jueves, 26 de febrero de 2009

INTRODUCCIÓN AL CONDE DE GABALÍS o Conversaciones sobre las Ciencias Secretas. Montfaucon de Villars.

El éxito de El Conde de Gabalís, o Conversaciones sobre la Ciencias Secretas fue fulminante. Publicado sin nombre de autor en 1670, tiene que ser reeditado ya en 1671. Todo el mundo habla de la obrita, que se pone de moda tanto en París como en la Corte; los ejemplares de la edición corren de mano en mano, para gran satisfacción del librero impresor, y como de inmediato se adivina quién se esconde tras el anonimato, se alaba, se envidia o se critica al abate Montfaucon de Villars.

Rodeada de un halo de misterio y de escándalo, esta obra es, bajo la amenidad y la ironía, un texto osado y polémico, que se enfrenta tanto al esoterismo como a la religión, a través de la crítica de la incredulidad humana.

El tema es francamente original: un narrador escéptico en cuestiones esotéricas conversa con el conde de Gabalís, cabalista ferviente, que retomando la tradición platónica, establece entre la divinidad y los humanos otros seres racionales, los espíritus elementales (así llamados por ser los pobladores de los cuatro elementos: Aire, Tierra, Fuego y Agua), hablándole de sus relaciones con los seres humanos y de su descendencia, y apoyando sus afirmaciones en numerosas “pruebas” extraídas de la Historia Sagrada, textos de la Antigüedad clásica y filósofos neoplatónicos. Sabremos así cómo invocar a Silfos, Gnomos, Salamandras y Ondinas, cómo el iniciado puede vivir sin tomar alimento, tan sólo llenándose el ombligo con una tierra cabalísticamente depurada; cómo se repobló la tierra tras el Diluvio, quiénes eran realmente los dioses de la Antigüedad; por qué los cabalistas deben abstenerse de toda relación sexual con mujeres; la verdad del episodio de las tentaciones de San Antonio; quien fue Zaratustra; el misterio de los oráculos, y tantas y tantas maravillas más.

Las conversaciones entre Gabalís y su incrédulo discípulo basan su comicidad en la distancia que separa la grandilocuencia del fervoroso conde, de la actitud irónica de su interlocutor, tan atónito como divertido por lo que oye. Los extraordinarios secretos que el cabalista desvela a su oyente provocan a menudo la risa de éste, como buscan provocar la del lector. ¿Podemos decir entonces que nos hallamos ante un texto de entretenimiento, que pretende divertir, a costa de los crédulos que prestan fe a las ciencias secretas?

Sin duda, ésta sería la primera percepción que podamos tener de la obra, y desde luego es una de las razones que explican el éxito inmediato que premió su publicación. Es amena y divertida; expone con humor las doctrinas esotéricas multiplicando las anécdotas curiosas, y mezcla con aparente lógica las cosas más dispares, para presentarnos el resultado más sorprendente, haciendo de historia, leyendas, religión, literatura, mitología y filosofía, los ingredientes que hierven juntos en la gran marmita de la palabrería del conde, que de vez en cuando saca una cucharada, dulce o salada, a voluntad. El ingenio se derrama a raudales; pero con ser importante, no es éste el único mérito de la obra, ni la de entretener la exclusiva finalidad.

Porque aún hay más: Gabalís predica a su tibio discípulo la necesaria unión carnal con los espíritus elementales, y este planteamiento es absolutamente atrevido en 1670, época de tantas tensiones religiosas. Repasemos sólo algunos hechos que nos ayuden a evitar el pecado de anacronismo: Luis XIV, que no admite que sus súbditos tengan un credo distinto al suyo, acaba de restringir severamente en 1669 las libertades que el edicto de Nantes otorgara a los protestantes, antes de perseguir a estos de forma cruenta (1679-1685) y de revocar finalmente dicho edicto en 1685, forzando a los protestantes a convertirse o emigrar. Del mismo modo, dentro del catolicismo los jansenistas son considerados como un peligro para la unidad del estado, por lo que su situación se va agravando cada vez más, sobre todo desde la condena de la bula Ad sacram de 1656: se cierran sus escuelas, se expulsa a las novicias y pensionistas de sus conventos (1661), se fuerza a los religiosos a suscribir el formulario papal, a lo que se niegan, quedando puestos en entredicho (1665-1669). Resulta evidente que no se trata de una época precisamente tolerante en cuestiones de doctrina. Hay cosas con las que no se juega: si Molière no salió peor parado de los ataques del clan devoto (recordemos que Le Tartuffe fue prohibido en 1664), fue gracias a la protección del rey.

Gabalís, sin embargo, declara no dignarse informarse “de aquello en lo que consisten las distintas sectas y las diversas religiones de las que los ignorantes se enorgullecen”, poniendo despectivamente en el mismo plano todos los credos. Y recordemos que, de manera insistente, invita a su discípulo a mantener relaciones placenteras con el mundo sobrenatural, a través de las cuales el hombre comunicaría su inmortalidad, y el espíritu purificaría la naturaleza humana. No hay riesgo, ni elementos trágicos, ni siquiera en relación con la predestinación (tema dramáticamente candente en la época); todo es para bien de todos, y no hay por qué preocuparse. Nos encontramos en las antípodas de la literatura demonógrafa…

Esta risueña concepción de las relaciones del hombre con lo sobrenatural será la que triunfe en Francia durante el siglo siguiente, más preocupado por ser feliz en este mundo que por la salvación eterna*(1). Pero para poder juzgar más acertadamente la modernidad del Conde de Gabalís, tendremos que asomarnos a la historia de la brujería, pues no podemos olvidar que en el s. XVII, los poderes públicos franceses aún condenan a muerte a los brujos.

Ciertamente, ha finalizado ya el gran período de la caza de brujas en Occidente, que abarca la segunda mitad del s. XVI y la primera del XVII. Recordemos un caso en Francia de todos conocido: el de las monjas posesas del convento de Loudun, que tuvo lugar en los años treinta de aquel siglo. En el proceso intervinieron hasta el Consejo del estado, Richelieu y el propio Luis XIII, que decidieron atajar la acción diabólica lo más enérgicamente posible, condenando a la hoguera al sacerdote Urbain Grandier, considerado culpable de haber firmado un pacto con el demonio*(2) y de haber hechizado a las monjas del convento, permitiendo la posesión diabólica. Este caso es celebérrimo, pero no es excepcional; en Francia eran frecuentes los casos de hechicería y posesión.

Paulatinamente, sin embargo, las cosas iban cambiando. Los escritos de teólogos y juristas muestran la oposición entre la postura convencida de la realidad del pacto y la brujería, y la escéptica. La propia Iglesia había dado ejemplo de cautela, recomendando a jueces e inquisidores la prudencia y la caridad (Instrucción de la Cámara Apostólica, 1657)*(3). Y en Francia, el poder civil también se iba dejando ganar por un racionalismo que debilitaba la creencia en los poderes de las brujas y en la realidad del pacto con el demonio. Si se mantiene la pena de muerte contra el convicto de brujería, se debe a su intención sacrílega e impía, y no a sus presuntos poderes dañinos, como se plasma en un edicto real de 1682. Pero esto no se logró sin polémicas ni debates sin fin, sin sentencias judiciales contradictorias, que dan testimonio del paulatino cambio de actitud. De los distintos tribunales del reino de Francia, el más liberal era el Parlamento de París, que condenaba a muerte a los brujos sólo si habían cometido crímenes, y no por el hecho en sí de practicar la brujería. Así, en 1688 ese Parlamento conmutó tres sentencias capitales por probada brujería, en pena de galeras. El gigantesco escándalo del “asunto de los venenos”, que dura de 1670 a 1681, y llega a implicar a destacados personajes de la corte, dicta 34 sentencias de muerte, entre ellas la de la Voisin, por envenenamiento y brujería. Y todavía mueren brujos en la hoguera en 1684, 1685, 1691, 1715 y 1718.

Para la mayoría, el diablo es el Enemigo, y su poder, su posibilidad de actuar y manifestarse no se ponen en duda. Es bajo este prisma como tenemos que valorar en la obra el miedo del narrador, que teme que Gabalís pueda ser un brujo que le está tentando con la belleza de las sílfides para hacerle presa del demonio. Un puñado de incrédulos, sin embargo, se empeña en demostrar que no hay que recurrir a una explicación sobrenatural ante un hecho que parece salirse de lo ordinario, negando también la posibilidad del milagro. Estos racionalistas son los que en siglo XVII reciben el apelativo de “libertinos”, los que –en su reivindicación de la libertad de pensamiento en una época en que ésta estaba prohibida-, se alejan de las doctrinas comúnmente aceptadas, con su replanteamiento crítico acerca de la verdad y el conocimiento, con su rechazo de los límites asignados a la razón frente a los dogmas religiosos.

Entre los que se oponen a las creencias imperantes, están los que, sin negar la existencia de Dios, no adoran al Dios de la Biblia, sino al Dios de los filósofos de la Antigüedad. Siguen las huellas de Cicerón (De natura deorum), de Juliano el Apóstata, de Porfirio, de Jámblico o Celso (que tanta presencia tienen en El conde de Gabalís). Como los neoplatónicos que defendieron el paganismo frente al cristianismo, los pensadores libertinos atacan la fe de la Iglesia en defensa de la antigua concepción del Ser Supremo: no pueden admitir que Dios se arrepienta de su creación por la ingratitud de sus criaturas, tal como cuenta el Génesis, ni que las maldiga, y consideran incompatibles la caída humana y la Redención con la sabiduría divina. No es en la Revelación, sino en la naturaleza donde descubren a Dios, en la regularidad del movimiento de los astros, en el finalismo que la anatomía les demuestra, en la razón, que lleva impresa la idea innata de Dios. El deísmo filosófico es la tendencia libertina más seguida, y en esta línea se inscriben el abate de Chaulieu, Fontenelle, y tantos otros en Francia, y más aún en Inglaterra.

El materialismo caracteriza a otra parte de los libertinos franceses del s. XVII, como Théophile de Viau, Cyrano de Bergerac o el autor del Theophrastus redivivus (1659), para quienes la Naturaleza es todo, el mundo es eterno, el hombre es un animal como los demás y la espiritualidad y la inmortalidad del alma son pura falsedad. Se apoyan principalmente en las doctrinas de la escuela de Padua renacentista –las de Pompnazzi o Vanini, que Gabalís menciona no por casualidad- y en Giordano Bruno, muerto tan trágicamente en 1600. el P. Mersenne (1588-1648) publicó en 1624 su Impiété des déistes, ates et libertins de ce temps, en donde refutaba con tanta amplitud la filosofía de Bruno, que su tratado ayudó a difundir en Francia la doctrina que combatía: el mundo es infinito, y como dos realidades distintas no pueden coexistir, Dios y el mundo no son substancias distintas, sino dos expresiones de la misma realidad infinita. A partir de las distintas doctrinas, el libertinaje materialista se desarrolla en Francia, con la necesaria cautela a la que las circunstancias obligan.

Como vemos, cuando se publica la obra que nos ocupa está muy viva la polémica entre los partidarios y los detractores de la posibilidad de intervención material y visible de Satán en los asuntos humanos. ¡Cuántos tratados se escribieron sobre este tema, sobre la realidad del aquelarre, los vuelos de las brujas, las posesiones o la magia! Los racionalistas desde principios del XVII –afrontando a menudo peligros bien reales- por buscar la explicación natural a hechos en los que tradicionalmente se veía la mano de Dios, o la garra del Demonio. Había que liberar al mundo físico del tremendo peso de lo sobrenatural. Así, hombres como Naudé, Bierling o Christian Thomasius dan testimonio de su escepticismo sobre brujería y posesiones; Gassendi y Naudé disertan sobre los eclipses, lo que les da pie para negar el carácter sobrenatural de fenómenos que la tradición consideraba como prodigios, al igual que en los últimos años del siglo Bayle, Baltasar Bekker o Fontenelle se opusieron a la interpretación sobrenatural en sus polémicas obras sobre oráculos, brujería y cometas respectivamente.

La visión del mundo está cambiando a pasos de gigante. Las últimas décadas del siglo XVII suponen un período de mutación fundamental para la historia de nuestra civilización, que da intelectualmente a luz al mundo moderno a través de esa “crisis de la conciencia europea”, tan magistralmente analizada por Paul Hazard en su obra del mismo título. Spinoza, Locke, Leibniz, Bayle y muchos más replantean , como si fuesen nuevas, las preguntas eternas del hombre: la existencia y la naturaleza de Dios, el problema del ser y las apariencias, el bien y el mal, la libertad y la fatalidad, la formación del estado social y los derechos del soberano, etc. ¿Qué hay que creer? ¿Cómo hay que obrar? ¿Dónde está la verdad? Partidarios de la razón y partidarios de la religión se enfrentaban en un arriesgado debate del que era testigo febril toda la intelectualidad europea.

La razón –considerada ya desde Descartes en su aspecto moderno, como facultad crítica e instrumento de conocimiento cierto- se alza en numerosas obras en contra de los tres grandes principios en los que se sustentaba el criterio de verdad: la autoridad, la tradición y el asentimiento universal. Y negándose a limitar el campo de sus análisis, se atreve hasta con lo intocable por excelencia: las Sagradas Escrituras. Analizar los textos revelados como cualquier obra de la Antigüedad (con problemas de autoría, cronología, transmisión, interpretación, etc.) era una audacia incalculable, una auténtica blasfemia, al igual que atacar abiertamente la noción de milagro. Pero hay vías encubiertas que conducen al mismo punto: demostrando el carácter natural de presuntos prodigios, como brujería, oráculos y cometas; denunciando creencias supersticiosas, y llegando hasta las causas del error- el principio de autoridad, la costumbre o tradición, el asentimiento universal. Como éstos eran los tres pilares en los que la fe en los milagros se apoyaba, los racionalistas conseguían su propósito de manera indirecta. La táctica siempre era la misma: unir la superstición y la fe, demostrando lo que las une, y atacar a la primera so pretexto de defender la segunda, para socavarla impunemente.

Es en este combate entre la vieja visión geocéntrica y las nuevas corrientes científico-filosóficas del racionalismo y del empirismo donde tenemos que situar al Conde de Gabalís: bajo la defensa de la realidad de los seres elementales, la obra esconde el ataque a la acción de lo sobrenatural en el mundo. En nuestra obrita aparecen un buen puñado de temas polémicos en su época: la existencia o no de la brujería, la posibilidad del trato carnal con los demonios, la naturaleza del aquelarre, la realidad de los oráculos, la invocación a los espíritus, etc. etc. Y las explicaciones –que se apoyan muchas veces en el principio de autoridad, y hacen gala (o mofa) de una cierta erudición- son tan peregrinas, que se vuelven contra el propio principio en el que se sustentan. Lo que se nos insinúa podría resumirse así: si por lo que sea el venerable Mengano ha dicho esas cosas, que claramente son majaderías, habrá podido decir muchas más, así que, ¿por qué darle crédito ciegamente? En definitiva, ¿por qué creer algo, simplemente porque lo haya dicho él? Lo mismo ocurre cuando, para apoyar sus más inverosímiles afirmaciones, el cabalista se apoya en la tradición (por ejemplo, que los reyes de los godos nacieron de un oso y de una princesa sueca), mostrándonos que aquélla nos hace comulgar con ruedas de molino. Estaremos en el mismo caso si el asentimiento universal apoya algo que es manifiestamente falso, convirtiéndose en lo que el conde llama “obcecación popular”. Así que socavando los criterios de autoridad, tradición y asentimiento, Gabalís rechaza indignado la posibilidad de que el diablo pueda actuar entre los hombres, y defiende a lo largo de todas sus charlas con el discípulo, la naturaleza física de todos los presuntos prodigios de los que se trata –partiendo, por supuesto, del principio físico de la existencia de los seres elementales, clave de toda su explicación.

Y aquí llegamos a uno de los planteamientos más osados de Montfaucon de Villars. Si todo lo que se explicaba por intervención del demonio se puede explicar también por intervención de los silfos, tan coherentemente resulta una explicación como la otra. Pero ¿por qué va a ser una más cierta que otra? Como dice el conde, “aprended de los Filósofos a buscar siempre las causas naturales en todo acontecimiento extraordinario”, para concluir “de otro modo a menudo blasfemaríais sin daros cuenta, atribuyendo al diablo el honor de las obras más maravillosas de la Naturaleza”. En otras palabras, las verdades establecidas no son más que meras supersticiones si la razón no las acepta; en definitiva, la blasfemia consiste en que lo sobrenatural usurpe el puesto a lo natural.

