jueves, 30 de septiembre de 2010

Psicología y Astrología

Para captar el verdadero significado de la alquimia y la astrología, es necesario tener una concepción clara de la identidad y relación interior del microcosmos y el macrocosmos, y de la interacción entre éstos. Todas las fuerzas del universo están potencialmente presentes en el hombre y en su cuerpo, y los órganos humanos no son más que los productos y representantes de las potencias de la naturaleza.
PARACELSO



Un enfoque psicológico
La astrología ha sido uno de los primeros intentos humanos de encontrar el orden oculto tras la confusión y el caos aparente que existía en el mundo. La raza humana aprendió a relacionar las experiencias de la vida con el esquema ordenado revelado por las rotaciones celestes. De este modo, la astrología se convirtió en un lenguaje simbólico con vitalidad suficiente para sobrevivir hasta nuestros tiempos; con la flexibilidad necesaria para desarrollarse con la propia raza humana. Su marco de referencia antiguo parece concordar maravillosamente con los modernos conceptos psicológicos, especialmente con los utilizados en las teorías de un psiquiatra eminente, el profesor Jung. Gracias a sus percepciones, y a las de sus numerosos seguidores, es posible dar una interpretación puesta al día de una gran parte del contenido de los símbolos astrológicos; tanto más cuanto que las intuiciones y los descubrimientos junguianos retroceden a las experiencias originales de la humanidad, encerradas por numerosas culturas en sus escrituras, tradiciones, mitologías y cuentos de hadas.
Una y otra vez, determinados motivos parecen tener predominancia en las leyendas e historias infantiles de la literatura mundial. Esos motivos parecen ser casi universales, y se encuentran a menudo, incluso hoy, en las fantasías y los sueños, en las alucinaciones de los pacientes enfebrecidos y en las ilusiones de las personas mentalmente perturbadas. Carl Jung ha buscado entre éstos y otros muchos fenómenos los materiales con los que construir un modelo de trabajo de la psique humana, y de este modo ha trazado importantísimas distinciones entre la consciencia personal, el inconsciente personal y el inconsciente colectivo. El consciente y el inconsciente son dos esferas complementarias que muestran características opuestas. Por así decirlo, se equilibran una a otra. Pero las opiniones de Jung sobre el inconsciente eran totalmente distintas de las de su maestro Sigmund Freud. Desde el punto de vista de Freud, la mente inconsciente es aquello donde se almacena el material reprimido por el individuo, y dio el nombre de “preconsciente” a la capa de la mente de la que tenemos un recuerdo instantáneo. El término “inconsciente personal” de Jung cubre esencialmente los dos conceptos anteriores de Freud; su “preconsciente” y su “inconsciente”.

Jung introdujo además una expresión nueva, “inconsciente colectivo” para denotar un compartimiento de la psique cuyos contenidos no son específicos de nuestros egos individuales, ni el resultado de la experiencia personal, sino que derivan de la estructura heredada del cerebro y del potencial heredado del funcionamiento psíquico en general. Tal como está concebido, el “inconsciente colectivo” incorpora todos los tipos de reacción psíquica y todas las experiencias humanas desde el principio mismo de la humanidad. Esa es la razón de que se utilice la palabra “colectivo”. Se presupone que todos formamos parte unos de otros y que compartimos esta mente inconsciente con los demás hombres. Dentro del inconsciente colectivo está el origen de esos motivos que todo el mundo tiene en común, motivos que pueden jugar también un importante papel en la psique individual. Jung explica, en un análisis detallado del inconsciente colectivo, cómo tiene lugar ese proceso.


Arquetipo e Inconsciente Colectivo
Del mismo modo que heredamos nuestras características físicas de nuestros padres y antepasados, heredamos también arquetipos en cuanto material del inconsciente colectivo; se trata de una herencia que compartimos con el resto de la humanidad. Se ha discutido mucho sobre el significado de la palabra “arquetipo”, pues en sus rasgos principales no se ha captado todavía su auténtico significado. El propio Jung ofrece la siguiente definición:

“El arquetipo es un elemento formal, vacío en sí mismo, que no es otra cosa que unafacultas praeformandi, una posibilidad a priori de la forma en que aparece la idea. Lo que heredamos no son nuestras ideas, sino simplemente sus formas, las cuales, a este respecto, son los equivalentes exactos de los instintos, también formalmente determinados. Por eso los arquetipos, lo mismo que los instintos, no pueden mostrarse como presentes hasta que se manifiestan de modo concreto.” 

