domingo, 18 de julio de 2010

El Sol: Mito y Símbolo






El Sol es la evidencia más grande, radiante, directa y cotidiana que podemos tener todos los habitantes terrestres acerca de la vida y de su origen en el planeta. Esto ha sido así desde los más lejanos orígenes conocidos. Considerado legítimamente como un dios por los pueblos originarios, para quienes todo dependía – en términos de vida o muerte - de la presencia o eventual ausencia del dios. En la vida de los hombres más primitivos, los recolectores nómades, todo es inmediatez, no se puede preservar la comida, aún no existen las cosechas pues no hay desarrollo agrícola, y todo depende de la presencia inmediata del gran astro. Así pues, es el hombre el que se mueve, tal como las manadas animales, hacia aquellos lugares donde el Sol y el agua dulce podían asegurar la existencia de vida y de alimento. La observación prolongada de los cambios cíclicos pero constantes en la luminosidad solar a través de largos períodos, fue probablemente lo que permitió a nuestros ancestros arriesgarse a esperar en un lugar fijo el retorno de la primavera y el verano, y con ello el brote de la vegetación y la maduración de los frutos. Rápido de decir, pero un inmenso cambio cultural y de las costumbres para la especie. Empiezan así los pueblos agrícolas, en su gran mayoría sedentarios.

Dice el Génesis que los astros fueron creados al tercer día. “E hizo Dios los luminares grandes: el luminar grande para que señorease en el día, y el luminar pequeño para que señorease en la noche, y las estrellas. Y púsolos Dios en el extendimiento de los cielos, para alumbrar sobre la tierra…”

El firmamento está sembrado de estrellas, y una inmensa mayoría de ellas es de mucha mayor magnitud que la de nuestro Sol local. Sin embargo, nuestro pequeño Sol es la única estrella visible que, para nuestra humana visión, emite una luz continua, a diferencia de las otras, discretas y titilantes. Para nuestra pléyade planetaria entonces, el Sol es la continuidad y la permanencia, la certeza, la sobrevivencia, la constante presencia.

El Sol permanece en el lenguaje cotidiano como sinónimo de luz, de irradiación, de vida, de calor, de centro vital de todas las cosas. “Eres un sol”, decimos a alguien que nos llena de vida, de alegría, de calor, o que parezca impregnar con su vitalidad a todo su entorno. En la Astrología, el Sol como cuerpo celeste es el centro luminoso de consciencia alrededor del cual “giran” todos los demás aspectos de la carta natal, que vienen a ser facetas parciales o cualidades específicas de ese todo que puede resumirse en el Sol, que es el verdadero héroe – nuestra consciencia - que viaja desde el alba hasta el ocaso de nuestra vida, capitalizando la esencia de todos los fragmentos: actividades, pensamientos, sentimientos, sueños, anhelos, emociones, experiencias diversas. Al final de la vida, el Sol es la síntesis; al cabo de todo el trayecto, es el punto donde todo se sume y resume.

Como astro celeste rige el signo de Leo, reconocido como aquel que hace girar las cosas en torno de su persona, retribuyendo a cambio con una vitalidad y creatividad constante a su entorno. Los nativos de Leo – y la parte leonina de cualquiera de nosotros - pueden ser extraordinariamente expresivos y creadores durante toda su vida, y mantener hasta el fin de su existencia un espíritu juguetón capaz de ver las cosas como la vez primera, encontrando siempre nuevas formas de disponerlas, representarlas, revitalizarlas o acercarse a ellas, en una generación constante de nuevas vidas u obras.

En el cuerpo humano, el Sol rige el corazón, órgano central de nuestra vida encarnada, aquel que nos individualiza como ningún otro órgano corporal. La mente puede estar poblada de ideas ajenas, de principios aprendidos, de obsesiones, de temores reales o imaginarios, pero lo que sentimos en el corazón es lo que es, no se puede falsear, aunque se pueda negar o reprimir. “El corazón tiene razones que la razón desconoce” (Blas Pascal).

La mente puede enfermar o morir y aún así la vida puede seguir. Cuando el corazón muere, la vida encarnada simplemente acaba. Sincronísticamente, los cardiólogos han declarado a Agosto el mes del corazón, y Agosto es el mes del Signo Solar de Leo.



Por más o menos identificados que nos encontremos con nuestra mente, con nuestra cabeza como el centro directriz de nuestra vida, como el punto más elevado y gobernador de todo aquello que nos parezca “jerárquicamente inferior”, cuando hablamos de nosotros mismos y decimos “yo”, uno de nuestros dedos, o la mano completa, tocan el pecho, la residencia del corazón. El corazón, el cor, es, etimológicamente, “la cuerda” que enhebra la esencia de nuestras experiencias desde los más remotos tiempos, como las cuentas de un collar. En el corazón, simbólicamente, se almacena la suma de lo vivido, que es indestructible.