Montfaucon de Villars hace que su personaje dé la mima valía, la misma autoridad, a autores paganos que a cristianos, a la mitología que a la Biblia. La Revelación queda así subrepticiamente relegada al rango de lo legendario; las Sagradas Escrituras son escrituras para el abate –como para su contemporáneo Spinoza y muchos otros-, obra humana, llena de contradicciones, errores y falsedades: sus autores –“testigos infieles” y hasta interesados, dice el conde- están bajo sospecha; su contenido es similar al de los oráculos paganos, siendo tan obscuro y confuso como el de ellos.

Los arcanos que desvela Gabalís buscan devolver la perdida pureza al ser humano, que recuperaría así su soberanía sobre los elementos. El objetivo, pues, es la regeneración humana. Pero ¿en dónde entra aquí la Redención de Cristo? Una lectura atenta de la obra, por debajo de los necesarios ataques a ateos y libertinos, nos aleja del plano sobrenatural: “el cabalista actúa únicamente por los principios de la naturaleza”; es ésta la que hay que descubrir –y no a Dios, ya que “el fuego universal…es el principio de todos los movimientos de la Naturaleza”, el origen del mundo y de la vida en todas sus manifestaciones; los teólogos “no saben lo que es física de la buena”; así que el conocimiento de la naturaleza “hará que os retractéis…de vuestras ideas erróneas”. Por eso dice el conde, hablando en nombre de los Sabios, “no dignamos informarnos de aquello en lo que consisten las distintas sectas y las diversas religiones de las que los ignorantes se enorgullecen”.

Su interlocutor, en cambio, parece comulgar con lo que Gabalís llama la visión frauliana: sospecha que el conde pueda ser un brujo, tiene miedo de que el cabalista le exija renunciar a la fe, ve en las relaciones con los espíritus (que nos remiten a los elementos, luego a la naturaleza) un crimen abominable, un pacto demoníaco; se asusta cuando ve a Gabalís mirar un papel hablando entre dientes; teme al fuego del infierno… Pertenece por lo tanto al bando de los que el conde tilda de “ignorantes y supersticiosos”, marcando siempre las distancias, hablando siempre de “vuestros doctores”, “vuestros jueces”. La superstición que condena Gabalís es además inicua, como lo prueban las sentencias judiciales de los casos que refiere: al tomar “partido por el diablo”, la ignorancia de los jueces se convierte en peligrosa, en un claro ataque al fanatismo religioso.

Una lectura atenta del texto nos dibuja así un movimiento de dualidad e inversión: aparentemente la conversación reúne al crédulo conde, apóstol de creencias esotéricas, y a su escéptico oyente, pero a fin de cuentas, el crédulo, el supersticioso, y el ignorante, resulta ser el oyente, y el conde –bajo el ropaje del seguidor de la demonología neoplatónica- se hace exponente de los postulados de los libertinos materialistas, a los que dice admirar. Sin duda son estos los Sabios a los que alude el conde cuando dice hablar en su nombre… En el texto encontramos los tres pilares de la estructura temática del pensamiento del libertinaje erúdito*(4): una actitud intelectual caracterizada por el sentimiento de superioridad con relación a la crédula multitud; una moral independiente de la cristiana, basada en la naturaleza, y una crítica antiteológica, que en la época conlleva la crítica a los fundamentos del poder. Nos encontramos así con un texto que consiste en un juego de astucia, en un prudente equívoco: bajo la aparente sumisión a lo establecido y la mofa del esoterísmo (que subraya la carta dedicatoria), aparece –larvato prodeo- la ruptura con la concepción teológica del hombre, del mundo y de Dios: el descreído abate de Villars es maestro en el arte de (no) decir.

Pero no fue por su ideología clandestina por lo que la obrita de Montfaucon de Villars se hizo un hueco en la historia de la literatura, sino como impulsora de lo imaginario, por su capacidad de evocación. Los personajes maravillosos que introdujo fascinaron a medio Europa. ¿Cómo explicar si no The Rape of the Lock (1712) de Alexander Pope, por ejemplo?*(5) Para entender hoy la importancia que tuvo El Conde de Gabalís, hay que pensar que no dejó de reeditarse durante cien años*(6), provocando, claro está, la publicación de apócrifos, continuaciones e imitaciones*(7). Su influencia sobre la literatura de ficción, y en la imaginación colectiva por lo tanto, fue enorme, poniendo de moda durante más de un siglo a los espíritus elementales. ¡Cuántos enamorados comparan a sus amadas con las bellísimas sílfides! Las revelaciones de Gabalís impregnan la vida cotidiana, y así no sólo en la literatura o en los escenarios*(8), sino en simples cartas privadas o en fiestas de disfraces nos encontramos a tantas Salamandras y a tantos Silfos, tantas alusiones a lo revelado por Montfaucon de Villars, que salta a la vista lo incontestable de su éxito. Mencionemos sólo algunos ejemplos literarios franceses del siglo XVIII: ¿un galán quiere seducir a una joven? Se hace pasar por espíritu elemental, y con el prestigio de éste, logra su propósito (abate Cointreau, L’Amant Salamandre, 1754); algo insólito ocurre (una muñeca cobra vida), y es que se trataba de una sílfide (Bibbiéna, La Poupée, 1747); una misteriosa mujer que acompaña siempre a un caballero español, aparecida tras una invocación demoníaca, pretende ser otro espíritu del aire (Cazotte, Le Diable amoureux, 1772); un ser invisible se hace oir en la alcoba de una dama, y también se trata de un espíritu elemental que busca su amor (Crébillon, Le Sylphe, 1730). Hasta el marqués de Sade nos describe una fiesta galante protagonizada por los espíritus de los cuatro elementos*(9).

Si las alusiones y referencias al Conde de Gabalís son constantes*(10), su influencia fundamental consistió esencialmente en dar forma a un tipo de literatura maravillosa o fantástica, por un lado, y por otro a un cierto modelo femenino, que se mantiene en nuestros días, pues si hoy seguimos calificando de sílfide a una mujer bella y esbelta, se lo debemos a Montfaucon de Villars. En efecto, las salamandras y sílfides de las que nos habla el abate recrean un tipo de mujer al mismo tiempo inmaterial y sensualmente hechicero, que será el modelo que las artes plásticas, la literatura y la música del Romanticismo plasmen tan obsesivamente. ¿Quién no recuerda la Ondina de La Motte-Fouqué, La Sirenita de Andersen o el ballet de La Sílfide, con su etérea bailarina envuelta en muselina blanca?

Esta nueva imagen femenina representa, recordémoslo, un ser sobrenatural, superior al hombre, pero al que éste puede unirse por amor. Ciertamente este planteamiento pone en manifiesto la pérdida del miedo a lo Otro, la desaparición del terror a ser víctima de las asechanzas del demonio. Pero lo que el diablo pierde en el terreno de las creencias, lo gana en el plano de la creación estética. La literatura de imaginación lo incorpora a su galería de personajes en cuanto se deja de creer que nombrarlo es invocarlo, en cuanto de deja de ver en él al Enemigo por antonomasia, y se admira sin embargo las posibilidades que sus tradicionales poderes (y su sinvergüencería) dan al relato*(11). Montfaucon de Villars abre el campo literario fracés a la utilización puramente estética del diablo (pese a su ilustre contemporáneo Boileaum, que en su Art Poétique (1674) prohibía expresamente la utilización literaria de los misterios cristianos), camino que será profusamente seguido en el siglo siguiente primero por encantadores espíritus y por diablos irónicos y paradójicos, y después por los inquietantes, ambiguos y aterradores, en la línea de la novela gótica inglesa.

Gracias a nuestro abate, en los años siguientes la literatura francesa se va a enriquecer, en su espacios imaginarios, con seres demoníacos que leen en el corazón humano, con espíritus elementales de extraordinaria belleza que halagan a la vez la sensualidad y la vanidad de quien es por ellos visitado. Cómo no va a esponjarse la autoestima del personaje, al verse así solicitado para comunicar la inmortalidad a un ser sobrenatural, escapando al mismo tiempo de la vulgaridad de los amores humanos y con los secretos del mundo de lo oculto al alcance de la mano… Esto es lo que vendrá después, y gracias a Montfaucon de Villars. Él, por su parte, pinta un mundo donde lo demoníaco es placentero, donde no existe el terror, y en el que el hombre puede recrear con su imaginación lo natural y lo sobrenatural sin riesgo alguno. La visión del mundo del Conde de Gabalís es tan atrevida como encantadora, habla a la imaginación tanto como ataca lo establecido, divierte tanto como da que pensar.

No nos puede extrañar el eco de esta obrita, porque en definitiva, todos somos a la vez el cabalista y el interlocutor. Aunque como éste riamos o reflexionemos con las ocurrencias del buen conde, todos hemos soñado alguna vez con recrear un mundo a la medida de nuestros anhelos y de nuestra imaginación.
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*(1). Comparemos por un momento a Montfaucon de Villars con su contemporáneo Pascal: el contraste entre ambos no puede ser más radical. En sus escritos, Pascal manifiesta dramáticamente la conciencia de estarse jugando su salvación; su meta es la vida eterna. El autor del Conde de Gabalís, con su escepticismo sonriente, se burla con simpatía de toda elucubración que aleje de la tierra en que vivimos.
*(2). Este pacto se conserva en la Biblioteca Nacional de París, estando escrito en latín en escritura invertida, y rubricado por el demonio Asmodeus.
*(3). En contra de lo que comúnmente se cree, la conducta de la Inquisición española fue excepcional en su época: los procesos de brujería fueron muy pocos, y escasísimas las sentencias capitales en el s. XVII. Tras el proceso de Logroño de 1610, en el que varias supuestas brujas fueron condenadas a muerte, triunfó en el Santo Oficio el sensato criterio de que se trataba de casos de alucinación colectiva, y en adelante apenas si se registraron procesos de esta índole.
*(4). Cf. el esclarecedor estudio de Françoise Charles-Daubert, Les libertins érudits en France au XVIIe siècle, PUF, Philosophies, 1998.
*(5). En su carta dedicatoria a Mrs. Arabella Fervor, Pope dice basarse en la doctrina de los Rosacruces sobre los espíritus: “The Rosicrucians are people I must bring you acquainted with. The best account I know of them is in a French book called Le Comte de Gabalis, which both in its title and size is so like a novel, that many of the fair sex have read it for one by mistake. According to these gentlemen, the four elements are inhabited by spirits, which they call Sylphs, Gnomes, Nymphs, and Salamanders(…) For they say, any mortals may enjoy the most ultimate familiarities with these gentle spirits, upon a condition very easy to all true adepts, an inviolate preservation of Chastity”.
*(6). En Colonia en 1691 y 1693, en Amsterdam en 1700 y 1715, en La Haya en 1718, en Londres en 1742, etc.
*(7). Entre las obras que, mas que inspirarse, parten directamente del Conde de Gabalís, no podemos dejar de mencionar la novela del premio Nobel francés Anatole France, la Rôtisserie de la reine Pédauque (1893).
*(8). Por ejemplo, la ópera-ballet Le Comte de Gabalis (1714), con libreto de Beauchamps y música de Bourgeois.
*(9). “La Double Épreuve”, in: Les Crimes de l’Amour, año VIII (1800).
*(10). La antología presentada por Michel Delon, Sylphes et Sylphides (Desjonquères, 1999) constituye una buena muestra de lo que señalamos.
*(11). Señalemos de nuevo a España, que antes que Francia utiliza así la figura diabólica con El Diablo Cojuelo (1641) de Vélez de Guevara. Para Francia, véase Max Milner, Le Diable dans la littérature française, Corti, 1960, y Marianne Closson, L’Imaginaire démoniaque en France, Droz, 2000.

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L.V.X.

FRATER KALIHEL
MAGISTER LUCIS

Montfaucon de Villars. EL CONDE DE GABALÍS o Conversaciones sobre las Ciencias Secretas. PRIMERA CONVERSACIÓN sobre las Ciencias Secretas

Ante Dios se halle al alma del señor conde de Gabalís, pues me acaban de escribir que ha muerto de apoplejía. Los escrupulosos no dejarán de decir que este tipo de muerte es corriente entre los que guardan mal los secretos de los Sabios, y que después de que el bienaventurado Raimundo Lulio dictara tal sentencia en su testamento*(1), nunca un ángel ejecutor ha dejado de torcer con prontitud el pescuezo a todos los que han revelado indiscretamente los Arcanos Filosóficos.

Pero que no condenen a la ligera a un hombre tan prudente, sin antes estar informados de su conducta. Me descubrió todo, bien es cierto; pero lo hizo con todas las circunspecciones cabalísticas. Hay que rendir a su memoria este homenaje: era gran celador de la religión de sus padres los Filósofos, y se hubiese dejado quemar antes de profanar la santidad de tal doctrina confiándola a algún príncipe indigno, a algún ambicioso o a algún incontinente, que son tres clases de gentes excomulgadas desde siempre por los Sabios. Por fortuna no soy príncipe, no tengo mucha ambición, y ya se verá por lo que sigue que incluso tengo un poco más de castidad que la que una Sabio necesita. Le parecí de espíritu dócil, curioso y poco tímido; no me falta más que un poco de melancolía*(2) para hacer confesar a todos los que querrían condenar al señor conde de Gabalís por no haberme ocultado nada, que yo era un individuo bastante adecuado para las Ciencias Secretas. Es cierto que sin melancolía no se puede progresar mucho, pero la poca que tengo no le hizo rechazarme. “Tenéis –me dijo cien veces- a Saturno en un ángulo, en su Casa*(3), y retrógrado; no podéis dejar de ser un día tan melancólico como lo ha de ser un Sabio, pues el más sabio de todos los hombres*(4) (como lo sabemos por la Cábala)*(5) tenía, como vos, a Júpiter en el Ascendente, y sin embargo no se sabe que se riera ni una vez en toda su vida, tan fuerte era la impresión de su Saturno, y eso que era más débil que el vuestro”

Así que es con mi Saturno y no con el señor conde de Gabalís con quien tienen que meterse los escrupulosos al preferir yo divulgar sus secretos a ponerlos en práctica. Si los astros no cumplen con su deber, el conde no tiene la culpa; y si no tengo el alma lo bastante grande como para intentar llegar a ser amo de la Naturaleza, trastocar los Elementos, conversar con las Inteligencias Supremas, dar órdenes a los Demonios, engendrar gigantes, crear nuevos mundos, dirigirle la palabra a Dios en su temible tono y obligar al Querubín que guarda la entrada del paraíso terrenal a permitirme ir a dar alguna vuelta por sus senderos, será en todo caso a mí a quien haya que denigrar o compadecer, sin tener por ello que ofender la memoria de un hombre como hay pocos, ni decir que ha muerto por haberme enseñado todas esas cosas. ¿Es que es imposible, siendo como son los duelos cosa de todos los días, que haya sucumbido en algún combate contra un espíritu indómito? O tal vez al hablar con Dios en el trono ardiente no haya podido evitar mirar su rostro, y escrito está que no se puede verlo sin morir. Quizá haya muerto sólo aparentemente, tal como acostumbran a hacerlo los Filósofos, que fingen morir en un sitio para trasplantarse en otro. Sea como sea, no puedo creer que el modo en que me confió sus secretos mereciera castigo.

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Así es como sucedieron las cosas.

Como el sentido común me ha hecho siempre sospechar que hay mucho de vano en todo eso que llaman Ciencias Secretas, nunca he tenido la tentación de perder el tiempo hojeando los libros que versan sobre tales materias; pero como tampoco me parecía razonable condenar sin saber por qué a todos sus seguidores, que a menudo son personas sensatas, cultas la mayoría, y que destacan tanto en la magistratura como en la Iglesia, se me ocurrió (para evitar sen injusto, y para no cansarme con una lección farragosa), aparentar ser un entusiasta de todas esas Ciencias con aquellos de los que pude enterarme que les eran adictos.

Para empezar, tuve más éxito del que había imaginado. Como todos esos caballeros, por más misteriosos y reservados que presuman ser, se mueren por mostrar su inventiva y los nuevos descubrimientos que pretenden haber hecho en la Naturaleza, en pocos días me convertí en confidente de los más destacados de todos ellos; siempre tenía a alguno en mi gabinete, que a propósito había yo provisto de sus autores más fantasiosos.

