuales como una de las pruebas históricas de los viajes de los extraterrestres a nuestro planeta: a cada cual sus silfos.
*(141) El relato en su final vuelve a subrayar la figura de Averroes (cf. nota 12), el gran comentador de Aristóteles para quien la ley divina obliga al hombre a estudiar racionalmente las cosas. La corriente averroísta perdura en Occidente hasta el s.XVII, con su doctrina de la doble verdad que separa la filosofía de la religión. Sus tesis –el mundo es eterno, así como la especie humana; el intelecto o alma es común- niegan la inmortalidad personal y el concepto cristiano de divina providencia, siendo la concepción de la moral puramente profana. Toda la línea de la filosofía natural parte de Aristóteles y Averroes, reuniendo a Cardano, parcialmente a Pico della Mirandola, Pomponazzi y la escuela de Padua, hasta llegar a los libertinos materialistas franceses del s. XVII.

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L.V.X.

Frater Kalihel

miércoles, 25 de febrero de 2009

Montfaucon de Villars EL CONDE DE GABALÍS O Conversaciones sobre las Ciencias Secretas CARTA A SU SEÑORIA


Su Señoría me ha parecido siempre tan lleno de fervor por sus amigos, que he creído que me perdonaría la libertad que me tomo a favor del mejor de los míos, al suplicarle se sirva tener hacia él la deferencia de leer su libro. No es que yo pretenda conseguir de Su Señoría alguno de los propósitos con que mi amigo el autor quizá cuente, porque los señores autores son propensos a forjarse esperanzas; le tengo incluso dicho que Su Señoría tiene en alta estima el no decir nunca lo que piensa, y que no debe esperar que se vaya a desprender Su Señoría de una cualidad tan escasa y tan nueva en la Corte, para decir que su libro es bueno encontrándolo malo. Pero lo que desearía de Su Señoría, cosa que le pido muy humildemente, es que tenga la bondad de dirimir una controversia que nos separa. No debía Su Señoría haber estudiado tanto, ni tenía que haberse convertido en un prodigio de la ciencia, si no quería estar expuesto a ser consultado antes que los doctores. Pero veamos la porfía que tengo con mi amigo.

Quise obligarlo a que cambiara completamente la forma de su obra. El tono grato que le ha dado no deja de parecerme poco apropiado para el asunto. «La cábala –le dije- es una ciencia poco grave, que muchos amigos míos estudian seriamente; había que refutarla del mismo modo». Como todos sus errores versan sobre cosas divinas, además de la dificultad que hay en hacer reír a un hombre de bien sobre cualquier materia, es muy peligroso bromear sobre ésta, y mucho es de temer que la devoción no parezca ser parte interesada. Hay que hacer hablar a un cabalista como si fuese un santo, y o bien interpreta muy mal su papel, o, si habla como tal, se impone a los de entendimiento crédulo por su aparente santidad, y sus visiones convencen más que lo que la chanza que se está haciendo de ellas las impugna.

Mi amigo contesta a esto, con esa presunción que tienen los autores cuando están defendiendo sus libros, que si la cábala es una ciencia seria, es porque la practican sólo los melancólicos; que primero quiso probar para este asunto el estilo dogmático, y se había encontrado a sí mismo tan ridículo por tratar estupideces con toda seriedad , que le había parecido más adecuado que la ridiculez recayese sobre el señor conde de Gabalís. La cábala, según dice, es una de esas quimeras a las que se da credibilidad cuando se las combate seriamente, y que sólo hay que proponerse destruir burlándose de ellas. Como conoce bastante bien el pensamiento de los Padres de la Iglesia, me alegó a Tertuliano en apoyo de lo que decía. Dígame Su Señoría, que lo conoce mejor que él y que yo, si lo citó en falso: Multa sunt risu digna revinci, ne gravitate adornentur. Me dijo que Tertuliano pronunció esta frase tan redonda contra los valentinianos, que eran una especie de cabalistas muy visionarios.