El corazón, tal como el Sol, llena de vida y calor al cuerpo completo, irradiando en todas direcciones; el corazón es el centro de nuestra vida, bombea tanto la sangre como el sentir a todo el organismo; de modo análogo, el dedo del corazón es también el dedo medio de la mano. Por extensión, el centro, el medio de cualquier cuerpo, objeto, ciudad, organización o grupo, es considerado “el corazón”, como el centro medular alrededor del cual los demás niveles se organizan o subordinan, ya se trate del pedestre “corazón de la sandía”, de la plaza de armas del pueblo o del corazón espiritual del mundo.

En la Mitología grecorromana, más de una figura se asocia al astro celeste. Por una parte, el propio Sol griego, Helios, hermano de la Aurora y de la Luna (Eos y Selene), quien recorre todo el cielo, en su carro de fuego tirado por cuatro caballos, de oriente a occidente hasta llegar al mar, donde se bañan las cabalgaduras luego de la jornada. Por la noche vuelve al punto de partida a bordo de una barca que cruza los mares nocturnos. El Sol se representa también en el mucho más reconocido dios Apolo, hijo de Júpiter, el más hermoso de los dioses y protector de las Artes, las Letras y la Medicina. Patrono de la belleza, el equilibrio y la armonía. Inspiración de los creadores, inteligente, poderoso y temible, es considerado también un dios oracular y guía de la purificación de los cuerpos y de las almas. Dios del calor y del verano, su influjo hace germinar a la naturaleza y madurar a los frutos.

Tal como la polaridad celeste de Sol y Luna, Apolo tenía una hermana gemela complementaria, Artemisa. Luego de algunas malas conductas que lo llevaron a enemistarse con su grandioso padre, y numerosas aventuras, finalmente fue perdonado por aquel, quien le asignó la importante misión de conducir el Carro del Sol, diariamente, desde la Aurora hasta el Ocaso en el mar. Apolo tuvo numerosas aventuras amorosas, masculinas y femeninas, algunas de ellas bastante desdichadas por no ser correspondido. Por haberse burlado en una ocasión de Cupido, éste se vengó provocando en Apolo un amor irrefrenable por la ninfa Dafne, y en ésta, un total desdén por el dios. Huyendo de su pasión desbordante y a punto de ser alcanzada, suplica Dafne por ayuda, siendo convertida en el perennemente verde árbol del laurel.

Desde entonces el laurel fue el árbol predilecto de Apolo y con sus hojas coronó a los victoriosos, a los grandes creadores y artistas, a los emperadores, a todos aquellos que constituyen la élite de la sociedad en cualquier plano, y que como tales se convierten en motivo de admiración e inspiración para sus conciudadanos, en modelos a seguir, en pequeños soles en medio de la población. La corona de laurel pasó a ser sinónimo del reconocimiento de la excelencia de las creaciones o actos admirables, de la sabiduría o el heroísmo, y de la gloriosa inmortalidad adquirida por aquellos. De esta forma el galardonado adquiría algunas de las cualidades de su dios tutelar. Las hojas de laurel eran también la base del estado de trance que requería la pitonisa y demás augures para invocar al dios y recibir las respuestas para quienes los consultaban, y además se le atribuía el poder de ahuyentar el mal y la oscuridad. Al ser el laurel el árbol sagrado de Apolo, el contacto con la planta, ya fuera como corona, masticando sus hojas o quemándolas en el brasero, suponía la protección e inspiración directa del dios, e incluso el traspaso de algunos de sus divinos atributos.

Interpretado desde la psicología moderna, podría considerarse que Apolo es un símbolo de la consciencia, tal como el mismo Sol. Pero este dios no es el Sol, sino su auriga; es el portador de luz, y no la luz misma. El templo de Delfos, dedicado a Apolo e inspirado en su figura, tenía la inscripción “Conócete a ti mismo”, y supone que la influencia del dios ayudaba – a través de la Pitonisa - a encender la luz de la consciencia interior del consultante y disipar la oscuridad. Lo que permanece oculto o velado no puede ser superado ni menos sanar. Debemos notar que Apolo no habla directamente al consultante, lo hace a través de un intermediario o augur, y no necesariamente con palabras explícitas o directas. Su inspiración busca que cada persona afirme un centro estable dentro de sí misma, un sentido propio que se auto sostenga sin depender de los demás. El Sol de cada uno debe independizarse de la opinión ajena y brillar en forma independiente.