No había sabio extranjero de paso de cuya presencia yo no me enterara. En dos palabras, salvo por lo que a la ciencia se refiere, me convertí en un gran personaje. Tenía por compañeros a príncipes, a grandes señores, a magistrados, a bellas damas –también a feas-, a doctores*(6), a prelados, a frailes, a monjas, en fin, a gente de todas clases. Unos soñaban con los ángeles, otros con el diablo, otros con sus genios, otros con los incubos, otros con la curación de todo mal, otros con los astros, otros con los secretos de la Divinidad, y casi todos con la Piedra Filosofal.

Estaban todos de acuerdo con que tan importantes secretos, y sobre todo la Piedra Filosofal, son de difícil acceso, y que pocos individuos los poseen; pero personalmente todos tenían una opinión de ellos mismos lo bastante buena como para considerarse del número de los elegidos. Por fortuna, por entonces los más importantes estaban esperando con impaciencia la llegada del alemán*(7), gran señor y gran cabalista, cuyas tierras están por las fronteras con Polonia. Por carta había prometido a los Hijos de los Filósofos que están en París, que iría a visitarlos, al pasar por Francia de camino hacia Inglaterra. Recibí el encargo de contestar a la carta de ese gran hombre, y le envié la figura celeste de mi nacimiento*(8) para que juzgara si podía yo aspirar a la suprema sabiduría. Mi figura y mi carta fueron lo bastante halagüeñas como para hacer que me concediera el honor de contestarme que sería yo uno de los primeros a los que él visitase en París, y que si el cielo no se oponía, no sería por su causa por lo que yo no entrara a formar parte de la sociedad de los Sabios.

Para alimentar tal fortuna, mantuve con el ilustre alemán una correspondencia regular. Le planteaba yo de vez en cuando grandes dudas, tan razonadas como me era posible, sobre los números de Pitágoras*(9), las visiones de San Juan y el primer capítulo del Génesis*(10). La grandeza de tales materias le entusiasmaba; me escribía unas maravillas inauditas, y pude darme cuenta de que estaba tratando con un hombre de muy vigorosa y muy extensa imaginación. Tengo sesenta u ochenta cartas suyas, de estilo tan extraordinario, que no podía ponerme a leer otra cosa en cuanto me quedaba solo en mi gabinete.

Estaba admirando un día una de las más sublimes, cuando vi entrar a un hombre de muy buena apariencia que, saludándome con gravedad, me dijo en lengua francesa con acento extranjero:

-“Adorad, hijo mío, adorad al santísimo y altísimo Dios de los Sabios, y nunca os enorgullezcáis de que os envíe a uno de los Hijos de la Sabiduría para que os asocie a su Compañía y para haceros partícipe de las maravillas de su Gran Poder”.

La novedad del saludo me asombró, y por vez primera se me pasó por la cabeza que pudieran darse las apariciones; sin embargo, tranquilizándome como pude, y mirándolo lo más cortésmente que el poquillo de miedo que tenía me lo permitía, le contesté:

-“Quienquiera que seáis, vos cuyo saludo no es de este mundo, me honráis sobremanera viniendo a visitarme; pero tened a bien, os lo ruego, que antes de adorar al Dios de los Sabios, sepa yo de qué Sabios y de qué Dios me habláis; así que si os parece oportuno, sentaos en este sofá y tomaos la molestia de decirme quién es ese Dios, quiénes esos Sabios, esa compañía, esas maravillas del gran poder, y antes o después de todo esto, a qué clase de criatura tengo el honor de hablar.

-Me recibís muy prudentemente, señor mío –repuso él riendo, y tomando asiento en el sofá que yo le presentaba-, y empezáis por pedirme que os explique cosas de las que no hablaré hoy, con vuestro permiso. El saludo que os he hecho son las palabras que los Sabios pronuncian al encontrar a aquellos a quienes han resuelto abrir su corazón y descubrir sus arcanos. He creído que siendo tan docto como me habéis parecido en vuestras cartas, este saludo no os sería desconocido, y que era la cortesía más considerada que pudiera haceros el conde de Gabalís.

-¡Ay, señor mío! –exclamé, acordándome de que tenía que representar un papel de importancia- ¿Cómo me haré digno de tantas bondades? ¿Será posible que el más sobresaliente de todos los hombres esté en mi gabinete, y que el gran Gabalís me honre con su visita?

-No, no , nada de fantasma –le dije-, pero os confieso, caballero, que al acordarme de pronto de que cuenta Cardano*(11) que su padre recibió un día mientras estudiaba la visita de siete desconocidos, vestidos de distintos colores, que le contaron cosas bastante extrañas de su naturaleza y su función…

-Ya veo –me interrumpió el conde-, eran Silfos, de los que os hablaré un día. Son una especie de substancias aéreas, que vienen a veces a consultar a los Sabios sobre los libros de Averroes*(12) que demasiado bien entienden. Cardano es un inconsciente por haber publicado eso en sus sutilezas; había encontrado estos hechos en los papeles de su padre, que era uno de los nuestros, y que, al ver que su hijo era un charlatán indiscreto por naturaleza, no quiso enseñarle nada grande, y le dejó entretenerse con la astrología ordinaria*(13), con la que ni siquiera supo prever que su propio hijo sería ahorcado*(14). Ese bribón es la causa de que me hayáis insultado tomándome por un Silfo.

-¿Insultado? –intervine- Que, señor mío, ¿seré tan desdichado como para…?

-No me ofendo por ello –me interrumpió-; no estáis obligado a saber que todos esos espíritus elementales son nuestros discípulos, que nada les hace tan felices como el que queramos rebajarnos a instruirlos, y que el menor de nuestros Sabios es más docto y más poderoso que todos esos caballeretes. Pero ya hablaremos de todo esto en otra ocasión; hoy me basta con haber tenido la satisfacción de veros. Intentad, hijo mío, haceros digno de recibir las luces cabalísticas; la hora de vuestra regeneración ha llegado, y sólo depende de vos que lleguéis a ser una criatura nueva. Rogad ardientemente a Aquél que tiene el poder de crear nuevos corazones, que os dé uno que sea capaz de las grandes cosas que he de enseñaros, y que me inspire no callar nada de nuestros misterios”.

Se levantó entonces, y abrazándome, sin darme la oportunidad de contestarle, añadió:

-“Adios, hijo mío; tengo que ver a los compañeros que tenemos en París. Ya tendréis noticias mías más adelante. Mientras tanto, velad, orad, esperad y callad”.

Tras decir esto, salió de mi gabinete. Me quejé de su corta visita mientras lo acompañaba, y de que tuviera la crueldad de abandonarme tan pronto, después de haberme hecho entrever una chispa de sus luces. Pero tras asegurarme con mucha amabilidad que no perdería nada con esperar, se subió a su carroza, dejándome con más asombro del que puedo esperar. No podía creer lo que había visto u oído. “Estoy seguro –me dije- de que este hombre es de condición noble, que tiene cincuenta mil libras de rentas por patrimonio, y además parece un cumplido caballero. ¿Se puede haber encaprichado de todas esas locuras? Ha hablado de los Silfos con un poco de respeto. ¿Y si fuese brujo, y yo estuviera en un error creyendo que ya no hay? Pero por otra parte, de haber brujos, ¿serían tan devotos como éste parece serlo?”

No entendía nada de nada, pero llegué a la conclusión de que quería ver como terminaba aquello, aunque era previsible que habría que aguantar varios sermones, y que el demonio que agitaba a mi hombre era altamente moral y predicador.

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*(1). El mallorquín Raimundo Lulio (Ramón Llull, 1232-1316), filósofo, poeta y teólogo, habría sido además, según una vivaz leyenda, alquimista, atribuyéndosele obras ocultistas como Liber de secretis naturae, y el testamento al que se refiere el narrado.
*(2). La melancolía es etimológicamente el humor negro, la atrabilis, según la fisiología clásica. Caracterizaba a los nacidos bajo la influencia de Saturno, de temperamento taciturno e inclinados por naturaleza a la especulación y la contemplación, por ende a las ciencias secretas.
*(3). En astrología, la parte del cielo recorrida aparentemente por el Sol y los planetas se divide en doce partes iguales o casas que corresponden a los signos del zodíaco.
*(4). Aunque la tradición se refiere siempre así al rey Salomón, para el conde de Gabalís –como lo explicará más adelante- se trata de Paracelso.
*(5). Conjunto de doctrinas teosóficas basadas en los textos sagrados del judaísmo, que a través de un método esotérico de interpretación y transmitidas por vía de iniciación, pretende revelar a los iniciados doctrinas ocultas acerca de Dios y del mundo. La Cábala (tradición, en hebreo) enseña que el hombre debe trabajar con Dios para lograr restaurar en el mundo la armonía perdida, y muestra la vía de cooperación con Dios, el camino eficaz. Se subraya así el poder humano, su responsabilidad cósmica, su función teúrgica. Los cabalistas creen poder ejercer una influencia real sobre lo creado, incluso sobre las entidades superiores (sefirot), como lo pone de manifiesto burlonamente el narrador en el siguiente párrafo.
*(6). Recordemos que los doctores de la época lo son el Teología. La cábala cristiana se desarrolló en buena parte de los países europeos desde finales del s.XV gracias a los judíos conversos, interesando a lo largo del tiempo a personajes de la talla de Pico della Mirandola, los platónicos de Cambridge, Leibniz, Milton, William Blake, Goethe, Schelling, etc., por lo que no ha de sorprendernos aquí la enumeración de los “compañeros” del narrador.
*(7). Es en Alemania donde nacen numerosas corrientes místicas y teosóficas, y es allí donde surge el movimiento de los Rosacruces, entre 1610 y 1620, que se basa en las tradiciones de alquimia, analogía y teosofía. La Confesión de la Fraternidad que acompaña la Fama Fraternitatis (Frankfurt, 1615) promete secretos maravillosos (salud, relación con espíritus…, y asegura que Dios devolverá a los hombres antes del Juicio final, la luz y el esplendor de Adán, perdidos tras la caída. No ha de extrañar, por tanto, el origen del conde de Gabalís, que podría ser un rosacruz: en las calles de París aparecieron en 1623 unos escritos donde los hermanos de la Rosa-Cruz prometían enseñar mil maravillas a los que lo merecieran.
*(8). Horóscopo, carta astral.
*(9). Las doctrinas pitagóricas buscan explicar el principio organizador del universo a través de una aritmosofía y una geometría simbólica: la ciencia de los sonidos, las proporciones, las formas y los números ideales es la que rige la acción demiúrgica.
*(10). Las especulaciones cosmológicas de la Cábala se basan en los textos apocalípticos, a lo que se suma la influencia del neopitagoricismo y del pensamiento neoplatónico.
*(11). Se trata de Gerolamo Cardano (1501-1576), médico, matemático, filósofo y astrólogo, cuya doctrina se apoya principalmente en el pensamiento de Aristóteles y Averroes. Observador racionalista de causas y efectos, estaba sin embargo convencido de la intervención de los espíritus. Fue hijo ilegítimo de Fazio Cardano, jurista de cultura enciclopédica. Como dice el P. Feijoo, “Cardano a su propio padre manchó con esta nota, diciendo que había tenido un espíritu asistente treinta y tres años, por cuyo medio comerciaba con otros espíritus, y refiere la disputa que en una ocasión tuvo con tres Demonios, que defendían la doctrina de Averroes. ¡Raras invenciones! (Teatro Crítico Universal, 1728, T. II, 5º Discurso, “Uso de la Mágica”, X, 48). Resulta llamativo que sea la referencia al averroísta Cardano la que oriente la conversación, al igual que en inicio de Viaje a la Luna (L’Autre Monde ou les États et Empires de la Lune, 1657) del libertino Cyrano de Bergerac, el narrador encuentra un libro de Cardano misteriosamente abierto por la página que cuenta la visita que le hicieron dos seres extraordinarios. De hecho, Cardano –su De Sapientia, p.ej.- influyó notablemente en el pensamiento libertino.
*(12). El presunto interés de los silfos por las obras de Averroes (Córdoba, 1126-Marrakech 1198) no se debe a la mera curiosidad intelectual: como el filósofo y médico hispanoárabe retoma la distinción aristotélica entre entendimiento pasivo y entendimiento agente, haciendo de este último una especie de mente universal de toda la humanidad, es decir, un espíritu único e inmortal del que surgen las almas individuales, la creencia de la inmortalidad de éstas en el más allá queda comprometida: las almas individuales serían mortales. Partiendo de la doctrina de Averroes, los espíritus elementales (Silfos, Andinos, Gnomos y Salamandras), cuya alma es mortal para Gabalís, estarían en igualdad de condiciones con los humanos, y no tendrían que aliarse con estos para lograr inmortalizarse, pues unos y otros participarían igualmente de una eternidad abstracta.
*(13). A lo largo de la historia, el interés propiamente teosófico de la cábala coincidió a menudo con la curiosidad hacia la magia, la astrología, la alquimia, etc.
*(14). Efectivamente, su hijo Gian Battista fue ejecutado por el asesinato de su mujer, pero sin duda el fracaso más sonado de la actividad de Cardano como astrólogo consistió en el horóscopo que compuso para el joven rey de Inglaterra Eduardo VI: afirmó temerariamente que moriría a la edad de 55 años, 3 meses y 17 días, pero el rey murió con 16 años. Se hizo su propio horóscopo, según el cual moriría antes de los 75 años, y se cuenta que, cuando se acercó a esta edad, se dejó morir voluntariamente de hambre para que su predicción se cumpliera.

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L.V.X.

FRATER KALIHEL
MAGISTER LUCIS

Montfaucon de Villars. EL CONDE DE GABALÍS o Conversaciones sobre las Ciencias Secretas. SEGUNDA CONVERSACIÓN sobre las Ciencias Secretas

El conde tuvo a bien dejarme toda la noche para que pudiera rezar, y al día siguiente, al despuntar el alba, me hizo saber por una carta que vendría a mi casa sobre las ocho, y que si me parecía bien, iríamos juntos a dar una vuelta. Lo esperé, llegó, y después de las cortesías recíprocas, me dijo:

-«Vayamos a algún sitio donde estemos libres, y donde nadie pueda interrumpir nuestra conversación.

-Ruel*(15) –le contesté- me parece bastante agradable y bastante solitario.

-Pues vamos allá -añadió».

Subimos a su carroza. Durante el camino fui observando a mi nuevo preceptor. No he visto nunca a nadie mostrar más contento en cualquier circunstancia. Tenía el alma más tranquila y más libre que lo que me parecía que pudiera tenerla un brujo: su aspecto no era el de un individuo al que la conciencia reprochase algo turbio, y yo estaba lleno de impaciencia por verle entrar en materia, sin poder entender cómo un hombre que me parecía tan razonable y cumplido en cualquier otra faceta, se había podido corromper la mente con las fantasías que, según había yo podido ver la víspera, le trastornaban el juicio. Me habló divinamente de política, y se mostró encantado al oír que yo había leído lo que Platón*(16) escribiera sobre tal materia.

-«Necesitaréis todo eso algún día –me dijo-, y algo más de lo que creéis. Y si hoy nos ponemos de acuerdo, no es imposible que con el tiempo pongáis en práctica tan sabias máximas».

Ya entrábamos en Ruel. Fuimos al parque, pero el conde no se detuvo en admirar la belleza del lugar y se fue directo al laberinto*(17). Al ver que estábamos tan solos como podía desear, exclamó, alzando los ojos y los brazos al cielo:

-«Alabada sea la eterna Sabiduría, que me inspira no ocultaros nada de sus verdades inefables. ¡Qué feliz seréis, hijo mío, si Ella tiene la bondad de sembrar en vuestra alma las disposiciones que tan altos misterios exigen de vos! Vais a aprender a dominar toda la Naturaleza; únicamente Dios será vuestro Señor, y sólo los Sabios os igualarán. Las inteligencias supremas se glorificarán de obedecer vuestros deseos; los demonios no osarán estar allí donde os halléis; vuestra voz les hará temblar en el pozo del abismo, y todos los pueblos invisibles, que moran en los cuatro elementos, se considerarán felices de ser ministros de vuestros placeres. Os adoro, ¡o altísimo Dios! por haber coronado al hombre con tanta gloria, y por haberle establecido como soberano monarca de todas las obras nacidas de vuestras manos. ¿Participáis, hijo mío –añadió, volviéndose hacia mí- participáis de esta ambición heroica, que es el carácter auténtico de los Hijos de la Sabiduría? ¿Os atrevéis a servir únicamente a Dios, y a reinar sobre todo aquello que no es Dios? ¿Habéis alcanzado a comprender lo que es ser hombre? ¿No os duele ser esclavo, habiendo nacido para ser soberano? Y si vos tenéis tan nobles pensamientos (como la figura de vuestro nacimiento me lo asegura), considerad seriamente si tendréis el valor y la fuerza de renunciar a todo aquello que pueda ser un obstáculo para alcanzar la alta meta para la que habéis nacido».