En cuanto a la devonción, que casi siempre está en danza en esta obra, dice que es necesariamente inevitable que un cabalista hable de Dios, pero que felizmente, sobre esta materia, es más inevitable aún, para conservar el carácter cabalístico, que no se hable de Dios más que con extremo respeto. De este modo, la religión no puede recibir ninguna afrenta, y los crédulos de entendimiento lo serán más que el señor de Gabalís, si se dejan embaucar por esa devoción extravagante, o si las burlas o las que ésta se ve sometida no rompen su hechizo.

Por todas estas razones y por otras que no añadiré, porque deseo que Su Señoría sea de la misma opinión que yo, mi amigo pretende haber tenido que escribir contra la cábala en guasa. Ruego a Su Señoría que se sirva pronunciarse. Yo mantengo que sería bueno proceder contra los cabalistas y contra todas las ciencias secretas con serios y vigorosos argumentos; él dice que la verdad es alegre por naturaleza, y que tiene más fuerza cuando ríe, porque un antiguo –que sin duda Su Señoría conoce- dice en algún lugar, del que Su Señoría no dejará de acordarse con tan hermosa memoria como Dios le ha dado, Convenit veritati ridere, quia laetans.

Añade además que las ciencias secretas son peligrosas si no se las trata del modo adecuado para que inspiren desprecio, para desvelar su ridículo misterio y para quitarle a la gente la idea de perder el tiempo buscándolas, al mostrar su quintaesencia y hacer ver su extravagancia. Estas son las razones que alegamos; que Su Señoría dictamine. Recibiré la decisión de Su Señoría con el respeto que Su Señoría sabe que acompaña siempre el ardor del que es


Su muy humilde y seguro servidor.