En el Tarot, el Arcano del Sol, el número XIX, alcanza similares significados. La imagen muestra un enorme sol irradiando luz y calor (rayos dorados y rojos), arriba, y bajo él, una pareja de niños en un entorno campestre. La escena habla de vitalidad, calor, alegría, vida renovada. Los niños muestran la vida nueva, alegre, juguetona, plena de espíritu lúdicro y capacidad creativa, como si las cualidades solares se traspasaran directamente a sus personitas transformándolos en pequeños magos, al mismo estilo apolíneo. Pero no es éste uno del los primeros arcanos, sino que el antepenúltimo, lo que suscita la analogía de que no se trata de la inocencia de la primera infancia, sino la recobrada o la renacida luego de una serie de experiencias diversas por toda la gama humana posible.

La sentencia de Jesús “Os aseguro que si no os hacéis como niños, no entraréis al reino de los cielos”, sugiere que no se trata de permanecer en un estado cándidamente infantil al estilo del síndrome de Peter Pan, sino de recuperar la pureza y transparencia infantil, luego de la serie previa de Arcanos: la lucha, la decepción, los primeros logros, la fascinación, la búsqueda, la muerte del pasado, la transformación. El arcano El Sol sucede al Arcano XVIII, La Luna, y todos sus miedos inconscientes asociados. Retorna pues en el Sol la capacidad de gozar en el presente, de experimentar en forma natural y alegre, espontánea, sin considerar consecuencias o esperar otro beneficio que el goce mismo en el momento. Bajo el Sol todo puede ser posible, divertido, creativo, sin necesidad de que sea útil, perdurable o continuo. Se re-descubre aquí un nuevo valor en la vida, con ojos nuevos y maravillados. Porque el Sol es alegría de vivir, gozo y espontaneidad, y no puede reprimir su irradiación, independientemente de los efectos que produzca o las consecuencias que eso traiga. El Sol es el presente, lo que sucede en y por su presencia sucede ahora. Tal como dijéramos para el corazón, que siente lo que siente sin que se pueda falsear. El corazón no puede sentir a futuro, a diferencia de la mente, capaz de proyectar desde el presente a cualquier distancia por venir.

En un sentido adivinatorio, la influencia benéfica del Arcano del Sol del Tarot puede indicar la genialidad del consultante, aquello en lo que es único y talentoso, y también los logros, la alegría, la paz, la lucidez, la abundancia, el éxito. Pero así como en la carta astral el Sol es el “yo”, según el diámetro del círculo que ese yo suscriba también puede considerarse su lado negativo, el de un Sol sobredimensionado, es decir, un gran ego. El punto central es interdependiente con el círculo, es decir, con aquello que lo rodea. No tiene sentido un Sol, ni un Leo, sin un sistema girando a su alrededor, de tal modo que, en su aspecto negativo, el Sol puede convertirse en un déspota, en un tirano, en un destructor, distorsionando sus poderes creativos y vivificadores en elementos de control o posesión de su entorno, de la misma forma como el Sol estelar podría calcinar la vida terrestre en un abrir y cerrar de ojos. De su exceso viene la destrucción. Los símbolos a menudo presentan este carácter ambivalente, presente también en el símbolo solar: quien da la vida, paternalmente, es también quien la puede quitar.

Por oposición a sus innumerables virtudes, el Sol, y los nativos de Leo, son propensos al orgullo de su propia gloria y grandeza, pudiendo desviar sus cualidades hacia las del aprendiz de hechicero o tiranizando a su entorno. En la mitología, esta faceta solar se encuentra representada en el mito de Faetón, hijo de Helios, orgulloso y arrogante, continuamente vanagloriándose de su origen divino. Habiéndole su padre concedido el deseo de conducir su carro de fuego, los caballos se desbocaron produciendo una estela de muerte y destrucción a su paso, calcinando los cielos y la tierra, motivo por el cual fue aniquilado por un rayo de Zeus. El dolor de sus hermanas, las Faetontides o Helíades, fue tan grande y prolongado, que sus lágrimas se transformaron en el solar ámbar, y ellas mismas, en sauces. El poder solar es inmenso, pero mal usado conduce a su propia destrucción.