Ahí calló, mirándome fijamente, como esperando una respuesta o intentando leer en mi corazón.

Si por el principio de su discurso me hice ilusiones de que íbamos a entrar pronto en materia, por el final del mismo perdí esa esperanza. La palabra renunciar me asustó, y no dudé ni un instante que no me fuera a proponer que renunciara al bautismo o al paraíso. Así que, sin haber cómo salir de aquel mal paso, le dije:

-«¿Renunciar, caballero? Qué, ¿hay que renunciar a algo?

-Por supuesto –me contestó-, hay que hacerlo, y hay que hacerlo tan necesariamente que hay que empezar por ello. No sé si os podréis determinar, pero sé muy bien que la Sabiduría no toma por morada un cuerpo sometido al pecado, como no entra en un alma corrompida por el error o la maldad. Nunca os admitirán los Sabios entre sus filas si no renunciáis desde este mismo momento a una cosa que no es compatible con la Sabiduría: es necesario –añadió muy bajito, acercándose a mi oído-, es necesario renunciar totalmente al comercio carnal con las mujeres».

Me eché a reir ante una propuesta tan extravagante, y exclamé:

-«Me habéis alarmado por bien poca cosa, caballero. Esperaba que me fuerais a proponer una renunciación inusitada; pero puesto que sólo estáis en contra de las mujeres, sabed que el asunto está resuelto desde hace tiempo: soy bastante casto, a Dios gracias. Pero al mismo tiempo, señor mío, como Salomón, siendo más sabio de lo que yo tal vez llegue a ser, a pesar de toda su sabiduría no pudo evitar el dejarse corromper, decidme, os lo ruego: ¿cuál es el expediente del que vuestras mercedes se sirven para prescindir del bello sexo? ¿Y que inconveniente habría en que en el Paraíso de los Filósofos cada Adán tuviese su Eva?

-Me habéis preguntado por grandes cosas –contestó, como consultando en su interior si debía contestar a mi pregunta-. Sin embargo, ya que veo que no os supondrá gran esfuerzo el alejaros de las mujeres, os diré una de las razones que han obligado a los Sabios a exigir tal condición a sus discípulos: a partir de ahora alcanzaréis a comprender en qué ignorancia viven lo que no forman parte de los nuestros.

Cuando pertenezcáis a las filas de los Hijos de los Filósofos, y vuestros ojos se hallen fortificados por el uso de la muy santa medicina*(18), descubriréis primero que los elementos están habitados por criaturas perfectísimas, de cuyo conocimiento y trato el pecado del desdichado Adán privó a su muy desgraciada posteridad. El inmenso espacio que se extiende entre la tierra y los cielos tiene pobladores mucho más nobles que los pájaros y los moscardones; esos mares tan vasto tienes otros huéspedes que delfines y ballenas; la profundidad de la tierra no está hecha únicamente para los topos, y el fuego, elemento más noble que los otros tres, no ha sido creado para permanecer inútil y vacío.
El aire está lleno de una incontable multitud de gentes de aspecto humano, algo ariscas en apariencia, pero dóciles en realidad; de gran inclinación hacia las ciencias sutiles, son obsequiosas con los Sabios, y enemigas de locos e ignorantes. Sus mujeres e hijas son de hermosura viril, tal como nos figuramos a las amazonas.

-¡Pero cómo! –exclamé- ¿Es que queréis decirme que esos diablillos están casados?

-Hijo mío, no os alteréis por tan poca cosa –me contestó-. Creed que todo lo que os digo es sólido y cierto; tan sólo se trata de los elementos de la antigua Cábala, y sólo de vos dependerá que lo confirméis con vuestros propios ojos. Pero recibid con ánimo dócil la luz que Dios os envía por mi mediación; olvidad todo lo que hayáis podido haber oído sobre estos asunto en las escuelas de ignorantes, o tendríais el disgusto, cuando hayáis convencido por experiencia, de tener que confesar que os habíais obstinado equivocadamente.
Escuchadme, pues, hasta el final, y sabed que los mares y los ríos están poblados como lo está el aire; los Sabios antiguos llamaron Ondinos, o Ninfas, a esta clase de gentes. Los varones no son muchos, y las mujeres numerosas*(19); su belleza es extrema, y las hijas de los hombres no tienen nada que les sea comparable.
La tierra está llena casi hasta su centro de Gnomos, seres de corta estatura, guardianes de tesoros, minerales y piedras preciosas. Son ingeniosos, amigos del hombre, y de fácil obediencia. Proveen a los Hijos de los Sabios de toda la plata que estos necesitan, y a cambio no piden por sus servicios más que el honor de poderles servir. Sus mujeres las Gnomas son bajitas, pero muy atractivas, y su forma de vestir es muy curiosa.
En cuanto a los Salamandras, ígneos habitantes de la región del fuego, prestan sus servicios a los Filósofos, pero no se dan prisa por buscar su compañía, y sus hijas y mujeres rara vez se dejan ver.

-Hacen muy bien –interrumpí-, y por mí, que no aparezcan.

-¿Por qué? –preguntó el conde.

-¿Que por qué? –contesté- Caballero, ¿a mí qué me va ni me viene el conversar con un bicho tan feo como la Salamandra, ya sea macho o hembra?

-Estáis en un error –me replicó-; esa es la idea que tienen los pintores y escultores ignorantes. Las mujeres de los Salamandras son hermosísimas, más bellas incluso que todas las demás, puesto que son de un elemento más puro. No os hablaba de eso, y sólo os hacía una somera descripción de estos pueblos porque ya los veréis a vuestras anchas, y fácilmente, si sentís tal curiosidad. Podréis admirar su forma de vestir y de vivir, sus costumbres, su educación y sus leyes. Quedaréis embelesado con su belleza espiritual, más aún que con la de sus cuerpos; pero no podréis evitar el compadecer a estos desdichados cuando os digan que sus almas son mortales, y que no pueden tener la esperanza de gozar eternamente del Ser supremo, al que conocen y adoran religiosamente. Os dirán que, al estar compuestos de las partes más puras del elemento donde moran, y al no existir en ellos elementos de cualidades opuestas, puesto que sólo están hechos de uno, no mueren hasta pasados varios siglos, pero ¿qué es el tiempo a costa de la eternidad? Tendrán que entrar para siempre en la nada. Esta idea les causa gran aflicción, y mucho nos cuesta consolarlos.

Nuestros Padres en Filosofía, hablando con Dios cara a cara, se lamentaron ante Él de la desgracia de estas gentes, y Dios, cuya misericordia es infinita, les reveló que no era imposible encontrar un remedio a su mal. Les inspiró que, de la misma manera en que el hombre, por la alianza contraída con Dios, ha sido hecho príncipe de la Divinidad, los Silfos, los Gnomos, las Ninfas y las Salamandras, por la alianza que pueden contraer con el hombre, pueden ser partícipes de la inmortalidad. De este modo, una Ninfa o una Sílfide se hace inmortal y capaz de la felicidad a la que aspiramos, cuando tiene la dicha de casarse con un Sabio, y un Gnomo o un Silfo deja de ser mortal en cuanto se casa con una de nuestras hijas.

De aquí nació el error de los primeros siglos, el de Tertuliano, de Justino el mártir, de Lactancia, Cipriano, Clemente de Alejandría, del filósofo cristiano Atenágoras*(20), y de todos los escritores de la época en general. Habían oído que los semihumanos elementales habían buscado el trato carnal con las mujeres, y de esto sacaron que la caída de los ángeles provenía del amor a las mujeres del que se habían dejado inflamar. Algunos Gnomos, deseando hacerse inmortales, habían querido ganarse los favores femeninos, y así traían piedras preciosas, de las que son guardianes naturales; y aquellos autores creyeron, apoyándose en el libro de Enoc*(21) mal entendido, que se trataba de las trampas que los ángeles enamorados tendían a la castidad de las mujeres*(22).

En un principio los hijos del cielo engendraron a los famosos gigantes, habiéndose hecho amar por las hijas de los hombres, y lo pésimos cabalistas Josefo*(23) y Filón*(24) (ignorantes como todos los judíos), y tras ellos todos los autores que he nombrado antes dijeron, al igual que Orígenes y Macrobio*(25), que se trataba de ángeles, y nunca supieron que era a los Silfos y demás pueblos de los elementos a los que se alude con el nombre de hijos de Elohim para diferenciarlos de los hijos de los hombres. Y aquello sobre lo que el prudente Agustín*(26) tuvo la modestia de no dictaminar, lo referente a las persecuciones de las que los llamados Faunos o Sátiros hacían objeto a los africanos de aquel tiempo, se explica de igual modo con lo que acabo de decir del deseo que tienen todos los habitantes de los elementos de aliarse con los humanos, como único medio de alcanzar la inmortalidad de la que carecen.

¡Ah! A nuestros Sabios no se les pasa por mientes el imputar al amor de las mujeres la caída de los primeros ángeles, como tampoco someten tanto al hombre al poder del demonio como para atribuir a éste todas las aventuras de Ninfas y Silfos de las que las obras de todos los historiadores están llenas. Nunca hubo nada criminal en todo esto. Sólo eran Silfos que pretendían llegar a ser inmortales. Sus inocentes persecuciones, lejos de escandalizar a los Filósofos, nos parecen tan justas que todos hemos resuelto, de común acuerdo, renunciar por completo a las mujeres, para consagrarnos únicamente a inmortalizar a Ninfas y Sílfides.

-¡Dios mío! –exclamé- ¡Hasta dónde llega la…!

-¡Sí, hijo mío –me interrumpió el conde-, admirad hasta dónde llega la Leticia filosófica! En vez de mujeres, cuyos pobres encantos se marchitan en pocos días, viéndose seguidos de horrendas arrugas, los Sabios tienen a su disposición a bellezas que jamás envejecen, y a las que tienen el honor de volver inmortales. Concebid el amor y la gratitud de esas amantes invisibles, y el ardor con que ansían agradar al caritativo Filósofo que se aplica en inmortalizarlas.

-¡Ay, caballero, renuncio! –exclamé de nuevo-.

-¡Sí, hijo mío! –prosiguió el conde sin dejarme tampoco acabar- ¡Renunciad a los inútiles e insípidos placeres que se pueden encontrar con las mujeres! La más hermosa es horrible ante la menor sílfide; nuestros sensatos abrazos jamás se ven seguidos de fastidio. ¡Ay, desdichados ignorantes, cuánto hay que compadeceros por no poder gozar las voluptuosidades filosóficas!

-¡Ay, desdichado conde de Gabalís! –interrumpí en un tono en el que se mezclaban la compasión y la cólera- ¿Me dejaréis por fin decir que renuncio a esa sabiduría insensata, que encuentro ridícula esa filosofía visionaria, que detesto esos abominables abrazos que os unen a fantasmas, y que tiemblo por vos, pues me temo que alguna de vuestras presuntas Sílfides se dé buena prisa en llevaros a los infiernos en medio de vuestros deleites, por miedo a que un caballero tan cumplido como vos se llegue a dar cuenta al fin de la locura de este quimérico afán, y haga penitencia por crimen tan grande?

-¡Huy, huy! –me contestó, dando tres pasos atrás y mirándome iracundo- ¡Ay de vos, espíritu indócil!»

Su gesto me asustó, lo confieso; pero todavía fue pero cuando vi que, alejándose de mí, se sacó del bolsillo un papel, que le lejos entreveía yo como bastante lleno de rasgos que no me era posible discernir. Lo leía con toda atención, se irritaba y hablaba en voz baja. Creí que estaba invocando a algunos espíritus para aniquilarme, y me arrepentí en parte de mi desconsiderado celo.

«Si escapo de esta aventura –me decía a mí mismo-, no habrá cabalista que me haga algo». Le estaba mirando como a un juez que me fuera a condenar a muerte, cuando ví que su cara se serenaba.

-«Os cuesta mucho –me dijo riéndose, mientras se acercaba de nuevo a mí-, os cuesta mucho dar coces contra el aguijón. Sois un vaso de elección*(27); el cielo os ha destinado a ser el mayor cabalista de vuestra época. Ésta es la figura de vuestro nacimiento, que no puede fallar; y si no es ahora y por mi mediación, será cuando le guste a vuestro Saturno retrógrado.

-¡Ah! Si tengo que convertirme en un Sabio –le dije-, sólo podrá ser por la mediación del gran Gabalís; pero hablando con franqueza, tengo miedo de que no os resulte fácil conseguir predisponerme a la galantería filosófica.

-¿Se deberá tal vez –preguntó el conde- a que seáis tan mal físico que no estéis convencido de la existencia de estos seres?

-No lo sé –contesté yo-; pero siempre me iba a parecer que se trataría de diablillos disfrazados.

-¿Y daréis siempre más crédito a vuestra nodriza –replicó él- que a la razón natural, que a Platón*(28), Pitágoras*(29), Celso*(30), Pselo*(31), Proclo*(32), Porfirio*(33), Jámblico*(34), Plotino*(35), Trimegisto*(36), Noleo*(37), Dorneo*(38), Fludd*(39), que al gran Felipe-Aureolo-Teofrasto-Bombasto Paracelso de Honeinhem*(40) y que a todos nuestros compañeros?

-A vos creería, señor mío –respondí- tanto y más que a todos esos personajes; pero mi querido caballero, ¿no os sería posible arreglar con vuestros compañeros que yo no tuviese la obligación de derretirme de ternura con las damiselas elementales?

-¡Qué le vamos a hacer! –contestó- Sin duda sois libre, y no se ama si no se quiere; pocos Sabios han podido defenderse de sus encantos, pero sin embargo ha habido quienes, por reservarse enteramente a cosas de mayor importancia (como lo sabréis con el tiempo), no han querido hacer tal honor a las Ninfas.

-Entonces yo seré de estos –le dije-, ya que además no podría decidirme a perder el tiempo con las ceremonias que he oído decir a un prelado que hay que hacer para poder tratar con esos genios.

-Ese prelado no sabía lo que decía –replicó el conde-, pues ya veréis un día que no son genios; pero por otra parte, ningún Sabio ha empleado nunca ceremonias ni supersticiones para tratar con los genios, ni tampoco con los pueblos de los que hablamos.
El cabalista actúa únicamente por los principios de la Naturaleza, y si alguna vez se encuentran en nuestros libros extrañas palabras, signos y alegorías, es sólo para esconder los principios físicos de ojos ignorantes. Admirad la simplicidad de la Naturaleza en todas sus obras más maravillosas; hay en su sencillez tal armonía y un concierto tan grande, tan justo y tan necesario, que hará que os retractéis, aún sin querer, de vuestras ideas erróneas. Lo que os voy a decir es lo que enseñamos a aquellos discípulos a los que no queremos dejar entrar del todo en el santuario de la Naturaleza, pero a los que tampoco queremos privar de toda relación con los pueblos elementales, por la compasión que sentimos hacia sus gentes.

Los Salamandras, como quizá hayáis comprendido ya, están formados con las partes más sutiles de la esfera del Fuego, conglomeradas y organizadas por la acción del fuego universal (del que algún día os hablaré), así llamado porque es el principio de todos los movimientos de la Naturaleza. De igual manera, los Silfos estás compuestos por los más puros átomos del Aire; las Ninfas por la materia más ingrávida del Agua; y los Gnomos, por las partes más sutiles de la Tierra. Había mucha proporción entre Adán y estas criaturas tan perfectas, ya que al estar compuesto de lo más puro que había en lo cuatro elementos, reunía las perfecciones de esos cuatro tipos de pueblos, y era así su rey natural. Pero en cuanto su pecado lo precipitó en los excrementos de los elementos (como ya veréis en alguna otra ocasión), se perdió la armonía, y ya no tuvo el proporción alguna, siendo impuro y grosero, con aquellas substancias tan puras y sutiles. ¿Cómo remediar este mal? ¿Cómo volver a afinar el laúd*(41), y a recobrar la perdida soberanía? ¡Ay, Naturaleza! ¿Por qué se te estudia tan poco? ¿No comprendéis, hijo mío, lo simple que es para la Naturaleza poder devolver al hombre los bienes que perdiera?

-Ay, caballero –le contesté-, soy muy ignorante en lo que a tales simplezas se refiere.