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Frater Kalihel

miércoles, 17 de diciembre de 2008

MANIFIESTO. KARL VON ECKARTSHAUSEN


Hijos de la Verdad, no hay más que una Orden, una Fraternidad, una asociación de hombres unidos para adquirir la iluminación. De este centro, los malentendidos han hecho surgir innumerables órdenes; todos vuelven de la multiplicidad de opiniones hacia una verdad única y hacia la verdadera asociación de aquellos que son capaces de recibir la luz de la Comunidad de los Elegidos.
Esta Comunidad de luz existe desde el primer día de la creación del mundo y su duración se extenderá hasta el último día de los tiempos. Ella es la sociedad de los elegidos que conocen la luz en las tinieblas y la separan en lo que ella tiene de propio.
Esta comunidad posee una Escuela, en la que aquellos que tienen sed de conocimiento son instruidos por el propio Espíritu de Sabiduría; todos los misterios de Dios y de la naturaleza se conservan allí para los niños de la luz. El perfecto conocimiento de Dios, la naturaleza y la humanidad son los objetivos de la instrucción de esta Escuela. Desde aquí penetra toda verdad en el mundo; era la escuela de los profetas y de todos los que buscan la Sabiduría; y sólo en esta comunidad se encuentra la verdad y la explicación de todos los misterios. Es la comunidad más escondida de todas y no obstante posee miembros venidos de muchas órdenes, tal es esta Escuela.
Este Santuario, compuesto de miembros dispersos, pero ligados por lazos de unión y de amor perfectos, se ha consagrado desde los tiempos más antiguos a la construcción del Gran Templo de la regeneración de la Humanidad, por el cual el Reino de Dios sería manifestado. Esta sociedad está en comunión mental con aquellos que son más capaces de alcanzar la luz, es decir, los Elegidos.
La Iglesia Interior nació justo después de la caída del hombre, y recibió de Dios inmediatamente la revelación de los medios por los cuales la especie humana caída será reintegrada en su dignidad y liberada de su miseria. Este Santuario recibió desde el principio la tarea de toda revelación y todo misterio así como la Clave de la verdadera ciencia, tanto divina como natural.
Pero cuando los hombres se multiplicaron, la ligereza y la debilidad del hombre necesitaron una sociedad externa que veló la sociedad interna y disimuló en la letra al espíritu y a la verdad. La masa del pueblo no era capaz de comprender esta verdad interior y hubiera sido un error confiar a esta gente incapaz lo más sagrado. Por eso, las verdades interiores fueron recubiertas por ceremonias externas y visibles, a fin de que los hombres, por la percepción de lo externo que es símbolo de lo interno, puedan acercarse progresivamente a las verdades espirituales internas.
Pero el depósito sagrado ha sido siempre confiado al hombre más capaz en cada época de recibir la iluminación y que se convirtió en el único guardián de la Verdad Original como Gran Padre del Santuario.
Esta comunidad interna de la luz es la reunión de todos aquellos que son capaces de recibir la luz y escogidos para recibirla; es conocida con el nombre de Comunión de los Santos. El depósito original de todo poder y de toda verdad le ha sido confiado siempre a ella sola; dice San Pablo que sólo ella está en posesión de la ciencia de los Santos. Por ella han sido formados los representantes de Dios en todas las eras, que pasan de lo interno a lo externo para comunicar el espíritu y la vida a la letra muerta.
Esta comunidad de la luz ha sido, a través de las eras, la verdadera escuela de la mente de Dios y como tal, es su Cátedra, su Doctor, posee un libro en el cual sus discípulos estudian las formas y los objetos y también un método según el cual estudian. Tiene también grados sucesivos de desenvolvimiento hasta los Grados superiores.
Esta escuela de sabiduría ha estado siempre oculta al mundo, porque es invisible y no puede estar sometida más que al Gobierno Divino. Nunca ha estado expuesta a los desgastes del tiempo y a la debilidad del hombre, porque sólo los .más capaces son elegidos para servirla y el espíritu que les escoge no puede padecer ninguna decepción.
Por esta escuela fueron desenvueltos los gérmenes de todas las ciencias sublimes que fueron recibidas al principio por las escuelas externas y después revestidas con otras formas en las cuales finalmente degeneraron a veces. Esta sociedad de sabios comunicó, según el tiempo y las circunstancias, a las comunidades externas sus jeroglíficos simbólicos, a fin de acercar al hombre de lo externo a las grandes verdades de lo interno.