Hemos visto que el inconsciente colectivo, como depositario de todos los arquetipos, contiene todas las experiencias humanas desde los primeros días de la humanidad. No es, a buen seguro, un almacén de material muerto; todo lo contrario. Constituye la matriz de nuestra conducta y reacciones. Sin embargo, por lo que se refiere al origen de los arquetipos nos hallamos todavía en la oscuridad; su naturaleza sigue siendo inescrutable. Sólo podemos conocerlos cuando se manifiestan como imágenes en nuestra psique, pero no debemos cometer el error de pensar que esas imágenes son los propios arquetipos. Resulta difícil estructurar una definición precisa del concepto “arquetipo” porque, además de un contenido consciente tiene otro inconsciente que no es fácil de describir con palabras. En el mejor de los casos, un arquetipo se puede comparar con una “idea raíz” o una “idea desencarnada” que existía ya antes de haber sido revestida con una forma material; es lo mismo que decir que el potencial de formación de cristales está ya presente en una solución química antes del inicio de la cristalización. Deducimos que el potencial está allí, pero sólo lo reconocemos por su expresión en una forma material. Lo mismo sucede con los arquetipos. La forma está ahí potencialmente, antes de que el contenido psíquico se forme en pensamientos o imágenes mentales. En el sentido más profundo, un arquetipo es incambiable, sin embargo, se puede revelar de incontables modos.

Los arquetipos rigen los principios en la parte oculta de la psique humana; son campos y centros de fuerza que sirven para controlar los elementos que se sumergen en el inconsciente. Su actividad está fuera de nuestro campo consciente, pero ejerce un gran efecto sobre lo que hacemos o dejamos de hacer. Como dice Jolande Jacobi: “Ciertamente, hasta ahora todas las expresiones de la vida, en cuanto que pertenecen a un tipo humano general, descansan sobre un fundamento arquetípico, con independencia que se manifiesten en un nivel biológico, psicobiológico o mental.”

Hay que trazar una distinción clara entre arquetipo en el sentido de potencialidad de tomar forma y arquetipo en el sentido de una posibilidad que ya ha tomado forma: la imagen arquetípica. La literatura suele poner de relieve a esta última. Ese ha sido uno de los numerosos motivos de confusión que complican una idea ya de por sí engañosa. Los numerosos disfraces bajo los que aparecen los arquetipos crean también dificultades, al dar la impresión de que el término arquetipo es una casilla conveniente para todo aquello que en la psique humana desafía una explicación. Dicha impresión se ve fomentada por la tendencia a etiquetar muchas ideas como arquetipos, perdiendo de vista la diferencia entre lo que Jung llama los “arquetipos como tales” y la imagen arquetípica. El llamado “arquetipo” no se refiere más que a uno de los modos de manifestación de los “arquetipos como tales”. Esta confusión entre la idea primaria y sus formas de expresión se encuentra también en los escritos del propio Jung. Utilizaba ya el término amplio de arquetipo en 1919, y no trazó la distinción esencial hasta 1946. En todo lo que escribió antes de sus artículos de 1946, el lector mismo tendrá que averiguar si está hablando del “arquetipo como tal” (es decir, el arquetipo real) o de una manifestación arquetípica (es decir, un arquetipo que se ha convertido en imagen).

Así, el “arquetipo de la madre”, que se almacena en el inconsciente colectivo sin ninguna forma dada, se puede revelar en el alma humana de innumerables modos. Es imposible discutir el arquetipo de la madre en toda su profundidad, pero mencionaremos aquí, a modo de ejemplo, algunas de las posibilidades de su manifestación. Uno de los principios primarios del arquetipo de la madre es la idea de lo maternal, lo que acaricia, suministra y protege. También entra en este arquetipo el crecimiento y el proporcionar forma, pues el embrión se forma en el útero y se desarrolla completamente por la madre, quien lo protege. Por tanto, cada objeto o idea que da al hombre un sentimiento de seguridad puede verse como un símbolo del arquetipo de la madre. Podemos tomar a la iglesia como un ejemplo del modo en que el arquetipo de la madre se convierte en una imagen, pues la iglesia da a los creyentes protección y seguridad espiritual. Otros ejemplos pueden ser la madre patria y la madre tierra. El sentimiento de verse abrigado por cualquier cosa en la que nos encontremos (como un niño en el útero) da a las formas huecas, como por ejemplo una cueva, el yoni (en el hinduismo designa a los genitales femeninos), o el útero mismo, la capacidad de ser un símbolo del arquetipo heredado de lo materno. Así, en los sueños, una cueva, aunque quizá pueda referirse a la madre del que sueña, también puede representar la idea de la maternidad.