-Es sin embargo muy sencillo ser un sabio –prosiguió-. Si se quiere recobrar el imperio sobre los Salamandras, hay que purificar y exaltar el elemento del fuego que hay en nosotros, y hacer más agudo el tono de esa cuerda destemplada. Basta con concentrar el fuego del mundo por medio de los espejos cóncavos en una esfera de cristal: éste es el artificio que los Antiguos ocultaron religiosamente y que el divino Teofrasto*(42) descubriera. En ese globo se forma un polvo solar, que por sí mismo se purifica de la mezcla de los otros elementos, y que, preparado según arte, se vuelve en poco tiempo soberanamente apto para exaltar el fuego que hay en nosotros, y para volvernos, por así decir, de naturaleza ígnea. A partir de entonces los habitantes de la esfera del Fuego nos son inferiores, y, encantados de ver restablecida nuestra mutua armonía y de que nos hayamos vuelto a acercar a ellos, siente por nosotros la amistad que sienten por sus semejantes, todo el respeto que le deben a la imagen y al lugarteniente de su Creador, y tienen todos los cuidados que puede hacer nacer el deseo de obtener de nosotros la inmortalidad de la que carecen. Es cierto que, al se más sutiles que los de los otros elementos, viven muchísimo tiempo, y que por eso no tiene tanta prisa en exigir a los Sabios la inmortalidad. Podíais estar a gusto con alguien de este pueblo, hijo mío; si la aversión que me habéis mostrado os dura hasta el final, quizá no os llegue nunca a hablar de lo que tanto teméis.

No ocurriría lo mismo con Silfos, Gnomos y Ninfas. Como viven menos tiempo, nos necesitan antes, y por eso es mucho más fácil obtener su amistad. Basta con cerrar un vaso lleno de aire amalgamado con agua o con tierra y con dejarlo un mes al sol. Después hay que separar los elementos según arte, lo que resulta facilísimo, sobre todo el agua y la tierra. Es maravilloso comprobar cómo cada uno de estos elementos purificados es un auténtico imán que atrae Ninfas, Silfos o Gnomos. Casi sin tomar apenas nada cada día del correspondiente elemento durante varios meses, ya se ve llegar por los aires la república volante de los Silfos, acudir masivamente las Ninfas a la orilla, y los guardianes de los tesoros mostrar sus riquezas. De este modo, sin signos, ceremonias ni palabras bárbaras, nuestro poder sobre estos pueblos puede hacerse absoluto. No exigen al Sabio ningún culto, pues saben muy bien que es más noble que ellos. De esta manera, la venerable Naturaleza enseña a sus hijos a reparar los elementos por los elementos; así se restablece la armonía; así recobra el hombre su dominio natural y su poder total sobre los elementos, sin demonio ni arte ilícito de por medio. Así veis, hijo mío, que los Sabios son más inocentes de lo que creéis. Pero no me decís nada…

-Me llenáis de admiración, caballero –le dije-, y empiezo a temer que me hagáis convertirme en destilador*(43).

-¡Huy! ¡Guárdenos Dios, hijo mío! –exclamó- No es a semejantes niñerías a la que os destina la figura de vuestro nacimiento. Muy al contrario, os prohibo que os entretengáis con ello; ya os he dicho que los Sabios sólo enseñan esas cosas a los que quieren admitir en sus filas. Conseguiréis los mismos resultados, y otros infinitamente más gloriosos y agradables, por medio de procedimientos mucha más filosóficos. Sólo os he descrito estos modos para haceros ver la inocencia de esta filosofía y curaros de vuestro terrible pánico.

-A Dios gracias, caballero –le contesté-, ya no tengo tanto miedo como antes. Y aunque no me decida todavía a subscribir el amistoso compromiso que me proponéis con las Salamandras, no dejo de tener curiosidad por saber cómo habéis descubierto que las Ninfas o los Silfos mueren.

-Sencillamente –respondió-, porque nos lo dicen y porque los vemos morir.

-¿Y cómo podéis verlos morir –repliqué- si vuestro trato los vuelve inmortales?

-Sería como decís –me dijo-, si el número de los Sabios igualase al de estas gentes; por otra parte, entre ellos hay quienes prefieren morir a correr el riesgo, si se hacen inmortales, de ser tan desdichados como ven que lo son los demonios. Es el diablo quien le inspira esta idea, porque no hay nada que le quede por hacer para impedir que estas pobres criaturas lleguen a ser inmortales por nuestra alianza. De aquí que estime, y que debáis estimar, hijo mío, como una tentación muy perniciosa y como un sentimiento muy poco caritativo, esa aversión que tenéis.

Y además, por lo que se refiere a la muerte de la que me habláis, ¿quién obligó a decir al oráculo de Apolo que todos los que hablaban en los oráculos eran mortales como él mismo, tal como lo cuenta Porfirio?*(44) ¿Y qué creéis que quiso decir aquella voz que se oyó en toda la costa italiana y que tanto asustó a lo que estaban navegando: «el gran Pan ha muerto»?*(45) Eran los pobladores del aire, que avisaban a los habitantes de las aguas que el primero y el decano de entre los Silfos acababa de morir.

-Cuando se oyó esa voz –le dije-, creo recordar que el mundo adoraba a Pan y a las Ninfas. Entonces estos señores con los que predicáis que trate, ¿eran los falsos dioses de los paganos?

-Es verdad, hijo mío –me contestó. Los Sabios no creen que el demonio haba tenido nunca el poder de hacerse adorar. Es demasiado desdichado y demasiado débil para haber podido nunca tener tal placer y tal autoridad. Pero sí que pudo convencer a los habitantes de los elementos para que se mostraran a los hombres y se hicieran erigir templos; y por el mando natural que tiene cada uno de aquéllos sobre elemento en que mora, turbaban el aire y el mar, conmovían la tierra y lanzaban los fuegos celestes a su voluntad, de manera que no les resultaba nada difícil ser tomados por divinidades, durante el tiempo en que el Ser Supremo no se cuidó de la salvación de las naciones. Pero el diablo no ha recibido de su malicia todo el beneficio que esperaba, porque con esto sucedió que Pan, las Ninfas y la demás gente elemental encontraron el medio de cambiar la relación de culto en relación amorosa (porque recordaréis que para los Antiguos, Par era el rey de los dioses a los que llamaban dioses íncubos, que eran extremadamente mujeriegos)*(46), con los que muchos paganos escaparon del demonio, y no arderán en los infiernos.

-No os entiendo, caballero –le dije.

-No os entiendo, caballero –le dije.

-Claro que no me entendéis –prosiguió riéndose y en tono burlón-, esto os sobrepasa, como sobrepasaría también a todos vuestros doctores*(47), que no saben lo que es física de la buena, este es el gran Arcano de toda la parte de la filosofía que se refiere a los elementos, que sin duda va a eliminar en vos (a poca estima en que os tengáis) esa repugnancia tan poco filosófica de la que hoy me habéis dado pruebas. Sabed así, hijo mío (pero no vayáis a revelar tan gran Arcano a algún indigno ignorante), sabed que, al igual que los Silfos adquieren un alma inmortal por la alianza que contraen con los hombres que están predestinados, de esa misma manera los hombres que no tienen derecho a la gloria eterna, los desdichados cuya inmortalidad no es más que un funesto privilegio, aquéllos para quienes el Mesías no fuera enviado…

-¿Así que los señores cabalistas son además jansenistas?*(48) –le interrumpí.

-No sabemos que es eso, hijo mío –prosiguió bruscamente-, y no dignamos informarnos de aquello en que consisten las distintas sectas y las diversas religiones de las que los ignorantes se enorgullecen. Nos basta con la antigua religión de nuestros padres los Filósofos, en la que algún día habré de instruiros. Pero para volver a los que nos ocupa: esos hombres cuya triste inmortalidad no sería sino una desgracia eterna, esos hijos desdichados olvidados de su Padre Soberano tienen un último recurso, haciéndose mortales al aliarse con los pueblos elementales. Así que podéis ver que los Sabios no corren ningún riesgo en la eternidad; si están predestinados, tienen el placer de conducir al cielo, al abandonar la cárcel del cuerpo, a la Sílfide o la Ninfa que han inmortalizado; y si no están predestinados, la relación con la Sílfide vuelve su alma mortal, liberándolos de los horrores de la segunda muerte. Así el demonio vió escapársele todos los paganos que se aliaron con las Ninfas. Así los Sabios o los amigos de los Sabios, a quienes Dios nos inspira comunicarles alguno de los cuatro secretos elementales (que aproximadamente ya os he explicado), se libran del peligro de ser condenados.

-¡En verdad, caballero –exclamé (sin atreverme a ponerlo otra vez de mal humor, y por parecerme oportuno aplazar el confesarle mis opiniones, hasta que él no me hubiera descubierto todos los secretos de su cábala, que por la muestra veía yo que debían de ser muy curiosos y entretenidos)-, en verdad vais muy lejos en Sabiduría! ¡Que razón teníais al decir que esto sobrepasa a todos nuestros doctores! Incluso creo que esto sobrepasaría a todos nuestros magistrados, y que si pudieran descubrir quiénes son los que escapan al demonio por esta vía, como la ignorancia es inicua, tomarían partido por el diablo contra los fugitivos, y les harían un flaco servicio.

-Por eso mismo –repuso el conde- os he recomendado y os recomiendo santamente que guardéis el secreto. ¡Vuestros jueces son tan extraños! Condenan una acción totalmente inocente como si fuera el más negro de los crímenes. ¡Que barbarie, haber quemado a eso dos sacerdotes que dice haber conocido el príncipe de la Mirandola*(49), por haber tenido cada uno a su Sílfide durante más de cuarenta años! ¡Qué inhumanidad, haber dado muerte a Juana Hervillier*(50), que se había esforzado en inmortalizar a un Gnomo durante treinta y seis años! ¡Y qué ignorancia la de Bodin*(51) al tildarla de bruja, y por tomar su aventura como pretexto para dar crédito a las locuras populares sobre los presuntos brujos, en un libro tan impertinente como razonable es el de su República!
Peor ya es tarde, y no me daba cuenta de que aún no habéis comido.

-Sin duda lo decís por lo que a vos respecta, señor mío –le dije-, porque yo os podría seguir escuchando hasta mañana sin molesta alguna.

-¡Ah! ¡Por lo que a mí respecta! –contestó riéndose mientras se dirigía hacia la puerta- ¡Cómo se nota que no sabéis nada de lo que es la Filosofía! Los Sabios comen sólo por placer, y nunca por necesidad.

-Os equivocabais –dijo el conde-. ¿Cuánto creéis que pueden durar nuestros Sabios sin comer?

-¿Cómo lo podría saber? –le contesté- Moisés y Elías pasaron así cuarenta días, así que sin duda vuestros Sabios durarán un poco menos.

-Bonita proeza sería esa –me dijo-. El hombre más sabio que haya existido jamás, el divino, el casi adorable Paracelso asegura haber visto a muchos sabios pasar cerca de veinte años sin comer nada de nada. Y él mismo, antes de haber alcanzado la monarquía de la Sabiduría, de la que por justicia le hemos otorgado el cetro, quiso intentar vivir varios años tomando tan sólo un medio escrúpulo*(52) de quintaesencia solar. Y si queréis tener el placer de hacer vivir a alguien sin comer, sólo tenéis que preparar la tierra como ya os he explicado que se puede preparar para tratar con los Gnomos. Esa tierra, aplicada sobre el ombligo y renovada cuando está demasiado seca, hace que se pueda prescindir de comer y beber sin ningún esfuerzo, tal como el veraz Paracelso dice haber comprobado durante seis meses.

Pero el uso de la medicina universal cabalística nos libera aún mejor de todas las necesidades importunas a las que la naturaleza esclaviza a los ignorantes. Sólo comemos cuando nos place, y todo lo superfluo de los alimentos desaparece por medio de una transpiración insensible, con lo que nunca nos avergonzamos de ser hombres».

Guardó entonces silencio al ver que ya estábamos cerca de nuestros seguidores, y nos fuimos al pueblo a tomar una ligera colación, siguiendo la costumbre de los héroes de la Filosofía.


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*(15). Ruel (hoy Rueil, cercano a París, en los Hauts-de-Seine) se puso de moda en el siglo XVII tras la adquisición del castillo de Val de Ruel por Richelieu, el ministro de Luis XIII, en 1633, lo que atrajo allí a todas las personalidades de la época. Es el lugar en que se refugian Ana de Austria, el joven Luis XIV y Mazarino durante las revueltas de la Fronda, hasta la firma de la paz (Paz de Ruel) en 1649. El marco suntuoso del castillo, el hermosísimo parque que seguidamente menciona el texto, son lugares frecuentes del esparcimiento de los nobles parisinos. Rueil vuelve a ser el centro del poder cuando Napoleón Bonaparte se instala allí con Josefina, en el castillo de la Malmaison (1799). Cuando a finales del s.XIX el ferrocarril permita a los parisinos llegar hasta Rueil, sus riberas del Sena se convertirán en el lugar de solaz popular tantas veces pintado por los impresionistas.

*(16). No es casual la mención de Platón, punto de partida de toda reflexión cosmológica posterior basada en la analogía que rige el universo. Platón afirma en el Timeo que el mundo es un ser vivo dotado de alma e intelecto, y que es un Dios visible, imagen viviente del Dios ininteligible. El sabio ha de armonizar los movimientos de su alma y los del Cielo.

*(17). El laberinto, frecuente en los jardines de época, consiste en un complejo trazado de senderos entrecruzados bordeados por altos arbustos que forman muros vegetales compactos, lo que dificulta tanto el orientarse, como el ser visto, por lo que se trata de un lugar propicio para encuentros discretos. La determinación del conde señala la importancia del valor simbólico del laberinto como itinerario que permite alcanzar el centro –la Verdad- a través de un viaje iniciático, a la vez que hace perderse a lo que no son dignos de conocer lo oculto.

*(18). Así suele denominarse el oro potable, elixir de inmortalidad que se debía preparar con oro obtenido por transmutación gracias a la Piedra Filosofal. Pero recordemos que la alquimia quiere ante todo ser una “ciencia sagrada” que, basándose en las analogías cosmológicas, estudia la proyección del Alma del Mundo en la materia.

*(19). El pensamiento tradicional considera el principio acuoso como femenino, lo que explica el mayor número de ondinas.

*(20). Padres de la Iglesia de los siglos II y III. Recordemos que en este interesante periodo –en el que declina el racionalismo, rebrota el pitagoricismo y el hermetismo irrumpe junto con las tradiciones histéricas de las religiones orientales-, el platonicismo se convierte en una filosofía de salvación, con notables influencias tanto en los pensadores paganos como en los cristianos.

*(21). El libro de Enoc (Henoc, Enoch), el texto apocalíptico hebraico más antiguo (s. V a. C. ?), es un libro apócrifo del Antiguo Testamento, que la tradición atribuye al patriarca bíblico, padre de Matusalén (Génesis, 5:21-23). Monumento de la mística angelológica hebraica, su importancia en los primeros cristianos, como lo atestiguan las epístolas canónicas de Judas (14-16) y Pedro (2:4) y muchos otros escritos, entre ellos los de los autores que menciona el conde.

*(22). Tanto el libro de Enoc cono el Génesis (6:1-7) explican la perversidad creciente que va a dar motivo al diluvio universal por la unión entre los “hijos de Elohim” –de Dios, del cielo- y las “hijas de los hombres”, de la que nacieron los gigantes (nifilim) que menciona la Biblia. El libro de Enoc (y así mismo el judaísmo posterior y los Padres de la Iglesia) identifica a los “hijos del cielo” con los ángeles culpables.

*(23). Josefo (37-c. 101), historiador judío, liberto de Vespasiano, por lo que pasó a llamarse Flavio Josefo. Escribió en griego sus obras, incomparable aporte documental para la historia judía. Se remonta hasta la Creación.

*(24). Filón de Alejandría (c. 13 a C. –c 50 d. C.), filósofo judía de la diáspora griega, intentó demostrar la complementaridad de la Biblia y del pensamiento platónico. Dentro de la escala jerárquica de los seres creados, estableció toda una serie de seres intermediarios entre Dios y el hombre. Sus comentarios alegóricos del Génesis y de la ley de Moisés influyeron notablemente en la escuela cristiana de Alejandría (Clemente de Alejandría, Orígenes), y a través de ella en los Padres de la Iglesia.

*(25). Orígenes (c. 185-c. 252), Padre de la Iglesia, polémico teólogo y exegeta de la escuela de Alejandría, fue uno de los pensadores más importantes de la antigüedad cristiana, y tuvo gran influencia sobre la teología posterior. Gracias a Macrobio, escritor latino de finales del s. IV, se conocen extractos de muchas obras de la Antigüedad que no se han conservado: su influencia fue notable en la Edad Media. Ambos pensadores son de tendencia platónica.