Pero todas las sociedades externas subsisten en la medida en que esta sociedad interna les comunica su espíritu. Cuando alguna quiere ser independiente y transformar un templo de sabiduría en edificio político, la sociedad interna se retira, dejando tras ella nada más que letras muertas. Es así como las escuelas externas y secretas de sabiduría no eran nada más que velos jeroglíficos, quedando la verdad en el santuario a fin de no ser profanada.
En esta sociedad interna el hombre encuentra la sabiduría y con ella el Todo; no la sabiduría de este mundo, que no es más que un conocimiento científico girando alrededor de los externo sin alcanzar jamás el centro, sino la verdadera sabiduría y a los hombres que la obedecen.
Todas las disputas, controversias, todo lo que desenvuelve la falsa prudencia del mundo, las discusiones estériles, los gérmenes de opiniones inútiles que siembran la discordia, todos los errores, los cismas y sistemas son desterrados. Allí no se conoce la calumnia, ni el escándalo. Cada hombre es honrado. El espíritu satírico que busca diversión a costa de los demás es desconocido, Sólo reina el amor.
El monstruo de la calumnia jamás levanta su cabeza de serpiente entre los hijos de la sabiduría; la estima común reina exclusivamente; aquí no se observan las faltas del prójimo; aquí no se hacen amargos reproches a los defectos; caritativamente, el viajero es conducido por el camino de la verdad. Se busca persuadir y tocar el corazón de los que se equivocan, dejando el castigo a los Señores de la Luz.
La pobreza y la debilidad están protegidas; cada cual se regocija con cada progreso realizado y cada dignidad adquirida por el hombre.
Ninguno se ha elevado por encima de los demás gracias a la fortuna o el don de la suerte; aquél que se considera el más feliz es el que tiene la posibilidad de hacer el bien a sus hermanos; y todos estos hombres, unidos en el espíritu del amor a la verdad, constituyen la Iglesia Invisible, la sociedad del Reino Interior del que Dios es el único Jefe.
No obstante, no debemos imaginar que esta sociedad se parezca a una orden secreta, que se reúne en un tiempo concreto para escoger a sus jefes y a sus miembros, unidos por objetivos especiales. Todas las asociaciones, sean las que sean, no provienen sino de esta comunidad interna de sabiduría, que ignora todas las formalidades inherentes a los círculos externos constituidos por el hombre. En el reino de las fuerzas, todas las formas exteriores desaparecen.
Dios mismo es el Poder omnipresente. El mejor hombre de la época, el propio Jefe, no conoce a todos los miembros, pero en cuanto la voluntad de Dios es que se reúnan, éstos se encuentran infaliblemente en el mundo y están listos para trabajar en la realización de la tarea que les sea asignada.
Esta comunidad no tiene velos externos. Aquél que es elegido para actuar ante Dios es el Primero; se muestra a los demás sin presunción y es recibido por ellos sin envidia.
Si es necesario que algunos miembros verdaderos se encuentren, lo harán y se reconocerán con toda certeza. No se utiliza ningún disfraz, ni la hipocresía ni el simulacro pueden ocultar las características cualidades de esta sociedad, porque es auténtica. Toda ilusión ha desaparecido y las cosas aparecen en su forma real.
Ningún miembro puede escoger a otro, la elección debe ser unánime. Todos los hombres son llamados, los llamados pueden ser escogidos si son aptos para entrar en la comunidad.
Cada cual puede aspirar a entrar en ella, y todo hombre que forma parte de ella puede enseñar a los demás cómo buscarla y ser admitido; pero sólo quien haya logrado la suficiente madurez puede penetrar en el interior. Los hombres insuficientemente preparados suscitan el desorden en las comunidades y el desorden es incompatible con el Santuario. Este rechaza todo lo que no sea homogéneo. La inteligencia de este mundo busca en vano este Santuario, también son vanos los esfuerzos de la malevolencia, aunque haga lo imposible por penetrar estos grandes misterios; todo resulta indescifrable para quien no está listo, no puede ver ni leer nada de lo que se encuentra en el interior.
Aquél que ha llegado a la madurez se suma a la cadena quizá cuando menos lo espere y a un eslabón del que nada sospechaba. La búsqueda de esta madurez es la meta del esfuerzo de quien ama la sabiduría.
Pero hay métodos que permiten adquirir esta madurez, ya que la Santa Comunión es el depósito original de la más antigua ciencia del género humano, además de los primeros misterios de toda ciencia. Ella es la única y verdadera Comunidad de la Luz en posesión de la llave de todos los misterios y en conocimiento de la íntima verdad de la naturaleza y de la creación.
Es una sociedad que une a sus propios poderes los poderes superiores, y comprende a miembros de más de un mundo. Es una sociedad cuyos miembros forman una república teocrática que llegará a ser algún día la Madre Regente del Mundo Entero.