En la astrología, esto puede suceder cuando el Sol de la carta se encuentra en relaciones desafiantes o difíciles con otros planetas de la carta, y en el Tarot, cuando la carta del Sol cae invertida. En ambos casos, puede haber dificultades para expresar la parte positiva del las características solares, pudiendo haber frustración en la creatividad, dificultades de expresión, arrogancia, vanidad, falta de alegría o confianza en el propio valor, depresión, debilidad, o bien dominación autoritaria del entorno o destructividad hacia sí mismo o quienes lo rodean. La enorme diferencia es que el Tarot se consulta para situaciones específicas o períodos de la vida, en cambio la carta natal rige para toda una vida y por tanto la tarea es depurar y lograr superar las asperezas que un Sol mal aspectado pueda plantear, y esto es un desafío permanente.



En el mundo animal, el símbolo solar por antonomasia es el león, rey de los animales, con su melena nímbica rodeando la cabeza semejante a la corona del Sol, su porte majestuoso, su valor y tranquila dignidad, su benevolencia y fiereza, capaces de administrar la vida o la muerte de los demás animales a su alrededor. Animal heráldico y simbólico, simboliza la fuerza y también la nobleza, y se le atribuye una infatigable capacidad amatoria. Su color dorado, desde el pelaje hasta los ojos, han facilitado la analogía entre el león y el Sol, como asimismo al oro en los metales, y a la misma divinidad, en casi todas las épocas y culturas, habiéndose asociado sus cualidades al Buda, a Cristo, Krishna y el yerno de Mahoma.

En la arquitectura, el símbolo solar por excelencia es el anfiteatro, construido como un círculo central rodeado de graderías ascendentes, como círculos o elipsis concéntricas. El centro, más profundo, concita la atención de todos los circunstantes atraídos por el espectáculo. Un concepto semejante articula el circo, la plaza de toros y otras construcciones similares.

En la alquimia, el Sol es el oro filosófico, meta de la obra y máximo logro de transmutación, también representado por el punto dentro del círculo. El punto de partida es lunar, plateado, mercurial. El símbolo es mucho más antiguo, siempre asociado a la divinidad y a la eternidad, desde el antiguo Egipto, donde se lo asociaba al dios solar Ra.

El círculo, mostrando un perímetro en medio de la nada, representa una totalidad, un núcleo con identidad común delimitada, diferenciada de la nada informe que la rodea. El círculo es la figura que tiene su centro en todas partes y su circunferencia en ninguna, de ahí su asociación con lo permanente y lo eterno. El punto central aparece como fruto de una voluntad, de una identidad. En esa totalidad, ya diferenciada, hay “alguien”, un centro de fuerza que gobierna y dirige, no es una totalidad inconsciente de sí misma. Para los alquimistas, representaba a la Mónada, el verdadero Ser. Pero a cualquier nivel que se lo considere, es el símbolo de un ser consciente que posee y ejerce una voluntad en su entorno, una intención, ya se trate del nivel del pequeño ser temporal representado en el Sol de la astrología hasta el nivel del gran Ser, la divinidad.

La analogía del Sol con la consciencia es antiquísima, considerando a la consciencia como aquello que tenemos presente en nuestra atención, que se halla visible ante nuestros ojos o comprensión. Es lo que se encuentra “iluminado” en forma clara y directa. Las ensoñaciones, los mundos escatológicos, la suposición, la sospecha, la duda, la especulación, la vida astral, los delirios, la superstición, la ultratumba, las bajas pasiones como el resentimiento y todo lo inconfesable, no pertenecen al mundo solar. Porque la existencia del Sol no requiere de fe ni de suposiciones ni de creencias, no amerita duda ni dobles interpretaciones ni ocultamiento ni demostración: está ahí, es directamente visible, nadie especula sobre su existencia, que es innegable e irradiante en forma constante. Es aquello en lo que todos los demás niveles alrededor están de acuerdo o que, al menos, no lo cuestionan.

La luz solar puede incluso transparentar verdades que se encuentran bajo superficies toscas u opacas, y es una de las razones por las que el Sol es considerado como representación del Fuego inextinguible del Espíritu, capaz de revelar lo oculto o no evidente. El Espíritu, sinónimo de divinidad, lo ve todo, lo sabe todo. En la mitología griega, Helios era considerado “el ojo de Zeus”, quien informaba a éste todo lo que ocurría sobre la Tierra, y también en otras culturas, el Sol simbólico es el ojo de Ra o de Allah. Es quien informa porque es el que echa luz sobre las cosas, que le otorga la capacidad tanto de “ver” como de permitir la visión.