*(26). Se trata, claro está, de San Agustín (354-430), natural de Tagasta y obispo de Hipona, en el norte de África, la actual Argelia, lo que explica la posterior alusión a “los africanos de aquel tiempo”. El pasaje en cuestión se encuentra en De Civitate Dei, V, 25.

*(27). Ser predestinado. La expresión se aplica tradicionalmente a la Virgen María, como madre de Jesús, y a San Pablo, por haber llevado el nombre de Cristo por toda la tierra.

*(28). Platón (c. 427-347 a. C.) fue, sobre todo para los alejandrinos, el pensamiento medieval y para la cábala, el gran cosmólogo monoteísta, el filósofo de la creación, el autor del Timeo. El platonismo enseñaba que el mundo visible está hecho siguiendo un modelo invisible (principio de analogía), que todo el universo está habitado (principio de plenitud), y que para relacionar cosas distintas es preciso que exista un vínculo intermediario (principio de la tríada). Así, entre Dios y los hombre median los demonios. El daimon griego podía ser bueno o malo; es en la Edad Media cuando se aplica el nombre de demonio a los ángeles caídos y se equipare demonios con diablos.

*(29). De Pitágoras (c. 570-c. 480 a. C.) o de sus discípulos, como Filolao, provienen muchas de las ideas que expone Platón en el Timeo sobre el comienzo del mundo y el demiurgo, la materia primera y los cuatro elementos, etc. La inmortalidad del alma, la mística de los números y la armonía de las esferas son nociones pitagóricas que la cábala hizo suyas.

*(30). Filósofo platónico de Alejandría que hacia 1789 escribe en defensa del paganismo su Discurso verdadero, del que conocemos pasajes por la refutación Contra Celso escrita por Orígenes hacia 248.

*(31). Pselo o Psellos (1018-1078), filósofo bizantino. Su pensamiento será el punto de partida de la corriente neoplatónica de la Italia renacentista.

*(32). Proclo (437-485) es el más destacado de los filósofos neoplatónicos de la escuela de Atenas.

*(33). Filósofo neoplatónico (233-305), discípulo de Plotino. Su influencia sobre san Agustín, Boecio y los platónicos medievales es considerable.

*(34). Discípulo de Porfirio (c 250-330), neoplatónico y pitagórico, Jámblico introduce en el neoplatonismo la noción de teurgia, los rituales inspirados por la divinidad para que los hombres puedan unirse a ella.

*(35). Filósofo alejandrino (c. 205-270), fundador de la escuela neoplatónica del s. III y el más destacado de los pensadores neoplatónicos. Su obra influyó notablemente en los Padres de la Iglesia.

*(36). Hermes Trimegisto (tres veces grande) es el dios griego Hermes, asimilado en la época helenística con Tot, dios lunar de los egipcios. La tradición hizo de él un antiquísimo rey de Egipto, autor de numerosos escritos esotéricos (Corpus hermeticum) relacionados con la magia, la astrología y la alquimia, donde la influencia platónica se mezcla a la bíblica. Su importancia fue considerable en el teosofismo neoplatónico: el elemento místico-religioso del neoplatonismo se halla representado principalmente por la mitología greco-romana, por los misterios del Egipto, por Orfeo y Trimegisto. Se convirtió en el padre del ocultismo occidental: la Edad Media cristiana lo consideró un profeta, y para el renacimiento fue, junto a Zaratustra, Platón y Moisés, uno de los cuatro pilares de la teosofía.

*(37). Henricus Nollius, alquimista autor de Naturae Sanctuarium (1619)

*(38). Gerardus Dorneus (Gerhart Dorn), médico y alquimista alemán del s. XVI, fervoroso entusiasta de Paracelso y seguidor de su medicina filosófica.

*(39). Robert Fludd (1574-1637), destacado teósofo, cabalista y médico seguidor de Paracelso, y defensor de los rosacruces (Tratactus apologeticus, 1617). Su concepción del cosmos motivó famosas controversias con científicos de la talla de Kepler, Mersenne y Gassendi.

*(40). (Sic, por Hohenheim). Paracelso (1493-1541), famosísimo médico, filósofo y alquimista, basa su sistema médico en las analogías que rigen el cosmos, buscando las correspondencias entre el mundo exterior (macrocosmos) y el ser humano (microcosmos), siguiendo la tradición hermética, pero utilizando directamente el método analógico para aplicarlo al conocimiento experimental de la Naturaleza. Asienta la medicina sobre cuatro pilares: la filosofía, la astronomía, la alquimia y la virtud. Su doctrina perdurará como una de las fuentes de todo movimiento teosófico posterior. De entre sus muchos escritos, señalemos el tratado De nymphis, sylphis, pygmaeis et salamandras et de caeteris spiritibus del que Montfaucon de Villars se inspira.

*(41). Como antes la lira o el arpa, el laúd es el símbolo de las correspondencias, de la armonía. La lira de Orfeo o de Apolo, el arpa del rey David o las de los vencedores de la Bestia del Apocalipsis, nos remiten al significado cósmico de la música, plasmado en la música de las esferas (Cicerón, Somnium Scipionis, 18), o la de las estellas, como dice Yahveh a Job (38: 7,8). En el Renacimiento son incontables los cuadros en los que aparece el laúd con claro valor simbólico, como por ejemplo en Los Embajadores (1533) de Hans Holbein.

*(42). Teofrasto-Bombasto von Hohenheim, es decir, Paracelso.

*(43). En alquimista. Cf. nota 13.

*(44). En su Tratado sobre los oráculos. Cf. nota 33.

*(45). Cuenta Plutarco que en tiempos de Tiberio, el capitán que pilotaba una nave cerca de las islas Equinas oyó una voz como de ultratumba, que le llamó tres veces por su nombre y le ordenó anunciar la muerte del gran Pan (De Oraculorum Defectu).

*(46). Pan era una divinidad selvática, con patas y cuernos de macho cabrío, que acabará confundiéndose con Fauno, al igual que se amalgamarán todos los genios caprípedos campestres, pánidos, faunos, sátiros y silenos. De vida alegre y desarreglada, seguidores de Baco y principales partícipes de las fiestas orgiásticas, estos seres carnudos y velludos serán considerados demonios lujuriosos por el cristianismo.

*(47). Teólogos, doctores en Teología.

*(48). La corriente teológica inspirada por la obra del obispo Jansenio (1585-1638) Augustinus consideraba que la gracia divina no habría sido dada a todos los hombres y que Jesucristo habría venido a salvar sólo a un cierto número de elegidos (doctrina condenada por Roma en 1653 y en 1713). Las disensiones entre jansenistas y jesuitas –defensores éstos de la participación del hombre en su salvación- sobre la gracia divina, la predestinación y el libre albedrío, dieron lugar a profundas controversias religiosas e intelectuales en los ss.XVI y XVII, siendo especialmente virulentas en Francia, donde intervino duramente el poder político. Cuando se publica El conde de Gabalís, acaba de cerrarse (en falso) la primera etapa de persecuciones sobre Port-Royal, principal núcleo jansenista, aparentemente sometido (Paz de la Iglesia, 1668).

*(49). El príncipe Giovanni Pico della Mirandola (1463-1494), gran humanista, filósofo y cabalista cristiano, es considerado el introductor de la cábala en los círculos humanistas. Sus tesis fueron condenadas como heréticas por Inocencio VIII en 1487, pero Pico fue absuelto del crimen de herejía por Alejandro VI en 1493. Gabalís alude a su diálogo Strix sive de Ludificatione daemonum.

*(50). Juana Hervillier (o Harvilliers), natural de Comiègnes, fue piedra de escándalo en el s. XVI y juzgada como bruja, por haber confesado mantener trato carnal con el demonio.

*(51). Jean Bodin (1530-1596), destacado magistrado convencido de la realidad del pacto demoníaco y la brujería, escribió varios tratados y anales de demonología, entre ellos De la Démonomanie des Sorciers (1580) –donde consigna el interrogatorio de Juana Harvilliers-, así como varias obras sobre economía y política, de las que destaca La République (1576), también mencionada por el conde de Gabalís.

*(52). Medida de peso: el escrúpulo equivalía a 24 granos, y el grano a 54 mg.

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L.V.X.

FRATER KALIHEL
MAGISTER LUCIS

Montfaucon de Villars. EL CONDE DE GABALÍS o Conversaciones sobre las Ciencias Secretas. TERCERA CONVERSACIÓN sobre las Ciencias Secretas.

Después de haber comido, volvimos al laberinto. Yo estaba pensativo, y la compasión que me inspiraba la extravagancia del conde, de la que me parecía que me iba a ser difícil curarlo, me impedía divertirme con todo lo que me había contado tanto como lo habría hecho de haber tenido esperanzas de volverle a su sano juicio. Andaba yo buscando en la Antigüedad algún caso que oponerle al que no pudiera replicar, porque al alegarle el pensamiento de la Iglesia, me había declarado que él que sólo le era fiel a la antigua religión de sus padres los Filósofos; y querer convencer a un cabalista con razonamientos era empresa ardua, aparte de no tener yo ningún interés en discutir con un hombre del que no conocía aún todos los principios.

Me vino a la mente que lo que he había contado de los falsos dioses, que él había substituido por lo Silfos y los demás pueblos elementales, podía ser refutado por los oráculos de los paganos, y que la Escritura habla siempre de diablos y no de Silfos. Pero como yo no sabía si según los principios de su cábala el conde no atribuiría las respuestas de los oráculos a alguna causa natural, me pareció que sería oportuno hacer que me explicase a fondo lo que pensaba sobre ese asunto.

Me dio pie para sacar el tema cuando, antes de entrar en el laberinto, se volvió hacia el jardín y dijo:

-«Esto no está nada mal, y esas estatuas hacen un buen efecto.

-El cardenal*(53) que las hizo traer aquí –le dije yo- tenía una fantasía poco digna de su talento. Creía que casi todas estas estatuas emitían antaño oráculos, y las había pagado a precios altísimos a causa de eso.

-Es una enfermedad muy extendida –comentó el conde. La ignorancia hace cometer a diario un tipo de idolatría muy criminal, ya que se conservan con tanto esmero y se tienen en tantísima estima los ídolos de los que se cree que se sirviera antaño el diablo para hacerse adorar. ¡O Dios mío! ¿Es que no se sabrá nunca en el mundo que desde el nacimiento de los siglos habéis precipitado a vuestros enemigos bajo el escabel de vuestros pies, y que tenéis a los demonios prisioneros bajo la tierra, en el torbellino de las tinieblas?*(54) Este afán tan poco loable de coleccionar así estos presuntos órganos de los demonios podría ser inocente, hijo mío, si la gente se dejara convencer de que nunca les ha sido permitido a los ángeles de las tinieblas el hablar en los oráculos.

-No creo –le interrumpí- que fuera fácil implantar esta creencia entre los interesados, pero quizá lo fuera entre los escépticos. Porque no hace mucho que en una conferencia celebrada ex profeso sobre esta materia con talentos de primer orden, se llegó a la conclusión de que todos esos presuntos oráculos no eran más que una superchería de la avaricia de los sacerdotes gentiles, o una artimaña de la política de los soberanos.

-¿Eran acaso –preguntó el conde- mahometanos enviados en embajada ante vuestro rey lo que celebraron esa conferencia y decidieron así sobre la cuestión?

No, caballero –contesté-

-¿De qué religión son entonces esos señores –replicó-, ya que prescinden de las divinas Escrituras, que mencionan en tantos pasajes tantos oráculos distintos? Principalmente a los pitones*(55), que fijaban su residencia y pronunciaban sus respuestas en las partes destinadas a la multiplicación de la imagen de Dios.

-Hablé de todos esos vientres locuaces –le dije-, y señalé a los asistentes que el rey Saúl los había expulsado de su reino, aunque aún encontró a uno*(56) la víspera de su muerte, cuya voz tuvo el admirable poder de resucitar a Samuel según su ruego, y para su perdición. Pero a pesar de esto, aquellos sabios no dejaron de concluir que jamás hubo oráculos.

-Si la Escritura no los convencía –dijo el conde-, había que haberlos persuadido con la Antigüedad entera, en la que era fácil hacerles ver mil pruebas admirables de su existencia. ¡Tantas vírgenes encintas del destino de los mortales parían la buena o mala ventura de quienes las consultaban! Tendríais que haber alegado a Crisóstomo, Orígenes y Ecumenio*(57), que mencionan a los hombre divinos a quienes los griegos llamaban Engastrimandros, cuyo profético vientre articulaba oráculos tan famosos. Y si vuestros caballeros no aprecian ni a la Biblia ni a los Padres, había que haber citado a aquellas mujeres milagrosas de las que habla el griego Pausanias*(58), que se transformaban en palomas, y bajo esta forma comunicaban los célebre oráculos de las Palomas Dodonas*(59). O bien podíais haber contado, para gloria de vuestra nación, que antaño hubo en la Galia ilustres mujeres que se metamorfoseaban en la forma que deseaba quien las consultaba, y que, además de los famosos oráculos que emitían, tenían un dominio admirable sobre las aguas y una saludable autoridad sobre las enfermedades más incurables*(60).

-Hubieran tildado todas esas magníficas pruebas de apócrifas –repliqué.

-¿Es que su antigüedad las hace ser sospechosas? –objetó el conde- No teníais más que haber alegado los oráculos que se profieren aún en nuestros días.

-¿Y en qué lugar del mundo? –le pregunté.

-En París –me respondió.

¡En París! –exclamé.

-Si, en París –prosiguió- ¡Sois maestro en Israel y no sabéis esto!*(61) ¿Es que no se consulta todos los días a los oráculos acuáticos en un vaso de agua o en otros recipientes, y a los oráculos aéreos en espejos y en las manos de las vírgenes? ¿Es que no se encuentran así rosarios perdidos o relojes extraviados? ¿No se conocen así noticias de países lejanos, y no se ve a los ausentes?

-Pero caballero, ¡qué me contáis! –le dije.

-Os cuento –prosiguió- lo que sé que ocurre a diario, y de lo que no sería difícil encontrar mil testigos oculares.

-No lo creo, señor mío –repuse-. Los magistrados castigarían ejemplarmente una acción tan punible, y no se toleraría que la idolatría…

-¡Ah! ¡Qué impulsivo sois! –me interrumpió el conde-. No hay tanto crimen como pensáis en ello, y la Providencia no permitirá que se extirpe este resto de Filosofía que se ha salvado del lamentable naufragio que ha padecido la verdad. Si aún queda algún vestigio entre el pueblo del temible poder de los nombres divinos, ¿sería vuestro parecer que fuera borrado, y que se perdieran el respeto y el agradecimiento debidos al grandísimo nombre de AGLA, que obra tantas maravillas, aún cuando es invocado por ignorantes y pecadores, y que obraría milagros muy distintos en boca cabalística*(62)? Si hubieseis querido convencer a esos señores vuestros de la realidad de los oráculos, no habríais tenido más que exaltar vuestra imaginación y vuestra fe, y girándoos hacia el Oriente gritar en voz alta AG…

-Caballero –le interrumpí-, nunca fue mi intención el dar esa clase de argumento a gente tan cumplida como es esa con la que estaba; me habían tomado por un fanático, pues sin ninguna duda no creen para nada en todas esas cosas, y si hubiese sabido la operación cabalística de la que me habláis, no hubiera tenido fruto por mi boca: tengo incluso menos fe que ellos.

-Bueno, bueno –me dijo el conde-, si no tenéis, ya haremos que os venga. Sin embargo, de haber pensado que esos señores vuestros no iban a dar crédito a lo que pueden ver todos los días en París, les habríais podido mencionar una historia bastante reciente: el oráculo que Celio Rodigino*(63) dice haber visto con sus propios ojos, emitido a finales del siglo pasado por aquel hombre extraordinario que hablaba y predecía el porvenir por el mismo órgano que el Euricles de Plutarco*(64).

-No hubiera querido –le contesté- mentar al Rodigino; la alusión hubiese sido pedante, y además no habrían dejado de decirme que ese hombre era sin duda un endemoniado.

-Habrían dicho eso muy frailunamente –replicó.

-Caballero –le interrumpí-, a pesar de la aversión cabalística que veo que sentís por los frailes, no puedo evitar el estar con ellos en esta ocasión. Creo que no sería tan malo negar totalmente que jamás haya habido oráculos, como decir que no era el diablo el que hablaba en ellos. Porque en fin, padres y teólogos…

-Porque en fin –me cortó-, ¿es que los teólogos no están de acuerdo en decir que la culta Sambithe, la más antigua de las Sibilas, era hija de Noé?*65

-¡Bah! ¡Qué más da! –contesté yo.