Enlazada al problema de trazar una distinción entre el arquetipo mismo y su manifestación, está la cuestión de si son o no comparativamente pocos los arquetipos que sirven como origen del gran número de imágenes arquetípicas. Si no es así, nos enfrentamos probablemente a una serie interminable de arquetipos. A este respecto, ha dicho Jolande Jacobi: “Cada arquetipo puede desarrollarse y diferenciarse interminablemente. Puede tener ramas como un árbol, y florecer mil veces. No parece haber respuesta a la pregunta de si hay muchos impulsos primitivos a la forma, es decir arquetipos. En un último análisis, podemos volver a las posibilidades inherentes a las experiencias fundamentales típicas. ¿Quién sabe? Quizá puedan reducirse a una unidad consistente de dos supuestos básicos, con la luz y la oscuridad o el cielo y la tierra, a la base de la propia creación. Cuanto mayor sea la profundidad en que está en el inconsciente la capa en que se da un arquetipo, más simple será su lenguaje metafórico y más significado residirá en él esperando a ser desplegado, y por tanto resultará el arquetipo más significativo.”

Los símbolos en la astrología
Cada arquetipo como tal es un símbolo potencial, lo que quiere decir que la forma que adopta al manifestarse se puede representar por un símbolo. Por ejemplo, el arquetipo de la madre puede simbolizarse como una fuente, un yoni, etc. Así, cada símbolo está determinado por un arquetipo que en sí mismo no es perceptible. Tieneque tener esta base arquetípica para calificarse como símbolo, aunque no ha de ser absolutamente idéntico al arquetipo. Cada arquetipo como tal se puede materializar en cualquier momento como un símbolo, siempre que esté presente en el inconsciente una constelación psíquica general o una situación conformable. En esencia, un arquetipo es un centro comprimido de energía psíquica, y se le une el símbolo para hacerlo visible. Teniendo esto en cuenta, Jung describió un símbolo como un “aspecto y una imagen de la energía psíquica”. En otras palabras, por así decirlo, el inconsciente nos proporciona formas arquetípicas vacías en sí mismas y que se hallan más allá de nuestra concepción, y entonces la mente consciente las llena con imágenes similares o relacionadas de modo que podamos captarlas.


Goethe ha dado una notable descripción de la noción de simbolismo que se aproxima bastante a esto: “el simbolismo convierte un fenómeno en una idea, y una idea en una imagen, de modo tal que la idea es interminablemente activa, pero inalcanzable en la imagen. Incluso aunque se expresen en todas las lenguas, sigue siendo inexpresable”. De acuerdo con C. Jung, el uso del simbolismo presupone que la expresión elegida es la mejor fórmula o designación posible para una realidad más o menos desconocida, cuya existencia es admitida, o en cualquier caso, se considera como deseable. Por una parte, el símbolo expresa el proceso psíquico interior de una forma representativa; por otra parte, cuando la imagen ha sido formada, se imprime en este proceso y hace avanzar así la corriente de acontecimientos psíquicos.

Alguien soñó una vez que era primavera pero que en el jardín las ramas de su árbol preferido estaban desnudas. Ese año no dieron ni hojas ni flores. Este árbol de la vida marchito había surgido de su mente inconsciente como símbolo del hecho de que esa persona llevaba una vida muy intelectual y había perdido contacto con sus instintos naturales. De ese modo, el símbolo no sólo presentó al soñador un determinado mensaje en forma de imagen, sino que eso mismo produjo una impresión en él y le permitió modificar la dirección de su desarrollo psicológico al hacerle responder al sueño y a su simbolismo.