El Espíritu interpenetra y es inmanente a todos los mundos, a todos los niveles. El Espíritu siempre ha sido considerado como elemento Fuego, masculino, fecundador, iniciador. Dice el Génesis que en el principio, luego de la primera polaridad creada, los cielos y la tierra, “el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Y dijo Dios: “Sea la luz: y fue la luz.” De la primera polaridad, impersonal, los cielos y la tierra, se sucede la segunda, la luz y las tinieblas. La analogía con el Sol y la Luna – señor y señora de la luz y la oscuridad respectivamente - como cuerpos celestes mucho más cercanos y visibles, representando al fuego y al agua primordiales, resultó inmediatamente natural. El Sol como principio activo y masculino, con su contraparte femenina lunar, pasiva fría y acuosa; nuevamente, “el espíritu sobre las aguas”, siendo el Espíritu quien le da vida y presta luz a las aguas.

En el origen de un mundo, la primera escena es la total oscuridad, hasta que se crean las condiciones, un vacío que permite la creación (el Parabrahman del hinduismo); entonces surge la causa primera o gran aliento, Brahman, y aparece el punto en medio del círculo, que es la voluntad, la intención, a partir de la cual surge toda la creación: la trinidad, la materia, la vida orgánica. Así pues, el Sol es considerado como la manifestación visible del Creador, que sostiene la totalidad de la vida engendrada en un mundo determinado. A nivel personal, es el emblema del ser personal, que, salvando todas las proporciones y distancias, es capaz de crear su propio mundo por medio de su voluntad, vitalidad y creatividad, desde el nivel más elemental, su simple materia o cuerpo físico, hasta –eventualmente - su más elevado potencial: su propio espíritu. El Sol es el fuego creador del ser en el tiempo, que se expresa en las formas en las que va configurando su materia, asimilando sus experiencias y recorriendo su camino en cada encarnación.

Simbólicamente, el Sol, a cualquier nivel, es el héroe que recorre su camino diario desde el nacimiento hasta la muerte en el ocaso, ya se trate del trayecto entre el nacimiento y la muerte de una persona, de un mundo o de un universo completo. En la astrología, el camino del héroe es la eclíptica, la franja dentro de la cual el Sol se desplaza en el zodíaco para vivir todas las experiencias posibles dentro de sucesivos alientos de vida. En cada ocaso, la esencia del trayecto del ser - personal o universal - se reabsorbe en un punto sin dimensión.

Es el Sol el arquetipo del héroe porque es capaz de renacer luego de cada muerte. El propósito de cada ciclo es el incremento del ser a través del desarrollo de una autoconsciencia creciente, en una espiral de la que el Sol es el centro integrador de las experiencias. Pero esto no es necesariamente espontáneo, pues bien podemos estancarnos y girar en círculos. Un centro de consciencia, como el representado en el núcleo de energía solar, por definición no puede desarrollarse o evolucionar en forma inconsciente; por el contrario, debemos dirigir la mirada y atender lo que el fuego solar – nuestro ser - nos ilumina, lo que no puede ocurrir en forma inadvertida.

Usamos habitualmente expresiones equívocas como “salió el Sol” o “voy a ver la puesta del Sol”, pero solemos olvidar que el Sol no “sale” ni “se pone”. Está siempre ahí, somos nosotros los que debemos voltear para verlo. Es el planeta el que gira. Para verlo, somos nosotros quienes debemos detener el revoloteo a fin de percibir su ser y alinearnos con nuestra fuente de vida e inspiración, estar en su luz y presencia de irradiación constante, para crecer en nuestro polo consciente, por contraposición a lo lunar. Si en el origen todo surgió a partir de un punto en medio de un círculo, desde el espíritu puro hasta la más densa de las substancias, el camino de retorno es la transmutación inversa: desde la materia dispersa hasta el punto en medio del círculo.

La escena de la puesta de Sol ha atraído a los seres humanos de todas las épocas y latitudes. Por una parte, el evento crepuscular se produce en una hora del día en la que estamos aquietados, en la que las fuerzas masculinas se encuentran en estado de equilibrio con las femeninas, lo que nos hace más receptivos y proclives a la “contemplación”. Por otra parte, al estar en una ribera contemplando cómo el carro de fuego se hunde en el mar – aquellos que tenemos al océano en el ocaso - nos estamos contemplando a nosotros mismos en toda nuestra dimensión: la tierra (el cuerpo físico), el agua (nuestro sentir emocional), el aire (el mundo mental), todo eso atravesado por el fuego de la consciencia solar. Así pues, por más veces que la veamos, siempre nos conmueve íntimamente con su esencialidad arquetípica. En cada ocaso, el “Espíritu de Dios” vuelve a moverse “sobre la faz de las aguas.”





María Maya

1 comentario:

Anónimo dijo...

Muito interssante, Lux, gostei muito. Vê-se que foi fruto de pesquisa e estudo, o que só é bom para os leitores que beneficiam dos teus conhecimentos.