-¿No dice Plutarco –me replicó- que la más antigua de las Sibilas fue la primera que emitió oráculos en Delfos?*(66) Entonces el espíritu que albergaba el seno de Sambithe no era un diablo, ni su Apolo un falso dios, porque la idolatría no empezó sino mucho después de la división de las lenguas; y sería poco verosímil atribuir al padre de la mentira*(67) los libros sagrados de las Sibilas y todas las pruebas de la religión verdadera que los Padres han encontrado en ellos*(68). Y además, hijo mío, -prosiguió riendo- ¡no os corresponde a vos el romper el matrimonio que un gran cardenal estableciera entre David y Sibila*(69), ni el acusar a tan sabio personaje de haber puesto en paralelo a un gran profeta y a una desdichada energúmena! Porque claro, o David refuerza el testimonio de la Sibila, o la Sibila debilita la autoridad de David.

-Caballero –le interrumpí-, os ruego que recobréis vuestra seriedad.

-Me parece bien –me dijo-, pero siempre y cuando no me acuséis de hacerlo en demasía. El demonio, a vuestro entender, ¿se opone alguna vez a sí mismo? ¿Actúa en alguna ocasión contra sus propios intereses?

-¿Y por qué no? –le dije.

-¿Por qué no? –contestó. Pues porque aquel a quien Tertuliano llamara tan acertada y magníficamente la Razón de Dios no lo encuentra acertado. Satán nunca se opone a sí mismo. Así que hay que deducir que, o bien el demonio no ha hablado nunca en los oráculos, o bien que, de hacerlo, nunca ha hablado contra sus intereses. De lo que se concluye que si los oráculos han hablado contra los intereses del demonio, no era el demonio el que hablaba en los oráculos.

-¡Y Dios –le dije- no ha podido obligar al demonio a dar testimonio de la verdad y a hablar en su propio perjuicio?

-Pero –me replicó-, ¿y si Dios no le ha obligado?

-¡Ah! en ese caso –contesté-, tendréis más razón que los frailes.

-Vamos a verlo entonces –continuó-, y para proceder invencible y lentamente, no voy a apoyarme en los testimonios de los oráculos que aportan los Padres de la Iglesia, aunque esté convencido de la veneración que sentís por hombres tan grandes. Su religión y el interés que tenían en tal asunto pueden haberlos predispuesto, y su amor a la verdad podría haber causado que, al verla algo pobre y desnuda en su siglo, hubieran cogido para adornarla algún ropaje, algún adorno, aunque quien se los prestara fuera la mismísima mentira: al fin y al cabo eran hombres, y por consiguiente pueden –según lo máxima del Poeta de la Sinagoga- haber sido testigos infieles*(70).

Así que voy a coger a un hombre del que en este asunto no se puede sospechar: un pagano, y un pagano bien distinto de Lucrecio, de Luciano o de los epicúreos; un pagano persuadido de que existen dioses y demonios incontables, supersticioso hasta la médula, gran entendido en magia, o supuestamente tal, y por consiguiente gran partidario de los diablos: Porfirio*(71). Vamos a ver, palabra por palabra, algunos de los oráculos que transcribe.


ORÁCULO

Hay más allá del fuego celestial una llama incorruptible*(72), luz eterna, fuente de vida, manantial de todos los seres y principio de todas las cosas. Esta llama todo lo produce, y nada perece si no lo consume ella. Se da a conocer por sí misma. Tal fuego no puede contenerse en ningún lugar; carece de cuerpo y de materia, rodea los cielos, y de él sale una pequeña chispa en la que consiste todo el fuego del sol, de la luna y de las estrellas. Esto es lo que sé de Dios: no intentes saber más, porque es tarea que sobrepasa tu medida, por sabio que fueres. Y aún más: has de saber que el hombre injusto y malvado no puede ocultarse a los ojos de Dios. No hay habilidad ni excusa que disfracen nada ante los ojos que todo lo ven. Todo está lleno de Dios; Dios está en todas partes.

-Ya veis, hijo mío, que en este oráculo no se nota el olor del demonio.

-Al menos –le contesté-, el demonio parece haber mudado de carácter.

-Pues vaya otro ejemplo –me dijo-, que predica aún mejor.

ORÁCULO

Hay en Dios un inmenso abismo abrasador, pero el corazón no ha de temer tocar ese fuego adorable, ni ser tocado por él, pues no ha de ser consumido por tan la unión, la armonía y la duración del mundo. Nada perdura sino por ese fuego, que es el mismo Dios. Nadie lo ha engendrado, no tiene madre, todo lo sabe y nada se le puede enseñar: es inmutable en sus designios, y su nombre es inefable. Él es Dios, y nosotros, que somos sus mensajeros, no somos más que una pequeña parcela de Dios.

-¡Qué! ¿Qué me decís de éste?

-Pues diría de los dos –contesté- que Dios puede obligar al padre de la mentira a dar testimonio de la verdad.

-Pues vaya otro ejemplo –replicó el conde- que hará esfumarse tal escrúpulo.


ORÁCULO

¡Ay! Trípodes, llorad y pronunciad la oración fúnebre de vuestro Apolo; es mortal, va a morir; se está apagando, porque la luz de la llama celestial hace que se apague.

-Ya veis, hijo mío, que sea quien fuere el que habla en estos oráculos, y que explica tan bien a los paganos la Esencia, la Unidad, la Inmensidad, la Eternidad de Dios, confiesa ser mortal y que no es más que una chispa de Dios. No es entonces el demonio el que habla, puesto que es inmortal, y Dios no le obligaría a decir que no lo es. Ya ha quedado dicho que Satán no actúa contra sí mismo. ¿Y es un medio de hacerse adorar el proclamar que sólo hay un Dios? Dice ser mortal; ¿desde cuándo el diablo es tan humilde que se quita hasta sus cualidades naturales? Así que ya veis, hijo mío, que si el principio de quien es llamado por excelencia el Dios de las Ciencias subsiste, no puede haber sido el demonio el que ha hablado en los oráculos.

-Pero si no es el demonio –le dije-, o mintiendo con el corazón alegre cuando dice ser mortal, o diciendo la verdad por fuerza al hablar de Dios, entonces ¿a qué va a atribuir vuestra cábala tanto oráculo como sostenéis que efectivamente ha sido emitido? ¿Tal vez a emanaciones de la tierra*(73), como dicen Aristóteles, Cicerón y Plutarco?

-¡Ay, no! ¡Eso no, hijo mío! –exclamó el conde- Gracias a la sagrada Cábala, no tengo la imaginación tan perturbada como pensar eso.

-¡Cómo! –contesté- ¿Consideráis esa opinión como visionaria? Sus partidarios son, sin embargo, personas con sentido común.

-En esta cuestión no lo son para nada –me replicó-; es imposible atribuir a esa emanación todo lo que sucedió en los oráculos. Por ejemplo, lo de aquel hombre que cuenta Tácito, que se aparecía en sueños a los sacerdotes de un templo de Hércules en Armenia y les ordenaba tener preparados a corredores bien equipados para la caza. Hasta ahí podría ser la emanación, pero cuando volvían los corredores agotados, con el carcaj sin una flecha, y cuando por la mañana encontraban tantos animales muertos en el bosque como flechas habían puesto primero en las aljabas, es evidente que la emanación no podía ser la causa de tal efecto. Y aún menos iba a ser el diablo, porque sería tener una noción poco razonable y poco cabalística de la desgracia del enemigo de Dios si pensáramos que tiene permiso para divertirse persiguiendo ciervos y liebres.

-Entonces –le pregunté-, ¿a qué atribuye todo esto la sagrada cábala?

-Esperad –contestó. Antes de descubrirnos este arcano, tengo que sanar vuestro espíritu de la prevención que pudierais tener acerca de la presunta emanación, porque me parece que habéis citado con énfasis a Aristóteles, Plutarco y Cicerón*(74). También podíais haber mencionado a Jámblico, que a pesar de su mente privilegiada, participó del mismo error, aunque pronto abjuró de él, tras haber examinado de cerca el asunto en el Libro de los Misterios*(75).

Pedro de Apona*(76), Pomponazzi*(77), Levinio*(78). Sorenio*(79) y Lucilio Vanini*(80) estuvieron encantados de haber encontrado semejante fallo en algunos Antiguos. Todos esos supuestos descreídos*(81) que, al hablar de cosas divinas, dicen más bien lo que quieren que lo que saben, no quieren ver nada sobrehumano en los oráculos, por temor a reconocer que hay algo por encima del hombre. Tienen miedo de que con eso le construyan una escalera que suba hasta Dios*(82), al que temen conocer por los peldaños de las criaturas espirituales, y prefieren fabricarse otra escalera para bajar a la nada. En lugar de alzarse hasta el cielo, horadan la tierra, y en vez de buscar en seres superiores al hombre la causa de los arrebatos que lo elevan más allá de si mismo y hacen de él una especia de divinidad*(83), atribuyen en su flaqueza a emanaciones impotentes la fuerza de penetrar en el porvenir, de descubrir lo oculto y de alzarse hasta los más altos secretos de la Esencia divina.

¡Tal es la miseria del hombre poseído del espíritu de contradicción y de la manía de pensar de distinto modo a los demás! Lejos de llegar a sus fines, se embarulla y se traba. Estos libertinos*(84) no quieren someter al hombre a substancias menos materiales que él, y lo someten a una emanación, y sin considerar que no hay la menor relación entre este humo quimérico y el alma del hombre, entre ese vapor y las cosas futuras, entre causa tan frívola y efectos tan milagrosos, les basta con ser originales para creerse razonables. Les es suficiente con negar los espíritus y ser incrédulos.

-¿Tanto os desagrada la originalidad, caballero?

-¡Ay, hijo mío! –me dijo- Es la peste del sentido común y la piedra de toque de las mentes más preclaras. Aristóteles, a pesar de ser el gran lógico que es, no supo evitar la trampa a donde la manía de la originalidad conduce a los que ésta domina tan tremendamente como a él.

-Y no supo evitar –le dije- el embarullarse y el contradecirse. En el libro De la generación de los animales y en sus Morales dice que el espíritu y el entendimiento del hombre le vienen de afuera y que no pueden venirnos de nuestro padre; y por la espiritualidad de las operaciones de nuestra alma concluye que ésta es de naturaleza distinta del componente material al que anima, cuya grosería sólo puede ofuscar sus especulaciones, lejos de colaborar en producirlas.

-¡Ciego Aristóteles! Ya que según vos nuestro componente material no puede ser la fuente de nuestros pensamientos espirituales, ¿cómo entendéis que una débil emanación pueda ser la causa de los sublimes pensamientos y del esfuerzo padecido por las pitonisas que emiten los oráculos? Ya veis, hijo mío, que este incrédulo se contradice, y que la originalidad lo hace divagar.

-¡Qué correctamente razonáis, caballero! –le dije, encantado de ver que efectivamente hablaba con gran sentido, y esperando que su locura no fuera incurable- Dios quiera que…

-Plutarco, tan sólido por otra parte –prosiguió, interrumpiéndome- da pena en su diálogo ¿Por qué han cesado los oráculos?*(85). Se hace objetar cosas convincentes que no rebate. ¿Por qué no contesta a lo que le dicen? Porque si es la emanación la causa del arrebato, todos los que se acercaran al fatídico trípode se sentirían arrastrados por el entusiasmo, y no una sola mujer, que además ha de ser virgen. ¿Y cómo ese vapor va a poder articular voces por el vientre? Además esa emanación es una causa natural y necesaria que provocaría su efecto regularmente y siempre: ¿por qué la doncella no se arrebataba más que cuando la consultaban? Y todavía hay más, ¿por qué la tierra ha dejado de liberar así vapores divinos? ¿Es que es menos tierra que antes? ¿Es que recibe otras influencias? ¿Es que tiene otros mares y otros ríos? Entonces, ¿quién ha obstruido sus poros o cambiado su naturaleza?

Admiro a Pomponazzi, Lucilio y a los otros libertinos por haber cogido la idea de Plutarco abandonando el modo en el que se explica. Había hablado con más juicio que Cicerón y Aristóteles, por ser hombre de gran discernimiento, y al no saber qué concluir sobre los oráculos, después de una molesta irresolución había decidido que la emanación, que él creía que salía de la tierra, era un espíritu divino, por lo que atribuía así a la divinidad los extraordinarios conocimientos de las sacerdotisas de Apolo. «Ese vapor adivino –nos dice- es una alimento y un espíritu santo y divino».

Pomponazzi, Lucilio y los ateos modernos no congenian con esa manera de hablar que presupone la divinidad. «Esas emanaciones –dicen- son de la naturaleza de los vapores que infestan a los atrabiliarios*(86), que hablan lenguas que no entienden». Pero Fernel*(87) rebate bastante bien a esos impíos probando que la bilis, que es un humor pecante*(88), no puede causar tal diversidad de lenguas, uno de los más maravillosos efectos de la consideración y expresión artificial de nuestro pensamiento. Pero zanja la cuestión de manera imperfecta alineándose con Pselo*(89) y con todos lo que no penetraron lo suficiente en nuestra santa filosofía: al no saber donde encontrar las causas de efectos tan sorprendentes, hace como las mujeres y los frailes, y se los atribuye al demonio.

-¿Y a quién habrá que atribuírselos entonces? –le pregunté. Ya llevo esperando mucho este secreto cabalístico.

-El mismo Plutarco se dio cuenta, y hubiera debido no perderlo de vista. Esa forma irregular de hablar por un órgano indecente no era lo bastante grave ni lo bastante digna de la majestad de los dioses, como nos dice este pagano, y por otra parte lo que los oráculos decían sobrepasaba las fuerzas del alma humana. Así que los que establecieron a criaturas mortales entre los dioses y el hombre prestaron un gran servicio a la filosofía: a ellas podemos atribuir tolo lo que excede la debilidad humana sin que alcance la grandeza divina.

Esta opinión es común a toda la antigua filosofía. Los platónicos y los pitagóricos la tomaron de los egipcios, y estos de José el Salvador*(90) y de los hebreos que vivieron en Egipto antes del paso del mar Rojo. Los hebreos llamaban a las substancias que están entre el ángel y el hombre, Sadaím, y los griegos, trasponiendo las sílabas y añadiendo sólo una letra, las llamaron Daímonas. Para los filósofos antiguos, estos demonios son seres aéreos que dominan los elementos, mortales, engendradores, desconocidos en el mundo por los que buscan poco la verdad en su antigua morada, es decir, en la cábala y en la teología de los hebreos, que poseían el arte singular de establecer relación con este pueblo aéreo y de conversar con estos moradores del Aire.

-Según entiendo, caballero –le interrumpí-, estamos de nuevo con vuestros Silfos.

-Si, hijo mío –prosiguió. El Terafim*(91) de los judíos no era más que la ceremonia que había que cumplir para ese trato, y aquel judío Miqueas*(92), que se lamenta en el Libro de los Jueces porque le han quitado sus dioses, lo que llora es la pérdida de la estatuilla a través de la cual los Silfos le hablaban. El dios que Raquel robó a su padre*(93) era otro Terafim. Ni Miqueas ni Labán son acusados de idolatría, y a Jacob no se le hubiera ocurrido vivir catorce años con un idólatra ni casarse con su hija; no se trataba más que del trato con los Silfos, y sabemos por la tradición que la sinagoga lo consideraba lícito, y que el ídolo de la mujer de David*(94) era tan sólo el Terafim gracias al cual podía conversar con los pueblos elementales, porque ya os hacéis cargo de que el Profeta del corazón de Dios no habría tolerado la idolatría en su casa.

Mientras Dios prescindió de ocuparse de la salvación del mundo como castigo por el primer pecado, estos pueblos elementales gustaban de explicar a los hombres a través de los oráculos lo que sabían de Dios, les enseñaban a vivir moralmente y les daban consejos muy sabios y útiles, tal como se ve en tantas ocasiones en Plutarco y en todos los historiadores.

En cuanto Dios se compadeció del mundo y quiso ser su maestro, los otros maestrillos se retiraron. De ahí viene el silencio de los oráculos.

-De todo vuestro discurso, caballero –intervine-, se deduce que realmente existieron los oráculos, que eran los Silfos los que los emitían, y que incluso los siguen emitiendo hoy en día en vasos o en espejos.

-Los Silfos, Salamandras, Gnomos u Ondinos –precisó el conde.

-Se eso es así, caballero –proseguí-, vuestros seres elementales son gente muy deshonesta.