En relación con esto, debe mencionarse que un símbolo es esencialmente diferente, en cuanto a contenido, que un “signo”. Este último es siempre una expresión que se coloca en el lugar de una causa conocida. Un buen ejemplo de esto nos lo da el propio Jung en su obra “Tipos Psicológicos”: la rueda alada que lleva en la gorra un trabajador del ferrocarril no simboliza a los ferrocarriles, es simplemente un signo de que él pertenece al personal del ferrocarril. En este caso, la rueda es un modo breve de indicar algo totalmente conocido para la mente consciente. En cuanto que signo, es una indicación simplificada o una analogía de lo que es familiar. Por otra parte, un símbolo contiene siempre algo que es imposible de expresar lingüísticamente, es decir, con la herramienta del lenguaje de la razón. La palabra holandesa para símbolos, Zinnebeeld, aclara esto bastante. El símbolo, como Zinne, es decir, “sentido” o “significado”, se relaciona con el lado racional de la psique que reside en la consciencia, y como beeld, es decir, “imagen”, se relaciona con los contenidos del inconsciente. Mientras que un signo es simplemente un sinónimo, un símbolo es una alegoría: representa algo que está más allá de lo conocido.

El mundo astrológico de las ideas se puede interpretar como un conjunto de símbolos significativamente ordenados, que descansa necesariamente sobre un fundamento arquetípico. Hemos visto que los arquetipos componen el inconsciente colectivo común a todos los hombres. Los signos del zodíaco, los planetas, las casas, etc., pueden redescubrirse en la psique de todos; son arquetipos que han asumido formas definidas, representantes de los procesos y el material psíquico que el hombre ha aprendido a enfrentar a lo largo de los siglos. Utilizando los cielos como una analogía ha construido un lenguaje simbólico. Ha mirado al cielo para encontrar diseños con los que encarnar las entidades arquetípicas extraídas de su propia profundidad, diseños que ha reconocido como la expresión más precisa de sus experiencias y sus sentimientos.

Sin embargo, el que algo se sienta o no como un símbolo depende totalmente de la actitud adoptada por la mente consciente del observador. El intelecto puede considerar una realidad dada en sí misma o como un vehículo para transmitir lo que hasta entonces se desconocía. Sin embargo, el consciente puede rechazar la naturaleza simbólica de una realidad dada, a pesar del consenso de opinión contrario que exista. Como la variedad de los símbolos es tan grande, algunos de ellos se convierten en objetos cotidianos y ordinarios. Por ejemplo, un árbol puede ser considerado como un fenómeno puramente natural (en cuyo caso no es un símbolo) o como representante de algo que no es, como por ejemplo una vida humana. Además de los símbolos tomados del mundo real están aquellos que no tienen una relación directa con la experiencia por medio de los órganos de los sentidos, sino que son imágenes que tienen por sí solas una fuerza simbólica. El ejemplo más famoso de Jung es el del ojo dentro del triángulo. Como tales cosas no se corresponden con la realidad cotidiana, nos vemos obligados a buscar su significado simbólico, lo que no quiere decir que todos lo hagamos así automáticamente. En gran parte, eso depende de lo que Jung llama el marco simbólico de la mente, concepto éste que elabora en su obra Tipos Psicológicos:

“Los símbolos que no poseen su propia fuerza simbólica tal como aquí se ha explicado (nos referimos al ejemplo del ojo en el triángulo) o bien están muertos, es decir han sido sustituidos por una fórmula mejor, o son producciones cuyo carácter simbólico descansa en el punto de vista tomado por la mente consciente del observador. Para ser breves, podemos llamar a este punto de vista (que trata a un determinado fenómeno como símbolo) “el marco simbólico de la mente”. Encuentra su justificación sólo parcialmente en el estado actual de la investigación, pues en mayor o menor medida es el resultado de una filosofía que tiende a unir significados a los acontecimientos e imparte a los significados un valor superior al que poseían en sí mismos los hechos desnudos. El enfoque opuesto al que poseían es aquel que enfatiza siempre más los hechos objetivos y subordina a éstos cualquier significado. En general, no puede haber símbolos en este último enfoque, pues el simbolismo deriva totalmente del modo en que se consideran las cosas”.


Por así decirlo, los símbolos, que no son representaciones de las cosas reales, extienden su carácter simbólico al observador, pero depende de éste el que el símbolo sea “vivo” o no. Si tiene un significado profundo para la persona concernida, estará vivo para él. Sin embargo, en la misma medida, el símbolo le introduce en ideas históricas o filosóficas en las que ya no es un símbolo en el sentido más profundo de la palabra. Por eso habrá siempre personas que, por su marco mental simbólico, serán capaces de penetrar el mundo de los símbolos y descubrir el significado más profundo del mundo fenoménico. El lenguaje simbólico de la astrología apela a personas de este tipo, que serán quienes lo entiendan; en cada caso, la significación se convierte para ellos en un símbolo, lo cual servirá de ayuda a su propio desarrollo psicológico.