jueves, 11 de diciembre de 2008

Para leer y meditar a cerca de "La nube sobre el santuario" de nuestro Ven.'.Maes.'. Karl von Eckartshausen


El Señor
No conquista por las armas
Sino por el poder
Y la fuerza del espíritu.


“Si oculus tuus fuerit simplex totum corpum tuum lucidum erit” (Lc 11, 34).
El ojo interior del hombre es la razón, “potentia hominis intellectiva mens”.

Si este ojo interior es iluminado por la luz divina, él es, entonces, el verdadero sol interior por el que conocemos todos los objetos.

El ojo interior del hombre es la razón, “potentia hominis intellectiva mens”. Si este ojo interior es iluminado por la luz divina, él es, entonces, el Verdadero sol interior por el que conocemos todos los objetos.
En tanto que la luz divina no ilumina este ojo, nuestro interior vive en las tinieblas. La aurora de nuestro interior comienza cuando esta luz se levanta. Este sol del alma ilumina nuestro mundo intelectual, como el sol exterior ilumina el mundo exterior.
Así como, a la salida del sol exterior, los objetos del mundo sensible se nos vuelven poco a poco visibles; a la salida del sol espiritual o razonable llegan a nuestro conocimiento.
Así como la luz exterior nos ilumina por el camino de nuestra peregrinación, la luz interior nos ilumina por el camino de la salvación. Pero, así como el ojo exterior del hombre está expuesto a diferentes peligros, el ojo interior también lo está.
Este ojo interior debe conservarse sano, puro e inalterable: entonces puede elevarse, como el ojo exterior hacia el cielo; y, del mismo modo que el ojo exterior puede mirar el firmamento, las estrellas y el sol, también el ojo interior puede ver todo el cielo, a los ángeles y a Dios mismo. “Signatum est super nos lumen vultus tui” (Ps 4).
“Ostendam omne bonum tibi” (Ex VI, 33).
¡Qué gran destino tiene el hombre interior!
Su espíritu puede elevarse hasta los ángeles y las inteligencias supraangélicas, puede acercarse al trono de la divinidad y ver, en sí mismo, todas las magnificencias del mundo divino, espiritual y físico; “averte oculum tuum, ne videat vanitatem.”
Retira tu alma, tu ojo interior, de todo lo que no sea Dios, ciérralo a la noche del error y del prejuicio, y no lo abras más que al Sol del mundo espiritual.
Este Sol espiritual es Jesucristo. Pues, así como el sol exterior posee luz y calor, y lo vuelve todo visible y fructificante; este Sol interior lo hace todo susceptible de ser conocido en el espíritu y activo en el corazón; ya que la sabiduría y el amor son sus fuerzas, y la razón y la voluntad del hombre, sus órganos. Llena las fuerzas con la sabiduría y la voluntad con el amor.

DESARROLLO DE LAS FUERZAS HUMANAS

Cuantos más órganos tiene un cuerpo para la recepción, desarrollo y propagación de diversas influencias, más rica y perfecta es su existencia, pues hay más capacidad vital.
Hay algunas fuerzas que duermen en nosotros para las que no tenemos órganos y que, por consiguiente, no pueden actuar.
Estas fuerzas durmientes pueden ser despertadas, es decir, que podemos organizarnos de modo que estas fuerzas se vuelvan activas en nosotros.
Un órgano es una forma en la que actúa una fuerza. Las partes en que consta toda forma están orientadas de acuerdo a esta fuerza actuante.
Organizarse para la acción de una fuerza significa, simplemente, dar a las partes una forma o situación tal que la fuerza pueda actuar en ellas... Esto quiere decir estar organizado.
Ahora bien, del mismo modo que para un hombre sin ojos la luz no existe en realidad, mientras que los que tienen este órgano gozan de ella; así, muchos hombres no pueden gozar de lo que otros sí pueden. O sea, que un hombre puede estar organizado de tal modo que sienta, oiga, saboree y vea cosas que otro no puede sentir, oír, saborear ni ver, porque le falta este órgano.
En este caso, todas las explicaciones serían inútiles, pues uno mezclaría siempre las ideas recibidas a través de su órgano particular con las ideas del otro; sólo podría saborear y comprender algo en la medida que se pusiera en contacto con sus propias sensaciones.
Del mismo modo que recibimos todas nuestras ideas a través de los sentidos y que todas las operaciones de nuestra razón son abstracciones de impresiones sensibles, existen muchas cosas de las que no nos podemos hacer una idea, porque aún no conocemos su sensación. Sólo aquello para lo que tenemos un órgano se vuelve sensible para nosotros.

Por ello, parece quedar demostrado que los hombres organizados para el desarrollo de las fuerzas superiores, no pueden dar a los otros hombres ninguna idea, ni oscura, de la verdad superior.
Así pues, todos nuestros escritos y discusiones sirven de poco. Los hombres deben, primeramente, organizarse para la verdad.
Aunque escribiéramos para los ciegos folios enteros sobre la luz, estos no la verían mejor. Debe dárseles, en primer lugar, el órgano para saborear la verdad.
Ahora, la pregunta es: ¿En qué consiste el órgano de percepción de la verdad? ¿Qué es la capacidad de verdad en el hombre?
Respondo: Es la simplicidad del corazón. Pues la simplicidad sitúa al corazón en una posición adecuada para recibir con pureza el rayo de la razón; y éste organiza el corazón para recibir la Luz.


L.V.X.
M.L. Kalihel