-¿Cómo así?

-¡Pero bueno! –repliqué- ¿Es que hay algo más turbio que esas respuestas con doble sentido que daban siempre?

-¿Siempre? –contestó- No, siempre no. La Silfide que se apareció a un romano en Asia, y que le predijo que volvería un día allí con la dignidad de procónsul, ¿os parece que hablaba confusamente? ¿Y es que no nos dice Tácito que todo sucedió como ella había predicho?*(95) ¿Y esa inscripción y esas estatuas, famosas en la historia de España, que informaron al desdichado rey don Rodrigo de que su curiosidad y su incontinencia se verían castigadas por hombres vestidos y armados como lo estaban ellas, y que esos hombres te tez oscura se apoderarían de España y reinarían por largo tiempo sobre ella?*(96) ¿Podía ser más claro el mensaje, y los acontecimientos no le dieron la razón en el curso de aquel mismo año? ¿Es que no vinieron los moros, destronado a aquel rey afeminado?*(97) Conocéis esta historia, y bien podéis ver que el diablo, que desde el reino del Mesías no puede disponer de los imperios, no pudo ser el autor de este oráculo, y que sin duda ocurrió que algún gran cabalista lo recibiera de uno de los más sabios Salamandras. Porque, como los Salamandras aprecian enormemente la castidad, nos informan de buena gana de las desgracias que han de acaecer en el mundo por la carencia de dicha virtud.

-Pero señor mío –le dije-, ¿os parece muy casto y muy digno del pudor cabalístico el órgano heteróclito que utilizaban para predicar su moral?

-¡Ah! Esta vez –dijo el conde riendo- os dejáis llevar por vuestra imaginación, y no veis la razón física que hace que el ardiente Salamandra guste por naturaleza de los lugares más ígneos, y se vea atraído por…

-Ya entiendo, ya entiendo –le interrumpí-; no es necesario que os extendáis más en ello.

-En cuanto a la obscuridad de algunos oráculos, que vos habéis tildado de deshonestidad –prosiguió en tono serio-, ¿no son las tinieblas el ropaje habitual de la verdad? ¿No gusta Dios de ocultarse tras su obscuro velo? Y el oráculo continuo que ha dejado a sus hijos, es decir, la divina Escritura, ¿no está envuelta en una adorable obscuridad, que confunde y hace perderse a los soberbios, tanto como su luz guía a los humildes?

Si no tenéis más que esta dificultad, hijo mío, no os aconsejo que diferáis el entablar trato con los pueblos elementales. Os parecerán gentes muy cumplidas, instruídas, bondadosas y temerosas de Dios. Opino que debéis comenzar por las Salamandras, porque tenéis a Marte rigiendo el cielo de vuestra natividad, lo que significa que ponéis mucho fuego en vuestras acciones. Y para el matrimonio, os recomiendo que escojáis a una Sílfide; seréis más feliz con ella que con las demás, porque tenéis a Júpiter en el cenit de vuestro ascendente, y Venus lo contempla en un sextil; y es Júpiter quien preside el aire y los pueblos aéreos. Claro que habréis de consultar vuestro corazón para este asunto, porque, como lo veréis un día, es por los astros interiores por los que se rige el Sabio, y los astros del cielo exterior le sirven sólo para ayudarle a conocer co mayor claridad los aspectos de los astros del cielo interior que hay en cada criatura. Por eso os corresponde a vos decirme ahora cual es vuestra inclinación, para que procedamos a vuestra alianza con los pueblos elementales que prefiráis.

-Caballero –le contesté-, este asunto requiere a mi juicio cierta reflexión.

-Os aprecio por vuestra respuesta –me dijo, poniéndome la mano en el hombro. Consultad maduramente este asunto, sobre todo con aquel al que se llama por excelencia el ángel del Gran Consejo; recogeos en oración. Mañana iré a veros a las dos de la tarde».

Nos volvimos a París. Durante el trayecto, hice que retomara el discurso contra los ateos y los libertinos: nunca he oído razonar tan bien, ni decir cosas tan elevadas ni tan sólidas probando la existencia de Dios, ni contra la ceguera de los que pasan su vida sin entregarse por entero a un culto serio y continuo de Aquel que nos ha dado y nos conserva nuestro ser. Me asombraba el carácter de aquel hombre, y no podía entender cómo podía ser a la vez tan firme y tan débil, tan admirable y tan ridículo.

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*(53). Richelieu. Cf. nota 15.
*(54). Así lo dice el Apocalípsis, 20, 1-4.
*(55). Espíritus que predecían el porvenir. La profetisa de Apolo comunicaba los oráculos en el templo de Delfos sentada en el trípode, que estaba cubierto con la piel de la serpiente Pitón a la que el dios había dado muerte (Apolo Pitia): de ahí que ella misma fuera denominada pitia o pitonisa, nombre que se convierte en sinónimo de adivina. Según la tradición, los adivinos hablaban por inspiración de uno espíritu alojado en su vientre, ex ventre inferiore et partibus genitalibus. Esta es la primera acepción de ventrílocuo, ventriloquus.
*(56). La pitonisa de Endor (Samuel I, 28).
*(57). Padres de la Iglesia, que en efecto consideran que los ventrílocuos han recibido un don celestial.
*(58). En su Descripción de Grecia, escrita hacia 146 D.C., habla de profetisas de Dodona (XII, 10).
*(59). Heródoto (II, 54) cuenta que una paloma, posada en un roble, dijo con voz humana en Dodona que Zeus deseaba que le erigiesen allí un santuario. El oráculo de este templo –el primero que menciona la Ilíada- hablaba a través del viento que movía las ramas del roble; el sonido se amplificaba mediante cuencos de bronce sujetos en las ramas, y eran los profetisas, llamadas palomas en recuerdo del mito fundacional, quienes transmitían el mensaje de dios.
*(60). Así lo cuenta el geógrafo hispano-romano Pomponio Mela (s. I D.C.) en su Corografía, III, 6.
*(61). Jesús replica así a Nicodemo: «¿Tú eres maestro en Israel y no sabe esto?» (Juan 3, 10).
*(62) Según la cábala, la palabra tiene un poder operativo, si se saben combinar los elementos (letras y números) de la lengua de la Creación el Verbo divino “Agla” es una voz cabalística que aparece en numerosos libros de magia y conjuros; está formada por las iniciales de Athah Gobon Leolam Adonai, en hebreo “tu poderoso y eterno Señor”. Sería uno de los nombres de Dios, que Lot habría conocido cuando los dos ángeles fueron a salvarle antes de destruir Sodoma.
*(63) Coelius Ludovicus Rhodiginus (1469-1525) comentó en sus Antiquarum lectionum… una infinidad de pasajes de autores griegos y latinos. Su obra tuvo una gran difusión en los ambientes humanistas.
*(64). Por el vientre.
*(65). Las Sibilas son las profetisas más conocidas de la Antigüedad. Se las suele denominar según el lugar del que provienen: la eritrea, la cumea, la délfica, etc. Su número e historia varía según los autores. Una tradición, que recoge Verón, hace hija de Noé a la sibila babilónica, persa o caldea, llamada Saba o Sambithe.
*(66). El oráculo de Delfos fue el más creciente del mundo antiguo: en el templo consagrado a Apolo, la pitia, tras entrar en trance, transmitía las profecías que le inspiraba el dios.
*(67). El Diablo.
*(68). Las oscuras sentencias proferidas por las sibilas fueron recogidas en los llamados Libros Sibilinos, que Tarquinio el Soberbio mandó llevar a Roma. La Iglesia tendió a interpretar los oráculos como anticipación de las verdades cristianas. Recordemos un ejemplo famosísimo: el emperador Augusto consultó a la sibila tiburtina sobre la posibilidad de aceptar la deificación que el Senado romano le proponía, a lo que contestó la sacerdotisa anunciándole la llegada al mundo de un niño más grande que todos los dioses. Los cristianos vieron en la profecía el anuncio de la venida de Jesús.
*(69). La Iglesia se inclinó a considerar a las sibilas como el paralelo pagano de los Profetas del Antiguo Testamento. Por eso la Edad Media incluyó a las sibilas en el arte sagrado, siendo frecuente su representación en el gótico, aunque fue la Italia renacentista la que convirtió su figuración pictórica en tema usual, uniéndolas siempre a los profetas: en la Capilla Sixtina, Miguel Ángel pinta siete profetas y cinco sibilas, en la iglesia romana de Santa María della Pace, Rafael pintó Guido Reni y tantos más multiplicaron las figuras sibilinas, que seguían fascinando a tatas mentes europeas.
*(70). Recordemos que el concilio de Trento promulgó en 1546 un documento esencial: el decreto sobre la recepción de los libros sagrados y la tradición no escrita, dictados tanto aquéllos como ésta por el Espíritu Santo, y fijando la lista de los libros que constituyen el canon de las Escrituras. Se trataba fundamentalmente de que para la coherencia del catolicismo romano planteaban los trabajos filológicos que judíos y cristianos venían haciendo sobre las lenguas bíblicas. Pero la labor audaz de filólogos y racionalistas heterodoxos no se detuvo, y sus obras, publicadas en Holanda u otros países protestantes, o clandestinamente en tierras católicas, alimentaron la corriente libertina, con su crítica de las Escrituras, su rechazo de milagros, profetas y revelación. El Tractatus theologico-politicus (1670) de Spinoza afirma que la Biblia es obra humana, y está llena de contradicciones, de errores y falsedades. Lo que Gabalís dice aquí se inscribe plenamente en la línea de la crítica de los textos sagrados.
*(71). Porfirio (233-305), filósofo neoplatónico, discípulo de Plotino, fue un gran defensor del helenismo, y un encarnizado adversario del cristianismo. El conde alude a su Tratado sobre los oráculos ya mencionado. Cf. notas 33 y 44.
*(72). La acción del fuego representa en muchas culturas la acción demiúrgica por excelencia. En el pensamiento griego, ya para Heráclito de Éfeso (c. 535-c.475) el principio de todas las cosas es el fuego, que no es sólo el elemento ígneo que está presente en los fenómenos naturales, sino un Fuego-Alma del mundo. Aquí, el conde ha dicho en la 2ª convesación que el fuego universal es el principio de todos los movimientos de la Naturaleza; ahora es el principio de todas las cosas, y en el siguiente Oráculo el ser humano es una chispa de ese fuego, lo que concuerda con la perspectiva del libertinaje materialista: el fuego, principio de vida y transformación, es el principio activo, la energía de un universo enteramente material.
*(73). En Delfos, Apolo hacía conocer su voluntad por la emanación de un vapor profético: en el lugar de la emanación estaba colocado el trípode donde la pitia entraba en trance.
*(74). En De divinatione, Cicerón clasifica los procedimientos de adivinación como naturales y artificiales, siguiendo lo expuesto por Sócrates en el Fedro de Platón.
*(75). El tratado De los misterios de Jámblico (c. 250-c. 330) trata de los oráculos y la teurgia (es decir, la evocación de seres superiores, dioses o demonios). Cf. nota 34.
*(76). Pietro di Apona o de Abano (c. 1250-1316), filósofo averroísta, astrólogo, médico y matemático. Se le considera el fundador del averroísmo paduano. Reivindicó para la ciencia unos principios y un método propios, y quiso demostrar que los milagros podían explicarse por causas naturales. Acusado de magia, herejía y ateísmo, fue condenado por la Inquisición.
*(77). Pietro Pomponazzi (1462-1525), filósofo de la escuela de Padua, de pensamiento aristotélico anticristiano y averroísta. Su Tractatus de immortalitate animae (1516) fue condenado por afirmar la moralidad del alma; negó la posibilidad de los prodigios y milagros en De naturalium effectuum admirandorum causis, sive de incantationibus (1556). Sus tesis materialistas ejercieron una influencia duradera hasta el s.XVII, siendo una de las fuentes de los libertinos franceses.
*(78). Levinius Lemnius, médico y astrólogo holandés del s. XVI, autor de Occulta naturae miracula, ac varia rerum documenta, probabila ratione atque artificio coniectura explicata (1567).
*(79). Humanista autor del Tractatus de fato (1563).
*(80). Vanini (1585-1619), humanista y filósofo italiano en la línea de Pomponazzi, autor de los atrevido diálogos De admirandis naturae reginal deaque mortalium arcanis (1616). Sometido en apariencia a la iglesia, contribuyó notablemente a la difusión en Francia del librepensamiento de la escuela de Padua. Fue acusado de ateísmo y quemado vivo en Toulouse.
*(81). La escuela de Padua, influida por Aristóteles y Averroes, brilló a finales del s.XV y principios del XVI, siendo polémica tanto en el campo social como en el religioso. Los humanistas paduanos concebían el mundo como un ser vivo y orgánico, donde cada forma tiende hacia otras más perfectas en el tiempo; todos los seres pasan así de una forma a otra, en la infinitud del tiempo, lo que anula la inmortalidad del alma, y la espiritualidad. Bajo la palabra “Dios” hay que entender la Naturaleza, infinitamente fecunda, bastándose a sí misma. El pensamiento libertino francés del XVII se nutre de las doctrinas paduanas. Pero ¿por qué habla el conde de “supuestos descreídos”? ¿No será más bien la expresión del pensamiento del autor?
*(82). Alusión a la escala que ve Jacob en sueños (Génesis, 28:10-12).
*(83). Como lo expresa el Salmo 8, 6: “Apenas inferior a un dios le hiciste”
*(84). En el siglo XVII, el libertino era el que no seguía las leyes de la religión, fuera en lo referido a creencia o en la práctica: el libertinaje se manifestaba en el terreno de la fe o de la moral religiosa. Será a finales del mismo siglo y sobre todo en el XVIII cuando el sentido de la palabra varíe, pasando a designar la licencia de costumbres, la vida disoluta, particularmente en lo que se refiere a la moral sexual.
*(85). Plutarco (c. 50-c. 125), famoso por sus Vidas paralelas, escribió numerosas obras morales. El conde menciona De defectu oraculorum.
*(86). Son los dominados por la atrabilis, bilis negra y acre, según la medicina humoral, que establecía cuatro temperamentos en función del humor predominante en la naturaleza de cada individuo (sangre, pituita, bilis o atrabilis).
*(87). Filósofo, matemático, astrónomo y médico, el francés Jean Fernel (1497-1558), médico de la corte de Francia, tuvo una extraordinaria influencia sobre la medicina del s.XVI, a la que aportó la coherencia teórica que le faltaba. Admira a Galeno, y combate las ideas de sus contemporáneos Miguel Servet y Paracelso. En su Universa Medicina clasifica metódicamente todos los conocimientos médicos; es el creador del término “fisiología”.
*(88). Humor es cualquiera de los cuatro líquidos del cuerpo; humor pecante, el que se suponía predominaba en cada enfermedad. Desde Hipócrates hasta el s. XIX se considera que la enfermedad está provocada por la alteración del equilibrio que los cuatro humores orgánicos mantienen entre sí.
*(89). Cf. nota 31.
*(90). José, hijo de Jacob, vendido por sus hermanos y siervo en Egipto, llega a ser ministro del faraón por su capacidad de interpretar los sueños, salva a los suyos en los años del hambre y les establece en Egipto (Génesis 37-48). Es, pues, salvador de Israel: “para salvar vidas me envió delante de vosotros” (Gén. 45:5).
*(91). Los terafim son ídolos domésticos que menciona la Biblia.
*(92). Jueces, XVII, XVIII.
*(93). “Raquel robó los ídolos familiares que tenía su padre”, Génesis, XXXI, 19. Raquel es hija de Labán y esposa de Jacob.
*(94). Samuel, XIX.
*(95). Tácito (Anales, XI, 21) cuenta que una mujer de estatura superior a la humana apareció ante los ojos de Curtius Rufus, prediciéndole volvería allí como procónsul de la provincia (que no era de Asia, sino de África).
*(96). La tradición española no habla de estatuas, sino de figuras pintadas en un paño, en el que estaban escritas letras ladinas anunciando que cuando fueran violentadas las cerraduras del palacio y del arca donde se guardaba el paño, entrarían en España y la conquistarían gentes como las que en él estaban pintadas. (Primera Crónica General de Alfonso X el Sabio, cap. 553:”De cómo el rey Rodrigo abrió el palacio que estaba cerrado en Toledo y de las pinturas de los árabes que vio en el paño”).
*(97). Tanto el término francés “efféminé”, como su equivalente en español, tienen que entenderse en su acepción de “inclinado a los placeres, disoluto”.

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L.V.X.
FRATER KALIHEL
MAGISTER LUCIS