Pero siempre habrá individuos que no aprecien el simbolismo. Para ellos, los hechos y los fenómenos no tienen nada detrás y permanecen, tal y como aparentan ser, en el mundo tangible de los sentidos. Aquellos cuya mente consciente no está incluida por el simbolismo entenderán muy poco, o nada, a aquellos que viven en un mundo de simbolismo. Para los individuos de la primera categoría, las estrellas no son más que estrellas, y como no tienen inclinación al simbolismo condenarán la astrología por considerarla absurda. Es un juicio comprensible si pensamos en el modo en que funciona su mente. Por otra parte, los individuos cuya mente está adaptada a un modo de pensamientos simbólicos tienen todavía menor comprensión con respecto a los primeros. Es difícil para ellos imaginar que lo que consideran como una verdad simple a otras personas les parezca falso.

En estos dos estados mentales, psicológicamente opuestos, con sus perspectivas totalmente diferentes sobre el mundo, está la causa más profunda de la gran controversia sobre la “creencia” en astrología y su posible utilidad. La astrología presenta muy pocos problemas a aquellos cuya mente consciente se ve orientada hacia el simbolismo, pero se convierte en un muro insuperable para aquellos que no tienen esa orientación. Podemos concluir, por tanto, que el gran debate sobre la verdad y la demostrabilidad de la astrología no merece la pena en gran parte. Depende del tipo de mente consciente de una persona el que acepte la astrología, porque se encuentran a gusto con el simbolismo, o la rechace porque le resulta ajeno. La argumentación desde puntos de vista opuestos sólo puede conducir a un endurecimiento de las actitudes y a una inútil polarización, mientras que la tolerancia y la aceptación de la existencia de otra perspectiva válida puede ser la clave de una percepción más profunda del fenómeno conocido como “psique humana”.

Sincronicidad y Causalidad
“La causalidad de nuestra visión científica del mundo lo divide todo en acontecimientos simples, y con el mayor cuidado trata de separar estos acontecimientos de todos los demás procesos paralelos. Esto es absolutamente necesario para obtener datos viables; pero considerado desde un punto de vista global tiene la desventaja de oscurecer parcial o totalmente la interrelación universal de los acontecimientos, y produce un efecto crecientemente adverso sobre la adquisición de conocimientos concernientes a las relaciones a gran escala y a la unidad de la totalidad. Pues todo lo que sucede, sucede en el mismo mundo y a él pertenece. Sobre esta base, los acontecimientos deben poseer un aspecto a priori de la unidad.”

Así escribía C. Jung, al final de su dilatada vida, en su obra Mysterium coniuntionis, después de que había analizado ya ampliamente el principio iluminador de la sincronicidad en diversos libros, artículos y cartas. De este modo, repite en esencia la Gran Ley de la Analogía, descubierta y empleada en la antigüedad y expresada en el aforismo “lo que está arriba es como lo que está abajo” (“Quod est superior est sicut quod est inferius”. Cita alquímica de la Tabla Smaradigne de Hermes), principio que ha sido siempre básico para la astrología desde sus primeros tiempos. La reaparición de esta antigua ley dentro de un marco de referencia de la ciencia occidental ha tenido un profundo significado. Nos ha permitido percibir situaciones y acontecimientos que parecen inexplicables en los términos del principio de causalidad; es decir, en aquellos que no parecen entrar dentro de las relaciones de causa y efecto. No hay necesidad de apelar al principio de sincronicidad cuando la ley de causa y efecto demuestra que determinado acontecimiento es el resultado de otros acontecimientos con quienes está lógicamente relacionado. Sin embargo, cuando no es aplicable la causalidad e interviene el “azar”, se necesita otro modo de explicar las cosas. Jung lo formuló así en una ocasión: “Descubrí que hay conformidades psíquicas sin vínculo causal entre ellas que deben tener otro tipo de conexión. Me parece que el carácter esencial de esta conexión es que los fenómenos se producen con bastante simultaneidad, de ahí el término de ‘sincronicidad’”. Tras la prolongada experimentación de J. B. Rhine en el campo de los fenómenos paranormales, le resultó evidente a C. Jung que “nuestra imagen del mundo está de acuerdo con la realidad sólo si deja lugar a las improbabilidades”.

La utilización del término “sincronicidad” ha sido la causa de muchos malentendidos. En primer lugar, Jung no se refería a una coincidencia de acontecimientos simultánea; más bien estaba hablando de una simultaneidad relativa que sólo es comprendida por una experiencia subjetiva personal. Lo decisivo es ese elemento subjetivo, es decir, la simultaneidad relativa. Sin embargo, igual importancia tiene el contenido significativo de lo que sucede; dicho de otro modo, lo que unifica en una única totalidad acontecimientos que no están causalmente vinculados es el sentido de experimentar una conexión significativa. Deliberadamente, Jung evitó el uso de la palabra sincronismo para describir el principio recién descubierto, prefiriendo el término sincronicidad para indicar que la simultaneidad es relativa.

Por tanto, la definición del principio de sincronicidad contiene dos conceptos claves: el fenómeno objetivo de acontecimientos que se producen más o menos al mismo tiempo sin una conexión causal entre ellos, y el factor subjetivo por el que la persona siente que los acontecimientos son un “accidente” simple desprovisto de significado o que forman una experiencia muy significativa. Y en este punto, aparece en primer plano el contraste entre los dos tipos humanos de los que hemos hablado. El elemento subjetivo del principio sincronicista hace que sea inevitable que no todo el mundo encuentre significado en los acontecimientos que tienen lugar simultáneamente y que posiblemente mantienen una conexión significativa.

El principio de sincronicidad no es una noción filosófica, sino una idea empírica que surge de la ausencia de cualquier modo apropiado de explicar el creciente número de fenómenos imposibles de aclarar por las leyes de causa y efecto. La explicación que da Jung de la ocurrencia de fenómenos sincronísticos es que hay en el inconsciente del hombre un tipo de conocimiento activo y a priori basado en una disposición correspondiente del microcosmos y el macrocosmos, en la cual los arquetipos funcionan como clasificadores. El inconsciente colectivo humano, que compartimos con todos los seres humanos, lo contiene todo. Está formado por los arquetipos, y su existencia es un pre-requisito para la formación de todo lo que toma forma en nuestro mundo de la existencia, en donde introducen un cierto grado de orden. Si los arquetipos están realmente presentes en el inconsciente humano como factores autónomos y ordenadores, entonces es lógica la hipótesis de Jung de que el inconsciente lo sabe todo.

La correspondencia antes citada entre el microcosmos y el macrocosmos, aceptada también por Jung, puede verse asimismo como un modo de expresar el principio astrológico de que podemos “leer” cómo toman forma sobre la tierra los acontecimientos pequeños si estudiamos los acontecimientos mayores de los cielos. Pero también esto presupone un principio que lo controle todo, una “entidad” trascendente, a la que nosotros llamamos Dios, que es reverenciada en todas las religiones y culturas dignas de ese nombre. Ese ser trascendente está más allá del alcance de nuestros términos de referencia, el espacio y el tiempo, y más allá por tanto de la comprensión humana. Como escribía Jung en su Mysterium Coniuntionis: “Este antecedente del universo como totalidad comparte en gran medida tanto la esfera física como la mortal, y por tanto no pertenece a ninguna, sino más bien es una tercera cantidad, de carácter neutral, de la que el hombre sólo puede hacerse en el mejor de los casos una idea vaga, pues en esencia es trascendental… La sincronicidad se refiere a una conexionabilidad, e incluso a una unidad, de los acontecimientos psíquicos y físicos que no están causalmente vinculados. Revela, por tanto, un aspecto de la unidad de la existencia.”

Con este principio y esta descripción, Carl Jung entrega a aquellos cuya mente consciente está habituada al pensamiento simbólico una clave para entender mejor el por qué de esta antigua ciencia de la astrología, y proporciona al mismo tiempo una explicación moderna de los principios que, antes de esa época, eran despreciados por muchas personas por considerarlos como ideas viejas y “mágicas”.


Karen Hamaker-Zondag



Extractado por Rodrigo Beltrán de 
Astro-Psicología.- Editorial Edaf, 

1 comentario:

Bruno Faustino dijo...

Sin duda esto es un blog muy rico en matéria de espiritualidad, psicologia y humanidad. Una vez más, felicitaciones Lux Interna!